El orfanato

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Fotografía de Angel M. Corredor.

A pesar de que no me apetecía, había decidido acudir a la cita que habían convocado para el día 15 ex alumnos de la Universidad Laboral en Gijón. Estaba sumido en otra de esas crisis que no me abandonaban. No sabía qué hacer, estaba inquieto, lo único que tenía claro es que quería salir de la ciudad. Estaba hastiado del ambiente en el que vivía.

Más de cinco horas de viaje y más de quinientos kilómetros de aburridas carreteras me quedaban por delante para llegar a un destino que no había elegido.

Inicié el viaje cansado, no había dormido bien, los nervios. Una vez tomada la A68 me relajé. Sin pretenderlo imágenes del trabajo, de la televisión, de la cotidianidad que arrastraba se apoderaron de mí. La última conversación que tuve con una compañera se aferró obsesivamente.

Dos horas y doscientos kilómetros después, decidí parar a tomar un café. No me gustan las cafeterías de autopista, son frías y despersonalizadas, parece que están diseñadas para conductores sin alma que no van a ninguna parte. Me sentí extraño y desamparado.

Arranqué de nuevo, había comprado barritas y bebidas energéticas, quería llegar a León sin hacer más paradas. Poco a poco, una vez pasado Burgos, me enfrenté a un paisaje que no entendía, a una llanura color miel que nunca se acababa. Para no sucumbir al sueño y el despiste subí el volumen de la música y abrí una lata de Red bull. No podía parar, en esta autovía no había áreas de descanso, era como una trampa.

En León

Por fin llegué a León, localicé una pensión céntrica y me eché a la calle. Después de una caña y un bocadillo de calamares decidí dar una vuelta por las calles aledañas a Cervantes y la Catedral. Una cervecería decorada con mucha madera llamó mi atención, entré y pidí una cerveza. Una voz me sorprendió por detrás . —¿No me reconoces? Un señor solemne con barba plateada y sonrisa franca me saludó. No lo reconocía, me sonaba más de Facebook que de los tiempos pasados.

Recorrimos varios bares juntos, mi compañero se mostró muy locuaz, hablamos un poco de todo, también de la Laboral. Me contó que acudía a la reunión de Gijón en busca de un pedazo de presente, algo le había empujado a coger el coche, dejar la familia y poner rumbo a Asturias. Nos despidimos un poco achispados, no sin antes pasarnos los números de teléfono, con el propósito de encontrarnos en Gijón al día siguiente.

Me levanté un poco tarde. Un “wasap” me esperaba en el móvil. Lo siento, no acudo a Gijón, me vuelvo a Peralejos del Puerto. Un abrazo. Me quedé sorprendido e inquieto. ¿De qué hablamos para que cambiara de opinión? Opté por no darle más vueltas.

En Gijón

Acerté a salir de León sin dar excesivas vueltas. Llegué a Gijón a las doce, había quedado en la Laboral con el resto de compañeros a las doce y media. Conforme me iba acercando me di cuenta de que aquel edificio no se parecía en nada al que recordaba. Pregunté a un viandante por la Universidad Laboral, no la conocía, no sabía de qué le hablaba. Los únicos grandes edificios que había en esa dirección eran el hospital de Cabueñes y el edificio que tenía enfrente, el Orfanato.

Confuso, volví a a preguntar a otro viandante con un resultado similar. Busqué en el móvil el grupo de wasap, había desaparecido, tampoco encontré el teléfono del compañero con el que había tomado cañas en León. No sabía qué hacer.

Atónito y frustrado abandoné Cabueñes y me dirigí a la oficina de información y turismo, en el Paseo Marítimo. Volví a preguntar por la Universidad Laboral, no la conocían. Mi insistencia y argumentos sólo sirvieron para que me pidieran que dejara paso a otros turistas.

Abatido, decidí abandonar la ciudad. Más de cinco horas de viaje y más de quinientos kilómetros de aburrido asfalto me separaban de una ciudad en la que nadie me esperaba.