El último viaje

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La Garoneta. Cortesía de despobladosenhuesca.com

Su memoria recordará vagamente los días vividos. El frío de una mañana de enero, mezclado con el calor de amigos y familiares, iban a acompañar la despedida del que fue su compañero durante casi cinco décadas. Tanto esfuerzo, tanto desvelo para acabar aquí, en este espacio abierto de pasillos negros y cristales de luz.

No sólo fue una despedida, también un homenaje a los que se quedan. Un reconocimiento explícito a la labor desarrollada, a la entrega sin condiciones a una persona atrapada por la fatalidad de un destino cruel, condenada a desvanecerse en una dolencia que la arrancaría sin piedad de su lado, que la dejaría expuesta a un vacío que no sabría como llenar.

También recordará cuando se tuvo que enfrentar a la soledad de su casa, a la desolación de esa pérdida que la tenía ocupada las 24 horas del día. En su interior sólo encontraba dolor y desamparo, pero sabía que un día, inesperadamente, una luz tenue, muy débil todavía, empezaría a alumbrar la oscuridad en la que se había sumido.

Contaba con hijas, nietos y grandes amigas que iban a estar a su lado organizando sus días de una manera u otra. A ellas se agarraría cuando tuviera fuerzas. Ahora quería abandonarse a su dolor, compadecerse, dejarse llevar por ese agotamiento emocional que mantenía viva su desolación. Habían sido demasiados años de muchas obligaciones, de un esfuerzo desmesurado, se merecía un respiro.

Quedamos en las murallas romanas, venía acompañada de su hija. Un café largo con conversaciones de recuerdo y futuro, y un paseo por la plaza, definirían aquella fría mañana. Ya se intuía hacia donde quería dirigir sus pasos, ya manifestaba sin reparos qué quería hacer. Trabajar, el bálsamo de muchos, la carencia de otros, el hastío de una buena parte de los que la rodeaban.

A lo largo de su vida había manifestado una inclinación por lo manual. Al principio con la madera, después, durante muchos años, las telas y la máquina de coser habían llenado muchas horas de esos días apacibles de buenas amigas. Se había convertido en una artesana diestra. Bisutería, útiles del hogar, complementos de moda conformaban el mundo de su creación.

La dejamos a unos pasos del portal, sola, enfrentada a esa fachada de balcones simétricos, al desamparo de una vivienda vacía. Cuando ya se estaba alejando nos volvimos, agitamos los brazos para realzar la despedida. Intuí el llanto que la acompañaría en el ascensor, la soledad que la recibiría en su casa.

Pero también percibí la voluntad de volver a la vida, de engancharse a una cotidianidad de encargos urgentes, de cafés con amigas, de nietos a la salida del colegio, de comidas de domingo, … Los días pasarán, el frío de enero sucumbirá a los rayos de sol de una primavera incipiente, el despertador sonará todos los días, facebook le traerá noticias de los suyos, …

Y él seguirá ahí, en un recuerdo que no la abandonará, en unas imágenes que guardará en su móvil, en unas conversaciones en las que repetirá muchas veces que fueron muchos los años que pasaron juntos. La Garoneta, vestigio de buenos tiempos, será la última parada de su viaje.