El andamio

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100_2504He convivido durante 4 días con el andamio, hemos establecido una relación fría, no nos hemos concedido ningún gesto amistoso, tampoco nos hemos mostrado animadversión, pero es patente que no compartimos ni el entorno ni la visión de mundo. Excesivamente rígido, demasiado estirado para mi gusto. Creo que en ningún momento ha llegado a empatizar conmigo, no ha percibido mi desconfianza ni ese miedo que me paralizaba cuando maniobraba a 5 metros de altura. Me gusta su porte, esa estética tan equilibrada y arquitectónica, esa proyección hacia las alturas que a mi me mata. Me gustan sus formas a pesar de su frialdad.

No todos conocen ese otro “estado” del andamio, un estado letárgico, descompuesto en piezas, irreconocible para la mayoría, reposando en un almacén húmedo, olvidado de todos hasta que alguien vuelva a necesitarlo. Así lo encontré, en 18 piezas: 6 marcos, 6 tijeras y 6 plataformas, en un local de José Ángel.

Tenía que transportarlo al lugar de la rehabilitación, al lado, unos 200 metros. Pieza a pieza las fui colocando en la vaca del coche. El primer viaje con las plataformas, el segundo con los marcos, las tijeras las llevé en el hombro, andando.

Estaba sólo, tomé la decisión de montarlo, tres módulos, tres “alturas”, no sabía cómo lo iba a hacer, sabía que en el segundo nivel me iba a sentir nervioso, en el tercero podía aparecer el terror. Como otras muchas actividades esto de montar andamios es mejor hacerlo en compañía, es mucho más rápido y se corren menos riesgos. Estaba un poco angustiado, nunca lo había hecho.

El primer módulo fue sencillo, pisar suelo da mucha seguridad, pero ya advertí que las plataformas se manipulaban con dificultad, 3 metros de longitud y 20 kilos. En el segundo, además de realizar un esfuerzo considerable con las mencionadas plataformas, hubo que establecer un equilibrio forzado y feo para unir los marcos a los del primer nivel.

Se acabó lo fácil y cómodo. Al iniciar el montaje del tercer módulo entré en contacto con el vértigo, cosa de familia. Inicié la operación con una mezcla de no voy a poder y miedo. Después de varios intentos con sus consiguientes sofocos, conseguí anclar los marcos introduciendo cada pieza donde le correspondía. Lo segundo era unir los marcos con las tijeras. Aquí es donde sentí que me la jugaba, pensaba que podía precipitarme en el vacío. No sé a qué recurrí, seguramente a la necesidad, o montaba el tercer nivel o no podía trabajar. Después de una maniobra que con posterioridad catalogué como descerebrada, pude sujetar las tijeras a los marcos.

Esta experiencia no me sirvió para superar el miedo, todo lo contrario, se enquistó en mí, ya no sólo estaba acojonado cuando estaba montando el tercer nivel sino que lo pasaba fatal cuando tenía que trabajar sobre él.

Me he llegado a plantear que en realidad en ningún momento estuve en peligro, que el miedo a las alturas provoca en mi un estado de ansiedad que me hace percibir un peligro inexistente. Pero no puedo obviar lo que sentí, algo cercano al pánico, una sensación desagradable que se iniciaba en las rodillas, pasaba por la entrepierna y atravesaba la cabeza para perderse en el hierro del andamio.

Las dos últimas veces lo monté con la ayuda de Kepa, comprobamos que había otras formas menos expuestas de sujetar las tijeras a los marcos. Pero, como he comentado, el miedo se había apoderado de mi. Mañana tengo que subir de nuevo y la sensación de “salto al vacío” no me abandona.