Jugando a morir

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muerteLo vi por última vez acompañado de un bastón en el que descansaba su lado derecho de manera ostensible. Su cojera era cada día más acusada. Andaba con pasos muy cortos, arrastrando unas zapatillas a cuadros que nunca le abandonaban.

Un día me llamaron, me dijeron que había fallecido. Fueron a buscarlo y lo encontraron en la cama. Su corazón dejó de latir mientras dormía. Todos pensamos que fue muy afortunado, el camino que le quedaba estaba lleno de dificultades.

Esta experiencia y otras menos afortunadas me han llevado a reflexionar sobre la muerte de una manera distinta. Quise dedicarle más tiempo a algo tan cercano. No quería profundizar, sólo quería dar un poco de coherencia a ideas que de vez en cuando me asaltaban.

Me puse a indagar. Después de estar leyendo un rato, me di cuenta que no buscaba coherencia, estaba buscando una forma de “controlar” el desenlace de mi vida. El trance de la muerte puede resultar un episodio lento y penoso, no depende de nosotros, estamos en manos de Tánatos. Quería encontrar un medio que me permitiera definir el tempo y la oportunidad del mismo, seleccionar el instante preciso, jugar a ser dueño de mi final.

Examiné con google formas y modos de morir rápida y dignamente. Después de varias búsquedas y lecturas llegué a una página dedicada a la “muerte digna” donde se contaba el suicidio de Ramón Sampedro. El cianuro potásico parecía lo más seguro, rápido e indoloro. Fue fácil encontrar las instrucciones para realizar el preparado de este veneno.

Ya sólo quedaba localizar una tienda online donde hacer la compra. Enseguida encontré una web dónde lo ofertaban, bastaba con rellenar un formulario y dar una copia del DNI. Para probar hice un pedido. Al cabo de cinco días, por la nada despreciable cantidad de 195 euros, ya tenía en casa un frasco de 250 gr. de cianuro con un kit de manipulación: guantes, mascarilla y gafas.

Cuando abrí el paquete y tuve el frasco en mis manos, desapareció cualquier atisbo de existencialismo, me acojoné. Tenía en mis manos un veneno letal. Lo dejé a buen recaudo escondido en una de las estanterías, detrás de una hilera libros. No se lo comenté a nadie.

Llegué a olvidarme de él hasta que una conversación sobre la muerte de Antonio Aramayona lo trajo a mi memoria. Una leve inquietud me incomodó. Cuando llegué a casa quise comprobar que el frasco seguía ahí, miré detrás de la fila de libros pero no lo hallé. Con cierta desesperación saqué todos los volúmenes de la estantería, no estaba, había desaparecido.

Me asusté. Un montón de ideas absurdas me asaltaron, aunque lo más probable era que el frasco lo hubiera cogido ella.

No pude evitarlo, cuando llegó del trabajo le pregunté de malas maneras si había cogido el frasco. Sus ojos me miraron airados, me contesto muy enfadada con un montón de preguntas respecto a la procedencia y finalidad del veneno. Acabó gritando “no he cogido el dichoso frasco”.

En un momento de sosiego le conté la historia tal como había sucedido, no sirvió de nada. No quiso entender por qué lo había comprado. La conversación volvió a encresparse, nos dijimos cosas que no iba ser fácil disculpar. Ambos salimos de esta gresca emponzoñados por una sospecha espesa y corrosiva. Un muro de suspicacia y temor se había levantado entre nosotros.

Después de algunas semanas, buscando una manta de sofá en el baúl, encontré el frasco, había olvidado que lo cambié de sitio. Terminé de hacer la maleta y llenar la mochila. Le envíe un “wasap” al trabajo, “salgo de casa, me llevaré el resto de las cosas cuando pueda”. Abatido, miré por última vez el jardín.

Ya en la parada del autobús, una soledad de desarraigado se apoderó de mí, el pesar de una tristeza profunda se aferró a mi estómago. Un apartamento de estuco blanco y muebles viejos me esperaba en una ciudad que se había vuelto extraña.

Me senté, como siempre, en el lado derecho. Cuando arrancó no pude evitar mirar hacia atrás. Sumido en un mar de pesimismo y desesperanza, la tenue sombra del veneno se hacía cada vez más patente.