Un funcionario en apuros

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funcionario en apurosNo dejo de recordar las circunstancias que me acompañaron esos años en el trabajo. No puedo olvidar una historia cargada de luces y sombras, de emociones exaltadas, de momentos de locura. Aún hoy sigo pensando que otro final hubiera sido posible.

Un final precedido de un enfrentamiento desigual, donde la confianza se disfrazó de competencia, la deslealtad de pragmatismo. Mensajes hirientes e insultos velados se cruzaron a lo largo de ese período. Algunos sacamos lo peor de nosotros. Entre tanto desatino sobresalía con luz propia un personaje: el villano.

Todo empezó una cálida primavera de hace algunos años. De vuelta de una baja maternal, una compañera puso en marcha una campaña con el objetivo de mejorar nuestro entorno de trabajo. Nos sedujo. Acompañada y animada por el jefe, inició un proyecto que iba a cambiar nuestras vidas.

Se definió un plan con el fin de evaluar nuestra organización. Se estudiaron puestos de trabajo, necesidades de los clientes, inquietudes de los trabajadores, estructura organizativa, …

Paralelamente se fue desarrollando un compañerismo intenso que posibilitó la creación de un ambiente de trabajo muy amable. Compartíamos una inquietud que crecía día a día y muchas ganas de cambiar las cosas.

Esta pequeña revolución me alcanzó de lleno. Mi relación con el mundo cambió y con ella la relación con mi pareja y mis amigos. Los veía menos, se habían anclado en un presente con el que no sintonizaba, la comunicación con ellos se resintió. Con mi pareja fue más sencillo, simplemente aumentamos la distancia que ya nos separaba. Nos instalamos en un escenario ya conocido en el que lo común quedó reducido a su mínima expresión.

En un ambiente en el que se prodigaban los abrazos, las distancias eran cada día más cortas y la complicidad mayor. Besos, gestos y miradas de ternura fueron tejiendo una nube en la que me instalé con naturalidad. Una atmósfera platónica me envolvió. Perdí la perspectiva, una realidad velada se impuso.

El proyecto puesto en marcha estaba generando muchos roces. La tensión con la dirección había aumentado. De un entorno amable se había pasado a un ambiente enrarecido y crispado. En esta coyuntura actuó el villano de manera expeditiva y cruenta: el jefe y dos de mis compañeras tuvieron que hacer las maletas. La burbuja en la que me había instalado estalló en mil pedazos.

El vacío y el miedo se adueñaron de mí. Una obsesión enfermiza por el villano me hizo la vida irrespirable y me condenó a una larga travesía en solitario.

Una sombra oscura apagó mis sueños y se coló por los resquicios de mi vida, ni siquiera la noche con su halo protector escapó a su efecto corrosivo. Nada pude hacer, quedé a merced del tiempo y de ese hechizo enfermizo. Durante meses vagué angustiado por un camino doloroso y estéril que no tenía fin.

Cuando vislumbré el final del túnel, había cambiado. Volví a recuperar un equilibrio perdido. Dejé atrás algunos miedos que me habían acompañado media vida, y reconvertí los sueños y las ilusiones en una voluntad firme de transformar mi entorno. Pero no pude dejar atrás la tristeza que me provocó el fracaso de ese proyecto, no pude llenar el vacío dejado por una experiencia que recuerdo con mucha nostalgia.