En la noche

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beso-2Era una de esas salidas de los sábados donde se tenían garantizadas un mínimo de doce cañas sin probar bocado. La cerveza acababa por estragar un estómago que podía llevar más de ocho horas sin comer y alargar unas conversaciones confusas hasta el agotamiento.

Había llegado la hora de retirarse, eran cerca de las tres las mañana, ya estábamos lo suficientemente borrachos y cansados, aunque aún había que reservar fuerzas para llegar a casa andando, media hora.

Cuando iba por Cesáreo Alierta tropecé con una chica, además de un poco borracho iba despistado, metido en uno de esos mundos poco cómodos que acompañan al final de la noche. ¡Qué bruto! Casi la tiro al suelo. Avergonzado, le pedí reiteradamente disculpas. No se lo tomó a mal, de alguna manera se percató del estado de perturbación que me había dejado el encontronazo e intentó calmarme: “no me has hecho daño”, “no tiene importancia”,  …

El incidente me había sacado del ensimismamiento alcoholizado y me había transportado a una extraña lucidez que me llevó a invitarla a una copa, quería compensar el trompazo, quería ser simpático y amable. El estar al lado de la puerta de un pub facilitó la decisión, después de cinco largos segundos de silencio, aceptó. Nos sentamos en sendos taburetes, en la barra del bar. Se llamaba María, yo creo que ella también llevaba sus copas, hubiera sido difícil hilar una conversación tan entretenida entre desconocidos a “palo seco”.

Trabajaba en una tienda de moda, de ella sacaba el sustento y esa ropa tan “puesta” con la que se disfrazaba de una mujer distinta, atractiva, un poco al margen de la moda. Había estudiado Bellas Artes, su pasión era la acuarela y desde hacía años no pasaba un día en que no tomara, aunque sea por un momento, el lápiz o el pincel. La simpatía que yo había sentido por ella se transformó en admiración. Por primera vez miré fijamente sus ojos, me sentí muy atraído.

Acabamos en su casa, un apartamento cercano al lugar donde nos habíamos encontrado. Ya no había conversación, sólo gestos, caricias y besos. Una cama amplia nos acogió medio vestidos. Avanzamos por un camino un poco torpe y lento al principio, poco a poco fuimos tomando el tono de un deseo sosegado, acaricié unos pechos pequeños, descubrí lentamente cada palmo de su cuerpo, nos sumergimos en un mundo de placer y emociones intensas.

Una sorpresa me paralizó, una sexualidad masculina emergía de su entrepierna, mi mano estaba acariciando su pene. No sé si tuve que cambiar el chip para continuar, pero continué, su mirada seguía siendo la misma y su ternura se había hecho más patente, cada vez me atraía más. El juego amoroso continúo a lo largo de la noche.

Abrí los ojos, la luz se hizo paso por el estor de la ventana, los demonios del día se habían apoderado de la habitación. Mi cerebro empezó a combinar una noche apasionada con un despertar de mal dormir y resaca. El seguía dormido, no tuve valor de despertarle, me levanté con sigilo, pasé por el baño y me eché a la calle.

Sentimientos encontrados me acompañaban. Su mirada seguía ahí, atrayéndome con fuerza, pero también quedaba cierto estupor, una sorpresa todavía no asimilada me perturbaba, ¿había cuestionado mi heterosexualidad? Pero esta duda no tenía el peso suficiente para desdibujar lo que había vivido. No sé si había abierto un nuevo frente en mi vida o era simplemente una noche loca maravillosa.

Pasaron los días con una fijación constante. Después de dos semanas decidí pasar por la tienda, quería hablar con ella. No la veía hasta que me di cuenta de que no era una de las chicas, era uno de los chicos de la tienda. Me quedé un poco cortado, no estaba familiarizado con la dualidad de su imagen, no sabía qué hacer. Me vio, entonces me acerqué y muy brevemente le pedí disculpas por desaparecer de manera tan grosera aquella noche, le manifesté mi interés por hablar con él y nos citamos a la salida del trabajo en un bar cercano. Yo creo que estaba enfadado.

Llegó al bar con cinco minutos de retraso, se pidió un agua mineral. Se le veía cansado, disgustado. Hasta el último momento no había decidido acudir a la cita. No entendió por qué me fui sin despedirme, le dolió que una noche tan especial la hubiera transformado en un polvo furtivo al amparo del alcohol y la noche. Tuve que explicarle que para mi aquella noche fue muy bonita pero muy confusa, tuve que decirle que era la primera vez que me metía en la cama con un hombre, tuve que confesarle que estaba loco por ella, por él.

Fue una conversación larga en la que las cañas eran acompañadas por miradas que revelaban una sinceridad desnuda. Era una personalidad compleja, en su DNI constaba que era un varón, de nombre Javier. Siempre que tenía que trabajar mandaba el documento de identidad, en cualquier otro momento no se sabía quién mandaba. No hacía falta que se pintara, que se soltara el pelo, que lo anunciara para ver cuándo María ocupaba el lugar de Javier, la transformación era radical. De nuevo acabamos en su casa, hicimos el amor apasionadamente.

Quedamos tres veces a la semana. He descubierto el placer de la incertidumbre, nunca sé a quién me voy a encontrar, si a Javier o María, yo la prefiero a ella, pero no puedo vivir sin él. Los bares, las exposiciones, el cine y alguna incursión en la Sala Mozart conforman nuestro ocio más social. Mañana he quedado con mis amigos, no sé si les presentaré a él o a ella.

Vivo en una nube tormentosa de la que temo caer. No sé cuánto durará esta relación pero me agarro a ella como si fuera la última. Tengo la certeza de que nunca encontraré otra mirada igual, otra personalidad tan fascinante. Tengo miedo de perderla, de no encontrarlo, su ausencia me convertiría en un desdichado condenado a ir de barra en barra huyendo de un desamor insoportable, de una búsqueda imposible.