Carta a un amigo

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Aún te imagino como antes de la operación, no te he visto desde entonces pero sé que te has visto obligado a abrir las persianas de tu vida y a sumergirte en una realidad esencial, esa que casi nunca vemos porque estamos demasiado ocupados en asuntos intrascendentes. Has tenido que tomar un montón de decisiones sin decidir, entregando la brújula de tu vida a los médicos para que te marquen la ruta y te precipiten por ese tobogán de vértigo salpicado de quirófanos e informes cruciales. He intentado ponerme en tu pellejo, hacer un ejercicio de empatía máxima, pero no lo he conseguido, sólo alcanzo a compadecerme de mí mismo.

Cuando te recuperes, cuando desparezcan los dolores, cuando tu vida se haya domesticado un poco, me gustaría que me contaras todo lo que pasó por tu cabeza, que me describieras ese nuevo mar emocional, que escupieras ese shock brutal que sufriste.

Hemos llorado por ti, por ella. Hemos intuido el abismo al que os habéis asomado, ese infierno doloroso y poco creible al que tanto tememos. Te he visto muy poco, creo que por eso te escribo esta carta, pero lo que he visto me ha impresionado. Eres muy valiente, sé que la procesión va por dentro, pero he tenido ocasión de ver cómo encajabas ese mundo hostil de emociones exaltadas y miedos atávicos. Sé por ella que llegaste a pensar, a decir “me voy a morir”.

Ultimamente he pensado que para que nos sintamos vivos, para sentir ese alma agnóstica que llevamos dentro, tenemos que vivir situaciones que nos lleven al límite. Sin duda esto que has vivido, que estás viviendo, ha dibujado un nuevo panorama de vida que te ha situado en una frontera donde no se examinan ni los pasaportes ni los curriculums. Una tierra donde lo importante es sobrevivir. Ya no te engañas, te has desecho de lo vano y te has centrado en lo importante, en ti, en ella y en salir adelante. Lo estás consiguiendo, tu carácter, ese valor que escondías, esa capacidad de aguantar dignamente el dolor te están ayudando.


Mil días han pasado y sigues ahí, enfrentándote a esa hidra de mil cabezas que es el dolor, ese monstruo que no descansa, que agota, que deprime, que derrota, … A intervenciones quirúrgicas que no acaban de extirpar tu mal, a diagnósticos graves con tratamientos de urgencia, … Una parafernalia excesiva de cama de hospital, pastillas, fisios, consultas, preoperatorios, … Has perdido la paciencia, estás perdiendo la fe, pero resistes, no quieres tirar la toalla.

Los tuyos también siguen ahí, velando tus días, rezando por ti, implorando por ellos. Desesperando de impaciencia cuando los tratamientos se retrasan, llorando de rabia cuando una prueba no ha salido bien, … Como tú, aguantando esa ruta infernal de locos valientes, con las fuerzas mermadas, con la moral por los suelos. Aguantando un llanto que les ahoga, dibujando sonrisas torcidas, … Tampoco tiran la toalla. Una voluntad férrea les lleva a no dejar la trinchera.

El tiempo pasa deprisa, los días despacio, la noche ya no es un refugio seguro, los amaneceres se han desplazado al mediodía. La televisión se ha convertido en una aliada esencial. Las visitas se prodigan: amigos fieles, primos, amigos ausentes, desaparecidos, …

Una gatita recorre el cuarto de estar atenta a los cambios. Acaricia tus piernas, trepa a tu regazo, se acomoda en él. Acabáis conformando un mundo gobernado por leyes propias, ajenas a esa realidad de 24 horas. Su penetrante mirada alumbra tu pesar y su presencia peluda alivia esa impaciencia que a veces se apodera de ti.

Sigues esperando y desesperando. Has dejado de pensar, te has cansado, no quieres. A veces te rendirías, pero enseguida piensas que no es una buena idea, ella sigue ahí.