Cromosoma XX

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En el cole En la cocina En la cama En el paritorio En Barcelona

En el cole
Hacía meses que no la veía. Quedamos en un bar cercano a la Plaza de San Francisco. Llegó apresurada, un poco tarde, el bus había dado con un atasco monumental. Cuando la vi noté que había cambiado, había incorporado a sus gestos una velocidad, un nerviosismo que antes no tenía. Pedimos dos cafés solos y nos sentamos en una mesa.

Le conté rápidamente las novedades de mi vida. Ella me habló de amigos, de rupturas, de su nueva casa, … No pudo evitar que el rimel resbalara de sus pestañas y manchara sus pómulos.

Cambié de tema, le pregunté por su hija. Hablamos de ella, de cómo había crecido, de cómo se había convertido en una jóven responsable y atractiva. De nuevo las lágrimas asomaron a sus ojos. —La estoy perdiendo, pronto me abandonará, su vida le está esperando ahí afuera. No sabes cómo añoro los momentos que hemos pasado juntas.

Iba a buscarla a la salida del colegio. La intuía venir entremezclada en un piña de niños que no dejaba de transformase, de cambiar de posición, de encogerse y expandirse. Un torbellino de personitas que se dirigían inexorablemente hacia la salida del colegio.

Poco a poco la iba identificando, empezaba a ver su anorak, su mochila, esa forma de andar un poco torpe y saltarina. Ya la tenía más cerca, ya podía distinguir su rostro. Veía esos ojos que me atrapaban, esa risa que me seducía y, por fin, ese abrazo que me colmaba, ese beso que me transportaba a su pequeño mundo. Al principio


En la cocina
La saludé efusivamente, tenía muchas ganas de verla. Estaba sumido en una burbuja de tristeza, necesitaba la calidez de su abrazo, esa sonrisa que exhibía siempre. Ultimamente no se encontraba bien, un catarro interminable la venía castigando desde hacía unas semanas. En casa todos estaban resfriados. Su sonrisa no podía ocultar la tristeza y el cansancio de su mirada.

Su cara se iluminó cuando empezó a hablar de su hija, de ese proyecto de persona al que dedicaba su vida. Le estaba enseñando el mundo. Lo quería redescubrir con ella, con sus ojos, con sus manos, con esa inocencia que tiene todo por aprender. No se quería perder nada, aunque en ello se fueran las pocas fuerzas que le quedaban.

Aquel día tocaba hacer hamburguesas ecológicas. Ambas sentadas delante de la mesa de la cocina, ella en su “silleta”. Empezamos por pesar las pipas. Mi pequeña miraba con mucha atención cómo se movía la aguja de la báscula, se le agrandaban los ojos, se quedaba absorta.

Veía emocionada cómo se entusiasmaba con lo nuevo, cómo una curiosidad de aprendiz se apoderaba de ella y dibujaba en su carita unas líneas de sorpresa. Esa expresión me cautivaba, no podía dejar de mirarla. Era inevitable, la sacaba de la “silleta”, la atraía hacia mí, la abrazaba y la llenaba de besos hasta que protestaba. Al principio


En la cama
Había quedado con mis compañeros para tomar café en el bar de al lado. Era algo excepcional ya que rara vez me citaba con ellos. Cuando lo hacía me gustaba sentarme a su lado, sentirme cerca de ella. A pesar de trabajar en el mismo edificio la veía muy poco y la echaba de menos.

Antaño habíamos compartido ilusiones, inquietudes y cercanía, pero todo ello había desaparecido fagocitado por un tiempo desconsiderado que no entendía de afectos. La admiraba, era una cosmopolita inquieta y solidaria que ambicionaba ser buena persona. Fue en aquel pasado compartido cuando me habló de los suyos, cuando pude asomarme a una intimidad que guardaba celosamente.

Estuvo durmiendo con nosotros hasta que se aburrió. Llegó un momento en que se cansó de estar emparedada y decidió buscar su cama. Hasta entonces dormir era un poco incómodo pero también algo muy especial. No había hora para dar el pecho, cuando se despertaba, se enganchaba a mi pezón izquierdo y no se soltaba hasta que se saciaba. Se hacía un hueco entre los dos y volvía a dormirse.

Mientras mamaba, yo entraba en un duermevela apacible que me permitía disfrutar de aquel pequeño caos, de los míos, de mi camada. Veía el conjunto como en un gran angular en el que yo estaba incluida. Era la madre, la que protegía, la que mataría por ellos. Se apoderaba de mí una sensación muy física, muy primaria, que me llenaba de fuerza y ternura. Al principio


En el paritorio
Nos invitaron a comer. Estaba espléndida, había dado a luz por segunda vez. Su cuerpo delgado seguía manteniendo esa línea estilizada que recordaba antes del parto. Su mirada y su sonrisa habían perdido un punto de jovialidad, se habían matizado con una serenidad acorde con su nuevo estado.

Después de saludarnos cariñosamente, él siguió manteniendo un diálogo inseguro con el arroz. El bebé dormitaba en su cuna, el otro hombrecito de la casa estaba jugando con la “tablet”, aislado de esos adultos que habían alterado impertinentemente su mundo.

Unas cervezas nos pusieron al día de cómo iban nuestras vidas. Habían conseguido crear un “hogar” de cuento, una familia de postal navideña. Un extraño desamparo nos sorprendió obligándonos a realizar una reflexión de urgencia sobre lo que habíamos hecho con nuestra vida.

Una vez resuelto el pulso con el arroz, nos sentamos los cinco a la mesa. A la vez que empezamos a escanciar el vino, se despertó el bebé y se incorporó a la comida en brazos de su madre. Siempre me ha sorprendido la ductilidad con que los bebés se acoplan en el regazo de sus madres. Tenía curiosidad, le pregunté por la experiencia de este segundo parto.

Fue terrible, se precipitó y no me pusieron la epidural. Mientras duró grité como una desesperada, pero me acompañaron muy bien. Tres profesionales me guiaron con voz diestra y ánimos muy funcionales a lo largo de ese recorrido infernal. Incluso dio tiempo para que me pusieran un espejo enfrente y viera el parto en vivo. Iba muy bien aunque mis entrañas estaban abiertas en canal.

Por fin uno de ellos recibió al bebé. Lo tomaron en brazos y se lo llevaron. Fue horroroso, no recuerdo dolor más bestia, más brutal, me llevaron al límite de mis posibilidades. Me dije que si había pasado por esto era capaz de cualquier cosa. Tenía claro que iba a hacer de este mundo un lugar seguro y apacible para mi bebe. Al principio


En Barcelona
Aquel viernes, después de tomar unas cañas, acabamos cenando una hamburguesa en un bar de la calle Heroísmo. Sus hijas nos acompañaban. Ultimamente la comunicación entre nosotros había mejorado, me senté a su lado. Estuvimos charlando de amigos, de política, … Cuando empezó a hablar de ellas bajó el tono, un mensaje cargado de desvelos y amaneceres, de querencias y orgullo se abrió paso entre las conversaciones de los comensales, escenas de un tiempo ya vivido se colaron en la mesa.

Se iban a quedar los dos solos, en una semana sus hijas partirían en pos de oportunidades hacia otros países. A pesar de las estancias en el extranjero aún no se habían acostumbrado a sus ausencias. Me emocionó la dignidad y la resignación que manifestaba ante sus decisiones. Me dolió la crueldad de un destino que las alejaba de ella. Aún tuvo humor para evocar un recuerdo casi perdido en el tiempo.

Llevaba 15 días de retraso, esto no era normal, pero no me decidía a comprar el “predictor”. Una amiga me animó a que me hiciera el test. Aquella misma tarde, a la salida del trabajo, pasé por la farmacia. Ya en casa, con los nervios a flor de piel, decidí hacer la prueba. Di positivo. 

Le llamé por teléfono, le comenté el resultado. Una respuesta eufórica llena de cumplidos cariñosos sonó al otro lado de la línea. Le pedí que se calmara, estas pruebas no eran infalibles. Quedamos en que el viernes vendría a Barcelona, haríamos un test de sangre.

Cuando salimos del laboratorio un abrazo largo me llenó de agradecimiento y ternura, unas lágrimas que no eran las mías humedecieron mi rostro. Lentamente lo aparté de mí, buscando sus labios me perdí en el azul de su mirada. Al principio

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