En el ascensor

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ascensor3Trabajo en un edificio de 10 plantas, la Residencia de profesores. Se construyó en la década de los 60 con el objetivo de atraer catedráticos al cuerpo docente de la Universidad. Con la plaza se les ofrecía un piso en usufructo, por aquellos años la vivienda en Zaragoza era tan cara que nadie quería optar a las plazas de este campus.

Con el paso del tiempo fueron quedando en la Residencia algún honorable nonagenario, viudas y pisos vacíos. Hace unos 10 años empezaron a trasladar funcionarios de sus lugares de hacinamiento a la Residencia. Este desembarco puso a prueba la instalación del orgulloso edificio. Hubo que cambiar instalaciones eléctricas, algunos tramos de fontanería, ventanas por las que se colaba el viento. Aunque fueron sometidos a la misma prueba, los ascensores no se tocaron a pesar de que el número de viajes y el peso de los mismos aumentó drásticamente.

En este contexto los incidentes se manifestaron con profusión. El ascensor principal a la altura de planta cuarta empezaba a temblar, se agitaba desmesuradamente, no sé si con el propósito de asustarnos para que no subiéramos en él por no ser personas “pata negra” o por que eran demasiadas subidas y bajadas para su vieja maquinaria. No hicimos mucho caso de estos tembleques de “ascensor entrado en años” hasta que un compañero se quedó colgado entre la quinta y la sexta planta.

Fue una movida. No teníamos experiencia, hubo que esperar a que llegaran los técnicos de “Thyssen” para que lo sacaran. Nuestro compañero salió lívido, pero ni gritó ni vomitó. A partir de este incidente el jefe consiguió una llave que permitía abrir la puerta del ascensor cuando estuviera bloqueada.

En la mayoría de las ocasiones las paradas se solucionaban presionando de nuevo el botón. Cuando esto no sucedía poníamos en marcha el protocolo recién aprendido. La secuencia era como sigue: el incidente se iniciaba con el sonido de alarma que activaba la víctima o con los gritos que oíamos en las escaleras: “¿en qué planta estás?”, “tranquila, vamos por las llaves”, … A continuación el más espabilado apuntaba, “se ha quedado entre la cuarta y la quinta planta”. Carreras por las escaleras hasta el piso indicado. Se desbloqueaba la puerta del ascensor que da al rellano, se forzaba la apertura de las puertas de la cabina y se ayudaba a salir de esta trampa angustiosa al protagonista de la aventura.

Este era un sistema absolutamente desaconsejado. Hubo muchas discusiones sobre seguridad. El peligro de estas acciones radicaba en el riesgo de caída del ascensor cuando se estaba sacando a la víctima. Una caída en ese momento podría seccionar su cuerpo en dos, quedándonos nosotros con las extremidades superiores y una parte del tronco y la cabina del ascensor con el resto del cuerpo y las piernas.

Uno de los incidentes más sonados le tocó a un matrimonio entrado en años. Subían con su perro cuando la cabina se paró abruptamente a la altura del piso octavo. Pensaron que ahí se acababa todo, la señora tomó en brazos al perro y los tres asistieron a un descenso siniestro que al instante se convirtió en caída libre, un grito desgarrador alteró la paz del edificio. La seguridad funcionó, se activaron los frenos de emergencia y la cabina paró en seco. El incidente fue tan sonado que aún se sigue hablando de él.

Mi experiencia fue menos traumática. Me quedé atrapado con una compañera, entre la tercera y la cuarta planta. El ascensor no respondía, activamos la alarma y esperamos la intervención de nuestros compañeros. No sentimos miedo, ya nos había ocurrido otras veces. No sé si fruto del nerviosismo o de la hiperventilación se creó un ambiente de irrealidad que nos empujó a acercarnos y a fundirnos en un abrazo estrecho y voraz. Empezamos a besarnos y a acariciarnos frenéticamente hasta que el ruido metálico del desbloqueo de la puerta cortó radicalmente el calentón. No tenía ninguna noción del tiempo transcurrido. Los colores, el nerviosismo, la sudoración se interpretaron como los signos de un mal trago.

Tardé semanas en recuperar su mirada pero perdí definitivamente sus abrazos. Al poco cambiaron totalmente la maquinaria del ascensor. Durante tres años los incidentes y las experiencias insólitas no se manifestaron, hasta que el otro día volvimos a escuchar gritos en la escalera, una chica había sido atrapada por el ascensor.