Regreso al pasado

Son las siete y cuarto de la tarde, Pili me deja en el Paseo Echegaray. Me asomo a la plaza del Pilar, al fondo, a la derecha, distingo un grupo de personas ataviadas de pelo cano y colores oscuros. Me voy acercando, estoy acojonado, no voy a reconocer a nadie. Llego al grupo, algunos de ellos se acercan y me saludan amablemente, poco a poco voy estrechando la mano de todos. Respiro tranquilo.

Unas cañas frescas y un vino horrible acompañan durante un buen rato las conversaciones. El intercambio de breves reseñas autobiográficas es intenso. Sigue la cháchara mientras nos dirigimos al restaurante. Un movimiento lento y despistado marca el desplazamiento de esta manada de sexagenarios por el barrio de la Almozara. Esperas, retrocesos, reagrupamientos y algún que otro toque de atención consigue que emboquemos todos juntos la entrada del local.

Ya en el comedor, un barullo caótico de conversaciones se eleva sobre la mesa. Poco a poco van desfilando los platos, las charlas van dejando posos del carácter de los comensales. La seguridad y satisfacción de unos se complementa con la inquietud e indefinición de otros. La presencia de los hijos y la amenaza de los nietos sobrevuela los cafés.

Descubro personajes entrañables, me quedo embobado con el relato de sus vidas, impresionado por el valor que han necesitado para salir adelante, para asumir lo que son y lo que no quieren ser. Otros me enseñan un mundo de dudas, de actividades envidiables, de vidas impostadas en escenarios de cuento.

Soy el primero en marcharme, los dejo con sus cubatas y conversaciones, a la mayoría no los veré mañana. Al día siguiente hemos quedado un grupo para recibir a un compañero muy especial que viene de Valencia, una especie de fallera mayor.

Acudimos al mediodía a la estación. Acompañamos el recibimiento de abrazos, fotografías y mucha curiosidad por el personaje. No ha cambiado.

Nos dirigimos al restaurante. Una comida regada con buen vino y orujo nos puso a tono. Muchas anécdotas del pasado se cruzaron, algunas desconocidas para la mayoría de nosotros. Nos enteramos de por qué no ligábamos los alumnos de la laboral. Estábamos marcados por el estigma del “salido”. Imagino que nos tenían por depravados propensos a padecer erecciones brutales, a salpicar con semen las esquinas de Somiedo y Gijón.

Un ilustre catedrático de la Universidad de Zaragoza, vestigio crucial de los tiempos rojos, apareció a los cafés. Fue una de las figuras claves de la primera huelga en las Universidades Laborales.

Abrazos, emociones, conversaciones y paseos por la ciudad acompañaron una larga despedida. Fuimos al pasado para hablar del presente, recurrimos a viejos fantasmas de hace cuarenta años para examinarnos, para mirarnos en un espejo irreconocible para alguno de nosotros. A pesar de mis miedos conseguí una sobredosis de emoción y cariño, una inspiración que me alentará los días venideros.

A las nueve y media tomo el autobús de Garrapinillos, Pili vendrá a recogerme. La tranquilidad se rompe con la entrada de una cuadrilla de críos que imponen sus modos, su música y sus gritos de una manera desconsiderada y macarra. El conductor amenaza con llamar a la policía. Me pongo los auriculares y la música a tope para escapar de este ambiente.

Un desasosiego agrio me invade, una tristeza de fondo se abre camino entre la mala leche, la impotencia y las ganas de dar cuatro tortas. Siento de una manera brutal el peso de los años. Vaya colofón de mierda para un día tan especial.