Archivo de la categoría: Al abrigo de Lokiz

Es el blog de Casa rural Zologorri. Se inició el 7 de mayo de 2013 con el objetivo de escribir sobre temas de interés. Después de algunos virajes, los relatos se han adueñado de este espacio.

El pastor de Lokiz

Vista desde la Sala de los pastores

Con nueve años tuvo que dejar el pueblo para estudiar en un colegio de la capital. No quería, a sus padres les costó un enorme disgusto y mucha pena dejarlo en aquel edificio lleno de niños. Un llanto desolado lo acompañó durante tres días, sus gimoteos pusieron a prueba la paciencia y la bondad del padre Xabier, estuvo a punto de llamar a sus padres para que se lo llevaran al pueblo.

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El fin del mundo

fin del mundo

Este hermoso y romántico rincón de Ganuza se lo debemos a Esparza.

No fue ninguna sorpresa, era algo ya esperado, no sabíamos exactamente cuándo iba a pasar pero ya se barruntaba que tendría que ser antes de 2022. Ese día nos reunió la alcaldesa en el concejo para comunicarnos que el fin del mundo de Ganuza tenía fecha, el 31 de mayo de 2021. Nos comentó que dicha fecha podría postergarse unos meses si todos los vecinos nos poníamos de acuerdo, pero solo hasta el 23 de diciembre de ese año. 

Después de un breve debate todos estuvieron de acuerdo en aceptar la fecha que nos había comunicado. Nos felicitó por un consenso tan rápido y nos convocó a una reunión para dentro de una semana, con el encargo expreso de que planteáramos qué íbamos a hacer en ese período de tiempo. Dio por cerrada la sesión.

A lo largo de la semana el pueblo estuvo más activo y parlanchín de lo normal, la llegada del panadero se convirtió en la excusa para realizar pequeñas asambleas y debatir propuestas. Algunas eran viejas reivindicaciones de siempre, como mantener las cunetas libres de hierbas para que no se deterioran los caminos. Mi tía manifestó que la cuesta de Andueza se había vuelto muy empinada y tenía dificultades para acceder a su casa. Varios cuidadores señalaron que deberíamos estar más pendientes de nuestros ancianos y visitarlos con más asiduidad. El de la casa rural añadió que sería conveniente balizar las rutas a la sierra.

Llegó el día de la reunión anunciada, la presidenta invitó a cada uno de los vecinos a que expresaran aquello que querían hacer hasta la fecha señalada. Las intervenciones fueron muy breves y explícitas, todos querían hacer lo que habían hecho hasta ahora, nadie quería cambiar su día a día, cada uno a lo suyo.

Una vez manifestado el deseo general del pueblo, la alcaldesa solicitó la intervención de los vecinos para resolver algunos de los problemas que le habían planteado a lo largo de la semana. Con buen criterio se resolvió hormigonar el camino que va de Ganuza a Arteaga que estaba muy deteriorado, se aprobó hacer un pasamanos en la cuesta de Andueza para que los mayores pudieran acceder sin dificultad, se solicitó que todos visitasen a aquellos mayores que se sentían demasiado cansados para salir de casa y se pidió, esto fue cosecha de la propia alcaldesa, que todos sin excepción sonrieran cada vez que se cruzaran con uno de sus convecinos.

Uno de los participantes manifestó que le daba pena que todo se acabara, no se quería perder el crecimiento de su hijo. ¡Los niños! Nadie se había acordado de los niños. Después de varios turnos de palabra, se decidió que los vecinos con menos de 46 años que lo desearan, podrían abandonar el pueblo una semana antes de la fecha señalada.

Cuando ya estaba finalizando la sesión, un residente expuso que unos huéspedes de la casa rural habían manifestado su deseo de participar en los eventos y la despedida del pueblo, querían compartir el fin del mundo con los vecinos. No sabíamos cómo responder a una petición tan extraña, la alcaldesa con el buen criterio de algunos vecinos sentenció. — Si los nuestros tienen la posibilidad de escapar con sus hijos al destino que tiene preparado el pueblo, no podemos rechazar a los que desean estar a nuestro lado en momentos tan especiales.

La vida del vecindario apenas se vio afectada, aunque sí se notó más actividad en el pueblo. De vez en cuando se veía a alguien barrer la calle con más esmero de lo normal o pasear a los niños mostrándoles los distintos rincones del pueblo. Llamaba la atención la actividad desarrollada en el frontón, los pelotaris del pueblo empezaron a entrenarse para formar un equipo, querían montar un torneo con el fin de celebrar el fin del mundo de Ganuza.

En uno de esos partidos de pelota, uno de los espectadores manifestó el deseo de darse un festín. En un instante pelotaris y espectadores se pusieron de acuerdo y pidieron a la alcaldesa que añadiera a la agenda una comida. 

Los más ilusionados eran los ancianos, aquellos que ya no salían de casa. Habían notado ese aire laborioso que precede a lo festivo, se sentían como niños que iban a participar juntos en un viaje maravilloso. Nunca se sintieron tan acompañados y alegres.

Siguieron días de calma acompañados de un contento comedido. Dos semanas antes del 31 de mayo, la alcaldesa convocó una reunión urgente, todos pensaron que se trataría de los últimos detalles para la celebración de los eventos. En la entrada del concejo se notaba cierto nerviosismo. La alcaldesa pidió calma. — Siento comunicaros que el fin del mundo se suspende indefinidamente. Esto es lo que nos han comunicado, no sabemos nada más

El estupor se dibujó en el rostro de los convocados, un aire de decepción recorrió la sala del concejo acompañado de alguna expresión gruesa. Al cabo de varios minutos las protestas se apagaron y se hizo un silencio de frustración. Un vecino que estaba al fondo de la sala se levantó. — Os propongo que a pesar de la suspensión sigamos con nuestras actividades, hemos conseguido tener un pueblo más agradable y amable, y nuestros ancianos están más contentos e ilusionados que nunca. Sigamos como si el fin del mundo fuera cada 31 de mayo.

La crispación de los rostros se relajó dando paso a una sonrisa de esperanza, un rumor de aceptación recorrió la sala para finalizar en una explosión de aplausos. Un hombre sonreía incrédulo ante el abrazo de sus vecinos. Ese día, la estrella de Ganuza brilló con más luz en el firmamento.

La boina roja

Hace ya muchos años, cuando mis padres pasaron a vivir a la casa de mis abuelos, descubrimos un mundo nuevo impregnado de viejas historias y objetos antiguos que nos sedujeron con la magia de lo ancestral. Ese caserón lleno de misterios y rincones por descubrir emborrachó mi curiosidad y me llevó a investigar todo aquello que se escondiese detrás de armarios, cajones o alacenas. 

Un día muy caluroso, buscando la umbría y el frescor de la casa, di con un nuevo armario que estaba en un pasillo de la última planta, estaba tan a la vista que ni siquiera me había dado cuenta de su presencia. Moviendo ropas y cajones vislumbré una boina roja con borla amarilla. 

Me asombré del descubrimiento, como si de un objeto mágico se tratara, la luminosidad y el brillo de los colores me transportó a un mundo solemne de héroes y grandes hazañas. El tío Andrés, el tío americano que regresó de las américas sin fortuna, había llenado mi cabeza de historias, muchas de ellas tintadas con el colorido de su vivencia de emigrante, otras llevaban la impronta de lo cercano, de la memoria de esta tierra. 

Andrés Oroquieta nació en 1885, en unos tiempos relativamente apacibles. Navarra se estaba recuperando de los desastres de la última guerra carlista, los graneros se estaban llenando pero las historias y malos recuerdos aún permanecerían por mucho tiempo. De esta manera, con los relatos acumulados a lo largo de los años y la voluntad de no olvidar, una parte de la crónica de la familia quedó en manos de mi tío.

Murió cuando yo tenía 7 años, en la habitación que después sería de mis padres. Tuvo tiempo para llenar mi cabeza de historias que con el tiempo y las ausencias de la casa paterna fui olvidando. 

Hace unas semanas, estando en casa de mi madre le pedí una sudadera, me había puesto perdido de cemento. Me indicó que la cogiera del armario que hay en el pasillo de la tercera planta. Subí las escaleras, abrí las puertas del armario y empecé a mover mantas, zamarras, sábanas, … Seguí hurgando en busca de la sudadera hasta que di con una boina roja con una borla amarilla, la cogí con delicadeza y la observé con curiosidad. En un instante el estupor me sorprendió, una imagen violenta llenó mi mente de imágenes y voces, la historia de Valerio Oroquieta contada por el tío Andreś me vapuleó emocionalmente, una tristeza fúnebre se apoderó de mi estado de ánimo.

Tenía 26 años cuando estalló la guerra carlista. Se enganchó en una partida que se organizó desde Murieta, se encargaban de vigilar la carretera del Ega y hostigar a los alaveses desde Santa Cruz de Campezo.

En enero de 1874 varias unidades Navarras, entre las que se contaba la de Valerio, fueron convocadas para defender el sitio de Bilbao. Después de varios reveses y tres meses de enfrentamiento los batallones carlistas tuvieron que abandonar el asedio de la villa. En abril estuvo en Ganuza, le dieron dos semanas de permiso para recuperarse de las fatigas y una disentería. Fue la última vez que lo vieron. A mediados de abril partió de nuevo para incorporarse a su batallón. Unas alpargatas nuevas, su boina y el morral medio vacío le acompañaron.

A finales de julio, varios batallones se atrincheraron en Monte Muru, cerca de Abárzuza, con el objetivo de cortar el avance del ejército republicano. Después de varias escaramuzas se ordenó una contraofensiva, Valerio cayó de bruces en el suelo, una descarga de fusilería lo abatió. Un compañero de armas, paisano de Murugarren, vio como un proyectil le reventó el pecho, cogió su boina roja, la guardó en el morral y siguió corriendo ladera abajo.

Los carlistas consiguieron ganar la batalla, Estella seguiría en sus manos. Después de la retirada vino el recuento e identificación de los muertos, la mayoría de ellos, al igual que Valerio, fueron enterrados en fosas comunes cercanas a la iglesia de Muru. 

Transcurridos unos días, un soldado a caballo con la prestancia de un oficial se presentó en casa Oroquieta, era vecino de Murieta. Comunicó a sus padres la muerte de su hijo y les entregó la boina roja con la borla amarilla.

El tío Andrés recordaba: la entrada del jinete en el pueblo fue tan sorprendente, el colorido del uniforme tan vistoso, que todos pensaron que Valerio debió hacer algo muy grande para que la mala nueva hubiera llegado en manos de un militar de tanto postín.

La boina quedó depositada en la alacena del cuarto principal durante muchos años, hasta que un día Patro, la que fuera sobrina de Valerio, la guardó en el armario harta de ver cómo se cubría de polvo.

Flores en el Nacedero del Urederra

Fotografía de Jaime Juan

En busca del río

La casa rural había quedado libre unos días de septiembre, decidimos ocuparla nosotros para hacer turismo y descansar. Pili aún no había visto el Nacedero del río Urederra, ésta era una buena oportunidad para visitarlo, el lunes reservamos plaza y al día siguiente, a las once de la mañana, salíamos para Baquedano.

Cuando llegamos nos quedamos sorprendidos, un martes de septiembre y el parking estaba casi lleno. Haríamos una excursión acompañados de un montón de gente.

La bajada hasta el bosque de hayas que protege el conjunto del Nacedero fue rápida, adelantamos a un montón de viandantes. Es un paseo familiar apto para acompañarse de niños muy pequeños. Vimos un señor con muletas, hace falta tener coraje y mucho fondo para hacer un paseo tan largo con las exigentes muletas.

El Nacedero del Urederra se podría dividir en dos partes, la más baja donde el río forma remansos de aguas azul turquesa que dan al entorno un aire irreal y fantástico. Y la parte más alta, donde se encuentra la pequeña cascada de agua que surge de la roca y da lugar al nacimiento del río. La mayoría de los visitantes se quedan extasiados en la parte baja, el resto deciden acabar el recorrido y subir por una senda rota por pequeños arroyos, rocas dispares y multitud de raíces.

Unos minutos antes de llegar al Nacedero, desde una de las múltiples pasarelas que hay en la senda, vimos unos claveles rojos y blancos depositados en una de las pozas del río. Nos sorprendió muchísimo. Lo primero que pensamos es que se trataba de los restos de un homenaje a alguien que había fallecido. Nos quedamos con la duda, de regreso al pueblo preguntaríamos a la señora que gestiona la entrada del parking.

Volvimos por el camino indicado por los gestores del parque, una estrecha pista muy poco frecuentada que discurre apaciblemente por el bosque de hayas. En muy poco tiempo estábamos enfrente de la caseta del aparcamiento.

 

El misterio de las flores

Fotografía de Miguel Angel García

Preguntamos a la señora por el sentido de las flores que habíamos visto en el río. La expresión de su cara cambió, una mueca de disgusto asomó en su rostro. Se disculpó por no poder darnos razón alguna. Estaba claro que no quería hablar, no insistimos, le dimos las gracias y nos despedirnos, seguiríamos indagando en otro lugar.

Habíamos decidido comer en la Venta de Larrión, antes de subir al comedor nos pasamos por el bar para tomar una cerveza. Aprovechamos para preguntar al camarero, ya nos conocía de otras veces, si había ocurrido algo en Baquedano o en los pueblos de alrededor, sin darle tiempo a contestar, le hablamos de las flores que habíamos visto en una de las pozas del río.

También cambió la expresión, se puso muy serio. — La semana pasado enterraron en el pueblo a uno de sus vecinos. Dicen que se quitó la vida porque no podía soportar en qué se había convertido el Nacedero del Urederra. Ha agitado la conciencia de los habitantes de las Amescoas, no les gusta cómo se está gestionando el Parque Natural.

No nos pudo decir más, los clientes requerían su atención. Nos quedamos sorprendidos, no habíamos sospechado algo así, siempre habíamos pensado que los habitantes de las Amescoas estaban encantados con los turistas que visitaban el Nacedero. Nos quedamos con las ganas de conocer más de aquél hombre que había sucumbido a la tristeza de un paisaje perdido.

Después de comer bajamos a la barra a tomar el café, queríamos encontrarnos de nuevo con el camarero. No hizo falta preguntarle nada, vino hacia nosotros y nos señaló una mesa, — ese cliente es de Baquedano, me ha comentado que no le importa hablar con vosotros, seguro que os puede contar más cosas.

 

En pos de la tragedia

Nos acercamos y nos presentamos, ya sabía de qué queríamos hablar. Nos invitó a sentarnos. Después de algunos comentarios amables y justificar nuestra curiosidad, empezó a contar la historia.

— Ya desde niño había hecho del Nacedero un lugar propio al que huía de la rutina de la escuela y del colegio. Muchas veces fui su compañero de juegos, cuántas veces creamos reinos imaginarios delimitados por los pequeños arroyos y defendidos por enormes hayas, cuantas veces metimos la cabeza en el río en busca del hechizo que teñía las aguas de azul turquesa.

Su infancia estuvo marcada por la magia del Nacedero. Se fue a estudiar a la capital pero nunca dejó de acudir al río cuando venía de vacaciones. Cuando acabó los estudios decidió instalarse en el pueblo y rehabilitar una casa para turismo rural, necesitaba tener cerca el río, ese paraíso de agua y hayas que había marcado su infancia.

Fotografía de María Pilar Gorriz

La rehabilitación de la casa puso fin a un período muy activo lleno de ilusiones y proyectos, probablemente fue una de las épocas más felices de su vida. Todo cambió repentinamente. En un breve margen de tiempo, el Nacedero del Urederra pasó de ser un espacio natural visitado por amantes de la naturaleza a convertirse en objetivo turístico de miles de visitantes. Cuando fue consciente de este hecho su vida cambió, los sueños se esfumaron, los días de felicidad tocaron a su fin.

Paulatinamente las orillas del río se fueron degradando, las aves y los pequeños mamíferos abandonaron el soto para refugiarse en lugares recónditos, los turistas se adueñaron del parque natural.

Tomó un sorbo de café frío, la emoción casi no le deja hablar. — Yo creo que el día que fue consciente de que el turismo era un proceso irreversible, decidió que este mundo no era lugar para él. Cambió, la amargura lo embargó, se volvió un tipo taciturno y poco sociable. Poco a poco se fue ganando la antipatía de los vecinos.

Tuvo un respiro cuando se habló de regular las visitas, por un momento pensó que los criterios de conservación del entorno iban a pesar más que los intereses turísticos. No fue así, el objetivo no era conservacionista, simplemente querían gestionar con más eficacia la marea humana que día a día hollaba las orillas del río.

El relato se cortó mientras pedíamos otro café. Le pregunté a qué se dedicaba, era guarda forestal, al igual que su amigo, una vez acabados los estudios, decidió regresar al pueblo, se presentó a unas oposiciones para estar cerca del bosque de hayas. Huvo suerte, aprobó.

Después de acabar con el café, no quería que se le enfriara de nuevo, continuó con la historia. — Estuvimos hablando tres días antes del fatal desenlace. Me contó que había acudido al atardecer al Nacedero, ahora sé que era una despedida. Me describió cómo las orillas estaban peladas, el musgo y los helechos habían desaparecido totalmente, también me habló del silencio espectral, ya no quedaba más vida que las truchas que nadaban en el río, incluso mencionó el deterioro del equipamiento de las sendas: vallas rotas, sirgas sueltas, … No había tristeza en su relato, solo una profunda amargura y el atisbo de un abismo.

El miércoles de la semana pasada se dirigió al Mirador de Ubaba y saltó al vacío. Fue visto por unos turistas que rápidamente llamaron al 112. En el valle nadie se sorprendió ni de que se quitara la vida ni del lugar elegido. Muchos vimos en este acto una venganza contra todos aquellos que habíamos consentido el deterioro del río y contra ese turista aborregado que todo lo invadía. Los medios silenciaron este hecho para no «asustar» a los visitantes.

 

La despedida

Por un momento dejó de hablar y bajó la cabeza, algo se cruzó en su pensamiento que cortó el hilo de su discurso, pasados unos instantes continuó. — El funeral fue triste e incómodo. Todos nos sentimos aludidos. Sabíamos que tenía razón, el Nacedero había perdido la magia de antaño, solo quedaban las aguas turquesas cada vez más turbias y unas hayas sombrías que habían perdido la alegría de las aves que se guarecían en ellas. Hemos convertido el río en una gran maqueta acartonada, sin vida, donde los únicos protagonistas son los turistas.

Una pausa demasiado larga, rota por el rugir de un camión que pasaba por la carretera, dio paso a una declaración que puso el punto final a la historia. — Es el sino de nuestro tiempo, sentimos la necesidad de visitar todo aquello que nos sugieren, tenga o no significado para nosotros.

Ya era un poco tarde. Nos despedimos. Se dirigió al aparcamiento, arrancó el coche y condujo lentamente hacia el asfalto mientras levantaba la mano. Nos quedamos ensimismados en la mesa esperando una caña, la televisión emitía el informativo regional, un presentador estirado daba una noticia que llamó nuestra atención: El Nacedero del Urederra fue en 2017 el espacio natural más visitado de Navarra con 150.000 personas.

A la sombra de una tuba wagneriana

Un domingo por la noche recibimos un mensaje de wasap de una persona que decía conocerme, se presentó como exalumno de la Universidad Laboral de Gijón. Querían alquilar la casa para el fin de semana, les habían hablado de nosotros y les pareció una buena idea darse una vuelta por Tierra Estella.

Me cité con ellos un sábado, llegarían alrededor de la seis de la tarde, venían tranquilos, sin prisas, querían disfrutar de la libertad de viajar solos, un lujo que hasta entonces no se habían podido permitir.

Una llamada de teléfono me comunicó que ya estaban en la puerta de la casa. Un individuo afable y sonriente descendió del coche, tenía que ser él, mi compañero de estudios. Nos abrazamos con alegría. Estos encuentros son para mí un reto, mi memoria es muy endeble y temo quedar como un imbécil.

Al poco se apeó la conductora, una mujer cálida venida de las frías aguas del Mar del Norte, que acabó asentándose en el Mediterráneo por amor a ese hombre afable y sonriente. Con cierta celeridad les enseñé la casa, apenas pudimos hablar, ellos tenían que ir de compras a Estella y yo había quedado en Zaragoza. Nos despedimos con un selfie que no llegué a ver. Ya en el coche pensé mucho en ellos, habían despertado mi curiosidad.

A los tres días volvimos a Ganuza, había que preparar el apartamento para los siguientes huéspedes. Un vecino me contó una anécdota que me conmovió.

Estaba paseando mi compañero por el pueblo, por el camino paralelo al “regacho”, cuando vió una cámara frigorífica semioculta en la maleza de la orilla, la sacó del matorral y la transportó como pudo hasta los contenedores de basura ubicados detrás del frontón.

Este gesto no pasó desapercibido, sorprendió, un forastero, un turista comprometido con la limpieza del pueblo. Aquellos que lo vieron, lo felicitaron. De alguna manera su conducta trascendió y se difundió por el pueblo. A la mañana siguiente, una vecina agradecida por su gesto le obsequió con unos calabacines de su huerta.

No fue una casualidad, solía llevar varias bolsas de plástico en el bolsillo en las que iba introduciendo los objetos que encontraba abandonados en sus paseos. Estaba comprometido con las personas y con su entorno, allá donde iba su conducta era la misma, contribuía con discreción a mantener limpio el escenario que pisaba, como hacía en su pueblo cuando se entrenaba para las carreras de maratón.

En algunos mensajes que intercambiamos, me contó que en el pueblo estuvieron muy tranquilos, llenaron el tiempo con paseos por el campo, ejercicios de yoga en el jardín y una excursión a la ermita de Santiago de Lokiz. Las comidas, las siestas y el relajo acapararon el resto del tiempo. No ambicionaban más, Ganuza era la antesala de un deseo largo tiempo esperado.

Aguardaban con impaciencia abrazar a su hija, el continente Sudamericano la había tenido ocupada durante nueve largos meses, demasiado tiempo para unos padres que amaban apasionadamente. Yo creo que fueron a Ganuza a preparar el corazón para las emociones fuertes del encuentro y calmar la ansiedad de la espera.

Recogieron a su hija en el aeropuerto y se fueron a su pueblo, quería disfrutar de su presencia, echar un vistazo al negocio y preparar un viaje al lejano oriente en el que ejercería de embajador musical. Dirigía una empresa ejemplar donde el trasiego de instrumentos musicales se solapaba con iniciativas solidarias y el balance de las cuentas estaba mediatizado por una impronta social que le había valido reconocimiento y premios.

Me quedé fascinado con el personaje. Un día me acercaré a su tierra,  me gustaría que me enseñara las naves que albergan los instrumentos musicales, que me contara el ambicioso proyecto del Conservatorio de Música y me invitara a uno de los múltiples conciertos que organizan en su pueblo. Cuando llegara la hora, en torno a una paella y un vaso de vino, querría que me hablara de las claves que han gobernado su vida.

Sí, es un hombre especial al que quiero conocer más, apenas tuve tiempo de cruzar unas palabras con él. El poco tiempo que estuvo en Ganuza dejó testimonio de su calidad como persona.

Me he convertido en su admirador. Hace tiempo que mi ambición se centra en conocer personas que me inspiren, que me ayuden a darle sentido a una vida basada en un guión demasiado manido, que me animen a forjar actitudes solidarias que me reconcilien con el mundo. Creo que he encontrado a una de esas personas.

Entre el mar y la tierra

Soportaban mal el calor de un valle de veranos tan tórridos y secos, de una luz que cegaba y hacía imposibles los colores, la incomodidad provocaba la estampida de sus habitantes hacia tierras de canícula más suave. Habían decidido ir hacia el Norte en busca de temperaturas más bajas y ambiente más húmedo. Salieron sin prisa, cerca de 500 km. de un asfalto fácil les esperaba antes de llegar a su destino.

Después de cuatro horas de autopistas alcanzaron el verde de esa costa tan esperada. Ya sólo faltaban unos kilómetros para llegar al pueblo donde habían alquilado el apartamento. De repente, una vista espectacular llenó el parabrisas del coche, la Sierra de Cuera se levantaba a la izquierda con toda la coquetería y la belleza de las montañas del Norte, a la derecha quedaba el mar para realzar el contraste y presumir de su cercanía.

Una carretera estrecha flanqueada por verdes prados se dibujó cuando dejaron la autovía. Pueblos muy pequeño, casas aisladas y paisanos de a pié les acompañaron en ese trayecto de cuento. Ya en Villanueva de Pría, en el apartamento, se asearon y recibieron de la anfitriona una sesión ilustrada sobre los puntos mas hermosos de la costa. Salieron documentados y motivados ante el abanico de posibilidades del que podían disfrutar.

El primer paseo fue en busca de un merendero, La Puente, donde disfrutaron de dos botellas de sidra, una tercera cayó en el bar de la piscina. Cansados y achispados regresaron a casa tutelados por la tenue luz de un atardecer que se obstinaba en no apagarse.

La siguiente jornada fue intensa en visitas. El encanto de una playa interior como Gulpiyuri, el vértigo de los acantilados que la rodeaban, la tranquilidad del arenal cercano de San Antolín. Cargados de mar, salieron de la costa y decidieron sumergirse en el interior, en lugares que antaño habían visitado. Posadas, Ardisana, la Montaña Mágica, Palacio y el Sucón motivaron un viaje emocional intenso en el que se hicieron acompañar de seres de otro mundo que un día estuvieron a su lado. En algunos kilómetros la nostalgia y la tristeza se apoderaron de ellos.

De nuevo se sumergieron en la costa para disfrutar de la postal del cementerio y el puerto de Barro, para sucumbir a la espectacularidad de las panorámicas de las playas de Turimbia y Turanzas, para regodearse en una costa que dibujaba escondites recónditos de una belleza exótica. Regresaron al apartamento satisfechos, cansados, con las pupilas dilatadas de tanta belleza, con los sentimientos a flor de piel después de tantas emociones.

Paseos de tarde para descubrir las playas de Cuevas del Mar o de Guadamía, visitas a la Antigua Central de Pesa, un merendero coqueto donde escanciaban una sidra que les sabía a gloria y reforzaba el sabor de esa tierra verde y húmeda.

En uno de esos paseos vespertinos descubrieron la playa del Canal. Se sintieron fascinados por ese pasillo abierto al mar, por esos paredones que la custodiaban. Por primera vez vislumbraron una puerta abierta a la vida, una vía para quedarse en esa tierra.

Cuando llegaron del paseo ya no eran los mismos. Una extraña serenidad se dibujaba en sus rostros, su mirada había adquirido un brillo especial, incluso el tono de sus voces había cambiado, así lo atestiguó la anfitriona que solía tener un momento para ellos al atardecer.

Al día siguiente partían para su tierra, las vacaciones habían acabado. Se despidieron.

Por la mañana la propietaria del apartamento comprobó que los equipajes aún seguían en sus aposentos, que aún no habían salido. Se alarmó. Les llamó por teléfono, preguntó a los ocupantes de los otros apartamentos, habló con vecinos del pueblo. No consiguió ninguna pista de su paradero. Al atardecer ya no pudo más, denunció la desaparición a la Guardia Civil, al día siguiente pondrían en marcha el protocolo de búsqueda.

No hizo falta esperar mucho, por la mañana un ganadero descubrió en la playa del Canal dos cuerpos sin vida. Habían sido depositados de forma caprichosa y cuidadosa sobre la arena. La marea no quiso dibujar una tragedia, prefirió mostrar una escena idílica de encuentro con el mar, una fusión con la tierra que tanto amaban.

Las pesquisas llevadas a cabo descubrieron que las últimas personas que las habían visto eran tres ancianas del lugar que salían a pasear todas las tardes. Comentaron a las autoridades que los vieron contentos y sonrientes, iban un poco despistados por la carretera en busca del mar.

También interrogaron al propietario de la Antigua Central de Pesa. Les dio una versión parecida, estaban alegres y se les notaba que estaban disfrutando de su estancia. Le llamó la atención el énfasis que pusieron al manifestar que estaban buscando el modo de no volver a su casa, de quedarse para siempre en esta tierra.

Un halo de misterio envolvió el ahogamiento de esta pareja en la playa del Canal, para los periódicos y la guardia civil fue un desgraciado accidente que acabó con la vida de dos turistas. Las personas que los frecuentaron sabían que había algo más, vieron en ellos una determinación que no supieron interpretar, una mirada que trascendía el presente para mostrar una lejanía misteriosa.

La dueña de los apartamentos, una vez superada la tristeza de la tragedia, incorporó a los atractivos del lugar la historia de esta pareja que no quiso abandonar esa tierra de verde y mar. Con los años la historia se convirtió en leyenda y consiguió ocupar un espacio entre los Trasgos y las Xanas. La playa del Canal y el pueblo de Villanueva de Pría se ganaron un lugar en el peregrinaje de turistas.

Ramón González Ferreira

Yataity. Fotografía de José Bogado

Se llamaba Ramón, lo conocí en Paraguay en el verano de 2014. Estábamos montando una antena en un montículo cercano a Guayabí, cuando un hombre de cierta edad se acercó tímidamente pidiendo trabajo. Se dirigió a Samuel y a mí, aunque estábamos tostados por el sol, éramos los dos blanquitos de la cuadrilla, el resto eran vecinos de los pueblos cercanos. Le comentamos que no le podíamos pagar, el trabajo formaba parte del proyecto de una ONG que intentaba llevar internet a las zonas más desfavorecidas de la región, todos los que estábamos allí, incluidos los residentes, éramos voluntarios, no nos pagaban ningún jornal, nos alimentaban y a los que no teníamos alojamiento nos lo daban.

Se quedó con nosotros, no tenía dónde ir. Había venido andando desde Asunción manteniéndose con trabajos esporádicos que le daban por los pueblos que pasaba. Procedía de un suburbio, una de las riadas del río Paraguay se había llevado su chabola y todos sus bienes, su mujer había muerto un año antes víctima de una angina de pecho. Harto del lugar, no encontró ningún motivo para volver a levantar la chabola, decidió escapar del río y dirigirse al interior en busca de una vida con menos sobresaltos.

Era un tipo especial, a pesar de todo lo que había pasado seguía manteniendo una fe en la vida que no se entendía muy bien, eso le ayudaba a tener buen carácter y a mostrar un optimismo a prueba de catástrofes. Sólo le vi cabizbajo el día que celebramos el final del proyecto, tenía razones para ello, el grupo de trabajo se disolvía y nosotros regresábamos a España. A pesar de ello, en la despedida recuperó su optimismo y no dudó en insistir en que volveríamos a vernos. Ya tenían Internet en el departamento de San Pedro, le indicamos cómo podía ponerse en contacto con nosotros.

Yo también sentí dejarlo, estando a su lado aprendí a discernir nuevos matices en una realidad que parecía repetirse día a día, me enseñó a acompasarme a las horas del día. Me decía — No debes conducirte igual por la mañana que al atardecer, soségate, observa el brillo apagado del ocaso del sol, es el momento de relajarse y disfrutar del descanso. Incorporé el sol a mi vida como un tutor que me daba sabios consejos.

Ya en España, Samuel y yo nos separamos, él se fue a su Cantabria de mar y verde, yo regresé a Zaragoza, a seguir con ese curro que había dejado por dos meses. Me costó mucho volver a tomar las riendas de mi vida, la estancia en Paraguay me había influido más de lo esperado. Me había aproximado a una vida mucho más simple y esencial. A pesar de los horarios de trabajo y del calor agobiante, gocé de una paz que nunca antes había disfrutado, me liberé del estrés y las prisas, de la vanidad y el orgullo, me esforcé en entender a aquellas gentes y, por primera vez, sentí la necesidad acuciante de ayudar a mejorar la vida de los que me rodeaban.

La rehabilitación de la casa de Ganuza me dio aire que respirar y un mundo para soñar en proyectos radicales. Añoraba a Ramón, seguro que él hubiera sabido decirme cómo debía interpretar esos cielos, esas paredes de piedra, ese desasosiego que tenía desde mi regreso.

Intenté comunicarme con él a través del enlace que la ONG tenía en Guayabí, no fue posible, me comentó que al poco de marcharnos nosotros, abandonó la ciudad. Intenté organizar mis ideas pero no pude, el caos se había apoderado de mí, no podía conciliar la experiencia en Paraguay con la realidad de Zaragoza, estaba paralizado.

Decidí llamar a Samuel, le pedí que se acercara a Ganuza, podíamos disfrutar del fin de semana e intercambiar experiencias y pareceres. A él le pasaba un poco lo mismo, la experiencia paraguaya le había pesado más de lo que había pensado, para sobreponerse a ella, trabajaba como voluntario en una asociación que atendía en lo que podía a los indigentes de Torrelavega, esto le ayudaba a sentir cierta coherencia.

Le encantó la casa y el proyecto de hotelito rural. De sopetón me suelta, — ¿por qué no te traes a Ramón? Le podrías dar trabajo, podría hacerse cargo de la limpieza y la recepción de viajeros. Le comenté que había intentado ponerme en contacto con él pero que no lo había localizado. Me animó a que siguiera adelante y a que intentará localizarlo.

El tiempo fue pasando, Samuel se casó y siguió con su voluntariado, nosotros conseguimos finalizar las cinco habitaciones de la primera planta y abrir el hotelito con la  ayuda de una chica del pueblo de al lado. Un día llegó un mensaje electrónico de Guayabí, era el enlace de la ONG, habían localizado a Ramón, estaba de nuevo en la ciudad. Le contesté rápidamente  pidiéndole que me ayudara a comunicarme con él. Por fin pude transmitirle mi deseo de que viniera a España a trabajar.

A través Western Union le mandé dinero para el viaje y por correo electrónico le envíe el localizador del billete de avión. Un tres de octubre, a las diez de la mañana, llegaba a Madrid, lo recogí en el aeropuerto y salimos rápidamente para Ganuza. En el trayecto me fue contando cómo había pasado esos últimos cuatro años. Lo noté cambiado, más apagado, menos animoso. Me comentó que no se encontraba bien.

A las tres y media ya estábamos en Ganuza, nos esperaban Pili, que se había encargado de la comida, Samuel y su mujer. Fue un encuentro entrañable, una comida que siempre permanecería en la memoria, no dejé de escrutar su mirada y sus gestos, de sentir un placer enorme por tenerlo a mi lado.

Los meses que siguieron fueron grises, el invierno se adelantó empujado por un viento frío del norte que borró los últimos vestigios del verano. El hotelito funcionaba bajo mínimos, con un tiempo tan desapacible apenas se acercaban viajeros a Ganuza. En noviembre decidimos cerrar la temporada.

Un manto de tristeza cubrió la casa, sólo quedó espacio para la resignación y el dolor. Ramón murió en el hospital de Estella el tres de diciembre, un cáncer de páncreas diagnosticado tardíamente acabó con su vida. Samuel y yo velamos sus últimos días. Nos confesó que ya sabía que padecía algo grave, había venido a morir a nuestro lado. Sus últimos recuerdos fueron para su país y para aquella mujer que se quedó a orillas del río.

La resaca

Todo está a punto. Estos días están siendo muy exigentes, muchos detalles a tener en cuenta, un papeleo impresionante, obras imprevistas de última hora que nos han obligado a pedir dinero. Estoy cansado, apático, casi desmoralizado.

Un abatimiento que ayer logré mitigar con la plancha y las sábanas. La simbiosis plancha-ropa de cama me transporta al entorno amable de una casa rural, a un modo de vida más apacible en el que los problemas del mundo, del día a día, se resuelven eliminando arrugas, limpiando, manteniendo ese espacio en un orden acorde con el entorno. También me lleva a evocar una vieja idea que se fue empapando de romanticismo. El regreso al pueblo de mis antepasados donde yo nací, el redescubrimiento de la muralla que representa la sierra de Lokiz, la creencia de que sería capaz de crear un espacio en el que todos los que pasaran por allí pudieran disfrutar.

Cuatro años de rehabilitación, algunas cenas en la sociedad del pueblo, muchos viernes visualizando unas calles desiertas, han dinamitado cualquier atisbo de romanticismo, me han dejado la certeza de que no puedo vivir en Ganuza. A pesar de ello, sigo teniendo ganas de transformar ese trozo de pueblo que me cedió mi familia, reconvertirlo en un espacio bonito, de disfrute, que se materialice en un pequeño hotel rural o en una gran casa, en un bar con terraza, en unas cervezas al abrigo de las peñas.

Mi idea sigue siendo explotar la belleza de la sierra, la singularidad del pueblo. Yo creo que no es complicado, si un vídeo espectacular  de paseoscortosyvinosblancos ha sido capaz de llevar la cueva de San Prudencio a miles de ciudadanos y generar un flujo continuo de visitantes a la sierra de Lokiz, por qué no vamos a poder atraerlos con un vino y unos huevos rotos trufados en un entorno casi mágico.

Hemos acabado la primera fase, poner en marcha el apartamento rural, reforzar y sanear la estructura del edificio, y  rehabilitar el exterior. Hemos trabajado mucho, hemos consumido nuestras reservas de ahorros y, también, hemos acabado un poco hartos y cansados. Pronto, cuando el trabajo de la casa esté organizado, cuando tengamos un poco de dinero, cuando nos hayamos recuperado del cansancio, empezaremos a rehabilitar el corral de la vaca, un espacio de 40 metros que servirá de zona común para los huéspedes, o será el germen de un bar.

A veces tengo la impresión de que mi vida es una huida hacia adelante, estoy haciendo de estos pequeños proyectos la razón de mi existencia, … No sé si esto está bien, me divierten, pero seguro que hay cosas, actividades, sueños que llenan más. En cualquier caso no encuentro una buena razón para no hacer lo que hago. No sé si me engaño cuando me digo que hago lo que quiero, cuando me convenzo de que quiero estar ahí, enfangado con problemas de promotor, hipotecado con fines de semana alejado de mis amigos, agotado por una actividad que supera la energía de mis años.

A pesar de las dificultades y el cansancio, mi carácter me hace mirar hacia adelante. Intento mantener vivo al iluso que llevo dentro. Me he alejado de las catástrofes y la probredumbre proyectada por los medios, me alimento de lo mejor que encuentro a mi alrededor.  Disfruto contemplando lo hecho. Admiro a los amigos que se buscan la vida día a día en sus negocios y trabajos temporales. Me gustan aquéllos que gestionan lo cotidiano con ganas e ilusión, también aquéllos que miran a sus hijos con amor. Adoro las personas discretas y humildes.

¿Qué me ha aportado esta experiencia de cuatro años? No lo sé, no he crecido como persona, la pareja no ha salido fortalecida, tal vez sólo haya envejecido. Podría decir que necesitaba hacerlo, pero tampoco estoy seguro, hay otras cosas que me han ilusionado que costaban mucho menos esfuerzo y no las he hecho. Creo que me he convencido de que para mí es bueno hacer cosas, no parar, he llegado a pensar que para sentirme vivo necesito materializar mis ilusiones en proyectos.

Muchas veces he dudado de mis pensamientos, de esas convicciones que uso para justificarme en una conversación. Tengo la sensación de que intento simplificar mi vida, mejorar mi relación con el entorno para disfrutar más de él, liberarme de las rutinas que no me aportan nada, … Creo que sigo buscando, intento escapar de la incertidumbre, aunque en muchas ocasiones me veo perdido en una agenda cargada de obligaciones y compromisos que me despistan y agobian.