Una historia de amor en Lokiz

Rate this post

lokizMuchas cosas han cambiado en Ganuza. El arreglo del “puerto nuevo”, acceso más frecuentado de la Sierra Lokiz, el Museo de la Trufa, las casas rurales y la creación de una empresa que oferta paseos a caballo, han logrado atraer a un gran número de nuevos turistas.

Al amparo de esta nueva clientela, deseosa de disfrutar del valle de Metauten, se ha abierto un pequeño bar-restaurante en el pueblo. Dos mujeres, madre e hija, procedentes de Asturias son las protagonistas de esta aventura empresarial.

Su llegada al pueblo fue una sorpresa. Nadie parecía entender el sentido de este negocio cuando ya existía la sociedad. Un pronóstico generalizado apostó por la corta vida de este establecimiento.

Antes de que llegaran ya había mantenido conversaciones con ellas. Necesitaban un alojamiento y la casa recién rehabilitada les gustaba. Tuve que bajar mucho el precio para que se ajustara a sus posibilidades. Pero no me importó, el pueblo y el turismo se iban a ver muy beneficiados. Yo ocuparía la habitación de siempre en casa de mi madre.

La única condición que les puse es que me dejaran continuar rehabilitando la primera planta, estaba previsto realizar 5 habitaciones. Prometía tener el máximo de cuidado para no molestarlas.

Durante la semana trabajaba en Zaragoza, el fin de semana me iba al pueblo. Los meses fueron pasando, la rehabilitación seguía su curso, las visitas al bar cada vez eran más frecuentes. Entre cafés y vinos, logramos tejer una relación sólida a base de cercanía y conversación. Cada día me gustaba más.

Ese viernes, aprovechando que su hija estaba fuera el fin de semana, me quedé tarde. Le comenté que quería hablar con ella. Cuando nos quedamos solos intenté trasladarle mis sentimientos. Con un gesto del dedo me mandó callar.

De la mano me llevó a su casa. Aquella noche, asistidos por lubricantes y pastillas, expusimos nuestros cuerpos a la calidez de nuestra mirada. Hicimos el amor como apasionados adolescentes. Ni la torpeza de los años, ni una destreza sexual ya casi olvidada impidieron un encuentro inolvidable.

En Pinseque

El domingo volvía a Pinseque. Tenía que enfrentarme a una realidad que hasta hacía muy poco tiempo era la parte más sustancial de mi vida, mi pareja.

A pesar de lo ocurrido, no quise comentar nada, no quise plantear ningún dilema. Quería saber qué había significado la noche de ese viernes. No tuve que esperar mucho, conforme iban pasando los días más la echaba de menos. Me había enamorado.

Decidí hablar. No anduve con rodeos. “Me he enamorado de la mujer que lleva el bar de Ganuza. La noche del viernes nos acostamos. Te sigo queriendo”. Me miró atónita durante unos larguísimos segundos. No dijo nada. Se levantó y se fue con el coche.

Aquella noche no apareció por Pinseque. Estaba preocupado, no respondía a mis mensajes.

A la mañana siguiente la llamé. Por fin cogió el teléfono. Quedamos en Zaragoza, en una cafetería poco frecuentada. Lágrimas de rabia y dolor enrojecieron su rostro. No podía consolarla. Le confesé que quería seguir con ella, la seguía queriendo y necesitando. Me mandó a la mierda. El camarero nos miró con perplejidad.

Salimos a la calle sin otro propósito que dejar el bar, habíamos enrarecido su ambiente. Yo seguí hablando, seguí insistiendo. No quería renunciar a ella, no quería perderla. Mientras decía esto, sabía que tampoco podía renunciar a una experiencia tan perturbadora como la vivida.

Posé mi brazo sobre sus hombros y la atraje hacia a mí. “Te quiero. Tenemos que seguir hablando, seguro que encontramos alguna solución”. Se volvió con cierta brusquedad y me abrazó muy fuerte. Ambos nos fundimos en un llanto silencioso y entrecortado. El amor nos había tendido una trampa cruel.

En el Valle de Metauten

lokiz - larrion

Es sábado por la mañana, un cielo azul manchado de nubes blancas nos acompaña. Nos dirigimos a Ganuza, nos esperan María y su hija. Pili aún no las conoce, está un poco nerviosa.

Los temores son infundados, un recibimiento caluroso nos acoge entre abrazos y sonrisas, un clima de simpatía y afecto nos envuelve. Todos habíamos trabajado para que esta presentación fuera un encuentro entrañable.

Habíamos reservado mesa en la Venta de Larrión. Fue una comida especial, compartimos la sensación de estar gestando algo muy delicado. Estuvimos atentos, comedidos y cariñosos. Aquel día dormí con Pili en casa de mi madre. Esta visita fue el inicio de una experiencia increíble, el punto de partida de una nueva vida.

Pili y yo nos casamos dejando atado el tema patrimonial, fuera del acuerdo dejamos la casa de Ganuza. Quedamos en que viviría con ella a lo largo de la semana y el fin de semana me iría al pueblo.

El tiempo suavizó estos acuerdos y acabó constituyendo una familia convencional de trazos irregulares. Las parejas desaparecieron en aras de un trío, un triángulo casi perfecto, que nos liberó de algunos corsés y nos dio autonomía. Un ímpetu nuevo se apoderó de nuestras vidas.

Dejamos nuestros trabajos en Zaragoza y nos fuimos al pueblo. El bar y el hotelito rural se convirtieron en el soporte económico. Con esta decisión conseguimos tranquilidad, unas relaciones más sosegadas, un paisaje bello y tiempo libre.

Costó un período sintonizar los pequeños desajustes que de vez en cuando se producían. Una actitud generosa y la convicción de que estábamos en el buen camino, además del éxito del bar y la casa rural, nos ayudaron a superar las dificultades. Conseguimos construir un espacio de relación inimaginable.

A veces me voy sólo a pasear, casi siempre tomo la estrecha senda que me lleva a la muga de Aramendía. Un paisaje tapizado de verde y las peñas me acompañan. Nunca había experimentado esta sensación de plenitud, por fin había saciado esa necesidad acuciante de amar y ser amado.

DEDICATORIA. A mi amigo Kako, que lleva más de dos años enfrentándose al cáncer. Que el amor lo proteja y le de fuerzas para seguir luchando.