Un hombre tranquilo

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Fotografía de Antonio Pavón

Aunque me he relacionado poco con él, se convirtió hace ya mucho tiempo en una persona entrañable. Lo he conocido sobre todo a través de las historias que han contado sus amigos. A pesar de las distancias y el tiempo, he visto en sus colegas una lealtad que solamente se puede tener a alguien que se quiere mucho. Un pasado comprometido con su gente le ha permitido disfrutar del amor de sus amigos.

Unas barbas plateadas le dan a lo lejos un aire patriarcal que se desvanece cuando se acerca y se vislumbran unos ojos inquietos que lo rejuvenecen, una sonrisa cómplice que lo dulcifica, unos abrazos que lo convierten en amigo para toda la vida. No es un patriarca, es un colega y sabe que en sus gestos y miradas, en sus piropos y atenciones están las pequeñas claves que hacen que el mundo funcione mejor, que sus amigos se sientan más felices.

Lo recuerdo de cañas, en noches dicharacheras, también susurrantes, andando de barra en barra, envuelto en conversaciones, brindando por los amigos, tirando cañas, con barba negra y un cigarrillo en los labios, … Sus imágenes del pasado provienen de Facebook, las del presente están hechas de encuentros ocasionales, abrazos y admiración.

Me gusta ese personaje que se acerca a mí con una sonrisa seductora, que se interesa por mi vida, que valora mis deseos, que muestra preocupación por mis problemas, que me transmite que se alegra de verme.

Es un gran conversador, le gusta mucho hablar. Cuando lo hace, no levanta la voz, utiliza un tono pausado, gesticula con suavidad, como si no quisiera alterar la tranquilidad, pero siempre dice lo que piensa, a costa de empeorar el humor de su interlocutor. No se anda con hostias.

Ha mejorado su carácter, hubo un tiempo en que la ironía formaba parte de su relación con el mundo. En los últimos tiempos lo he visto distinto, mejor, tal vez la haya sustituido por una actitud preocupada o por una fe inquebrantable en los suyos, aunque sigue manteniendo unos principios que chocan demasiadas veces con una realidad que lo enfada.

Presume de su tierra, anhela esa parcela del norte que le vió nacer, a la que vuelve de vez en cuando para no olvidar el olor a hierba verde, para recrearse en esas nubes azul cobalto que traen las lluvias del Cantábrico. Disfruta en la ciudad que lo acogió y en la que ha vivido los momentos más señalados de su vida, en la que vive la gente que le quiere y que mejor le entiende. Pertenece a una minoría que ha cuajado bien en el valle del Ebro, los vasco maños.

Se enfrentó a la travesía de un desierto de dolor que casi lo trastorna, tuvo que echar mano de la fortaleza de su carácter, de la sabiduría de los cirujanos, de la esperanza y de las drogas de farmacia para no acabar enterrado en un infierno. Pudo escapar a él y no lo olvida, algunas veces recuerda lo mal que lo pasó y bendice las bondades de los fármacos que le ayudan a vivir con dignidad.

Ha llegado a este tiempo siendo más sabio, ha aprendido algo difícil de interiorizar, el valor de la sobriedad. Lo acompaña un equipaje escaso pero suficiente para llevar la vida que desea, una carga liviana pero de calidad que incluye muchas relaciones personales y una actitud vital austera y muy positiva.

Quiero conocerlo un poco más. Echo en falta conversaciones acompañadas de una caña tranquila o de un paseo sosegado por el monte. Tengo la sensación de que oculta una nostalgia ancestral que le hace añorar montañas de verde y roble, cielos muy azulados y las calles estrechas y vacías del pueblo que un día lo vio partir.