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Es el blog de Casa rural Zologorri. Se inició el 7 de mayo de 2013 con el objetivo de escribir sobre temas de interés. Después de algunos virajes, los relatos se han adueñado de este espacio.

Flores en el Nacedero del Urederra

Fotografía de Jaime Juan

En busca del río

La casa rural había quedado libre unos días de septiembre, decidimos ocuparla nosotros para hacer turismo y descansar. Pili aún no había visto el Nacedero del río Urederra, ésta era una buena oportunidad para visitarlo, el lunes reservamos plaza y al día siguiente, a las once de la mañana, salíamos para Baquedano.

Cuando llegamos nos quedamos sorprendidos, un martes de septiembre y el parking estaba casi lleno. Haríamos una excursión acompañados de un montón de gente.

La bajada hasta el bosque de hayas que protege el conjunto del Nacedero fue rápida, adelantamos a un montón de viandantes. Es un paseo familiar apto para acompañarse de niños muy pequeños. Vimos un señor con muletas, hace falta tener coraje y mucho fondo para hacer un paseo tan largo con las exigentes muletas.

El Nacedero del Urederra se podría dividir en dos partes, la más baja donde el río forma remansos de aguas azul turquesa que dan al entorno un aire irreal y fantástico. Y la parte más alta, donde se encuentra la pequeña cascada de agua que surge de la roca y da lugar al nacimiento del río. La mayoría de los visitantes se quedan extasiados en la parte baja, el resto deciden acabar el recorrido y subir por una senda rota por pequeños arroyos, rocas dispares y multitud de raíces.

Unos minutos antes de llegar al Nacedero, desde una de las múltiples pasarelas que hay en la senda, vimos unos claveles rojos y blancos depositados en una de las pozas del río. Nos sorprendió muchísimo. Lo primero que pensamos es que se trataba de los restos de un homenaje a alguien que había fallecido. Nos quedamos con la duda, de regreso al pueblo preguntaríamos a la señora que gestiona la entrada del parking.

Volvimos por el camino indicado por los gestores del parque, una estrecha pista muy poco frecuentada que discurre apaciblemente por el bosque de hayas. En muy poco tiempo estábamos enfrente de la caseta del aparcamiento.

 

El misterio de las flores

Fotografía de Miguel Angel García

Preguntamos a la señora por el sentido de las flores que habíamos visto en el río. La expresión de su cara cambió, una mueca de disgusto asomó en su rostro. Se disculpó por no poder darnos razón alguna. Estaba claro que no quería hablar, no insistimos, le dimos las gracias y nos despedirnos, seguiríamos indagando en otro lugar.

Habíamos decidido comer en la Venta de Larrión, antes de subir al comedor nos pasamos por el bar para tomar una cerveza. Aprovechamos para preguntar al camarero, ya nos conocía de otras veces, si había ocurrido algo en Baquedano o en los pueblos de alrededor, sin darle tiempo a contestar, le hablamos de las flores que habíamos visto en una de las pozas del río.

También cambió la expresión, se puso muy serio. — La semana pasado enterraron en el pueblo a uno de sus vecinos. Dicen que se quitó la vida porque no podía soportar en qué se había convertido el Nacedero del Urederra. Ha agitado la conciencia de los habitantes de las Amescoas, no les gusta cómo se está gestionando el Parque Natural.

No nos pudo decir más, los clientes requerían su atención. Nos quedamos sorprendidos, no habíamos sospechado algo así, siempre habíamos pensado que los habitantes de las Amescoas estaban encantados con los turistas que visitaban el Nacedero. Nos quedamos con las ganas de conocer más de aquél hombre que había sucumbido a la tristeza de un paisaje perdido.

Después de comer bajamos a la barra a tomar el café, queríamos encontrarnos de nuevo con el camarero. No hizo falta preguntarle nada, vino hacia nosotros y nos señaló una mesa, — ese cliente es de Baquedano, me ha comentado que no le importa hablar con vosotros, seguro que os puede contar más cosas.

 

En pos de la tragedia

Nos acercamos y nos presentamos, ya sabía de qué queríamos hablar. Nos invitó a sentarnos. Después de algunos comentarios amables y justificar nuestra curiosidad, empezó a contar la historia.

— Ya desde niño había hecho del Nacedero un lugar propio al que huía de la rutina de la escuela y del colegio. Muchas veces fui su compañero de juegos, cuántas veces creamos reinos imaginarios delimitados por los pequeños arroyos y defendidos por enormes hayas, cuantas veces metimos la cabeza en el río en busca del hechizo que teñía las aguas de azul turquesa.

Su infancia estuvo marcada por la magia del Nacedero. Se fue a estudiar a la capital pero nunca dejó de acudir al río cuando venía de vacaciones. Cuando acabó los estudios decidió instalarse en el pueblo y rehabilitar una casa para turismo rural, necesitaba tener cerca el río, ese paraíso de agua y hayas que había marcado su infancia.

Fotografía de María Pilar Gorriz

La rehabilitación de la casa puso fin a un período muy activo lleno de ilusiones y proyectos, probablemente fue una de las épocas más felices de su vida. Todo cambió repentinamente. En un breve margen de tiempo, el Nacedero del Urederra pasó de ser un espacio natural visitado por amantes de la naturaleza a convertirse en objetivo turístico de miles de visitantes. Cuando fue consciente de este hecho su vida cambió, los sueños se esfumaron, los días de felicidad tocaron a su fin.

Paulatinamente las orillas del río se fueron degradando, las aves y los pequeños mamíferos abandonaron el soto para refugiarse en lugares recónditos, los turistas se adueñaron del parque natural.

Tomó un sorbo de café frío, la emoción casi no le deja hablar. — Yo creo que el día que fue consciente de que el turismo era un proceso irreversible, decidió que este mundo no era lugar para él. Cambió, la amargura lo embargó, se volvió un tipo taciturno y poco sociable. Poco a poco se fue ganando la antipatía de los vecinos.

Tuvo un respiro cuando se habló de regular las visitas, por un momento pensó que los criterios de conservación del entorno iban a pesar más que los intereses turísticos. No fue así, el objetivo no era conservacionista, simplemente querían gestionar con más eficacia la marea humana que día a día hollaba las orillas del río.

El relato se cortó mientras pedíamos otro café. Le pregunté a qué se dedicaba, era guarda forestal, al igual que su amigo, una vez acabados los estudios, decidió regresar al pueblo, se presentó a unas oposiciones para estar cerca del bosque de hayas. Huvo suerte, aprobó.

Después de acabar con el café, no quería que se le enfriara de nuevo, continuó con la historia. — Estuvimos hablando tres días antes del fatal desenlace. Me contó que había acudido al atardecer al Nacedero, ahora sé que era una despedida. Me describió cómo las orillas estaban peladas, el musgo y los helechos habían desaparecido totalmente, también me habló del silencio espectral, ya no quedaba más vida que las truchas que nadaban en el río, incluso mencionó el deterioro del equipamiento de las sendas: vallas rotas, sirgas sueltas, … No había tristeza en su relato, solo una profunda amargura y el atisbo de un abismo.

El miércoles de la semana pasada se dirigió al Mirador de Ubaba y saltó al vacío. Fue visto por unos turistas que rápidamente llamaron al 112. En el valle nadie se sorprendió ni de que se quitara la vida ni del lugar elegido. Muchos vimos en este acto una venganza contra todos aquellos que habíamos consentido el deterioro del río y contra ese turista aborregado que todo lo invadía. Los medios silenciaron este hecho para no “asustar” a los visitantes.

 

La despedida

Por un momento dejó de hablar y bajó la cabeza, algo se cruzó en su pensamiento que cortó el hilo de su discurso, pasados unos instantes continuó. — El funeral fue triste e incómodo. Todos nos sentimos aludidos. Sabíamos que tenía razón, el Nacedero había perdido la magia de antaño, solo quedaban las aguas turquesas cada vez más turbias y unas hayas sombrías que habían perdido la alegría de las aves que se guarecían en ellas. Hemos convertido el río en una gran maqueta acartonada, sin vida, donde los únicos protagonistas son los turistas.

Una pausa demasiado larga, rota por el rugir de un camión que pasaba por la carretera, dio paso a una declaración que puso el punto final a la historia. — Es el sino de nuestro tiempo, sentimos la necesidad de visitar todo aquello que nos sugieren, tenga o no significado para nosotros.

Ya era un poco tarde. Nos despedimos. Se dirigió al aparcamiento, arrancó el coche y condujo lentamente hacia el asfalto mientras levantaba la mano. Nos quedamos ensimismados en la mesa esperando una caña, la televisión emitía el informativo regional, un presentador estirado daba una noticia que llamó nuestra atención: El Nacedero del Urederra fue en 2017 el espacio natural más visitado de Navarra con 150.000 personas.

A la sombra de una tuba wagneriana

Un domingo por la noche recibimos un mensaje de wasap de una persona que decía conocerme, se presentó como exalumno de la Universidad Laboral de Gijón. Querían alquilar la casa para el fin de semana, les habían hablado de nosotros y les pareció una buena idea darse una vuelta por Tierra Estella.

Me cité con ellos un sábado, llegarían alrededor de la seis de la tarde, venían tranquilos, sin prisas, querían disfrutar de la libertad de viajar solos, un lujo que hasta entonces no se habían podido permitir.

Una llamada de teléfono me comunicó que ya estaban en la puerta de la casa. Un individuo afable y sonriente descendió del coche, tenía que ser él, mi compañero de estudios. Nos abrazamos con alegría. Estos encuentros son para mí un reto, mi memoria es muy endeble y temo quedar como un imbécil.

Al poco se apeó la conductora, una mujer cálida venida de las frías aguas del Mar del Norte, que acabó asentándose en el Mediterráneo por amor a ese hombre afable y sonriente. Con cierta celeridad les enseñé la casa, apenas pudimos hablar, ellos tenían que ir de compras a Estella y yo había quedado en Zaragoza. Nos despedimos con un selfie que no llegué a ver. Ya en el coche pensé mucho en ellos, habían despertado mi curiosidad.

A los tres días volvimos a Ganuza, había que preparar el apartamento para los siguientes huéspedes. Un vecino me contó una anécdota que me conmovió.

Estaba paseando mi compañero por el pueblo, por el camino paralelo al “regacho”, cuando vió una cámara frigorífica semioculta en la maleza de la orilla, la sacó del matorral y la transportó como pudo hasta los contenedores de basura ubicados detrás del frontón.

Este gesto no pasó desapercibido, sorprendió, un forastero, un turista comprometido con la limpieza del pueblo. Aquellos que lo vieron, lo felicitaron. De alguna manera su conducta trascendió y se difundió por el pueblo. A la mañana siguiente, una vecina agradecida por su gesto le obsequió con unos calabacines de su huerta.

No fue una casualidad, solía llevar varias bolsas de plástico en el bolsillo en las que iba introduciendo los objetos que encontraba abandonados en sus paseos. Estaba comprometido con las personas y con su entorno, allá donde iba su conducta era la misma, contribuía con discreción a mantener limpio el escenario que pisaba, como hacía en su pueblo cuando se entrenaba para las carreras de maratón.

En algunos mensajes que intercambiamos, me contó que en el pueblo estuvieron muy tranquilos, llenaron el tiempo con paseos por el campo, ejercicios de yoga en el jardín y una excursión a la ermita de Santiago de Lokiz. Las comidas, las siestas y el relajo acapararon el resto del tiempo. No ambicionaban más, Ganuza era la antesala de un deseo largo tiempo esperado.

Aguardaban con impaciencia abrazar a su hija, el continente Sudamericano la había tenido ocupada durante nueve largos meses, demasiado tiempo para unos padres que amaban apasionadamente. Yo creo que fueron a Ganuza a preparar el corazón para las emociones fuertes del encuentro y calmar la ansiedad de la espera.

Recogieron a su hija en el aeropuerto y se fueron a su pueblo, quería disfrutar de su presencia, echar un vistazo al negocio y preparar un viaje al lejano oriente en el que ejercería de embajador musical. Dirigía una empresa ejemplar donde el trasiego de instrumentos musicales se solapaba con iniciativas solidarias y el balance de las cuentas estaba mediatizado por una impronta social que le había valido reconocimiento y premios.

Me quedé fascinado con el personaje. Un día me acercaré a su tierra,  me gustaría que me enseñara las naves que albergan los instrumentos musicales, que me contara el ambicioso proyecto del Conservatorio de Música y me invitara a uno de los múltiples conciertos que organizan en su pueblo. Cuando llegara la hora, en torno a una paella y un vaso de vino, querría que me hablara de las claves que han gobernado su vida.

Sí, es un hombre especial al que quiero conocer más, apenas tuve tiempo de cruzar unas palabras con él. El poco tiempo que estuvo en Ganuza dejó testimonio de su calidad como persona.

Me he convertido en su admirador. Hace tiempo que mi ambición se centra en conocer personas que me inspiren, que me ayuden a darle sentido a una vida basada en un guión demasiado manido, que me animen a forjar actitudes solidarias que me reconcilien con el mundo. Creo que he encontrado a una de esas personas.

Entre el mar y la tierra

 

Soportaban mal el calor de un valle de veranos tan tórridos y secos, de una luz cegadora que hacía imposible los colores, de una incomodidad que provocaba la estampida de sus habitantes hacia tierras de canícula más suave. Habían decidido ir hacia el Norte en busca de temperaturas más bajas y ambiente más húmedo. Salieron sin prisa, cerca de 500 km. de un asfalto fácil les esperaba antes de llegar a su destino.

Después de cuatro horas de autopistas alcanzaron el verde de esa costa tan esperada. Ya sólo faltaban unos kilómetros para llegar al pueblo donde habían alquilado el apartamento. De repente, una vista espectacular llenó el parabrisas del coche, la Sierra de Cuera se levantaba a la izquierda con toda la coquetería y la belleza de las montañas del Norte, a la derecha quedaba el mar, para hacer de contraste, para que pudiera presumir de su cercanía.

Ya en Villanueva de Pría, en el apartamento, se asearon y recibieron de la anfitriona una sesión ilustrada sobre los puntos mas hermosos de la costa. Salieron documentados y motivados ante el abanico de posibilidades del que podían disfrutar. El primer paseo fue en busca de un merendero, La Puente, donde disfrutaron de dos botellas de sidra, una tercera cayó en el bar de la piscina. Era ya un poco tarde, cansados y achispados regresaron a casa.

La siguiente jornada fue intensa en visitas. El encanto de una playa interior como Gulpiyuri, el vértigo de los acantilados que la rodeban, la tranquilidad del arenal cercano de San Antolín.

Salieron de la costa y decidieron sumergirse en el interior, en lugares que antaño habían visitado. Posadas, Ardisana, la Montaña Mágica, Palacio y el Sucón motivaron un viaje emocional intenso en el que se hicieron acompañar de seres de otro mundo que un día estuvieron a su lado. En algunos kilómetros la nostalgia y la tristeza se apoderaron de ellos.

De nuevo se sumergieron en la costa para disfrutar de la postal del cementerio y el puerto de Barro, para sucumbir a la espectacularidad de las panorámicas de las playas de Turimbia y Turanzas, para regodearse en una costa que dibujaba escondites recónditos de una belleza exotica. Regresaron al apartamento satisfechos, cansados, con las pupilas dilatadas de tanta belleza, con los sentimientos a flor de piel después de tantas emociones.

Paseos de tarde para descubrir las playas de Cuevas del Mar o de Guadamía, visitas a la Antigua Central de Pesa, un merendero coqueto donde escanciaban una sidra que les sabía a gloria y reforzaba el sabor de esa tierra verde y húmeda.

En uno de esos paseos vespertinos descubrieron la playa del Canal. Se sintieron fascinados por ese pasillo abierto al mar, por esos paredones que la custodioban. Por primera vez vislumbraron una puerta abierta a la vida, una vía para quedarse en esa tierra.

Cuando llegaron del paseo ya no eran los mismos. Una extraña serenidad se dibujaba en sus rostros, su mirada había adquirido un brillo especial, incluso el tono de sus voces había cambiado. Así lo atestiguó la anfitriona que solía tener un momento para ellos al atardecer.

Al día siguiente partían para su tierra, las vacaciones habían acabado. Se despidieron.

Por la mañana la propietaria del apartamento comprobó que los equipajes aún seguían en sus aposentos, que aún no habían salido. Se alarmó. Les llamó por teléfono, preguntó a los ocupantes de los otros apartamentos, habló con vecinos del pueblo. No consiguió ninguna pista de su paradero. Al atardecer ya no pudo más, denunció la desaparición a la Guardia Civil, al día siguiente pondrían en marcha el protocolo de búsqueda.

No hizo falta esperar mucho, por la mañana, un ganadero descubrió en la playa del Canal dos cuerpos sin vida. Habían sido depositados de forma caprichosa sobre la arena, la marea tuvo mucho cuidado en no manifestar las circunstancias de una tragedia, prefiriendo mostrar una escena idílica de encuentro con el mar, una fusión con la tierra que tanto amaban.

Las pesquisas llevadas a cabo descubrieron que las últimas personas que las habían visto eran tres ancianas del lugar que salían a pasear todas las tardes. Comentaron a las autoridades que los vieron contentos y sonrientes, iban un poco despistados por la carretera en busca del mar.

También interrogaron al propietario de la Antigua Central de Pesa. Les dio una versión parecida, estaban alegres y se les notaba que estaban disfrutando de su estancia. Le llamó la atención el énfasis que pusieron al manifestar que estaban buscando el modo de no volver a su casa, de quedarse para siempre en esta tierra.

Un halo de misterio envolvió el ahogamiento de esta pareja en la playa del Canal, para los periódicos y la guardia civil fue un desgraciado accidente que acabó con la vida de dos turistas. Las personas que los frecuentaron sabían que había algo más, vieron en ellos una determinación que no supieron interpretar, una mirada que trascendía el presente para mostrar una lejanía misteriosa.

La dueña de los apartamentos, una vez superada la tristeza de la tragedia, incorporó a los atractivos del lugar la historia de esta pareja que no quiso abandonar esa tierra de verde y mar. Con los años la historia se convirtió en leyenda y consiguió ocupar un espacio entre los Trasgos y las Xanas. La playa del Canal y el pueblo de Villanueva de Pría se ganaron un lugar en el peregrinaje de turistas.

Ramón González Ferreira

Yataity. Fotografía de José Bogado

Se llamaba Ramón, lo conocí en Paraguay en el verano de 2014. Estábamos montando una antena en un montículo cercano a Guayabí, cuando un hombre de cierta edad se acercó tímidamente pidiendo trabajo. Se dirigió a Samuel y a mí, aunque estábamos tostados por el sol, éramos los dos blanquitos de la cuadrilla, el resto eran vecinos de los pueblos cercanos. Le comentamos que no le podíamos pagar, el trabajo formaba parte del proyecto de una ONG que intentaba llevar internet a las zonas más desfavorecidas de la región, todos los que estábamos allí, incluidos los residentes, éramos voluntarios, no nos pagaban ningún jornal, nos alimentaban y a los que no teníamos alojamiento nos lo daban.

Se quedó con nosotros, no tenía dónde ir. Había venido andando desde Asunción manteniéndose con trabajos esporádicos que le daban por los pueblos que pasaba. Procedía de un suburbio, una de las riadas del río Paraguay se había llevado su chabola y todos sus bienes, su mujer había muerto un año antes víctima de una angina de pecho. Harto del lugar, no encontró ningún motivo para volver a levantar la chabola, decidió escapar del río y dirigirse al interior en busca de una vida con menos sobresaltos.

Era un tipo especial, a pesar de todo lo que había pasado seguía manteniendo una fe en la vida que no se entendía muy bien, eso le ayudaba a tener buen carácter y a mostrar un optimismo a prueba de catástrofes. Sólo le vi cabizbajo el día que celebramos el final del proyecto, tenía razones para ello, el grupo de trabajo se disolvía y nosotros regresábamos a España. A pesar de ello, en la despedida recuperó su optimismo y no dudó en insistir en que volveríamos a vernos. Ya tenían Internet en el departamento de San Pedro, le indicamos cómo podía ponerse en contacto con nosotros.

Yo también sentí dejarlo, estando a su lado aprendí a discernir nuevos matices en una realidad que parecía repetirse día a día, me enseñó a acompasarme a las horas del día. Me decía — No debes conducirte igual por la mañana que al atardecer, soségate, observa el brillo apagado del ocaso del sol, es el momento de relajarse y disfrutar del descanso. Incorporé el sol a mi vida como un tutor que me daba sabios consejos.

Ya en España, Samuel y yo nos separamos, él se fue a su Cantabria de mar y verde, yo regresé a Zaragoza, a seguir con ese curro que había dejado por dos meses. Me costó mucho volver a tomar las riendas de mi vida, la estancia en Paraguay me había influído más de lo esperado. Me había aproximado a una vida mucho más simple y esencial. A pesar de los horarios de trabajo y del calor agobiante, gocé de una paz que nunca antes había disfrutado, me liberé del estrés y las prisas, de la vanidad y el orgullo, me esforcé en entender a aquellas gentes y, por primera vez, sentí la necesidad acuciante de ayudar a mejorar la vida de los que me rodeaban.

La rehabilitación de la casa de Ganuza me dio aire que respirar y un mundo para soñar en proyectos radicales. Añoraba a Ramón, seguro que él hubiera sabido decirme cómo debía interpretar esos cielos, esas paredes de piedra, ese desasosiego que tenía desde mi regreso.

Intenté comunicarme con él a través del enlace que la ONG tenía en Guayabí, no fue posible, me comentó que al poco de marcharnos nosotros, abandonó la ciudad. Intenté organizar mis ideas pero no pude, el caos se había apoderado de mí, no podía conciliar la experiencia en Paraguay con la realidad de Zaragoza, estaba paralizado.

Decidí llamar a Samuel, le pedí que se acercara a Ganuza, podíamos disfrutar del fin de semana e intercambiar experiencias y pareceres. A él le pasaba un poco lo mismo, la experiencia paraguaya le había pesado más de lo que había pensado, para sobreponerse a ella, trabajaba como voluntario en una asociación que atendía en lo que podía a los indigentes de Torrelavega, esto le ayudaba a sentir cierta coherencia.

Le encantó la casa y el proyecto de hotelito rural. De sopetón me suelta, — ¿por qué no te traes a Ramón? Le podrías dar trabajo, podría hacerse cargo de la limpieza y la recepción de viajeros. Le comenté que había intentado ponerme en contacto con él pero que no lo había localizado. Me animó a que siguiera adelante y a que intentará localizarlo.

El tiempo fue pasando, Samuel se casó y siguió con su voluntariado, nosotros conseguimos finalizar las cinco habitaciones de la primera planta y abrir el hotelito con la  ayuda de una chica del pueblo de al lado. Un día llegó un mensaje electrónico de Guayabí, era el enlace de la ONG, habían localizado a Ramón, estaba de nuevo en la ciudad. Le contesté rápidamente  pidiéndole que me ayudara a comunicarme con él. Por fin pude transmitirle mi deseo de que viniera a España a trabajar.

A través Western Union le mandé dinero para el viaje y por correo electrónico le envíe el localizador del billete de avión. Un tres de octubre, a las diez de la mañana, llegaba a Madrid, lo recogí en el aeropuerto y salimos rápidamente para Ganuza. En el trayecto me fue contando cómo había pasado esos últimos cuatro años. Lo noté cambiado, más apagado, menos animoso. Me comentó que no se encontraba bien.

A las tres y media ya estábamos en Ganuza, nos esperaban Pili, que se había encargado de la comida, Samuel y su mujer. Fue un encuentro entrañable, una comida que siempre permanecería en la memoria, no dejé de escrutar su mirada y sus gestos, de sentir un placer enorme por tenerlo a mi lado.

Los meses que siguieron fueron grises, el invierno se adelantó empujado por un viento frío del norte que borró los últimos vestigios del verano. El hotelito funcionaba bajo mínimos, con un tiempo tan desapacible apenas se acercaban viajeros a Ganuza. En noviembre decidimos cerrar la temporada.

Un manto de tristeza cubrió la casa, sólo quedó espacio para la resignación y el dolor. Ramón murió en el hospital de Estella el tres de diciembre, un cáncer de páncreas diagnosticado tardíamente acabó con su vida. Samuel y yo velamos sus últimos días. Nos confesó que ya sabía que padecía algo grave, había venido a morir a nuestro lado. Sus últimos recuerdos fueron para su país y para aquella mujer que se quedó a orillas del río.

La resaca

Todo está a punto. Estos días están siendo muy exigentes, muchos detalles a tener en cuenta, un papeleo impresionante, obras imprevistas de última hora que nos han obligado a pedir dinero. Estoy cansado, apático, casi desmoralizado.

Un abatimiento que ayer logré mitigar con la plancha y las sábanas. La simbiosis plancha-ropa de cama me transporta al entorno amable de una casa rural, a un modo de vida más apacible en el que los problemas del mundo, del día a día, se resuelven eliminando arrugas, limpiando, manteniendo ese espacio en un orden acorde con el entorno. También me lleva a evocar una vieja idea que se fue empapando de romanticismo. El regreso al pueblo de mis antepasados donde yo nací, el redescubrimiento de la muralla que representa la sierra de Lokiz, la creencia de que sería capaz de crear un espacio en el que todos los que pasaran por allí pudieran disfrutar.

Cuatro años de rehabilitación, algunas cenas en la sociedad del pueblo, muchos viernes visualizando unas calles desiertas, han dinamitado cualquier atisbo de romanticismo, me han dejado la certeza de que no puedo vivir en Ganuza. A pesar de ello, sigo teniendo ganas de transformar ese trozo de pueblo que me cedió mi familia, reconvertirlo en un espacio bonito, de disfrute, que se materialice en un pequeño hotel rural o en una gran casa, en un bar con terraza, en unas cervezas al abrigo de las peñas.

Mi idea sigue siendo explotar la belleza de la sierra, la singularidad del pueblo. Yo creo que no es complicado, si un vídeo espectacular  de paseoscortosyvinosblancos ha sido capaz de llevar la cueva de San Prudencio a miles de ciudadanos y generar un flujo continuo de visitantes a la sierra de Lokiz, por qué no vamos a poder atraerlos con un vino y unos huevos rotos trufados en un entorno casi mágico.

Hemos acabado la primera fase, poner en marcha el apartamento rural, reforzar y sanear la estructura del edificio, y  rehabilitar el exterior. Hemos trabajado mucho, hemos consumido nuestras reservas de ahorros y, también, hemos acabado un poco hartos y cansados. Pronto, cuando el trabajo de la casa esté organizado, cuando tengamos un poco de dinero, cuando nos hayamos recuperado del cansancio, empezaremos a rehabilitar el corral de la vaca, un espacio de 40 metros que servirá de zona común para los huéspedes, o será el germen de un bar.

A veces tengo la impresión de que mi vida es una huida hacia adelante, estoy haciendo de estos pequeños proyectos la razón de mi existencia, … No sé si esto está bien, me divierten, pero seguro que hay cosas, actividades, sueños que llenan más. En cualquier caso no encuentro una buena razón para no hacer lo que hago. No sé si me engaño cuando me digo que hago lo que quiero, cuando me convenzo de que quiero estar ahí, enfangado con problemas de promotor, hipotecado con fines de semana alejado de mis amigos, agotado por una actividad que supera la energía de mis años.

A pesar de las dificultades y el cansancio, mi carácter me hace mirar hacia adelante. Intento mantener vivo al iluso que llevo dentro. Me he alejado de las catástrofes y la probredumbre proyectada por los medios, me alimento de lo mejor que encuentro a mi alrededor.  Disfruto contemplando lo hecho. Admiro a los amigos que se buscan la vida día a día en sus negocios y trabajos temporales. Me gustan aquéllos que gestionan lo cotidiano con ganas e ilusión, también aquéllos que miran a sus hijos con amor. Adoro las personas discretas y humildes.

¿Qué me ha aportado esta experiencia de cuatro años? No lo sé, no he crecido como persona, la pareja no ha salido fortalecida, tal vez sólo haya envejecido. Podría decir que necesitaba hacerlo, pero tampoco estoy seguro, hay otras cosas que me han ilusionado que costaban mucho menos esfuerzo y no las he hecho. Creo que me he convencido de que para mí es bueno hacer cosas, no parar, he llegado a pensar que para sentirme vivo necesito materializar mis ilusiones en proyectos.

Muchas veces he dudado de mis pensamientos, de esas convicciones que uso para justificarme en una conversación. Tengo la sensación de que intento simplificar mi vida, mejorar mi relación con el entorno para disfrutar más de él, liberarme de las rutinas que no me aportan nada, … Creo que sigo buscando, intento escapar de la incertidumbre, aunque en muchas ocasiones me veo perdido en una agenda cargada de obligaciones y compromisos que me despistan y agobian.

Un viaje extraño

Estaba escuchando música, sonaba Txoria txori, Mikel Laboa junto a la Sinfónica de Euskadi y el Orfeón Donostiarra, cuando me vino a la memoria una conversación con mi hermano, en las navidades de 2016, en casa de la amatxo. Un viaje a Almería con salida en Lizarra y parada y recogida de viajeros en Gasteiz. Un viaje extraño, con sabor a tierra quemada, que sólo mencionó de paso y nunca quiso contarme.

Eran las cuatro de la mañana, hacía un frío gélido, salimos para Gasteiz en una furgoneta alquilada. El puerto de Azazeta nos sorprendió con hielo en algunos tramos, tuvimos que circular despacio, la conducción se hacía peligrosa. Cuando llegamos ya eran las cinco.

Paramos en una gasolinera de la salida a Burgos, nos estaban esperando. Se presentaron, Asier y Ainhoa, Jon y Anaia. Nos recibieron sobriamente, con una gratitud contenida y unas parcas salutaciones de mano. Rápidamente nos pusimos en carretera, nos esperaban 900 kilómetros y más de diez horas de viaje. Por primera vez fui consciente de la ubicación de Almería, pasó de estar en el sur, a estar muy, muy lejos.

La sobriedad del recibimiento se trasladó a la furgoneta, una melancolía apagada y cierta solemnidad acompañaban a nuestros pasajeros. El vínculo entre las dos parejas parecía monolítico y cerrado, compartían el mismo destino y es probable que procedieran de mundos cercanos. No pusieron ningún interés en acercarse a nosotros.

Después de tres horas de viaje decidimos descansar en una de las paradas de la autopista, había que echar gasolina, visitar los aseos y almorzar. Nos sentó bien. Cuando estuvimos todos listos, subimos de nuevo a la furgoneta, le pedí a mi compañero que cogiera el volante, me había cansado, quería relajarme un poco. Aprovechando que estaba liberado intenté entablar conversación con ellos. Ainhoa me comentó que vivían actualmente en Gasteiz, pero habían vivido en el pueblo hasta que sucedió aquello, entonces decidieron trasladarse. Jon y Amaia llevaban muchos años viviendo en la ciudad.

Las mujeres, que parecían ser las portavoces, manifestaban una resistencia casi grosera a mantener una charla amigable y fluida con nosotros. No quise forzar más la conversación, parecían estar más cómodos en su mundo y en su silencio de kilómetros de autopista.

Me puse a hablar con mi compañero de sus hijos, de la ikastola, de los problemas que le estaba dando el mayor, del chuletón que le esperaba en la sociedad. No éramos amigos, no compartíamos txoco, solo militancia y el cabreo ante la situación de estancamiento que se estaba viviendo. Resultaba muy fácil hablar con él.

Estábamos llegando a Madrid, el tráfico había aumentado notablemente, todos, también las parejas que iban en los asientos de atrás, nos pusimos alerta, como si el conductor necesitara de nuestros sentidos para escapar de esa marabunta de coches veloces que entraban y salían de la autopista. Nos pegamos a la M30, seguimos los paneles informativos con atención, fuimos fagocitados por un Madrid de circunvalaciones interminables. Creo que todos nos sentimos abrumados por esa grandeza grosera de una gran ciudad.

Ya en Pinto la presión del tráfico disminuyó, nos relajamos un poco, ellos volvieron a su silencio no compartido, nosotros a conversaciones triviales, esta vez nos centramos en pequeñas cuestiones de nuestros respectivos txocos. Es curioso, pero se repiten los mismos problemas, parece como si estos se derivaran del tipo de asociación y no de los individuos.

El cansancio empezaba a hacer mella. Los pasajeros iban perdiendo la compostura, buscando nuevas posiciones para liberarse de las molestias de espalda y del anquilosamiento de las articulaciones. Los rostros se mostraban más sombríos, la fatiga del asfalto había desplazado a la gravedad y el dramatismo del viaje.

Decidimos parar más allá de Ocaña, casi en la mitad del camino. El ritual de los baños y los cafés se repitió, esta vez les pedimos a nuestros compañeros que dieran un pequeño paseo por los aledaños de la estación de servicio. Después de media hora ya estábamos de nuevo en ruta, no sólo nos habíamos despejado, también nos quedamos helados, el frío seguía siendo intenso.

Los kilómetros que siguieron fueron agotadores, yo creo que en ninguno de nosotros quedaba resquicio alguno para sentir nada que no fuera el tedio y el cansancio del viaje. Por fín se anunciaba Almería a 30 kilómetros, este cartel nos despejó, nos centró de nuevo en los objetivos del viaje, a ellos los puso otra vez en frente de un drama que se repetía una vez al año.

No llegamos a entrar en Almería, en Huércal nos incorporamos a la A7. En 15 minutos nos enfrentamos a una mole enorme que empequeñecía al mar de plástico que se divisaba al fondo. Esta visión nos violentó, nos convirtió en frágiles liliputienses expuestos a los caprichos de un malvado gigante. Aparcamos sin dificultad, no hizo falta recordar ninguna instrucción, el ritual se repetía, los padres ya sabían el camino y los controles que debían pasar, ya conocían la desolación en la que vivían sus hijos.

Cincuenta y cinco minutos después estaban de nuevo con nosotros. A pesar de los años transcurridos no se habían acostumbrado. Salieron con el rostro descompuesto por la rabia y la emoción contenida, aún no habían encontrado argumentos ni fuerza para resignarse, sólo encontraban razones para la desesperación. Nos increparon. No aguantarán ahí adentro.

Nos quedamos cortados, no sabíamos qué decir. Querían salir rápidamente para casa, refugiarse en el letargo del día a día, olvidar esos muros que ahogaban a sus hijos. Iniciamos el regreso a Gazteiz consternados, nuestros pasajeros se habían encerrado en un mutismo que iba pesar mucho a lo largo del viaje.

Después de 300 kilómetros, un susurro apenas perceptible de Ainhoa rompió el silencio de la furgoneta. Traedlos a casa, nos lo debéis.

El libro rojo púrpura

Una cosa teníamos clara, en la casa rural habría una estantería llena de libros que acompañarían a nuestros huéspedes con sus historias, con ese olor a viejo que desprendían algunos de ellos, con esas tapas pasadas de moda que tanto nos gustaban.

Compramos los libros en “tiendas de viejo” y en el rastrillo de la biblioteca, una parte procedía de donaciones de nuestros compañeros y amigos. Cada vez que me daban una bolsa con libros, los examinaba uno a uno, leyendo las contraportadas y algunas de las páginas interiores, disfrutando de las ilustraciones e imaginando la historia del propio libro.

Ojeando uno de ellos, el corazón me dio un vuelco, en él había algo reconocible pero sabía que no lo había leído. Era un tratado de demonología, su edición estaba fechada en 1963, era una traducción de una edición franco-belga de 1959. Un libro precioso, una edición de lujo con tapas de piel rojo púrpura y letras doradas, en el lomo había dibujada una cabeza de macho cabrío subrayada por el número 616. Lo retiré del resto y lo dejé como libro de mesilla, había despertado mi curiosidad, lo iría leyendo poco a poco.

A la mañana siguiente le pregunté a la compañera que nos lo había regalado la procedencia del mismo. Se quedó sorprendida, no lo conocía, no era consciente de haberlo tenido entre las manos. Lo había cogido de la bodega donde guardaban los trastos en la casa del pueblo, no había reparado en la portada, la escasa luz y las prisas habían impedido que se fijara en él.

Después de unos días decidí abandonar su lectura, me atasqué desde el principio. La primera parte era una de introducción a la numerología, demasiado árido y técnico para un profano como yo. Acabó, como el resto de libros, en la estantería de la casa rural, seguro que despertaba la curiosidad de alguno de los inquilinos.

Por fin alquilamos la casa, era la primera vez. Un veintiséis de enero, a las cinco de la tarde, llegaron a Ganuza dos parejas de Bilbao dispuestos a disfrutar de la sierra de Lokiz y de la tranquilidad de la casa. Les gusto mucho. No necesitaban ninguna orientación, venían con la documentación necesaria y las ideas muy claras. Subirían el sábado por la mañana a la sierra, visitarían Estella por la tarde, y el domingo tenían previsto ir al Nacedero del río Urederra. Un fin de semana completo.

La única peculiaridad que les comenté de la casa fue el pozo, a ras de suelo, que había en medio de la cocina. Realcé su valor comentando el trabajo que había costado extraer los escombros y, anticipándome a su pregunta, añadí que no tenía agua, no habíamos profundizado lo suficiente. También les comenté que pisaran sin miedo, la pesada tapa de cristal de seguridad aguantaba un mínimo de doscientos kilos. Les mostré el interruptor que lo iluminaba y les indique dónde había una jarapa por si querían ocultarlo.

En veinte minutos acabamos, anoté sus datos personales en el libro de huéspedes, me pagaron y les entregué las llaves. A las cinco y media salía para Pinseque, había quedado con Pili en el Roger. Tomamos tres vinos, suficientes para sentir cierta euforia, después de cuatro años de rehabilitación habíamos alquilado la casa, estabamos satisfechos y contentos.

Al día siguiente, sábado, bajamos a Zaragoza a tomar cañas con nuestros amigos. Nos retiramos pronto. Estábamos un poco cansados y temerosos de coger la gripe, los resfriados nos habían acompañado a lo largo del mes y se empeñaban en no abandonarnos del todo. Por la mañana nos despertó una llamada de Kepa, me pedía que acudiera a Ganuza, algo extraño había ocurrido, insistió en que no me preocupara, no era nada grave. Dejé a Pili en Pinseque y salí hacia el pueblo.

Cuando llegué, uno de los inquilinos estaba en cama asistido por una médica y una enfermera, Kepa me puso en antecedentes. De madrugada había sufrido un desvanecimiento, sus compañeros lo encontraron tirado en la cocina, alarmados, llamaron a los servicios de urgencias. Le habían administrado calmantes. La médica nos comentó que pensaba que el paciente había sufrido un shock nervioso, por las palabras que había balbuceado, creía que se había desmayado de miedo. Se encontraba muy agitado, habían llamado a una ambulancia para trasladarlo al hospital de Estella.

Nos preguntó a todos los presentes qué podía haber visto o intuido para sentir tal miedo. Sus compañeros no supieron que contestar, no encontraban ninguna razón. Yo comenté que lo único que podría haberlo asustado era el pozo que hay en la cocina, alguna sombra que se habría formado en su interior, aunque todos coincidimos en la singularidad e inocencia del mismo.

La ambulancia se llevó al paciente y su pareja al hospital, la otra pareja, una vez recogidas las maletas, acudiría a Estella con el coche. La médica, antes de marcharse, me comentó que el informe que había redactado no incluía ninguna referencia a la casa. Kepa se fue Legaria.

Por fin estaba solo, me desplacé hasta la cocina, encendí la luz del pozo y me asomé en él. Un grito escalofriante rompió la inquieta atmósfera de la casa, salí despavorido a trompicones, algo había quedado atrapado en su interior.

La cueva de San Prudencio, una mirada al pasado

cueva de san prudencio

En el pilar central, en la mitad del mismo, se encuentra la cueva de San Prudencio, a cuarenta metros de altura.

Hemos quedado en Ganuza con Luis, Ana y Verónica, vienen de Logroño. Un día vieron el vídeo La Cueva más salvaje de Navarra, de paseoscortosyvinosblancos.com, y pensaron que no podían perderse esta excursión. Llegan alrededor de las once. Koldo será nuestro guía, nos conducirá hasta la cueva de San Prudencio. Sigue leyendo