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Relatos cortos e historias escritas al amparo de un proyecto de casa rural en navarra

Una historia escondida

Juan, María y Javier

Hace unos meses vi Dieta Mediterránea, una comedia dirigida por Joaquín Oristrell en la que se plantean las peculiaridades de algunas relaciones. Una de esas relaciones es un trío, dos hombres y una mujer manteniendo una relación estable y visible.

Quise acercarme a esta figura, sentía la necesidad de conocer algunos de sus secretos. Internet no me ayudó, mucha paja y glamour, artículos banales de periódicos y muchas referencias a una moda que está en voga, el poliamor. Opté por buscar a alguien que hubiera estado sumergido en esta experiencia.

Empecé a interrogar a mi entorno, envié mensajes, me registré en foros, investigué en los grupos de las redes sociales y, por fin, dí con una dirección de correo electrónico.

Fue un proceso arduo y comprometido contactar con ella, fueron necesarios  tres meses y muchas confesiones para que confiara en mí, en este proceso fueron emergiendo mis dudas e inquietudes. Al fin accedió.

Me desplacé a Lérida, habíamos quedado en una cafetería del centro. Nos saludamos con cierta timidez, le agradecí efusivamente que hubiera acudido a la cita. Nos sentamos en una mesa un poco retirada y pedimos un café con leche y un cortado. Después de una breve conversación para familiarizarnos, le invité a que me contara su historia.

El principio

— Los conocí en la Universidad en un tiempo en que todo era nuevo para nosotros, en el que España, con la muerte del dictador, nos sorprendió con una apertura para la que no estábamos preparados. Todo quedó patas arriba, nada servía, una nueva etapa de aprendizaje se abría paso. Se impuso una radicalidad muy inocente que nos llevó a experimentar vivencias que creíamos nuevas. En este galimatías experiencial estaban ellos, dos pardillos de pueblo dispuestos a sumergirse en esa piscina de aguas revueltas y poco claras.

Iban juntos a todas partes, no se perdían una asamblea, una farra, tampoco una clase. Un día, después de la agitación producida por una manifestación y la correspondiente gira por los bares, acabé con ellos en la cama. El alcohol y el hachís propiciaron este encuentro amoroso. Lo que debiera haber finalizado como una noche loca, fue el inicio de una rutina de acompañamiento, allí donde iba siempre los encontraba, esperándome, dispuestos a llevarme a todos los sitios, incluso al ginecólogo.

Fue una época muy bonita e inocente en la que jugamos a vivir y a demostrar al mundo que la felicidad era un juego de amor, entrega y fe. Pensábamos que estábamos viviendo en una burbuja que tarde o temprano explotaría, pero no fue así.

Unos lazos invisibles comenzaron a forjarse, un sentido de pertenencia se manifestó con fuerza. A partir de ese momento todo cambió, unas ganas enormes de vivir juntos nos llevó a alquilar un piso en Delicias e iniciar una convivencia en común. Una vida más organizada y comprometida se  abría ante nosotros. El ritmo de salidas decayó, la vida se volvió más pausada, el estudio ganó más horas y los desacuerdos se manifestaron con más énfasis.

Mientras la burbuja de la diversión nos envolvió, todo pareció ir bien, todo cabía en ese trío de jóvenes alocados. Cuando tomamos la decisión de compartir piso, nos subimos a un carro invisible de compromisos para el que no estábamos preparados y al que hubo que hacer frente. Pasamos de hacer planes disparatados a razonar como una familia normal, pensando en trabajos, futuro, vivienda, hijos, etc. Nos dotamos de unas normas básicas para proteger la relación de nuestro entorno y de nosotros mismos.

Finalizados los estudios y después de varios trabajos temporales, decidimos cambiar de aires y alejarnos del medio urbano. Nos asentamos en Gerb, un pueblo cercano a Balaguer, en el que tuvimos dos hijos e intentamos desarrollar nuestras expectativas profesionales. Aquí hemos pasado la mayor parte del tiempo, viendo crecer a nuestros niños.

Hemos vivido una vida sin sobresaltos, previsible, con los problemas típicos de una familia, pero creo que hemos tenido más capacidad para enfrentarnos a las exigencias del día a día, al desgaste del paso del tiempo. La peculiaridad de nuestra relación nos animó a cuidarla como si de algo único se tratara, a pesar de las dificultades hemos sabido prolongar un amor que aún mantiene viva una parte de la ilusión que nos trajo hasta aquí.

Ahora todo es distinto, hemos tenido que reinventarnos, nuestros hijos se han independizado y Juan se fue de nuestro lado. Hace cinco años un accidente de tráfico se lo llevó, todos nos sumimos en una profunda tristeza, no hubiera sobrevivido sin Javier. Amaba a los dos, pero con Juan me entendía mejor, éramos almas afines.

El final

Mientras seguía hablando, un tipo delgado de pelo cano se acercó a la mesa, vestía vaqueros y chupa. Nos levantamos de la silla. — Te presento a Javier. Tomé su mano con fuerza y escruté su mirada con interés. Tomó asiento y pidió una cerveza. Hablamos de sus hijos, de su actividad en la cooperativa, también de su vida.

— Siempre ha sido María la que ha tirado del carro, la que ha sabido mantenernos unidos, la que supo sacar lo mejor de nosotros. Ambos sentíamos por ella una gran admiración, creo que cuando la conocimos empezamos a intuir cuál podía ser nuestro camino. Juan la acompañaba muy bien con su sensatez y un optimismo que fue necesario en momentos difíciles. Lo echamos mucho de menos, no sabemos cómo hemos podido salir adelante sin él.

Seguimos hablando de ellos, de mí, del futuro, … A las dos de la tarde nos despedíamos en la puerta de la cafetería, los vi alejarse cogidos de la mano mientras el sol del mediodía alcanzaba su cenit.

Sigo pensando mucho en ellos, también en Juan, al que no conocí, la evocación de sus vidas me enternece al tiempo que una nostalgia de lo no vivido me sume en la tristeza.

Ramón González Ferreira

Yataity. Fotografía de José Bogado

Se llamaba Ramón, lo conocí en Paraguay en el verano de 2014. Estábamos montando una antena en un montículo cercano a Guayabí, cuando un hombre de cierta edad se acercó tímidamente pidiendo trabajo. Se dirigió a Samuel y a mí, aunque estábamos tostados por el sol, éramos los dos blanquitos de la cuadrilla, el resto eran vecinos de los pueblos cercanos. Le comentamos que no le podíamos pagar, el trabajo formaba parte del proyecto de una ONG que intentaba llevar internet a las zonas más desfavorecidas de la región, todos los que estábamos allí, incluidos los residentes, éramos voluntarios, no nos pagaban ningún jornal, nos alimentaban y a los que no teníamos alojamiento nos lo daban.

Se quedó con nosotros, no tenía dónde ir. Había venido andando desde Asunción manteniéndose con trabajos esporádicos que le daban por los pueblos que pasaba. Procedía de un suburbio, una de las riadas del río Paraguay se había llevado su chabola y todos sus bienes, su mujer había muerto un año antes víctima de una angina de pecho. Harto del lugar, no encontró ningún motivo para volver a levantar la chabola, decidió escapar del río y dirigirse al interior en busca de una vida con menos sobresaltos.

Era un tipo especial, a pesar de todo lo que había pasado seguía manteniendo una fe en la vida que no se entendía muy bien, eso le ayudaba a tener buen carácter y a mostrar un optimismo a prueba de catástrofes. Sólo le vi cabizbajo el día que celebramos el final del proyecto, tenía razones para ello, el grupo de trabajo se disolvía y nosotros regresábamos a España. A pesar de ello, en la despedida recuperó su optimismo y no dudó en insistir en que volveríamos a vernos. Ya tenían Internet en el departamento de San Pedro, le indicamos cómo podía ponerse en contacto con nosotros.

Yo también sentí dejarlo, estando a su lado aprendí a discernir nuevos matices en una realidad que parecía repetirse día a día, me enseñó a acompasarme a las horas del día. Me decía — No debes conducirte igual por la mañana que al atardecer, soségate, observa el brillo apagado del ocaso del sol, es el momento de relajarse y disfrutar del descanso. Incorporé el sol a mi vida como un tutor que me daba sabios consejos.

Ya en España, Samuel y yo nos separamos, él se fue a su Cantabria de mar y verde, yo regresé a Zaragoza, a seguir con ese curro que había dejado por dos meses. Me costó mucho volver a tomar las riendas de mi vida, la estancia en Paraguay me había influído más de lo esperado. Me había aproximado a una vida mucho más simple y esencial. A pesar de los horarios de trabajo y del calor agobiante, gocé de una paz que nunca antes había disfrutado, me liberé del estrés y las prisas, de la vanidad y el orgullo, me esforcé en entender a aquellas gentes y, por primera vez, sentí la necesidad acuciante de ayudar a mejorar la vida de los que me rodeaban.

La rehabilitación de la casa de Ganuza me dio aire que respirar y un mundo para soñar en proyectos radicales. Añoraba a Ramón, seguro que él hubiera sabido decirme cómo debía interpretar esos cielos, esas paredes de piedra, ese desasosiego que tenía desde mi regreso.

Intenté comunicarme con él a través del enlace que la ONG tenía en Guayabí, no fue posible, me comentó que al poco de marcharnos nosotros, abandonó la ciudad. Intenté organizar mis ideas pero no pude, el caos se había apoderado de mí, no podía conciliar la experiencia en Paraguay con la realidad de Zaragoza, estaba paralizado.

Decidí llamar a Samuel, le pedí que se acercara a Ganuza, podíamos disfrutar del fin de semana e intercambiar experiencias y pareceres. A él le pasaba un poco lo mismo, la experiencia paraguaya le había pesado más de lo que había pensado, para sobreponerse a ella, trabajaba como voluntario en una asociación que atendía en lo que podía a los indigentes de Torrelavega, esto le ayudaba a sentir cierta coherencia.

Le encantó la casa y el proyecto de hotelito rural. De sopetón me suelta, — ¿por qué no te traes a Ramón? Le podrías dar trabajo, podría hacerse cargo de la limpieza y la recepción de viajeros. Le comenté que había intentado ponerme en contacto con él pero que no lo había localizado. Me animó a que siguiera adelante y a que intentará localizarlo.

El tiempo fue pasando, Samuel se casó y siguió con su voluntariado, nosotros conseguimos finalizar las cinco habitaciones de la primera planta y abrir el hotelito con la  ayuda de una chica del pueblo de al lado. Un día llegó un mensaje electrónico de Guayabí, era el enlace de la ONG, habían localizado a Ramón, estaba de nuevo en la ciudad. Le contesté rápidamente  pidiéndole que me ayudara a comunicarme con él. Por fin pude transmitirle mi deseo de que viniera a España a trabajar.

A través Western Union le mandé dinero para el viaje y por correo electrónico le envíe el localizador del billete de avión. Un tres de octubre, a las diez de la mañana, llegaba a Madrid, lo recogí en el aeropuerto y salimos rápidamente para Ganuza. En el trayecto me fue contando cómo había pasado esos últimos cuatro años. Lo noté cambiado, más apagado, menos animoso. Me comentó que no se encontraba bien.

A las tres y media ya estábamos en Ganuza, nos esperaban Pili, que se había encargado de la comida, Samuel y su mujer. Fue un encuentro entrañable, una comida que siempre permanecería en la memoria, no dejé de escrutar su mirada y sus gestos, de sentir un placer enorme por tenerlo a mi lado.

Los meses que siguieron fueron grises, el invierno se adelantó empujado por un viento frío del norte que borró los últimos vestigios del verano. El hotelito funcionaba bajo mínimos, con un tiempo tan desapacible apenas se acercaban viajeros a Ganuza. En noviembre decidimos cerrar la temporada.

Un manto de tristeza cubrió la casa, sólo quedó espacio para la resignación y el dolor. Ramón murió en el hospital de Estella el tres de diciembre, un cáncer de páncreas diagnosticado tardíamente acabó con su vida. Samuel y yo velamos sus últimos días. Nos confesó que ya sabía que padecía algo grave, había venido a morir a nuestro lado. Sus últimos recuerdos fueron para su país y para aquella mujer que se quedó a orillas del río.

Una noche de lluvia

Era un sábado muy lluvioso, los portales de las viviendas y los paraguas no eran suficientes para protegernos del agua, era un día de televisión y manta. A pesar de ello no nos arredramos, quedamos en el Sidecar, todos llegamos calados

La cerveza y el vino se convirtieron en el bálsamo que nos devolvió el calor, el plato de jamón en la referencia que nos dio la seguridad de que estábamos en el sitio apropiado, de que todo seguía igual. Solo estábamos los cuatro, hacía mucho tiempo que esto no sucedía, tardé en darme cuenta de que la comunicación fluía de una manera distinta.

Poco a poco nos situamos en un escenario ajeno al de otros fines de semana, una conversación sin pretensiones nos fue acercando, una complicidad de otros tiempos fue ganando espacio. Llegamos a La pasión, el ambiente relajado del bar asentó una connivencia emocional muy agradable y nos situó en un extraño trampolín que nos iba transportar en el tiempo.

Una güija invisible nos trajo personas del pasado y dibujó en la mesa coyunturas y piruetas de unas marionetas inquietas. En medio de esas marionetas nos reconocimos nosotros, arrastrados por una corriente imparable y unas ganas de vivir que no nos cabía en el cuerpo. En aquellos años, una euforia enmarcada en bares, conversaciones e ideas locas se apoderó de las calles que frecuentábamos, en algún momento nos sentimos especiales.

El tiempo transcurría deprisa, cuando las copas quedaron vacías un espejo desconsiderado nos devolvió la imagen de un presente excesivamente real, una comparación inevitable nos sumió en una reflexión de tristeza. Ya no teníamos energías para sentir de esa manera, ya no había deseo para mantener viva una ilusión, sólo quedaba el peso de los años y de las responsabilidades adquiridas.

La euforia se esfumó. Cuando salimos del bar la magia ya se había evaporado, la calle impuso el criterio de un ambiente húmedo de lluvia fría, nos devolvió a la fragilidad de unos seres que se aferran a la seguridad de rutinas repetidas, de calles ya conocidas, de locales muy frecuentados, … Una sensación de cansancio nos llevó a la barra de otra bar.

El alcohol ya empezaba a manifestar efectos no deseables, el hilo de las argumentaciones se perdía en el ruido del bar, la memoria se volvió excesivamente volatil, una extraña susceptibilidad se apoderó de todos nosotros. Decidimos coger un taxi, los dejaríamos en el portal de su casa, nosotros seguiríamos adelante.

El taxista se vio sorprendido por un jolgorio de usuarios un poco alborotados. Cuando ellos bajaron, una calma propia de esas horas se apoderó del taxi. Un ambiente más relajado permitió confesar al taxista que se había separado, que donde mejor se encontraba era en el taxi, trabajando. Sus palabras se fueron transformando en un débil hilo de voz que poco a poco se perdieron en el silencio de la noche.

A la mañana siguiente me desperté sobresaltado, en una posición extraña, con la rodillas de mi pareja a la altura de mis hombros. El dolor de cabeza y el malestar me dieron la medida de una gran resaca. Me levanté, tenía sed y la boca áspera. Me acerqué a la cocina. Me quedé estupefacto, un hombre desnudo estaba bebiendo un vaso de agua, tardé dos segundos en reconocer al taxista. No me vio, sigilosamente volví a la cama y me arrebujé entre las sábanas y el calor de mi pareja.

El hijo de Greta

Nació una fría noche de abril bajo los cuidados y la atenta mirada de su madre. Desde sus inicios manifestó un afán desmesurado por la vida, se agarraba a  los pezones con una voracidad que lo hacía merecedor de regaños. No pudo aguantar mucho tiempo en su lecho, su vitalidad le empujó a salir rápidamente de ese círculo protector que habían creado para él.
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Un viaje extraño

Estaba escuchando música, sonaba Txoria txori, Mikel Laboa junto a la Sinfónica de Euskadi y el Orfeón Donostiarra, cuando me vino a la memoria una conversación con mi hermano, en las navidades de 2016, en casa de la amatxo. Un viaje a Almería con salida en Lizarra y parada y recogida de viajeros en Gasteiz. Un viaje extraño, con sabor a tierra quemada, que sólo mencionó de paso y nunca quiso contarme.

Eran las cuatro de la mañana, hacía un frío gélido, salimos para Gasteiz en una furgoneta alquilada. El puerto de Azazeta nos sorprendió con hielo en algunos tramos, tuvimos que circular despacio, la conducción se hacía peligrosa. Cuando llegamos ya eran las cinco.

Paramos en una gasolinera de la salida a Burgos, nos estaban esperando. Se presentaron, Asier y Ainhoa, Jon y Anaia. Nos recibieron sobriamente, con una gratitud contenida y unas parcas salutaciones de mano. Rápidamente nos pusimos en carretera, nos esperaban 900 kilómetros y más de diez horas de viaje. Por primera vez fui consciente de la ubicación de Almería, pasó de estar en el sur, a estar muy, muy lejos.

La sobriedad del recibimiento se trasladó a la furgoneta, una melancolía apagada y cierta solemnidad acompañaban a nuestros pasajeros. El vínculo entre las dos parejas parecía monolítico y cerrado, compartían el mismo destino y es probable que procedieran de mundos cercanos. No pusieron ningún interés en acercarse a nosotros.

Después de tres horas de viaje decidimos descansar en una de las paradas de la autopista, había que echar gasolina, visitar los aseos y almorzar. Nos sentó bien. Cuando estuvimos todos listos, subimos de nuevo a la furgoneta, le pedí a mi compañero que cogiera el volante, me había cansado, quería relajarme un poco. Aprovechando que estaba liberado intenté entablar conversación con ellos. Ainhoa me comentó que vivían actualmente en Gasteiz, pero habían vivido en el pueblo hasta que sucedió aquello, entonces decidieron trasladarse. Jon y Amaia llevaban muchos años viviendo en la ciudad.

Las mujeres, que parecían ser las portavoces, manifestaban una resistencia casi grosera a mantener una charla amigable y fluida con nosotros. No quise forzar más la conversación, parecían estar más cómodos en su mundo y en su silencio de kilómetros de autopista.

Me puse a hablar con mi compañero de sus hijos, de la ikastola, de los problemas que le estaba dando el mayor, del chuletón que le esperaba en la sociedad. No éramos amigos, no compartíamos txoco, solo militancia y el cabreo ante la situación de estancamiento que se estaba viviendo. Resultaba muy fácil hablar con él.

Estábamos llegando a Madrid, el tráfico había aumentado notablemente, todos, también las parejas que iban en los asientos de atrás, nos pusimos alerta, como si el conductor necesitara de nuestros sentidos para escapar de esa marabunta de coches veloces que entraban y salían de la autopista. Nos pegamos a la M30, seguimos los paneles informativos con atención, fuimos fagocitados por un Madrid de circunvalaciones interminables. Creo que todos nos sentimos abrumados por esa grandeza grosera de una gran ciudad.

Ya en Pinto la presión del tráfico disminuyó, nos relajamos un poco, ellos volvieron a su silencio no compartido, nosotros a conversaciones triviales, esta vez nos centramos en pequeñas cuestiones de nuestros respectivos txocos. Es curioso, pero se repiten los mismos problemas, parece como si estos se derivaran del tipo de asociación y no de los individuos.

El cansancio empezaba a hacer mella. Los pasajeros iban perdiendo la compostura, buscando nuevas posiciones para liberarse de las molestias de espalda y del anquilosamiento de las articulaciones. Los rostros se mostraban más sombríos, la fatiga del asfalto había desplazado a la gravedad y el dramatismo del viaje.

Decidimos parar más allá de Ocaña, casi en la mitad del camino. El ritual de los baños y los cafés se repitió, esta vez les pedimos a nuestros compañeros que dieran un pequeño paseo por los aledaños de la estación de servicio. Después de media hora ya estábamos de nuevo en ruta, no sólo nos habíamos despejado, también nos quedamos helados, el frío seguía siendo intenso.

Los kilómetros que siguieron fueron agotadores, yo creo que en ninguno de nosotros quedaba resquicio alguno para sentir nada que no fuera el tedio y el cansancio del viaje. Por fín se anunciaba Almería a 30 kilómetros, este cartel nos despejó, nos centró de nuevo en los objetivos del viaje, a ellos los puso otra vez en frente de un drama que se repetía una vez al año.

No llegamos a entrar en Almería, en Huércal nos incorporamos a la A7. En 15 minutos nos enfrentamos a una mole enorme que empequeñecía al mar de plástico que se divisaba al fondo. Esta visión nos violentó, nos convirtió en frágiles liliputienses expuestos a los caprichos de un malvado gigante. Aparcamos sin dificultad, no hizo falta recordar ninguna instrucción, el ritual se repetía, los padres ya sabían el camino y los controles que debían pasar, ya conocían la desolación en la que vivían sus hijos.

Cincuenta y cinco minutos después estaban de nuevo con nosotros. A pesar de los años transcurridos no se habían acostumbrado. Salieron con el rostro descompuesto por la rabia y la emoción contenida, aún no habían encontrado argumentos ni fuerza para resignarse, sólo encontraban razones para la desesperación. Nos increparon. No aguantarán ahí adentro.

Nos quedamos cortados, no sabíamos qué decir. Querían salir rápidamente para casa, refugiarse en el letargo del día a día, olvidar esos muros que ahogaban a sus hijos. Iniciamos el regreso a Gazteiz consternados, nuestros pasajeros se habían encerrado en un mutismo que iba pesar mucho a lo largo del viaje.

Después de 300 kilómetros, un susurro apenas perceptible de Ainhoa rompió el silencio de la furgoneta. Traedlos a casa, nos lo debéis.

El libro rojo púrpura

Una cosa teníamos clara, en la casa rural habría una estantería llena de libros que acompañarían a nuestros huéspedes con sus historias, con ese olor a viejo que desprendían algunos de ellos, con esas tapas pasadas de moda que tanto nos gustaban.

Compramos los libros en “tiendas de viejo” y en el rastrillo de la biblioteca, una parte procedía de donaciones de nuestros compañeros y amigos. Cada vez que me daban una bolsa con libros, los examinaba uno a uno, leyendo las contraportadas y algunas de las páginas interiores, disfrutando de las ilustraciones e imaginando la historia del propio libro.

Ojeando uno de ellos, el corazón me dio un vuelco, en él había algo reconocible pero sabía que no lo había leído. Era un tratado de demonología, su edición estaba fechada en 1963, era una traducción de una edición franco-belga de 1959. Un libro precioso, una edición de lujo con tapas de piel rojo púrpura y letras doradas, en el lomo había dibujada una cabeza de macho cabrío subrayada por el número 616. Lo retiré del resto y lo dejé como libro de mesilla, había despertado mi curiosidad, lo iría leyendo poco a poco.

A la mañana siguiente le pregunté a la compañera que nos lo había regalado la procedencia del mismo. Se quedó sorprendida, no lo conocía, no era consciente de haberlo tenido entre las manos. Lo había cogido de la bodega donde guardaban los trastos en la casa del pueblo, no había reparado en la portada, la escasa luz y las prisas habían impedido que se fijara en él.

Después de unos días decidí abandonar su lectura, me atasqué desde el principio. La primera parte era una de introducción a la numerología, demasiado árido y técnico para un profano como yo. Acabó, como el resto de libros, en la estantería de la casa rural, seguro que despertaba la curiosidad de alguno de los inquilinos.

Por fin alquilamos la casa, era la primera vez. Un veintiséis de enero, a las cinco de la tarde, llegaron a Ganuza dos parejas de Bilbao dispuestos a disfrutar de la sierra de Lokiz y de la tranquilidad de la casa. Les gusto mucho. No necesitaban ninguna orientación, venían con la documentación necesaria y las ideas muy claras. Subirían el sábado por la mañana a la sierra, visitarían Estella por la tarde, y el domingo tenían previsto ir al Nacedero del río Urederra. Un fin de semana completo.

La única peculiaridad que les comenté de la casa fue el pozo, a ras de suelo, que había en medio de la cocina. Realcé su valor comentando el trabajo que había costado extraer los escombros y, anticipándome a su pregunta, añadí que no tenía agua, no habíamos profundizado lo suficiente. También les comenté que pisaran sin miedo, la pesada tapa de cristal de seguridad aguantaba un mínimo de doscientos kilos. Les mostré el interruptor que lo iluminaba y les indique dónde había una jarapa por si querían ocultarlo.

En veinte minutos acabamos, anoté sus datos personales en el libro de huéspedes, me pagaron y les entregué las llaves. A las cinco y media salía para Pinseque, había quedado con Pili en el Roger. Tomamos tres vinos, suficientes para sentir cierta euforia, después de cuatro años de rehabilitación habíamos alquilado la casa, estabamos satisfechos y contentos.

Al día siguiente, sábado, bajamos a Zaragoza a tomar cañas con nuestros amigos. Nos retiramos pronto. Estábamos un poco cansados y temerosos de coger la gripe, los resfriados nos habían acompañado a lo largo del mes y se empeñaban en no abandonarnos del todo. Por la mañana nos despertó una llamada de Kepa, me pedía que acudiera a Ganuza, algo extraño había ocurrido, insistió en que no me preocupara, no era nada grave. Dejé a Pili en Pinseque y salí hacia el pueblo.

Cuando llegué, uno de los inquilinos estaba en cama asistido por una médica y una enfermera, Kepa me puso en antecedentes. De madrugada había sufrido un desvanecimiento, sus compañeros lo encontraron tirado en la cocina, alarmados, llamaron a los servicios de urgencias. Le habían administrado calmantes. La médica nos comentó que pensaba que el paciente había sufrido un shock nervioso, por las palabras que había balbuceado, creía que se había desmayado de miedo. Se encontraba muy agitado, habían llamado a una ambulancia para trasladarlo al hospital de Estella.

Nos preguntó a todos los presentes qué podía haber visto o intuido para sentir tal miedo. Sus compañeros no supieron que contestar, no encontraban ninguna razón. Yo comenté que lo único que podría haberlo asustado era el pozo que hay en la cocina, alguna sombra que se habría formado en su interior, aunque todos coincidimos en la singularidad e inocencia del mismo.

La ambulancia se llevó al paciente y su pareja al hospital, la otra pareja, una vez recogidas las maletas, acudiría a Estella con el coche. La médica, antes de marcharse, me comentó que el informe que había redactado no incluía ninguna referencia a la casa. Kepa se fue Legaria.

Por fin estaba solo, me desplacé hasta la cocina, encendí la luz del pozo y me asomé en él. Un grito escalofriante rompió la inquieta atmósfera de la casa, salí despavorido a trompicones, algo había quedado atrapado en su interior.

La senda de la luz

Dicen que fue un niño raro, de conductas poco cariñosas, a veces ariscas, que no agradaba a nadie. A los nueve años lo enviaron a un internado para que continuara estudiando aquello que ya no podía proporcionarle la escuela de su pueblo. Después de pasar por distintos colegios llegó a la Universidad, a una mayoría de edad que lo liberó de unas disciplinas que nunca le gustaron y lo empujó a un mundo desconocido.

Arrastraba un carácter caprichoso, una inseguridad propia de una persona que ha vivido una adolescencia tardía. Manifestaba una falsa independencia, fruto de la necesidad, que había minado fuertemente su desarrollo emocional y afectivo. Dependía enfermizamente de la aprobación de los demás.

Siempre fue consciente de sus limitaciones, un test vital constante le mostraba periódicamente el baremo de sus deficiencias ante los estudios, ante sus compañeros, ante las mujeres, ante la propia existencia. Llegó a estar muy enfadado con su vida, esa vida que le amargaba y que le hacía sentirse pequeño y poco atractivo.

El tiempo pasó y la inseguridad fue en aumento, su entorno ya no era el de jóvenes estudiantes ilusos, el de aspirantes a trabajar que no encontraban trabajo, había cambiado, sus allegados trabajaban, tenían sueldos, se casaban, mostraban una independencia y una certidumbre que le abrumaba.

Empezó a leer libros de autoayuda, a asistir a cursos para desarrollar y potenciar la personalidad. Conoció personas nuevas que ambicionaban proyectarse con éxito en un mundo complicado que no entendían muy bien, las acompañó en esa aventura de aprender a vivir. Asistía con cierta frecuencia a encuentros, jornadas, seminarios, maratones, retiros, … para conocerse mejor, para alcanzar esa seguridad que necesitaba.

Nuevas creencias, un cambio de actitud, algunas relaciones con compañeras de cursos, le hicieron sentirse más seguro de sí mismo. Había empezado a desterrar la necesidad que sentía de la aprobación de sus semejantes. Una nueva personalidad estaba emergiendo, el esfuerzo y el tiempo dedicado estaban dando su fruto, la energía había empezado a conducirse por los canales adecuados.

Un retiro organizado en Denia, en el último fin de semana de febrero, encendió la señal de alarma. Sufrió un desmayo prolongado que requirió los servicios de una ambulancia y el ingreso en urgencias en el hospital de la ciudad. Estuvo en observación dos días. Le dieron el alta con la indicación expresa de que acudiera al psiquiatra.

Se quedó muy abatido, de nada había servido el esfuerzo realizado, su cabeza no estaba funcionando bien. El viaje de regreso fue duro, tuvo que asumir que necesitaba ayuda médica, según el informe era víctima de una ansiedad generalizada.

Uno de los compañeros de curso le propuso cambiar el psiquiatra y los ansiolíticos por un viaje a la India. No tenía nada que perder. Un vuelo de Barcelona a Bangalore con escala en Dubai y diez horas de autobús los llevó a Auroville, un mes de trabajo voluntario en uno de los proyectos comunitarios de la ciudad les esperaba.

Decidió quedarse en la India, regresó dos años después, muy cambiado, envejecido, sereno, empapado de espiritualidad y arropado por una nueva filosofía de vida.

Un ventoso día de marzo lo vi sentado en las escaleras de la Parroquia del Carmen,  vestía pobremente, con barba y pelo muy largo, parecía aseado. Estaba acompañado por un perro y pedía limosna silenciosamente, un cartel rezaba provocador, he dejado de sufrir, puedes acompañarme.

Tuve una larga conversación con él, me describió su viaje por la India,  había hecho de la renuncia la máxima de su vida, se sentía feliz. Me aconsejó que mirara lejos, que me rodeara de un horizonte amplio y abierto.  Le ofrecí mi ayuda para aquello que pudiera necesitar. Vivía en una parcela en estado ruinoso del barrio Oliver, a pesar de ello no necesitaba nada, no pasaba hambre y podía meditar. Me invitó a compartir su viaje cuando estuviera preparado.

Al cabo de un tiempo supe que se había convertido en un gurú. Se había establecido en una villa situada a pocos kilómetros de Denia acompañado de algunos de sus seguidores. Sus conferencias gozaban de gran reputación. Consiguió transformar la villa en un prestigioso centro de reflexión y espiritualidad.

Me alegré por él y me disgusté porque no tuve valor para acompañarle. Me propuse seguir su sombra. Asistí a cursos de mindfulness, me sumergí en jornadas de meditación en el templo budista de Panillo y participé en grupos de meditación y estudio. Nada cambió, no conseguí alcanzar la serenidad deseada, el barro del camino me impedía avanzar. 

Sigo evocando aquella conversación, aquella invitación, aquel personaje que tuvo el valor y la inteligencia de buscar más allá.

 

Veintinueve días

El tiempo apremiaba, no sabían qué hacer, deseaban tener un hijo pero creían que no podrían soportar las exigencias de la crianza. La mayoría de sus amigos ya contaban con dos. Habían comprobado cómo los niños se habían apoderado de las vidas de sus padres sometiéndolos a una servidumbre de la que ya no podrían liberarse. Sigue leyendo

En el olvido

Eran las nueve de la noche, pagué 35 euros en un pequeño mostrador a la entrada del edificio. ─ Su habitación se encuentra en el primer piso, puerta 3. Un pasillo estrecho mal iluminado y una puerta poco amigable dieron paso a  un habitáculo mal ventilado y frío. No recuerdo muy bien por qué me encontraba en esa situación, en una pensión barata, con un bolso de mano adornado con múltiples manchas y una sensación acerada de haber caído en algún abismo. Sigue leyendo