En un instante

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Fotografía de Bachmont

Estábamos un poco aburridos, habíamos pensado en ir comer a las piscinas de Azuara, nos habían comentado que tenían un menú casero muy apetitoso. Si la visita se alargaba nos quedaríamos a dormir en el albergue.

El sábado se presentó con un sol de junio espléndido, nos lanzamos a la autovía en busca del Campo de Belchite, una de las comarcas más áridas de la comunidad. Una vez pasado Mediana de Aragón nos enfrentamos a esa recta infinita que nos llevaría a Belchite. Una conversación entretenida nos llevó a rememorar la última vez que nuestros amigos visitaron nuestra casa, nos sentimos muy bien, fue una experiencia emocionalmente intensa, salimos encantados de ella.

Estábamos en un buen momento, habíamos dejado atrás las suspicacias y habíamos decidido aceptar sin condiciones las peculiaridades del otro. Fue un gran paso que permitió consolidar la confianza y aumentar notablemente la complicidad. Volvíamos a encontrarnos cómodos el uno con el otro, a reconocernos en nuestros gestos y miradas, a ser más generosos y tolerarnos mejor. Este ambiente redujo drásticamente la cantidad e intensidad de nuestras discusiones, había paz en casa. 

Cuando pasamos por Belchite recordamos otros tiempos, una visita que realizamos con amigos del barrio. Aquel día recorrimos las calles del pueblo nuevo y nos encogimos con las siluetas fantasmales del Belchite viejo. El tiempo y la distancia nos alejaron de aquellos colegas, después de media vida las redes sociales los han acercado etiquetados en fotografías y letras.

En pocos minutos llegamos a Azuara, aparcamos en la plaza del ayuntamiento, iríamos andando a las piscinas. Una encrucijada de estrechas calles se abrió ante nosotros, elegimos la calle Mayor, fuimos paseando tranquilamente hasta el final, hasta que el hormigón nos arrojó sobre el asfalto de la A-2306. Volvimos sobre nuestros pasos para encontrar algún vecino que nos indicara cómo llegar a las instalaciones municipales.

Era un pueblo extenso y caótico, después de dar varias vueltas y visitar involuntariamente la Ermita de San José, dimos con las piscinas. El verde de los árboles y el césped contrastaba con el azul de un agua salpicada de reflejos brillantes. No había mucha gente, el suave chapoteo de un niño matizado por el piar de algún gorrión contribuían a crear un ambiente muy acogedor.

Era la hora del vermut, dos parroquianos acodados en la barra daban buena cuenta de una ración de bonito con pimientos y cebolla. Pedimos una cerveza y nos sentamos. En septiembre teníamos pensado ir a Asturias, cuatro días serían suficientes para llenarnos de mar y verde, para relajarnos y cargar unas pilas cada vez más desgastadas. A la vuelta iniciaríamos la construcción de las dos habitaciones en la primera planta. Estábamos ilusionados, por fin habíamos podido superar el presente y pensar en el mañana. Creo que por primera vez en mucho tiempo ambos compartíamos el mismo futuro.

Teníamos hambre, pedimos el plato del día. Sopa de calabaza, ensalada y lomo con pimientos del piquillo conformaban un menú sencillo que nos llenó de buenas sensaciones. Después de comer, en los cafés, iniciamos una conversación distendida con el encargado del bar, nos comentó que en verano trabajaba en la piscina de Azuara, el resto del año realizaba comidas por encargo, tenía una pequeña empresa de catering con su pareja. Estaba muy animado. También hablamos de Ganuza y la casa rural.

Ya eran las siete de la tarde cuando decidimos marcharnos. Hacía ya un rato que el sol era amenazado por nubes de tormenta. Nos dirigimos andando a la plaza del Ayuntamiento e iniciamos la vuelta a casa.

Las primeras gotas empezaron a caer en Almonacid de la Cuba, en Belchite la lluvia se hizo más intensa. Cuando alcanzamos la recta infinita, el cielo se oscureció totalmente y una lluvia torrencial sembrada de rayos anegó el asfalto. Apenas había visibilidad. Poco a poco fuimos reduciendo la velocidad, paramos en la cuneta con las luces de emergencia puestas. Asustados, nos cogimos de la mano, ambos reconocimos el miedo en la mirada del otro.

Repentinamente un estallido de luz y sonido nos sumió en un túnel oscuro.

El mar se adivinaba en la cercanía. Paseábamos por una estrecha carretera flanqueada de eucaliptus próxima a nuestra casa. El cielo dibujaba nubes de algodón sobre un fondo azul claro que realzaba la línea del bosque. La luz era tenue, el verde intenso, nuestra mirada brillante. Una paz no reconocible nos llenó de bienestar, un paisaje de ensueño nos envolvió con sus colores, habíamos alcanzado el futuro.