Buscando un futuro

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futuroEl sábado unos amigos nos comunicaron la decisión de contraer matrimonio. Aún no me he acostumbrado a estos anuncios, me desconciertan. Aunque es tranquilizador saber que se van a casar para resolver una situación administrativa y patrimonial.

No pude evitar pensar en nosotros. Hace más de un año que habíamos contemplado la posibilidad de casarnos para resolver, como en el caso de nuestros colegas, la situación patrimonial. Pero surgieron las dudas y lo dejamos para otra ocasión.

A pesar de ello, la nuestra es una pareja asentada. Tal vez con un exceso de preguntas, pero con una vocación clara de sobrevivir al paso del tiempo. Un tiempo en el que poco a poco la incertidumbre y la inseguridad van ganando peso, en el que el guión de nuestras vidas, si alguna vez lo hubo, se va desleyendo en un presente apresurado.

No esperamos nada extraordinario. Ya no mantenemos pulsos con la vida, nos dejamos arrastrar por ella sin más ambición que las jornadas vayan pasando sin sobresaltos. Nos damos por satisfechos si vamos resolviendo el día a día con cierta finura, sin enfados, con algunas miradas y gestos de complicidad. Sintiéndonos parte de un tándem bien avenido y confortable.

Cuidamos con esmero el peso que delata la edad, las bolsas que acompañan nuestra mirada, esa indumentaria que nos aporta un ápice de frescura, esa opinión que revindica un punto de originalidad.  Aún tememos que el amor surja en una calle que no sea la nuestra.

Me gusta el uso que hacemos de la amabilidad. Nos decimos muchas veces “gracias”. No dejamos de alabar y reconocer el valor de lo que creamos, desde el plato de lentejas hasta esa diminuta acuarela. Nos piropeamos, pedimos permiso educadamente.

Tengo la impresión de que lo que hacemos lo transformamos en una prolongación de nosotros mismos. Hay un afán por ejecutar las cosas bien, como si quisiéramos darles trascendencia. No sé, tal vez lo que ahora realizamos adquiere más importancia o, simplemente, es más importante por que nuestra vida ha perdido relevancia.

La miro con menos pasión, pero con más ternura. Muchos de sus gestos me enternecen: la sonrisa que dibuja ante algunas de las imágenes de la televisión, la atención que presta cuando está negociando un guiso nuevo con la olla, la mirada perdida cuando nos desplazamos hasta Pinseque después del trabajo, la expresión de estudiante aplicada cuando está con el inglés, …

En todo ello hay una extraña seducción que me atrapa. Una atracción íntima, privada, que casi nunca comparto a no ser que ella me sorprenda mirando con cara de bobo. En la decadencia, en lo doméstico, estoy encontrando un filón que me emociona.

Echamos en falta esa energía que nos permitía afrontar todo lo que se presentaba, ese sexo que tanto nos unía, esas risas que no había que rescatar con chistes, esas ganas de estar con nuestros amigos… No echamos en falta esos desencuentros que tanto nos separaban.

Pero, tal vez, lo que más sufre nuestra pareja es la falta de futuro. Lo hemos incorporado al presente. Ese tiempo de ilusiones y sueños ha desaparecido, parece que sólo hay tiempo para la acción, para lo inmediato. Nos sentimos vivos por lo que hacemos, por las conductas que repetimos todos los días, no por lo que soñamos ni proyectamos. No hay más allá.

Es probable que ese sea el precio que tenemos que pagar por seguir vivos, por hacernos mayores, … Siempre me he revelado contra la melancolía y la pusilanimidad de mi carácter, también me voy a revelar contra ese déficit de energía  y entusiasmo.  Quiero mirar más allá, quiero llenar ese futuro de sueños y proyectos.