En busca del mar

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Fotografía de José Camba. Rompiente de Camelle

Llevaba unos meses inquieto. Le habían concedido una excedencia en el trabajo y pensaba alquilar una casita en Galicia para varios meses, quería perderse en la tranquilidad de un pueblo de la Costa da Morte.

A esta inquietud vino a sumarse un trastorno gastrointestinal que lo llevó al médico. Después de dos semanas de dieta acabó en el especialista. Un escáner y una endoscopia le aguardaban a los dos días en el Miguel Servet. Una espera llena de incertidumbre ocupó la antesala de unos resultados que no llegaban.

Había elegido Camelle, un pueblo marinero, nada turístico, en el que ya había estado de vacaciones. Excepto en las horas que zarpaban y arribaban los barcos, la villa se mostraba muy tranquila. También lo había elegido por el historial de dolor y pobreza que habían vivido sus habitantes. El mar había sido testigo implacable de naufragios, rapiña y muerte.

Buscaba mitigar esa insatisfacción, esa necesidad de no parar que le había acompañado a lo largo de media vida. Pensaba que un lugar pausado, poco estimulante, con pocas opciones para elegir, le ayudaría. Quería un medio neutro desde el que mirar hacia adentro.

Aunque le daba miedo escarbar en su cabeza. Sabía que no había nada, excepto un carácter melancólico y pusilánime, y un montón de excusas tras las que ocultaba su falta de valor para hacer lo que realmente deseaba. Era consciente de que había llenado su vida de pretextos con el propósito de no tomar decisiones.

Este viaje era otra excusa, otra forma de retrasar decisiones largamente postergadas. En el fondo sabía que el mar sólo le iba a transmitir un silencio de olas estrellándose en las rocas y bloques de hormigón, que las calles del pueblo sólo le mostrarían el andar suave y cauteloso de sus gatos famélicos o el paseo discreto de sus mujeres de negro.

También sabía que no había ningún secreto por descubrir, ningún mantra que invocar, pero no por ello dejaba de imaginar encuentros accidentales con personas que pudieran transmitirle valiosos mensajes: un pescador que temía el mar, una viuda enterrada en un luto agobiante o un emigrante que nunca entendió el mundo.

Tal vez Man  tuviera el secreto, la clave de una existencia que lo llevó a la enajenación. Hubiera necesitado hablar con ese orate que había conocido la cordura pero prefirió refugiarse en la locura, que eligió el mar sin renunciar a la tierra, que optó por el arte y el silencio dejando atrás una vida que no le complacía. Hubiera necesitado que le enseñara el valor para decidir.

 

Le llegó la cita para el especialista, el informe con los resultados le esperaba. Pidió a su ex que le acompañara, estaba tan asustado que todas las molestias y sensaciones extrañas habían desaparecido. Ya en el ambulatorio, el miedo se suavizó un poco. El médico fue escueto y seco, no habían encontrado nada, estómago e intestinos estaban bien.

Se sintió muy aliviado. Una vez fuera, el miedo dejó paso a otras preocupaciones más leves. Entraron en un bar. Delante de sendos cafés, le comentó que había pensado alquilar una casa en Camelle y le propuso que le acompañara. No aceptó, ya tenía organizado un viaje, haría el camino de Santiago con unos amigos.

Se fueron a su casa, un polvo rápido, casi de urgencia, los enfrentó a un espejo de soledad y tiempos compartidos. Se despidieron. Con cierta tristeza la acompañó con la mirada por el pasillo, antes de que se cerrase la puerta del ascensor pudo ver una sonrisa en su rostro. La seguía amando.