Archivo de la categoría: Al abrigo de Lokiz

Es el blog de Casa rural Zologorri. Se inició el 7 de mayo de 2013 con el objetivo de escribir sobre temas de interés. Después de algunos virajes, los relatos se han adueñado de este espacio.

Ramón González Ferreira

Yataity. Fotografía de José Bogado

Se llamaba Ramón, lo conocí en Paraguay en el verano de 2014. Estábamos montando una antena en un montículo cercano a Guayabí, cuando un hombre de cierta edad se acercó tímidamente pidiendo trabajo. Se dirigió a Samuel y a mí, aunque estábamos tostados por el sol, éramos los dos blanquitos de la cuadrilla, el resto eran vecinos de los pueblos cercanos. Le comentamos que no le podíamos pagar, el trabajo formaba parte del proyecto de una ONG que intentaba llevar internet a las zonas más desfavorecidas de la región, todos los que estábamos allí, incluidos los residentes, éramos voluntarios, no nos pagaban ningún jornal, nos alimentaban y a los que no teníamos alojamiento nos lo daban.

Se quedó con nosotros, no tenía dónde ir. Había venido andando desde Asunción manteniéndose con trabajos esporádicos que le daban por los pueblos que pasaba. Procedía de un suburbio, una de las riadas del río Paraguay se había llevado su chabola y todos sus bienes, su mujer había muerto un año antes víctima de una angina de pecho. Harto del lugar, no encontró ningún motivo para volver a levantar la chabola, decidió escapar del río y dirigirse al interior en busca de una vida con menos sobresaltos.

Era un tipo especial, a pesar de todo lo que había pasado seguía manteniendo una fe en la vida que no se entendía muy bien, eso le ayudaba a tener buen carácter y a mostrar un optimismo a prueba de catástrofes. Sólo le vi cabizbajo el día que celebramos el final del proyecto, tenía razones para ello, el grupo de trabajo se disolvía y nosotros regresábamos a España. A pesar de ello, en la despedida recuperó su optimismo y no dudó en insistir en que volveríamos a vernos. Ya tenían Internet en el departamento de San Pedro, le indicamos cómo podía ponerse en contacto con nosotros.

Yo también sentí dejarlo, estando a su lado aprendí a discernir nuevos matices en una realidad que parecía repetirse día a día, me enseñó a acompasarme a las horas del día. Me decía — No debes conducirte igual por la mañana que al atardecer, soségate, observa el brillo apagado del ocaso del sol, es el momento de relajarse y disfrutar del descanso. Incorporé el sol a mi vida como un tutor que me daba sabios consejos.

Ya en España, Samuel y yo nos separamos, él se fue a su Cantabria de mar y verde, yo regresé a Zaragoza, a seguir con ese curro que había dejado por dos meses. Me costó mucho volver a tomar las riendas de mi vida, la estancia en Paraguay me había influído más de lo esperado. Me había aproximado a una vida mucho más simple y esencial. A pesar de los horarios de trabajo y del calor agobiante, gocé de una paz que nunca antes había disfrutado, me liberé del estrés y las prisas, de la vanidad y el orgullo, me esforcé en entender a aquellas gentes y, por primera vez, sentí la necesidad acuciante de ayudar a mejorar la vida de los que me rodeaban.

La rehabilitación de la casa de Ganuza me dio aire que respirar y un mundo para soñar en proyectos radicales. Añoraba a Ramón, seguro que él hubiera sabido decirme cómo debía interpretar esos cielos, esas paredes de piedra, ese desasosiego que tenía desde mi regreso.

Intenté comunicarme con él a través del enlace que la ONG tenía en Guayabí, no fue posible, me comentó que al poco de marcharnos nosotros, abandonó la ciudad. Intenté organizar mis ideas pero no pude, el caos se había apoderado de mí, no podía conciliar la experiencia en Paraguay con la realidad de Zaragoza, estaba paralizado.

Decidí llamar a Samuel, le pedí que se acercara a Ganuza, podíamos disfrutar del fin de semana e intercambiar experiencias y pareceres. A él le pasaba un poco lo mismo, la experiencia paraguaya le había pesado más de lo que había pensado, para sobreponerse a ella, trabajaba como voluntario en una asociación que atendía en lo que podía a los indigentes de Torrelavega, esto le ayudaba a sentir cierta coherencia.

Le encantó la casa y el proyecto de hotelito rural. De sopetón me suelta, — ¿por qué no te traes a Ramón? Le podrías dar trabajo, podría hacerse cargo de la limpieza y la recepción de viajeros. Le comenté que había intentado ponerme en contacto con él pero que no lo había localizado. Me animó a que siguiera adelante y a que intentará localizarlo.

El tiempo fue pasando, Samuel se casó y siguió con su voluntariado, nosotros conseguimos finalizar las cinco habitaciones de la primera planta y abrir el hotelito con la  ayuda de una chica del pueblo de al lado. Un día llegó un mensaje electrónico de Guayabí, era el enlace de la ONG, habían localizado a Ramón, estaba de nuevo en la ciudad. Le contesté rápidamente  pidiéndole que me ayudara a comunicarme con él. Por fin pude transmitirle mi deseo de que viniera a España a trabajar.

A través Western Union le mandé dinero para el viaje y por correo electrónico le envíe el localizador del billete de avión. Un tres de octubre, a las diez de la mañana, llegaba a Madrid, lo recogí en el aeropuerto y salimos rápidamente para Ganuza. En el trayecto me fue contando cómo había pasado esos últimos cuatro años. Lo noté cambiado, más apagado, menos animoso. Me comentó que no se encontraba bien.

A las tres y media ya estábamos en Ganuza, nos esperaban Pili, que se había encargado de la comida, Samuel y su mujer. Fue un encuentro entrañable, una comida que siempre permanecería en la memoria, no dejé de escrutar su mirada y sus gestos, de sentir un placer enorme por tenerlo a mi lado.

Los meses que siguieron fueron grises, el invierno se adelantó empujado por un viento frío del norte que borró los últimos vestigios del verano. El hotelito funcionaba bajo mínimos, con un tiempo tan desapacible apenas se acercaban viajeros a Ganuza. En noviembre decidimos cerrar la temporada.

Un manto de tristeza cubrió la casa, sólo quedó espacio para la resignación y el dolor. Ramón murió en el hospital de Estella el tres de diciembre, un cáncer de páncreas diagnosticado tardíamente acabó con su vida. Samuel y yo velamos sus últimos días. Nos confesó que ya sabía que padecía algo grave, había venido a morir a nuestro lado. Sus últimos recuerdos fueron para su país y para aquella mujer que se quedó a orillas del río.

La resaca

Todo está a punto. Estos días están siendo muy exigentes, muchos detalles a tener en cuenta, un papeleo impresionante, obras imprevistas de última hora que nos han obligado a pedir dinero. Estoy cansado, apático, casi desmoralizado.

Un abatimiento que ayer logré mitigar con la plancha y las sábanas. La simbiosis plancha-ropa de cama me transporta al entorno amable de una casa rural, a un modo de vida más apacible en el que los problemas del mundo, del día a día, se resuelven eliminando arrugas, limpiando, manteniendo ese espacio en un orden acorde con el entorno. También me lleva a evocar una vieja idea que se fue empapando de romanticismo. El regreso al pueblo de mis antepasados donde yo nací, el redescubrimiento de la muralla que representa la sierra de Lokiz, la creencia de que sería capaz de crear un espacio en el que todos los que pasaran por allí pudieran disfrutar.

Cuatro años de rehabilitación, algunas cenas en la sociedad del pueblo, muchos viernes visualizando unas calles desiertas, han dinamitado cualquier atisbo de romanticismo, me han dejado la certeza de que no puedo vivir en Ganuza. A pesar de ello, sigo teniendo ganas de transformar ese trozo de pueblo que me cedió mi familia, reconvertirlo en un espacio bonito, de disfrute, que se materialice en un pequeño hotel rural o en una gran casa, en un bar con terraza, en unas cervezas al abrigo de las peñas.

Mi idea sigue siendo explotar la belleza de la sierra, la singularidad del pueblo. Yo creo que no es complicado, si un vídeo espectacular  de paseoscortosyvinosblancos ha sido capaz de llevar la cueva de San Prudencio a miles de ciudadanos y generar un flujo continuo de visitantes a la sierra de Lokiz, por qué no vamos a poder atraerlos con un vino y unos huevos rotos trufados en un entorno casi mágico.

Hemos acabado la primera fase, poner en marcha el apartamento rural, reforzar y sanear la estructura del edificio, y  rehabilitar el exterior. Hemos trabajado mucho, hemos consumido nuestras reservas de ahorros y, también, hemos acabado un poco hartos y cansados. Pronto, cuando el trabajo de la casa esté organizado, cuando tengamos un poco de dinero, cuando nos hayamos recuperado del cansancio, empezaremos a rehabilitar el corral de la vaca, un espacio de 40 metros que servirá de zona común para los huéspedes, o será el germen de un bar.

A veces tengo la impresión de que mi vida es una huida hacia adelante, estoy haciendo de estos pequeños proyectos la razón de mi existencia, … No sé si esto está bien, me divierten, pero seguro que hay cosas, actividades, sueños que llenan más. En cualquier caso no encuentro una buena razón para no hacer lo que hago. No sé si me engaño cuando me digo que hago lo que quiero, cuando me convenzo de que quiero estar ahí, enfangado con problemas de promotor, hipotecado con fines de semana alejado de mis amigos, agotado por una actividad que supera la energía de mis años.

A pesar de las dificultades y el cansancio, mi carácter me hace mirar hacia adelante. Intento mantener vivo al iluso que llevo dentro. Me he alejado de las catástrofes y la probredumbre proyectada por los medios, me alimento de lo mejor que encuentro a mi alrededor.  Disfruto contemplando lo hecho. Admiro a los amigos que se buscan la vida día a día en sus negocios y trabajos temporales. Me gustan aquéllos que gestionan lo cotidiano con ganas e ilusión, también aquéllos que miran a sus hijos con amor. Adoro las personas discretas y humildes.

¿Qué me ha aportado esta experiencia de cuatro años? No lo sé, no he crecido como persona, la pareja no ha salido fortalecida, tal vez sólo haya envejecido. Podría decir que necesitaba hacerlo, pero tampoco estoy seguro, hay otras cosas que me han ilusionado que costaban mucho menos esfuerzo y no las he hecho. Creo que me he convencido de que para mí es bueno hacer cosas, no parar, he llegado a pensar que para sentirme vivo necesito materializar mis ilusiones en proyectos.

Muchas veces he dudado de mis pensamientos, de esas convicciones que uso para justificarme en una conversación. Tengo la sensación de que intento simplificar mi vida, mejorar mi relación con el entorno para disfrutar más de él, liberarme de las rutinas que no me aportan nada, … Creo que sigo buscando, intento escapar de la incertidumbre, aunque en muchas ocasiones me veo perdido en una agenda cargada de obligaciones y compromisos que me despistan y agobian.

Un viaje extraño

Estaba escuchando música, sonaba Txoria txori, Mikel Laboa junto a la Sinfónica de Euskadi y el Orfeón Donostiarra, cuando me vino a la memoria una conversación con mi hermano, en las navidades de 2016, en casa de la amatxo. Un viaje a Almería con salida en Lizarra y parada y recogida de viajeros en Gasteiz. Un viaje extraño, con sabor a tierra quemada, que sólo mencionó de paso y nunca quiso contarme.

Eran las cuatro de la mañana, hacía un frío gélido, salimos para Gasteiz en una furgoneta alquilada. El puerto de Azazeta nos sorprendió con hielo en algunos tramos, tuvimos que circular despacio, la conducción se hacía peligrosa. Cuando llegamos ya eran las cinco.

Paramos en una gasolinera de la salida a Burgos, nos estaban esperando. Se presentaron, Asier y Ainhoa, Jon y Anaia. Nos recibieron sobriamente, con una gratitud contenida y unas parcas salutaciones de mano. Rápidamente nos pusimos en carretera, nos esperaban 900 kilómetros y más de diez horas de viaje. Por primera vez fui consciente de la ubicación de Almería, pasó de estar en el sur, a estar muy, muy lejos.

La sobriedad del recibimiento se trasladó a la furgoneta, una melancolía apagada y cierta solemnidad acompañaban a nuestros pasajeros. El vínculo entre las dos parejas parecía monolítico y cerrado, compartían el mismo destino y es probable que procedieran de mundos cercanos. No pusieron ningún interés en acercarse a nosotros.

Después de tres horas de viaje decidimos descansar en una de las paradas de la autopista, había que echar gasolina, visitar los aseos y almorzar. Nos sentó bien. Cuando estuvimos todos listos, subimos de nuevo a la furgoneta, le pedí a mi compañero que cogiera el volante, me había cansado, quería relajarme un poco. Aprovechando que estaba liberado intenté entablar conversación con ellos. Ainhoa me comentó que vivían actualmente en Gasteiz, pero habían vivido en el pueblo hasta que sucedió aquello, entonces decidieron trasladarse. Jon y Amaia llevaban muchos años viviendo en la ciudad.

Las mujeres, que parecían ser las portavoces, manifestaban una resistencia casi grosera a mantener una charla amigable y fluida con nosotros. No quise forzar más la conversación, parecían estar más cómodos en su mundo y en su silencio de kilómetros de autopista.

Me puse a hablar con mi compañero de sus hijos, de la ikastola, de los problemas que le estaba dando el mayor, del chuletón que le esperaba en la sociedad. No éramos amigos, no compartíamos txoco, solo militancia y el cabreo ante la situación de estancamiento que se estaba viviendo. Resultaba muy fácil hablar con él.

Estábamos llegando a Madrid, el tráfico había aumentado notablemente, todos, también las parejas que iban en los asientos de atrás, nos pusimos alerta, como si el conductor necesitara de nuestros sentidos para escapar de esa marabunta de coches veloces que entraban y salían de la autopista. Nos pegamos a la M30, seguimos los paneles informativos con atención, fuimos fagocitados por un Madrid de circunvalaciones interminables. Creo que todos nos sentimos abrumados por esa grandeza grosera de una gran ciudad.

Ya en Pinto la presión del tráfico disminuyó, nos relajamos un poco, ellos volvieron a su silencio no compartido, nosotros a conversaciones triviales, esta vez nos centramos en pequeñas cuestiones de nuestros respectivos txocos. Es curioso, pero se repiten los mismos problemas, parece como si estos se derivaran del tipo de asociación y no de los individuos.

El cansancio empezaba a hacer mella. Los pasajeros iban perdiendo la compostura, buscando nuevas posiciones para liberarse de las molestias de espalda y del anquilosamiento de las articulaciones. Los rostros se mostraban más sombríos, la fatiga del asfalto había desplazado a la gravedad y el dramatismo del viaje.

Decidimos parar más allá de Ocaña, casi en la mitad del camino. El ritual de los baños y los cafés se repitió, esta vez les pedimos a nuestros compañeros que dieran un pequeño paseo por los aledaños de la estación de servicio. Después de media hora ya estábamos de nuevo en ruta, no sólo nos habíamos despejado, también nos quedamos helados, el frío seguía siendo intenso.

Los kilómetros que siguieron fueron agotadores, yo creo que en ninguno de nosotros quedaba resquicio alguno para sentir nada que no fuera el tedio y el cansancio del viaje. Por fín se anunciaba Almería a 30 kilómetros, este cartel nos despejó, nos centró de nuevo en los objetivos del viaje, a ellos los puso otra vez en frente de un drama que se repetía una vez al año.

No llegamos a entrar en Almería, en Huércal nos incorporamos a la A7. En 15 minutos nos enfrentamos a una mole enorme que empequeñecía al mar de plástico que se divisaba al fondo. Esta visión nos violentó, nos convirtió en frágiles liliputienses expuestos a los caprichos de un malvado gigante. Aparcamos sin dificultad, no hizo falta recordar ninguna instrucción, el ritual se repetía, los padres ya sabían el camino y los controles que debían pasar, ya conocían la desolación en la que vivían sus hijos.

Cincuenta y cinco minutos después estaban de nuevo con nosotros. A pesar de los años transcurridos no se habían acostumbrado. Salieron con el rostro descompuesto por la rabia y la emoción contenida, aún no habían encontrado argumentos ni fuerza para resignarse, sólo encontraban razones para la desesperación. Nos increparon. No aguantarán ahí adentro.

Nos quedamos cortados, no sabíamos qué decir. Querían salir rápidamente para casa, refugiarse en el letargo del día a día, olvidar esos muros que ahogaban a sus hijos. Iniciamos el regreso a Gazteiz consternados, nuestros pasajeros se habían encerrado en un mutismo que iba pesar mucho a lo largo del viaje.

Después de 300 kilómetros, un susurro apenas perceptible de Ainhoa rompió el silencio de la furgoneta. Traedlos a casa, nos lo debéis.

El libro rojo púrpura

Una cosa teníamos clara, en la casa rural habría una estantería llena de libros que acompañarían a nuestros huéspedes con sus historias, con ese olor a viejo que desprendían algunos de ellos, con esas tapas pasadas de moda que tanto nos gustaban.

Compramos los libros en “tiendas de viejo” y en el rastrillo de la biblioteca, una parte procedía de donaciones de nuestros compañeros y amigos. Cada vez que me daban una bolsa con libros, los examinaba uno a uno, leyendo las contraportadas y algunas de las páginas interiores, disfrutando de las ilustraciones e imaginando la historia del propio libro.

Ojeando uno de ellos, el corazón me dio un vuelco, en él había algo reconocible pero sabía que no lo había leído. Era un tratado de demonología, su edición estaba fechada en 1963, era una traducción de una edición franco-belga de 1959. Un libro precioso, una edición de lujo con tapas de piel rojo púrpura y letras doradas, en el lomo había dibujada una cabeza de macho cabrío subrayada por el número 616. Lo retiré del resto y lo dejé como libro de mesilla, había despertado mi curiosidad, lo iría leyendo poco a poco.

A la mañana siguiente le pregunté a la compañera que nos lo había regalado la procedencia del mismo. Se quedó sorprendida, no lo conocía, no era consciente de haberlo tenido entre las manos. Lo había cogido de la bodega donde guardaban los trastos en la casa del pueblo, no había reparado en la portada, la escasa luz y las prisas habían impedido que se fijara en él.

Después de unos días decidí abandonar su lectura, me atasqué desde el principio. La primera parte era una de introducción a la numerología, demasiado árido y técnico para un profano como yo. Acabó, como el resto de libros, en la estantería de la casa rural, seguro que despertaba la curiosidad de alguno de los inquilinos.

Por fin alquilamos la casa, era la primera vez. Un veintiséis de enero, a las cinco de la tarde, llegaron a Ganuza dos parejas de Bilbao dispuestos a disfrutar de la sierra de Lokiz y de la tranquilidad de la casa. Les gusto mucho. No necesitaban ninguna orientación, venían con la documentación necesaria y las ideas muy claras. Subirían el sábado por la mañana a la sierra, visitarían Estella por la tarde, y el domingo tenían previsto ir al Nacedero del río Urederra. Un fin de semana completo.

La única peculiaridad que les comenté de la casa fue el pozo, a ras de suelo, que había en medio de la cocina. Realcé su valor comentando el trabajo que había costado extraer los escombros y, anticipándome a su pregunta, añadí que no tenía agua, no habíamos profundizado lo suficiente. También les comenté que pisaran sin miedo, la pesada tapa de cristal de seguridad aguantaba un mínimo de doscientos kilos. Les mostré el interruptor que lo iluminaba y les indique dónde había una jarapa por si querían ocultarlo.

En veinte minutos acabamos, anoté sus datos personales en el libro de huéspedes, me pagaron y les entregué las llaves. A las cinco y media salía para Pinseque, había quedado con Pili en el Roger. Tomamos tres vinos, suficientes para sentir cierta euforia, después de cuatro años de rehabilitación habíamos alquilado la casa, estabamos satisfechos y contentos.

Al día siguiente, sábado, bajamos a Zaragoza a tomar cañas con nuestros amigos. Nos retiramos pronto. Estábamos un poco cansados y temerosos de coger la gripe, los resfriados nos habían acompañado a lo largo del mes y se empeñaban en no abandonarnos del todo. Por la mañana nos despertó una llamada de Kepa, me pedía que acudiera a Ganuza, algo extraño había ocurrido, insistió en que no me preocupara, no era nada grave. Dejé a Pili en Pinseque y salí hacia el pueblo.

Cuando llegué, uno de los inquilinos estaba en cama asistido por una médica y una enfermera, Kepa me puso en antecedentes. De madrugada había sufrido un desvanecimiento, sus compañeros lo encontraron tirado en la cocina, alarmados, llamaron a los servicios de urgencias. Le habían administrado calmantes. La médica nos comentó que pensaba que el paciente había sufrido un shock nervioso, por las palabras que había balbuceado, creía que se había desmayado de miedo. Se encontraba muy agitado, habían llamado a una ambulancia para trasladarlo al hospital de Estella.

Nos preguntó a todos los presentes qué podía haber visto o intuido para sentir tal miedo. Sus compañeros no supieron que contestar, no encontraban ninguna razón. Yo comenté que lo único que podría haberlo asustado era el pozo que hay en la cocina, alguna sombra que se habría formado en su interior, aunque todos coincidimos en la singularidad e inocencia del mismo.

La ambulancia se llevó al paciente y su pareja al hospital, la otra pareja, una vez recogidas las maletas, acudiría a Estella con el coche. La médica, antes de marcharse, me comentó que el informe que había redactado no incluía ninguna referencia a la casa. Kepa se fue Legaria.

Por fin estaba solo, me desplacé hasta la cocina, encendí la luz del pozo y me asomé en él. Un grito escalofriante rompió la inquieta atmósfera de la casa, salí despavorido a trompicones, algo había quedado atrapado en su interior.

La cueva de San Prudencio, una mirada al pasado

cueva de san prudencio

En el pilar central, en la mitad del mismo, se encuentra la cueva de San Prudencio, a cuarenta metros de altura.

Hemos quedado en Ganuza con Luis, Ana y Verónica, vienen de Logroño. Un día vieron el vídeo La Cueva más salvaje de Navarra, de paseoscortosyvinosblancos.com, y pensaron que no podían perderse esta excursión. Llegan alrededor de las once. Koldo será nuestro guía, nos conducirá hasta la cueva de San Prudencio. Sigue leyendo