Un lugar para vivir

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paisaje - casa rural en navarraAyer talamos dos árboles de un conjunto de tres que estaban situados en una de las esquinas del jardín. Se plantaron muy cerca y se hacían una competencia muy dañina. Se trataba de dos pinos piñoneros de entre 8 y 9 metros de altura que plantamos cuando llegamos a Pinseque. Nos dio mucha pena, llevaban 15 años con nosotros.

Recordamos muy bien los inicios, fueron duros. Entramos a vivir un 1 de noviembre, con el cambio de horario, cuando el día adelgaza drásticamente y la noche te obliga a cobijarte en casa. Una casa todavía húmeda y sin apenas muebles que pudieran disimular su desnudez. Los amigos que nos ayudaron a realizar la mudanza no entendían cómo nos podíamos quedar a vivir en esas condiciones.

Ese año fue especialmente ventoso. Había un tubo de salida de humos, a la espera de la instalación de una chimenea, que comunicaba el exterior con el salón, por él nos llegaba el gemir colérico de un viento quejumbroso que parecía especialmente molesto con nuestra presencia. Fue una locura, tapamos el tubo con plásticos y trapos pero no dejamos de oír su ulular durante muchas semanas.

Si el interior de la casa podía competir con una nave frigorífica mal aislada, el exterior se complementaba con un terreno lleno de piedras y restos de obra. Vivíamos en una urbanización plagada de parcelas vacías en las que sobresalían los esqueletos de las pocas casas que se estaban construyendo. El asfalto, las vallas metálicas, los residuos, la maquinaria, el polvo y las “capitanas” completaban un paisaje desolador.

En un entorno tan deshumanizado, desurbanizado, caótico y sucio resaltábamos especialmente interesantes las personas, nos atraíamos con facilidad. Tal es así que rápidamente iniciamos una relación tan intensa como breve con nuestros vecinos, la otra familia de la calle. Compartimos comidas y cenas, salidas a los viveros, escapadas de ocio, copas, conversaciones que sólo se mantienen con grandes amigos, … Al poco tiempo ya no compartíamos nada, sólo la calle y la desolación del lugar.

Trabajamos como animales sacando piedra, extendiendo tierra, haciendo zanjas, levantando vallas, echando soleras de hormigón, aislando techos con madera, … Llegábamos agotados al fin de semana pero aún quedaban fuerzas para emborracharse con los amigos. La pareja se vio arrastrada por una actividad frenética y sometida a un cansancio que nunca nos abandonaba. Acabamos lesionados por el duro trabajo y enfermos de embrutecimiento.

La vida se puso cuesta arriba. Cincuenta kilómetros diarios de inseguridad con un coche destartalado para ir a trabajar a Zaragoza, de vuelta a casa, un trabajo duro y necesario para acondicionar la parcela. Una economía doméstica sometida a una presión asfixiante, una convivencia con demasiadas aristas, … En la urbanización pasamos a tener un número de separaciones de vértigo, fuimos candidatos a entrar en esa estadística pero nos libramos.

Esta aventura fue necesaria para dar un pequeño viraje a nuestra vida, un cambio que nos llevó a un entorno más rural y básico. Siempre hemos pensado que mereció la pena. No nos encontramos a nosotros mismos, no conseguimos que nuestra pareja fuera modélica, pero logramos construir un lugar hermoso para vivir. Los restos de esos pinos piñoneros son la prueba de que logramos imponer una naturaleza frondosa a un paisaje baldío y devastado por las obras.