Surcando el aire

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Fueron tiempos extraños, exagerados. Una sensibilidad ganada a lo largo de los años se había perdido, una cultura de frase hechas y soluciones fáciles sedujo a una buena parte de la población. Habían colocado en el punto de mira a las palomas, las ratas del cielo. Un clamor popular, casi unánime, quería acabar con ellas y con todas las aves que surcaran el cielo y defecaran sobre la ciudad.

El ayuntamiento nombró una comisión para estudiar el problema en profundidad, después de consultar con los técnicos y responsables de salud de otras ciudades diseñaron una campaña de tres fases. En la primera capturarían con red el máximo número de palomas y posteriormente las gasearían. En la segunda, en comederos muy controlados, eliminarían a todas las que pudieran con maíz envenenado, en la tercera fase, también con maíz, tratarían de esterilizar con nicarbacina a todas aquellas que quedaran vivas.

La campaña, con distinta intensidad, duró 6 meses, de enero a junio, esperaban que entre las aves gaseadas, la envenenadas y las esterilizadas la puesta de huevos de junio cayera en torno a un 80%. En septiembre se hizo una evaluación exhaustiva que finalizó en un informe y un censo de aves. Hubo cierta perplejidad, las previsiones de la campaña habían sido superadas ampliamente, apenas si contabilizaron 150 palomas, probablemente, un gran número de ellas fueran estériles, además, el resto de aves habían desaparecido de la ciudad.

El responsable de Sanidad del Ayuntamiento se mostró muy ufano en la rueda de prensa, no sólo presumió del éxito rotundo de la campaña sino que manifestó su desprecio por todas aquellas opiniones que la habían cuestionado por su falta de ética. Admitió la desaparición de gorriones y otras aves como un hecho inexplicable y no se cansó de repetir que tanto en el proceso de gaseado como de envenenamiento, las palomas no habían sufrido.

Los ciudadanos aplaudieron a los responsables municipales, las palomas habían dejado de manchar sus terrazas y coches, el cielo de la ciudad se había librado de las ratas del aire. La vida en la ciudad transcurría apaciblemente.

Como en los últimos años, un invierno cálido, una sequía severa y un principio de verano acompañado de altas temperaturas, provocó que la presencia de insectos en la ciudad aumentara de forma alarmante. Una plaga de mosca negra se extendió por los lugares aledaños al Ebro y al Huerva. Los parques fueron cerrados y se dictaron medidas preventivas para aquellos vecinos que vivieran en las cercanías.

Nuevamente los ciudadanos presionaron al Ayuntamiento para que tomara medidas, había que fumigar los parques y las orillas de los ríos. Como en ocasiones anteriores el Ayuntamiento creó una comisión, llamaron a los técnicos y a los responsables de Sanidad de pueblos ubicados a orillas del Ebro. Decidieron fumigar los parques y las orillas de los ríos.

La campaña se inició un 15 de junio, ya en los primeros días se empezó a notar que las mosca negra estaba tomando el centro de la ciudad. La fumigación no sólo había fracasado, sino que tuvo un efecto rebote dramático. Inexplicablemente, argumentaban los técnicos, el insecto aguantó los efectos letales del veneno y huyó de los parques para refugiarse en el casco urbano.

La vida en la ciudad se hizo insoportable, a las altas temperaturas había que sumar las molestias producidas por las mordidas. El Ayuntamiento, alarmado, se vió obligado a cerrar los colegios y a recomendar a sus ciudadanos que no salieran de casa. La comisión creada para esta emergencia se reunió de nuevo con carácter urgente. Alguien planteó fumigar el casco urbano.

Durante varios días la ciudad se convirtió en un delirio de confusión y molestias. La crispación fue en aumento. El otras veces aclamado responsable de Sanidad, se convirtió en el blanco de los ataques de los periódicos y la furia de la población. Paso de llevar escolta a permanecer encerrado en un despacho del ayuntamiento, las fuerzas que lo custodiaban no podían garantizar su seguridad.

 

En un edificio de diez plantas una paloma se posa junto a un gorrión en la barandilla de una terraza, las heces de la paloma salpican el embaldosado mientras el gorrión, nervioso, se dedica a comer moscas a diestro y siniestro. Pronto, una formación de gorriones, acompañados por alguna paloma torcaz, se apoderan del campus universitario. Después de un día, los ciudadanos que residen en torno a la ciudad universitaria empiezan a notar una reducción drástica de moscas. La voz se extiende, los gorriones han llegado, las moscas se están retirando.

La ciudad fue recuperando el pulso de los días apacibles, el responsable de Sanidad fue cesado de su cargo. Los gorriones fueron ensalzados por los periódicos y las palomas, poco a poco, fueron ocupando los lugares de antaño, compartiendo plazas y calles del centro con unos viandantes que habían cambiado su mirada.

Un ciudadano vestido de Armani se acerca a recoger el coche aparcado en la plaza de San Francisco. Una enorme cagada adorna el parabrisas de su flamante BMW, saca una bayeta del maletero y limpia el cristal. Descontento, dirige su vista a la copa del árbol, la mirada cándida de la paloma le devuelve el buen humor. Abandona el aparcamiento y se pierde velozmente por una de las calles colindantes.

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