Sueños de lluvia

sueños de lluvia

Fotografía de Javier Vieras

Me he levantado agotado. Una larga pesadilla ha ocupado el sueño de toda la noche. No es la primera vez, desde la reunión del 11 de mayo con mis compañeros de la laboral, esa intensa y agotadora pesadilla se repite.

No siempre son los mismos sueños, no siempre la misma secuencia. A veces son sólo imágenes cargadas de sombras que presagian miedo y angustia.

El primer contacto con la Universidad Laboral de Gijón quedó grabado en mi inconsciente a fuego. Accedí a un entorno abrumador que me hizo empequeñecer. “Ha dejado de llover, un cielo gris nos acompaña por la estrecha carretera delimitada por un verde extraño. El autobús para enfrente de un enorme edificio de piedra. Recogemos las maletas y, como huérfanos, accedemos a un grandioso patio jalonado por altísimas columnas de granito.

Es difícil olvidar esas primeras noches que se fueron alargando en el tiempo hasta casi consumir el primer curso. La soledad y el desamparo se adueñaron de algunos de nosotros. “Un dormitorio largo con cien ventanas y cien camas corridas ocupadas por cien pequeños. Estaciones de autobuses oscuras, llantos de despedida, largos viajes de vómito, una necesidad brutal de ternura llenan la oscuridad.

A veces la pesadilla se dulcifica transformándose en un sueño que casi se añora. “Reuniones de compañeros en estrechas habitaciones llenas de humo, hablando, escuchando música, dibujando lejanas rutas que nos llevarían a pastorear por las soleadas y extensas llanuras australianas.

Otras veces, sin aparente significado, parpadean en la noche “amplias y desnudas salas que obligan al estudio, escaleras que bajan a centenares de alumnos al recreo, un teatro sin espectáculos, una capilla sin culto, una piscina de parque acuático, un jardín versallesco, …” Imágenes que disminuyen mi angustia pero no mi desconcierto.

De nuevo, sin transiciones, vuelve la inquietud. La página de Facebook de los exalumnos se manifiesta con rotundidad denunciando el estado de los edificios: “vegetación trepando por las rejas que protegen las ventanas, tierra y hierba cubriendo escaleras de piedra, tabiques reventados, largas estancias vacías salpicadas de escombro, jardines abandonados, ...” Enmarcan un laberinto infernal del que no consigo escapar.

Al final llega el remanso. Un frondoso Cabueñes de estrechas carreteras y peculiares bares de cuento nos agasajó durante los tres años que estuvimos en la Laboral. “Botellas de sidra y palmeros de vino, el “Jardín” y las chicas. Un lento y bullicioso regreso a la laboral a deshoras. Puertas cerradas. Una breve escalada y una caída estúpida.

Me despierto sobresaltado y angustiado. Inicio la mañana somnoliento e intranquilo. Tengo la sensación de no haber sabido digerir mi estancia en los internados. Bebí mucho para olvidar, para despojarme de una amargura que me acompañó más allá de la adolescencia.

He vuelto a beber, no siempre me sienta bien, a veces me perturba y me sumerge en un mundo que ya no me pertenece. No puedo desprenderme de una imagen que me acongoja: un desolado conjunto monumental, en un paisaje de verde y mar, corroído por la desidia y el abandono.