Un viaje extraño

Rate this post

Estaba escuchando música, sonaba Txoria txori, Mikel Laboa junto a la Sinfónica de Euskadi y el Orfeón Donostiarra, cuando me vino a la memoria una conversación con mi hermano, en las navidades de 2016, en casa de la amatxo. Un viaje a Almería con salida en Lizarra y parada y recogida de viajeros en Gasteiz. Un viaje extraño, con sabor a tierra quemada, que sólo mencionó de paso y nunca quiso contarme.

Eran las cuatro de la mañana, hacía un frío gélido, salimos para Gasteiz en una furgoneta alquilada. El puerto de Azazeta nos sorprendió con hielo en algunos tramos, tuvimos que circular despacio, la conducción se hacía peligrosa. Cuando llegamos ya eran las cinco.

Paramos en una gasolinera de la salida a Burgos, nos estaban esperando. Se presentaron, Asier y Ainhoa, Jon y Anaia. Nos recibieron sobriamente, con una gratitud contenida y unas parcas salutaciones de mano. Rápidamente nos pusimos en carretera, nos esperaban 900 kilómetros y más de diez horas de viaje. Por primera vez fui consciente de la ubicación de Almería, pasó de estar en el sur, a estar muy, muy lejos.

La sobriedad del recibimiento se trasladó a la furgoneta, una melancolía apagada y cierta solemnidad acompañaban a nuestros pasajeros. El vínculo entre las dos parejas parecía monolítico y cerrado, compartían el mismo destino y es probable que procedieran de mundos cercanos. No pusieron ningún interés en acercarse a nosotros.

Después de tres horas de viaje decidimos descansar en una de las paradas de la autopista, había que echar gasolina, visitar los aseos y almorzar. Nos sentó bien. Cuando estuvimos todos listos, subimos de nuevo a la furgoneta, le pedí a mi compañero que cogiera el volante, me había cansado, quería relajarme un poco. Aprovechando que estaba liberado intenté entablar conversación con ellos. Ainhoa me comentó que vivían actualmente en Gasteiz, pero habían vivido en el pueblo hasta que sucedió aquello, entonces decidieron trasladarse. Jon y Amaia llevaban muchos años viviendo en la ciudad.

Las mujeres, que parecían ser las portavoces, manifestaban una resistencia casi grosera a mantener una charla amigable y fluida con nosotros. No quise forzar más la conversación, parecían estar más cómodos en su mundo y en su silencio de kilómetros de autopista.

Me puse a hablar con mi compañero de sus hijos, de la ikastola, de los problemas que le estaba dando el mayor, del chuletón que le esperaba en la sociedad. No éramos amigos, no compartíamos txoco, solo militancia y el cabreo ante la situación de estancamiento que se estaba viviendo. Resultaba muy fácil hablar con él.

Estábamos llegando a Madrid, el tráfico había aumentado notablemente, todos, también las parejas que iban en los asientos de atrás, nos pusimos alerta, como si el conductor necesitara de nuestros sentidos para escapar de esa marabunta de coches veloces que entraban y salían de la autopista. Nos pegamos a la M30, seguimos los paneles informativos con atención, fuimos fagocitados por un Madrid de circunvalaciones interminables. Creo que todos nos sentimos abrumados por esa grandeza grosera de una gran ciudad.

Ya en Pinto la presión del tráfico disminuyó, nos relajamos un poco, ellos volvieron a su silencio no compartido, nosotros a conversaciones triviales, esta vez nos centramos en pequeñas cuestiones de nuestros respectivos txocos. Es curioso, pero se repiten los mismos problemas, parece como si estos se derivaran del tipo de asociación y no de los individuos.

El cansancio empezaba a hacer mella. Los pasajeros iban perdiendo la compostura, buscando nuevas posiciones para liberarse de las molestias de espalda y del anquilosamiento de las articulaciones. Los rostros se mostraban más sombríos, la fatiga del asfalto había desplazado a la gravedad y el dramatismo del viaje.

Decidimos parar más allá de Ocaña, casi en la mitad del camino. El ritual de los baños y los cafés se repitió, esta vez les pedimos a nuestros compañeros que dieran un pequeño paseo por los aledaños de la estación de servicio. Después de media hora ya estábamos de nuevo en ruta, no sólo nos habíamos despejado, también nos quedamos helados, el frío seguía siendo intenso.

Los kilómetros que siguieron fueron agotadores, yo creo que en ninguno de nosotros quedaba resquicio alguno para sentir nada que no fuera el tedio y el cansancio del viaje. Por fín se anunciaba Almería a 30 kilómetros, este cartel nos despejó, nos centró de nuevo en los objetivos del viaje, a ellos los puso otra vez en frente de un drama que se repetía una vez al año.

No llegamos a entrar en Almería, en Huércal nos incorporamos a la A7. En 15 minutos nos enfrentamos a una mole enorme que empequeñecía al mar de plástico que se divisaba al fondo. Esta visión nos violentó, nos convirtió en frágiles liliputienses expuestos a los caprichos de un malvado gigante. Aparcamos sin dificultad, no hizo falta recordar ninguna instrucción, el ritual se repetía, los padres ya sabían el camino y los controles que debían pasar, ya conocían la desolación en la que vivían sus hijos.

Cincuenta y cinco minutos después estaban de nuevo con nosotros. A pesar de los años transcurridos no se habían acostumbrado. Salieron con el rostro descompuesto por la rabia y la emoción contenida, aún no habían encontrado argumentos ni fuerza para resignarse, sólo encontraban razones para la desesperación. Nos increparon. No aguantarán ahí adentro.

Nos quedamos cortados, no sabíamos qué decir. Querían salir rápidamente para casa, refugiarse en el letargo del día a día, olvidar esos muros que ahogaban a sus hijos. Iniciamos el regreso a Gazteiz consternados, nuestros pasajeros se habían encerrado en un mutismo que iba pesar mucho a lo largo del viaje.

Después de 300 kilómetros, un susurro apenas perceptible de Ainhoa rompió el silencio de la furgoneta. Traedlos a casa, nos lo debéis.