Entre el mar y la tierra

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Soportaban mal el calor de un valle de veranos tan tórridos y secos, de una luz cegadora que hacía imposible los colores, de una incomodidad que provocaba la estampida de sus habitantes hacia tierras de canícula más suave. Habían decidido ir hacia el Norte en busca de temperaturas más bajas y ambiente más húmedo. Salieron sin prisa, cerca de 500 km. de un asfalto fácil les esperaba antes de llegar a su destino.

Después de cuatro horas de autopistas alcanzaron el verde de esa costa tan esperada. Ya sólo faltaban unos kilómetros para llegar al pueblo donde habían alquilado el apartamento. De repente, una vista espectacular llenó el parabrisas del coche, la Sierra de Cuera se levantaba a la izquierda con toda la coquetería y la belleza de las montañas del Norte, a la derecha quedaba el mar, para hacer de contraste, para que pudiera presumir de su cercanía.

Ya en Villanueva de Pría, en el apartamento, se asearon y recibieron de la anfitriona una sesión ilustrada sobre los puntos mas hermosos de la costa. Salieron documentados y motivados ante el abanico de posibilidades del que podían disfrutar. El primer paseo fue en busca de un merendero, La Puente, donde disfrutaron de dos botellas de sidra, una tercera cayó en el bar de la piscina. Era ya un poco tarde, cansados y achispados regresaron a casa.

La siguiente jornada fue intensa en visitas. El encanto de una playa interior como Gulpiyuri, el vértigo de los acantilados que la rodeban, la tranquilidad del arenal cercano de San Antolín.

Salieron de la costa y decidieron sumergirse en el interior, en lugares que antaño habían visitado. Posadas, Ardisana, la Montaña Mágica, Palacio y el Sucón motivaron un viaje emocional intenso en el que se hicieron acompañar de seres de otro mundo que un día estuvieron a su lado. En algunos kilómetros la nostalgia y la tristeza se apoderaron de ellos.

De nuevo se sumergieron en la costa para disfrutar de la postal del cementerio y el puerto de Barro, para sucumbir a la espectacularidad de las panorámicas de las playas de Turimbia y Turanzas, para regodearse en una costa que dibujaba escondites recónditos de una belleza exotica. Regresaron al apartamento satisfechos, cansados, con las pupilas dilatadas de tanta belleza, con los sentimientos a flor de piel después de tantas emociones.

Paseos de tarde para descubrir las playas de Cuevas del Mar o de Guadamía, visitas a la Antigua Central de Pesa, un merendero coqueto donde escanciaban una sidra que les sabía a gloria y reforzaba el sabor de esa tierra verde y húmeda.

En uno de esos paseos vespertinos descubrieron la playa del Canal. Se sintieron fascinados por ese pasillo abierto al mar, por esos paredones que la custodioban. Por primera vez vislumbraron una puerta abierta a la vida, una vía para quedarse en esa tierra.

Cuando llegaron del paseo ya no eran los mismos. Una extraña serenidad se dibujaba en sus rostros, su mirada había adquirido un brillo especial, incluso el tono de sus voces había cambiado. Así lo atestiguó la anfitriona que solía tener un momento para ellos al atardecer.

Al día siguiente partían para su tierra, las vacaciones habían acabado. Se despidieron.

Por la mañana la propietaria del apartamento comprobó que los equipajes aún seguían en sus aposentos, que aún no habían salido. Se alarmó. Les llamó por teléfono, preguntó a los ocupantes de los otros apartamentos, habló con vecinos del pueblo. No consiguió ninguna pista de su paradero. Al atardecer ya no pudo más, denunció la desaparición a la Guardia Civil, al día siguiente pondrían en marcha el protocolo de búsqueda.

No hizo falta esperar mucho, por la mañana, un ganadero descubrió en la playa del Canal dos cuerpos sin vida. Habían sido depositados de forma caprichosa sobre la arena, la marea tuvo mucho cuidado en no manifestar las circunstancias de una tragedia, prefiriendo mostrar una escena idílica de encuentro con el mar, una fusión con la tierra que tanto amaban.

Las pesquisas llevadas a cabo descubrieron que las últimas personas que las habían visto eran tres ancianas del lugar que salían a pasear todas las tardes. Comentaron a las autoridades que los vieron contentos y sonrientes, iban un poco despistados por la carretera en busca del mar.

También interrogaron al propietario de la Antigua Central de Pesa. Les dio una versión parecida, estaban alegres y se les notaba que estaban disfrutando de su estancia. Le llamó la atención el énfasis que pusieron al manifestar que estaban buscando el modo de no volver a su casa, de quedarse para siempre en esta tierra.

Un halo de misterio envolvió el ahogamiento de esta pareja en la playa del Canal, para los periódicos y la guardia civil fue un desgraciado accidente que acabó con la vida de dos turistas. Las personas que los frecuentaron sabían que había algo más, vieron en ellos una determinación que no supieron interpretar, una mirada que trascendía el presente para mostrar una lejanía misteriosa.

La dueña de los apartamentos, una vez superada la tristeza de la tragedia, incorporó a los atractivos del lugar la historia de esta pareja que no quiso abandonar esa tierra de verde y mar. Con los años la historia se convirtió en leyenda y consiguió ocupar un espacio entre los Trasgos y las Xanas. La playa del Canal y el pueblo de Villanueva de Pría se ganaron un lugar en el peregrinaje de turistas.