Desencuentro

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enfadoEl reloj ha sonado especialmente desagradable, he despertado sobresaltada, creo que estaba en medio de una pesadilla. Ultimamente me levanto con el humor enrarecido. A pesar del aturdimiento las prisas se imponen: ducha rápida, desayuno frugal y a la calle. Una rutina mil veces repetida a la que no he llegado a acostumbrarme.

Llegar al trabajo me tranquiliza, se ha convertido en una actividad agotadora pero necesaria para mi equilibrio. Conozco sus reglas, sé dónde están los problemas, puedo aportar soluciones. Además están mis compañeras, creo que nunca he valorado tanto su cercanía como ahora.

El tiempo pasa muy deprisa, una agenda tirana me obliga a navegar en varias direcciones a un ritmo que no me deja pensar en otra cosa. Unos cortados rápidos ayudan a trocear la mañana y llevarla con más ligereza, unas reuniones que siempre se alargan en exceso acaban por dilapidar el escaso tiempo.

Cuando la jornada toca a su fin salgo a la calle, un bullicio de coches y transeúntes domina el ambiente. A pesar del cansancio resulta una sensación muy agradable, me gusta el ruido de la ciudad. La gran avenida se abre a mis pupilas, un cielo blanco y luminoso me invita a respirar profundamente.

Dejo pasar el tranvía, aunque no me apetece voy a bajar andando, quiero hacer un poco de ejercicio. Estoy rígida, las lumbares me están castigando severamente. Aprovecharé para reflexionar un poco, nunca tengo tiempo. No sé por que me engaño, no tengo ganas de pensar.

No me apetece llegar a casa, pero necesito descansar, relajarme, recomponer mi maltrecho cuerpo. Voy directamente al dormitorio, me pongo ropa más cómoda y paso por la cocina para saludar. Un “hola” seco, desnudo y carente de emoción es lo único que consigo expresar. Un sonido irreconocible, apenas audible, acompañado de un ligero cabeceo, es la respuesta. La comida estará en cinco minutos, lo que tarde el horno en gratinar los macarrones.

Comemos delante del televisor como dos zombis a los que no les queda mas vida que la que puedan aportar unos atrofiados sentidos. La razón, los sentimientos y las emociones en mayúsculas han quedado aparcados en un sótano profundo. Acabamos de comer, el cansancio y el ronroneo del televisor me sumergen en un sopor que me traslada sin más preámbulos a una breve siesta. ¡Bendito sueño!

El día continúa, la barrera de silencio sigue ahí, el muro de incomprensión permanece intacto, los sempiternos reproches están preparados para dar una respuesta. Ninguno de los dos estamos contentos con la vida que tenemos, incluso él parece estar más descontento que yo. A veces pienso que preferimos no hablarnos, rodearnos de ese foso de enfado antes que comunicarnos con tranquilidad. Tememos hablar serenamente, nos asusta lo que podamos oír.

He llegado a pensar que ya no me quiere, pero esto no es lo peor, creo que me ha perdido el respeto. Por alguna razón, será que es hombre, algunas veces manifiesta una superioridad que no le corresponde, lo achaco a esta sociedad en la que vivimos, el hombre tiene más posibilidades de comportarse como un cretino.

Esta situación me está desbordando, apenas me quedan fuerzas para pasar el día a día. Necesito recuperar la tranquilidad pero no sé si quiero, no sé si puedo aparentar que todo sigue igual, no sé si puedo fingir ilusión por un presente tan gris, por un futuro tan incierto.

El inexorable paso del tiempo es mi aliado, el día va tocando a su fin, busco refugio. Cuando llega la noche me cobijo en los espacios de ensueño que dan el cansancio y el contacto con sábanas cálidas. Cierro los ojos e imagino paraísos de descanso, una sensación agradable consigue matizar el disgusto de las horas vividas. Siento que recuperaré las energías necesarias para iniciar otro día con ganas de vivir.