A cuatro patas

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perro2Llegó a nuestra casa poniéndolo todo patas arriba, rápidamente hubo que hacer algunos cambios para adaptarnos a este pequeño terremoto. Nuestra vida empezó a girar a su alrededor, a formar parte de ese torbellino en el que nos dejamos atrapar. Ya desde el principio nos enamoramos de su mirada y del color de su pelo.

Intentamos negociar con ella un mundo un poco más ordenado, yo desde una actitud cateta, Pili con una visión más urbanitas e inteligente. Ganó la partida. Rápidamente se fue apoderando de todos los rincones de la casa con una curiosidad propia de esas edades, de esas energías que dan fuerzas para olerlo y morderlo todo.

Le gustaba mucho jugar, no había día que no le dedicáramos largos minutos a echarle la pelota, se ponía muy pesada, siempre quería más. Teníamos que acabar drásticamente con el juego porque su estado de excitación aumentaba de manera alarmante.

También le gustaba el reposo, una imagen repetida se cuela en nuestros recuerdos. Es una tarde de invierno, la chimenea está encendida, el frío y el viento realzan la calidez del ambiente, estoy tirado en el sofá, ella está en el suelo, a mi lado, tumbada sobre una manta de cuadros. El tiempo parece detenerse, una sensación de quietud y bienestar se apodera de nosotros.

Ella contribuyó a construir estos momentos en que casi pudimos acariciar esa felicidad imposible, a forjar un universo mágico que surgía con una sencillez pasmosa de la quietud, de las luces tenues y las medias sonrisas. Nos ayudó a entender un mundo de sensaciones básicas.

Esta trayectoria se truncó, tardaron meses en diagnosticar su enfermedad. Una disciplina de medicamentos y tiempos se impuso con brutalidad, un estricto organigrama de horas y pastillas de distintos tamaños ocuparon el día a día. Todos nos acostumbramos a la tiranía de esta rutina.

Retomamos un devenir sin sobresaltos, de nuevo empezamos a disfrutar de ella, de su compañía, de una serenidad que da la edad, de un cariño más sosegado. Nunca se acostumbró a viajar, no le sentaba bien el coche, a pesar de ello hicimos muchos kilómetros. Las carreteras nos llevaron a Galicia, Asturias, al Mediterráneo, a Los Pirineos, … Procurábamos estar siempre juntos, únicamente no la tuvimos a nuestro lado en las copas, no eran lugares ni horas para ella.

Todos fuimos envejeciendo, ella más. Las dosis de corticoides tomadas a lo largo de los años fueron haciendo mella en su delicado organismo. Unos tumores oportunistas tomaron el protagonismo de su malestar, un diagnóstico fatal la condenó a una vida muy breve, pero sobrevivió. Unos cuidados esmerados, unas caricias que nunca se acababan la afianzaron en casa, no había llegado la hora.

Después de un año y medio de una vida regalada, nuevamente entramos en un período crítico, el riñón y el hígado estaban muy deteriorados. La pesadumbre se adueñó de la casa. Veterinarios y preparativos para una despedida inminente ocuparon nuestro tiempo y nuestras mermadas energías.

Pero otra vez se estabilizó, volvió a burlar los pronósticos, siguió comiendo, cojeando, mirándonos con esa expresión de pena canina. Sabíamos que en cualquier momento podría tener una crisis y no quedaría más alternativa que dormirla. Esta situación nos había puesto muy tristes, una tristeza que se prolonga en el tiempo y que nos estaba debilitando.

La vida continuaba, los días se sucedían con cierta tranquilidad. Pili tenía turno de tarde, se había ido a trabajar. Estaba apaciblemente tirado en el sofá cuando una llamada telefónica rompió la calma. Era ella, había sufrido un accidente, la grúa se había llevado el coche al taller, insistió en que estaba bien, había llamado a Luz para que la trajera a casa.

Creo que Canela intuyó lo peor. Intenté calmarla, con voz risueña le dije que la amatxo estaba bien, la abracé y le  susurré que no había pasado nada. Lo entendió, su expresión cambió, su rabo inicio ese movimiento pendular que tanto nos tranquiliza.

Salimos al jardín para que hiciera pis, mientras ella correteaba yo enviaba un wasap a Pili. Me senté en el césped, cuando se cansó de olfatear se tumbó a mí lado. Un atardecer azulado lleno de buenos presagios se mezclaba con un desasosiego que anunciaba días de pesar. Pequeña, cuánto te vamos a llorar cuando te vayas.