En el club social

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El puente de San valero nos quedamos en casa, no bajamos a la ciudad, nuestros amigos habían escapado de Zaragoza en busca de nuevos alicientes.

Vinimos del pueblo enfadados. Cuando no se comparten proyectos, la crítica y las opiniones no favorables no se interpretan bien, se consideran obstáculos innecesarios, disgustan, te ponen a la defensiva. Para mitigar el cabreo, me sumergí en la jardinería, da mucho trabajo pero es terapeútica, reduce la tensión y ayuda a reconciliarse con el mundo, también con tu pareja.

Finalizada la tarea, me  dirigí al contenedor de residuos vegetales con una carretilla llena de restos de poda. Inesperadamente me encontré con nuestros vecinos, salían de la pista de pádel atentos a la conducta de los pequeños. Después de saludarnos efusivamente, me ayudaron a descargar la carretilla en el contenedor.

Para celebrar el encuentro nos dirigimos al club social a tomar una cerveza, llamamos a Pili para que se sumara al evento. Al poco fue llegando gente nueva. Las cañas empezaron a circular, el grupo se fue atomizando en mini grupos y las conversaciones se fueron animando. Después de hora y media llegó el momento de ir a comer, unas copas de papiroflexia pusieron un broche artístico al final del encuentro.

A pesar de que no se habló de nada especial, me quedé con una sensación muy buena. Fue muy agradable encontrarse con personas que quieres y te gustan, saludar a vecinos que hace mucho tiempo que no veías, entablar conversación con gente con la que solo cruzabas un saludo formal.

Esa tarde, una euforia contenida se apoderó de mi, tal vez porque por un tiempo sentí que formaba parte de un grupo, o porque pude distraer esa soledad enfadada que me acompañaba, o tal vez porque pensé que habíamos dejado atrás el aislamiento en el que vivíamos.

En cualquier caso, una fría y sosa mañana de invierno dió una voltereta y se transformó en un espacio cálido y fascinante. Un sol radiante se reflejaba en la superficie del lago tiñendo de luz la silueta de los árboles desnudos, una atmósfera mágica nos permitió otear por encima de los tejados y contemplar la belleza del mediodía, una pista de pádel se erigió en la reina de todas las conversaciones.

Anochece en la urbanización, un perro ladra con desgana en las cercanías del club social, un gatito observa expectante la figura de un estornino posado en la rama de un árbol. El crepúsculo va cerrando el día, no estamos solos.