Art Jazz Quartet en Garrapinillos

art jazz quartetEste Sábado decidimos bajar a Garrapinillos para ver la actuación del grupo Art Jazz Quartet. Cuando llegamos, a eso de las nueve menos cuarto, ya habían empezado a tocar. Una atmósfera singular se había adueñado del local: un sonido de “música en vivo”, un cuarteto de Jazz que había desterrado a la televisión, una luz tenue, un público muy atento. Sí, algo extraordinario estaba sucediendo en Casa Indalecio.

Alrededor de cuarenta personas, de pie en la barra o sentados, seguíamos atentamente las filigranas de un saxo o una guitarra, a veces del contrabajo o la batería, que nos trasladaban a los años treinta a través de unas composiciones que no habían envejecido.

Art Jazz Quartet, a tenor de lo visto en su página de Facebook, es una banda que no siempre actúa con los mismos componentes. En esta ocasión encontramos a Frank Sebastián al saxo, Alexander Saura a la batería, Isidro Melús en la guitarra y Miguel Viejo con el contrabajo. Miguel Viejo actuaba de maestro de ceremonias introduciendo las composiciones con unas breves palabras.

Hay algo que nos chocó mucho, nunca lo habíamos visto, seguramente por que nunca habíamos estado tan cerca. Cada vez que tenía que soplar en la boquilla del saxo, el cuello de Frank se “inflaba” aumentando su tamaño. Tal vez por no haber escuchado mucho jazz, nos gustaron especialmente el saxo y la guitarra. Al saxo estába acostumbrado, pero no había sido consciente de las aportaciones de la guitarra, los solos de Melús resultaron especialmente sugerentes.

Los músicos nos parecen gente maravillosa, nos dan envidia, hombres y mujeres que dedican muchísimo tiempo a un instrumento que les permite expresar lo que nosotros no podemos o no tenemos. Sí, la música, y el jazz sobre todo, creo que tiene la capacidad de generar unas sinergias emocionales y sentimentales que hacen que los que se dedican a ello sean distintos, más especiales y, como no, más atractivos.

El público de jazz no se distingue, o no tiene distintivos que lo adornen y lo diferencien de otros grupos o tribus. Pero escucha, está muy atento, crean alrededor de los músicos un espacio protegido para que se sientan a gusto y den lo mejor de sí. También, entre el público, había rockeros de punta en blanco, vaqueros ajustados y chalecos negros de diseño.

Largas ovaciones dieron final a la actuación. Todo el mundo quedó muy satisfecho. Los intérpretes por la gran acogida que tuvieron. El público por el regalo de una música que nos lleno de buenas sensaciones. Y el organizador, José Luis de Casa Indalecio, por que se sentía muy ufano de haber traído a sus parroquianos una actuación de este calibre.

Fue una noche mágica, sólo eché en falta una cosa, mis amigos.