Buscando a Javier Nasarre

Javier NasarreEsta mañana, muy temprano, me dirigía al trabajo, escuchaba en la radio a Xoel López. Pensé en el refugio que suponía la música para los creadores. Crear, interpretar una canción debe suponer acceder a un mundo muy peculiar en el que tienes que dibujar sus contornos, esbozar sus dimensiones, dotarlo de emoción y por último, darle vida.

Es un gran reto plagado de dificultades y esfuerzos, salpicado de pequeñas frustraciones, tal vez un reto parecido al que tenemos un día cualquiera, cuando nos enfrentamos a la vida, una vez que el despertador nos expulsa de la cama.

No me engaño, engancharse a la vida todos los días requiere esfuerzo, pero es un reto mínimo, mecánico, devaluado, sin emoción. No creo en aquellos que ensalzan el valor de la vida hasta el extremo de darle el carácter de “gran milagro”. Pura retórica. Muy pocas veces la vida es emocionante, casi siempre es una repetición de conductas que al final son las que dan sentido a nuestra existencia.

Por eso envidio a los creadores, por que pueden escapar de este mundo de repetición y sumergirse en un vacío al que tendrán que dar contenido y forma. Esto sí que es una labor titánica, crear un mundo nuevo, aunque éste sea heredero o hijo del que vivimos todos los días.

El jueves pasado estuve en la presentación del libro Geometrías de la intemperie, de Javier Nasarre. Cuando tomó la palabra vino a hablar de la necesidad de delimitar este mundo, de dibujar sus fronteras para no caer en la nada, para sentirse protegido y reconocible. Para ello inició un viaje que lo llevó a escribir este poemario. Me imagino a un Nasarre sumergiéndose en ese mundo de letras, trabajando para dar forma a nuevos poemas, leyendo los ya escritos para alimentarse y cargarse de energías, dudando, buscando esa palabra, esa expresión que canalizara lo que estaba sintiendo, lo que, a veces, lo estaba matando.

Los poemas, la actividad de escribir, la actitud de poeta, todo ello conforma, a mi entender, un refugio que le permite al autor huir de su rutina. En este caso es un refugio complejo, vital, turbulento, pero un refugio al fin y al cabo, un espacio, una dimensión que lo protege y enriquece, también, en demasiadas ocasiones, lo perturba.

No puedo hablar de poesía, no la alcanzo, para mí es un mundo de iniciados, de personas muy especiales dotadas de una gran sensibilidad y una habilidad poco común. Hablar e interpretar un lenguaje de dioses está vetado a la mayoría de los mortales, por eso tienen mucho más mérito aquéllos que se aventuran a conformar mundos propios haciendo uso de versos extraños, de estrofas irreconocibles, de rimas escondidas.

Un editor valiente, un amigo entrañable, un rapsoda de lujo y el texto mágico de Nasarre dieron forma a una presentación muy entretenida y emocionante. Creo que era la primera vez que asistía a un recital de poesía, me dejé llevar por la voz de Camarasa, disfruté de unos poemas que no siempre entendía.

Esa tarde, en el salón de actos del Instituo Miguel Catalán, muchos nos congregamos para celebrar la publicación del libro de Nasarre. Me sentí extraño, nada era familiar aunque sí reconocible. Almas del pasado se fusionaron con un presente de poesía. Me emocionó la actitud de un Javier Nasarre humilde, agradecido, nervioso y muy atractivo.