Por la sierra de Albarracín

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sierra de albarracín, barranco de la hozEstábamos muy ilusionados, nos habían invitado a Santa Eulalia a pasar el fin de semana, hacía mucho tiempo que no salíamos acompañados. A las siete y media de la tarde de un viernes que amenazaba lluvia, iniciamos el viaje desde la Avenida Valencia.

El recorrido fue tranquilo y parlanchín, a la llegada nos esperaba un recibimiento dulce de sonrisas, besos y abrazos. Rápidamente nos organizamos para acudir al Jiloca en busca de una cerveza tostada bien tirada, la barra aumentó el placer de la compañía. Después de varias cañas y mucha conversación acudimos a cenar a casa, una ensaladilla hecha con cariño y una perdiz escabechada con maestría saciaron nuestro apetito. A las dos de la madrugada nos retiramos a nuestros aposentos, al día siguiente, si la lluvia no lo impedía, haríamos una excursión por el Barranco de la Hoz.

Después de un buen desayuno y equipados con chubasqueros, salimos hacia Calomarde. En pocos kilómetros pasamos de los 1.000 a los 1.500 metros de altitud, el verde se hizo más intenso y los bosques de pinos coparon un horizonte plagado de nubes de evolución que presagiaban tormenta. Hicimos una parada en Bronchales para saludar a unos amigos y comprar una maza de jamón.

Ya en Calomarde aparcamos los coches e iniciamos la excursión. Junto con otros senderistas nos fuimos adentrando en el barranco, un camino amplio acotado por formaciones rocosas nos fue acompañando en la leve ascensión, a pesar de la amenaza constante, la lluvia no hacía acto de presencia. Algunas fotografías y una parada técnica para echar un bocado nos retrasaron.

Estábamos atravesando un tramo estrecho y sinuoso de pasarelas metálicas, cuando empezó a llover con intensidad. La suerte nos había vuelto la espalda. El anfitrión nos indicó que volviéramos sobre nuestros pasos. Iniciamos la vuelta corriendo sobre unas pasarelas muy ruidosas y un suelo resbaladizo que propició más de un trompazo.

A los cinco minutos estábamos calados, los chubasqueros ya no servían para nada ante semejante aguacero. El nivel del agua del río estaba subiendo rápidamente, nos asustamos. No hizo falta ninguna explicación para concienciarnos del peligro. ¡Deprisa! Alguien gritó intentando organizar una retirada caótica. Por fin conseguimos ganar altura y abandonar la cuenca del río. Nos protegimos debajo de una gran roca y ahí nos quedamos, aguantando el chapuzón y temblando ante la fuerza de la naturaleza.

Pasada media hora decidimos que lo mejor era ganar más altura y salir del barranco, aunque el nivel del río no había subido mucho, era probable que en alguno de los tramos el agua hiciera imposible el paso. Una vez arriba no fue difícil situarse y tomar la dirección hacia Calomarde. Ya en el pueblo nos tomamos un café, llamamos al restaurante de Frias de Albarracín para cancelar la reserva y nos dirigimos a Santa Eulalia, estábamos calados, sólo queríamos llegar a casa y cambiarnos.

En una hora y cuarto llegamos a casa. Después de una ducha rápida, nos acodamos en la barra del Jiloca. Creo que nunca había visto beber tan deprisa, aún teníamos el miedo metido en el cuerpo, durante varios minutos nos sentimos en peligro, expuestos a la impetuosa fuerza de la tormenta. Después de las cervezas, la comida y los cubatas llegamos a casa un poco tocados, el miedo había desaparecido de nuestra mirada.

sierra de albarracín, castillo peracenseUn licor casero, destilado con amor, sirvió de colofón a un día intenso. Caímos en un sopor raro ajeno al alcohol. Un susurro extraño fue lo último que oí, salvad el motonabo.

Al día siguiente, con un punto de resaca, nos preparamos para ir al Castillo de Peracense. Ya lo habíamos visto, pero nuevas reconstrucciones y una colección de máquinas de guerra aumentaron el interés de la visita. Sin querer nos trasladamos ocho siglos atrás, a un mundo duro, donde la leva era masacrada por los artilugios que adornaban el interior del recinto amurallado.

De nuevo la lluvia, esta vez muy suave, nos invitó a finalizar la visita y volver al pueblo. Un arroz al horno y una siesta pusieron el broche al fin de semana. A las seis de la tarde salíamos para Zaragoza escoltados por una tormenta y un silencio de cansancio y pena.

© Fotografías José Luis Marín