El hijo de Greta

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Nació una fría noche de abril bajo los cuidados y la atenta mirada de su madre. Desde sus inicios manifestó un afán desmesurado por la vida, se agarraba a  los pezones con una voracidad que lo hacía merecedor de regaños. No pudo aguantar mucho tiempo en su lecho, su vitalidad le empujó a salir rápidamente de ese círculo protector que habían creado para él.

Gateando se aventuró a investigar su entorno más cercano, la casa, el jardín, aprendió a distinguir las plantas, a jugar con las mariposas, a hacer pequeñas oquedades en la tierra. Era muy guapo, había heredado los rasgos y el color de su madre, su mirada se había enriquecido con el color azul del cielo que lo protegía.

Curioso, activo, sociable y cariñoso, no le costó mucho hacerse con una pequeña cuadrilla con la que correr, jugar, saltar y cazar lagartijas. En muchas ocasiones los vimos juntos, enredando, dando volteretas por el suelo, persiguiendo una pelota, trepando por los árboles.

Le gustaba la siesta del carnero, al mediodía le entraba mucho sueño, no podía aguantar, sus ojos intentaban mantenerse abiertos, al fin se cerraban. Se quedaba dormido en cualquier rincón componiendo con su cuerpo una figura imposible, seduciendo con su cara ángel, con la inocencia de los que hacen de la vida un juego.

La relación con él era muy fácil, bastaba con acariciarlo cuando se aproximaba reclamando atención. Mostraba su gratitud enredándose entre las piernas, interponiéndose en los desplazamientos cortos, practicando una mirada tierna de guapo necesitado de cariño. Cuando tenía hambre se ponía pesado e impertinente, reclamaba su ración con autoritarismo y grosería.

Abandonó la seguridad del jardín, la calle se convirtió en su espacio de juegos, en la prolongación de su casa, en el mundo de sus amigos. Todo el día correteando, cuidando de no ser arrollado por un coche, de no llamar la atención de los mayores. Aceras, coches, setos y arbustos se transformaron en un mundo de escondite que los pequeños gozaron al máximo.

El invierno fue pasando lentamente dejando paso a una primavera de lluvia y sol. Llegó el verano, los días se hicieron largos, las horas de juego en la calle aumentaron, las idas y venidas se multiplicaron. Un sol extraño tiño de rojo y azul el cielo de aquel día, una calma repentina ralentizó el paso del tiempo.

Un ruido seco cortó el aire, un maullido desgarrador rompió la calma de esa tarde calurosa, una mancha roja se dibujó en la oscuridad del asfalto. Quedó sólo, tendido en la calle, atrapado en una burbuja del tiempo. Varios vecinos se congregaron en el lugar, uno de ellos retiró el cuerpo inerte del asfalto y lo depositó en tierra, una mangera con agua intentó borrar los vestigios de la tragedia.

Una mujer llora desconsolodamente, se abraza a su pareja con desesperación. Lo cuidaba, lo acariciaba, tutelaba esa libertad llena de peligros que viven los gatos. Sólo queda el dolor, las lágrimas, la estupefacción de la brutalidad, la certeza de que ya no volverá a verlo.

Un coche fantasma descansa en un garaje, un conductor sin alma no quiso parar, un atropello segó la vida de un gatito, de un ser amado que ha dejado un vacío de desolación.