Miradas

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miradasMe cruzaba todos los días con ella cuando iba al trabajo. Al principio de manera casual. Sólo era una viandante más de los muchos que transitábamos las calles a las ocho de la mañana. Después, de manera intencionada.

No sé quién fue el primero que llamó la atención del otro, pero empecé a fijarme en su rostro ovalado, en las formas redondas y suaves de su cuerpo, en su andar ligero, en su indumentaria.

Habían pasado algunas semanas cuando alcanzamos a mirarnos de una manera fugaz, casi imperceptible. Un leve cruce de esas miradas con prisa, fue suficiente para interpretar que aceptaba una complicidad impropia de extraños pero ajena a toda cercanía. Fue difícil superar ese hito, convertir ese “deja vu” en una mirada más diáfana, pero al final lo logramos.

Las días fueron pasando y las miradas fueron creciendo. De la levedad y la timidez se pasó a cierta intensidad acompañada de un ápice de descaro. Seguramente estoy exagerando porque el tiempo que nos mirábamos seguía siendo el mismo, nos cruzábamos deprisa. Aunque es cierto que empecé a anticipar su presencia, a prepararme para cuando la tuviera a la vista, a llenar de contenido mi mirada. Creo que ella llevó el mismo proceso, o eso me pareció percibir.

Cuando nos cruzábamos y no captaba esa mirada cómplice, sentía una decepción punzante. Cuando me quedaba en casa trabajando, intentaba recrear ese encuentro fugaz de una manera lenta. Lo llenaba de matices, añadía brillo a sus ojos, una pequeña arruga en la comisura de los labios. A veces la vestía con un sombrero de paja.

En una ocasión nos cruzamos y a pesar de su mirada no fui capaz de reconocerla. Después de haberme alejado varios metros caí en la cuenta de que era ella. Iba con el pelo recogido. ¿Cómo pudo ocurrir? Una ocasión que se había esfumado en el pozo de lo rutinario.

Un martes de temperatura agradable y ambiente apacible me obsequió con una sonrisa en la que creí ver ternura, creí vislumbrar un “me gustaría conocerte más”, … No pude evitar responder con otra sonrisa cargada de aceptación, de “a mí también”. Aquella mañana cierta inquietud se apoderó de mi.

Al día siguiente iba muy atento, preparado a recibir esa sonrisa, a no perder ningún detalle. Cuando llegué a la altura de la calle donde habitualmente solíamos coincidir no la vi. Me puse nervioso. Inicié una marcha estúpida desandando lo andado y volviendo a andar lo desandado para que siguiera pareciendo el encuentro casual de siempre. No apareció.

Fue muy frustrante, pasé de tener un montón de expectativas a la más absoluta nada. Varios días estuve atento al recorrido, deteniéndome varios minutos en el lugar en el que nos cruzábamos. No la vi. A pesar de la importancia que habían adquirido estos encuentros, opté por olvidarlos. El paseo hasta el trabajo ya no era igual, había perdido un gran aliciente.

No era la primera vez que me ocurría. Estos encuentros enriquecían y animaban esa rutina perezosa de ir al trabajo. Me permitían minimizar el hastío de una realidad que me machacaba con lo cotidiano. También alimentaban fantasías que invocaba en la hora del sueño, cuando ya no podía seguir la historia del libro que tenía entre manos.

Después de varios meses la volví a ver en el campus. Nos encontramos en una situación similar a las anteriores. Pasamos uno al lado del otro, pero esta vez no hubo ningún gesto de complicidad, ninguna mirada que pudiera recordar encuentros pasados. No hubo nada.

Fue decepcionante. Tal vez fuera infantil ese juego de encuentros y miradas. Tal vez fuera fruto de esa falta de carácter que me invita a colorear una realidad demasiado gris. O tal vez, en el fondo de esa mirada, había un alma gemela que tampoco entendía muy bien esa repetición exasperante de los días. Sea como fuere, con el paso de los años, se ha fraguado en mí la convicción de que he renunciado a muchas miradas por ese miedo que no me abandona, por esa falta de ambición para vivir una vida que me acobarda y me aburre.