Un paseo singular

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Venía de trabajar, me encontré con él de casualidad, hacía mucho tiempo que no lo veía. Nos saludamos con cierta efusividad no exenta de emoción. Ambos teníamos mucha prisa. Quedamos en llamarnos y vernos con más tranquilidad. Nos dimos los números de teléfono y nos despedimos prometiéndonos que nos llamaríamos.

Después de varios meses recibo una llamada, era él. Casi había olvidado aquel encuentro. Me preguntó si podíamos quedar a comer, no me apetecía pero dije que sí. Quedamos en un restaurante de Utebo, una arrocería. Si el primer encuentro fue efusivo, éste fue más mesurado. Nos sentamos y pedimos un arroz con bogavante, para beber vino blanco.

Le pregunté por su familia, a su esposa apenas la había visto tres veces, a sus dos hijos una sola vez, de esto hacía ya mucho tiempo. No los hubiera reconocido de ninguna manera, los niños habrían crecido y ella habría cambiado. Apenas dijo, “bien, todos bien”. A la pregunta casi protocolaria de “cómo te va la vida” respondió: “muy mal, me encuentro atrapado en una vida que no me gusta”. ¡Joder! Me dejó helado, sin apenas haber dado el primer sorbo a la copa de vino ya había soltado semejante declaración. Automáticamente el carácter festivo de la comida se transformó en un “hostias, dónde me he metido”.

No me quedó más remedio que escuchar y seguir atentamente el hilo de aquella confesión. Su pareja no funcionaba, ya no se querían. Estaban hastiados de trabajar, de criar, de llegar agotados a casa, de tener un presente lleno de obligaciones, de no encontrar una luz en su interior. Yo asentía y añadía comentarios de esos que sólo sirven para llenar un silencio: criar es agotador, la pareja es sacrificada en aras de la familia, el éxito de tu vida lo tienes que medir por el éxito de tus hijos, … En fin, esas cosas que se dicen.

Se casaron enamorados y muy ilusionados. Al cabo de dos años tuvieron su primer vástago, un niño. Todo iba a las mil maravillas, estaban muy contentos y seguían muy ilusionados, ambos estaban enamorados de ese niño que habían traído a casa. El juego de criar resultaba agotador pero les colmaba. Al cabo de dos años vino otra criatura, una niña preciosa que llevaba dibujada en su expresión un “os vais a enterar”. Y se enteraron. Apenas dormían por las noches, sus momentos de sosiego y descanso se iniciaban cuando iban a trabajar. Yo creo que aquí es donde empezaron a intuir que su vida era una continua e inacabable secuencia de obligaciones donde no cabía ni el placer ni el sosiego.

Perdí el contacto con ellos. De vez en cuando algún conocido me daba breves noticias: están bien, él ha pasado una temporada en el paro, gracias a dios ella sigue manteniendo su puesto de trabajo, parece que lo van a contratar en un taller del polígono tal, … Noticias que en aquellos años podían hacer referencia a millones de familias españolas.

Cuando atacamos al bogavante con las tenazas entró de lleno en esa letanía de reproches guardados y empaquetados durante años: hace ya tiempos que ni me mira, me ha perdido el respeto, ya no salimos juntos, me pone a parir delante de amigos y conocidos, las broncas son continuas, está poniendo a los niños en mi contra, … Todo ello mezclado con episodios de llanto contenido y latigazos de una rabia irracional. Fue horroroso, no se lo perdono, me hizo pasar un rato de órdago. Estábamos con la segunda botella de vino, yo apenas estaba bebiendo por que estaba “acojonado”, no sabía cómo podía acabar aquello.

Después del subidón propiciado por la agresión al bogavante, vino un pequeño remanso con el postre. Se había quedado extenuado con los nervios que había desplegado. Le pedí que fuera al baño y se lavara la cara, estaba muy rojo y las lágrimas habían dejado algún rastro en sus mejillas. Cuando lo vi salir me tranquilicé un poco, parecía que el agua le había sentado bien, se había normalizado. ¡Qué estupidez la mía! Se sentó con cierta parsimonia, empezó a tomar su flan con nata y cuando pensaba que lo más fuerte ya había pasado, me suelta: “me ha echado de casa, no tengo dónde ir”. Será posible, casi me da un algo. Tarde casi un minuto en reaccionar, él ni se enteró de la cara que puse, estaba embobado con su flan. Una vez superado el susto decidí que las riendas de los acontecimientos las iba a llevar yo.

Le dije que no se preocupara, que pasaría la noche en mi casa y pensaríamos qué hacer. Ahora nos tocaba disfrutar un poco. El bebió deprisa dos chupitos de aguardiente, uno invitación de la casa, y una tónica con ginebra, yo me conformé con un tercio de cerveza. Pagué la cuenta y salimos. Al poco ya estábamos sentados en la barra de un bar siguiendo el protocolo de los bebedores que no encuentran el momento para dejar de beber, en poco más de una hora se había bebido tres chupitos de aguardiente, yo seguía con mi cerveza.

Le propuse dar un paseo por la ribera del Ebro, hacía una tarde muy buena y esto nos espabilaría un poco. Con el coche nos alejamos unos kilómetros de Utebo y fuimos a parar a un camino que nos condujo a unos “escarpes” que había visitado en alguna ocasión. Por ese paraje el Ebro baja encajonado entre altas paredes. A pesar del pedo que llevaba le gustó la vista que se divisaba desde esa altura. Le pedí que se acercara un poco más para que viera un recodo del Ebro en el que había una balsa con la que se atravesaba el río. Cuando estaba lo suficientemente cerca lo empujé, dos traspiés en la inclinada pendiente fueron suficientes para que se proyectara en un vacío que lo depositó con violencia en las aguas del río.

Me fui hacia el coche y me dirigí a Casetas para tomar el camino que me llevaría a casa, había bebido y no quería exponerme a un control de la guardia civil. Una vez en casa me di una ducha larga, abrí una cerveza y me puse a ver la televisión.