Del siglo pasado

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via_trenEl adiós de Canela nos dejó huérfanos, demasiado tiempo libre, demasiados recuerdos, … Imagino que para compensar este déficit pusimos más énfasis en otras actividades. Pili, hacía más de dos años que estaba dando de comer, junto con otros voluntarios, a una colonia de gatos que tenían su “comedor” en uno de los laterales de la residencia de ancianos que da a la plaza de Pinseque.

A lo largo de este período fue relacionándose con algunos de los residentes que salían a tomar el sol y de paso hacían un seguimiento exhaustivo de la colonia, atentos a la preñez de las gatas, a la llegada de los pequeños, a las ausencias de los habituales, …

Con el paso del tiempo se estableció una confianza que llevó a conocerlos mejor, a entablar con ellos conversaciones breves, a llevarles de vez en cuando caramelos, tabaco o pilas, … Uno de estos Residentes era Jacinto, un anciano de Luceni que llevaba más de cinco años en Pinseque. Debió ser un buen mozo, aunque estaba encorvado no era un anciano enjuto, aún conservaba una sonrisa franca y una mirada viva.

A pesar de la brevedad de los contactos, la relación fue estrechándose poco a poco. De vez en cuando, algún fin de semana, nos acercábamos y le invitamos a un café en la terraza del Casino. Estaba en su salsa, un café, un cigarro y unos interlocutores con los que conversar. Le encantaba hablar, contar esas historias de juventud, de milis, de trabajo en el campo, de fiestas del pueblo, …

Una de las cosas que decía recurrentemente era que le hubiera gustado haberse casado para no sentirse tan solo. La soledad de Jacinto, como la de muchos ancianos, se podía palpar, pero ya era una soledad asumida, casi amiga. Era muy agradecido, te obsequiaba con lo que tenía, con un pin de la virgen de Barcelona, con un paquetito de galletas, …, lo que tuviera.

Uno de esos días, un domingo por la mañana, confortablemente sentados en la terraza del casino, Jacinto nos contó la historia de un mozo del pueblo, de su misma quinta, al que la mala fortuna cambió su vida.

A los 21 años, recién acabada la mili, se puso a trabajar de criado para uno de los hombres ricos del pueblo. Sus funciones le hacían estar presente en todas las actividades agrícolas y ganaderas de la casa del patrón. Su presencia no pasó desapercibida para la hija única del amo, una mujer de 18 años bien parecida. Con el tiempo pasó algo que iba a alterar el normal devenir de los días, Marisol, así se llamaba la hija, se enamoró del mozo. Los rumores alcanzaron la casa paterna y éste fue rápidamente despedido.

Un sábado, en la taberna del pueblo, acompañaba su pena con abundante vino. Estaba enredado en esos mundos turbios que el alcohol tan bien dibuja cuando su antiguo amo entró. Al verlo acodado en la barra, con una fanfarronería propia de su clase social, se dirigió hacia él y le espetó, ¡fuera de aquí muerto de hambre! Fue lo último que se le escuchó, el antiguo criado con ojos vidriosos llenos de ira se lanzó hacia él. El orondo vientre del rico recibió blandamente una navaja que casi le llegó hasta el espinazo. Se desplomó con gran estruendo.

La borrachera se desvaneció al momento, consciente de su locura arrojó la navaja al suelo y salió huyendo. No se le volvió a ver por el pueblo. El resto de la historia es incierto, se rumoreaba que lo habían visto pasar por las Cinco Villas, subir por el Valle del Roncal y pasar a Francia por la muga de Belagua.”

Jacinto nos miró con unos ojos vivarachos y una sonrisa pícara, sabía que nos había sorprendido con la historia que acababa de contar. Tomó el último sorbo de un café con leche ya frío y le ayudamos a levantarse de la silla. Ensimismados con el relato nos fuimos lentamente hacia la residencia. Ya en la puerta, cuando nos estábamos despidiendo, nos dice con lágrimas en los ojos, “regresé de Francia hace veinte años pero no tuve valor para volver a mi pueblo. ¿Pero sabéis lo mejor? Aquel mal nacido sobrevivió a la navaja”.