En crisis

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Fotografía de Pato Novoa

Fotografía de Pato Novoa

Al iniciar el proyecto del establecimiento rural ya había leído bastante literatura de emprendimiento y marketing digital. Los entendidos decían que detrás de toda casa rural debiera haber una historia, un blog. “Al abrigo de Lokiz” es el resultado de esa idea, darle a Zologorri una motivación, una historia, una intención.

Al principio tuve que hacer un enorme ejercicio de descaro, me daba mucha vergüenza poner en la red esas aportaciones tan cutres, personales y artesanales. Temía que me leyeran. Era un temor injustificado, estas páginas no llegaban a casi nadie, sólo las leían personas muy cercanas, personas que me querían y que me animaban a que siguiera escribiendo. Fueron un gran estímulo.

Al cabo de dos años y medio más o menos convertimos a esta web en un instrumento de propaganda de la casa rural, hubo que empezar a dedicarle más tiempo a escribir ya que nos propusimos hacer aportaciones sistemáticas de contenidos en las redes sociales.

El inicio de la campaña en facebook supuso un hito en mi relación con las redes, sin darme cuenta, empecé a estar muy pendiente de los comentarios, de las visitas a la página web, de los “Me gusta”, y lo que al principio era una actitud propia de alguien que está analizando los resultados de una campaña de difusión, se convirtió en una gran dependencia. Me había enganchado.

A esta dependencia se unió una ansiedad permanente. La escritura de los post cada vez me exigía más, había perdido su carácter casual para convertirse en una aventura obligada de la que emergían historias que me atrapaban en una telaraña de realidades y medias verdades, de emociones exaltadas y miedos no superados. Escribir me excitaba, a pesar de que el resultado era un relato plano, el post dejaba en mí un rastro de perturbación y nerviosismo.

Esta exigencia, esta actitud ante la escritura aumentó mi ansiedad, tuve que acudir al especialista. Al cabo de tres meses de espera me llamaron del Ramón y Cajal. Era un médico joven y amable. Después de una breve descripción de los síntomas que me habían llevado a su consulta y alguna pregunta, me recetó Clonazepan y me dio cita para el psicólogo. Me recomendó que hiciera ejercicio, que no tomara alcohol ni café y que dejara de escribir y de escudriñar en la redes sociales.

Transcurrida una semana había engordado dos kilos, apenas podía enfrentarme al día a día. A pesar de que dormía como un lirón, la somnolencia se había incorporado al estado permanente de cansancio que tenía antes de tomar la medicación. Estaba todo el día tirado. Cuando fui consciente del estado al que había llegado, decidí abandonar el tratamiento y no acudir al psicólogo.

Dejar el Clonazepan me sentó bien, tenía la impresión de estar mejorando, pero a los pocos días algo empezó a ir mal, estaba trabajando cuando una angustia profunda se apoderó de mí, apenas podía respirar, me estaba mareando. Acabé en urgencias.

Después de un breve peregrinar por médicos me recuperé. Gracias a dios estoy mejor, el estrés ha desaparecido, he engordado un poco, sigo tan cansado como siempre y mis tristezas se han atenuado.

Ahora disfruto de una vida apacible y tranquila. Me levanto a las 8 de la mañana, me aseo y bajo a desayunar al comedor. Sigo necesitando ese café tempranero para ponerme en marcha. Después, con algunos compañeros, vamos a cuidar el jardín, escardamos los parterres y eliminamos las hojas y flores secas. Está muy bonito. El domingo Pili viene a visitarme y paseamos, yo le cuento una vez más mi proyecto de casa rural y ella me dice que pronto volveré a casa. A veces creo que me he perdido y me pongo muy triste.