Veintinueve días

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El tiempo apremiaba, no sabían qué hacer, deseaban tener un hijo pero creían que no podrían soportar las exigencias de la crianza. La mayoría de sus amigos ya contaban con dos. Habían comprobado cómo los niños se habían apoderado de las vidas de sus padres sometiéndolos a una servidumbre de la que ya no podrían liberarse.

Se encontraban en un punto en el que tenían que tomar una decisión. La incertidumbre estaba alterando sus vidas, se había convertido en un problema que los tenía obsesionados.

Por azar, se enteraron de la existencia de una entidad que daba la posibilidad de criar bebés durante un mes. Era una actividad que se asociaba al período vacacional y se ofertaba fundamentalmente al público norteamericano. Pensaron que esa podría ser la experiencia que necesitaban para decidirse.

Se informaron. Se trataba de una fundación con nombre de compañía de seguros, “El camino”, cuyo objetivo era la protección de la infancia, estaba ubicada en Santo Domingo, República Dominicana. En sus folletos informativos aseguraban que los bebés que entregaban temporalmente a las parejas estaban amparados por la tutela del estado y una normativa que garantizaba el bienestar de la criatura y de los progenitores.

La cuestión moral se hizo presente. Hicieron varias llamadas para informarse de cuál era el trasfondo real de una fundación con una actividad tan peculiar. En su tercera llamada hablaron con el gerente, un señor amable que les informó con una franqueza que les sorprendió. La mayoría de los bebes procedían de Haití, bebés abandonados o “entregados” por sus padres ante la incapacidad de poder alimentarlos. La fundación se hacía cargo de ellos y se encargaba de tutelar sus vidas hasta que fueran adoptados, en caso de no prosperar la adopción, la tutela pasaba al estado. En casi todos los casos, esos bebés eran adoptados por ciudadanos norteamericanos.

El resto de bebés procedía del propio país, los padres cedían su tutela durante el primer año a cambio de dinero. Esta tutela se amparaba a efectos legales como una actividad social que desarrollaba la fundación para cuidar recién nacidos que vivían en familias sin medios. Cuando los bebés no estaban “alquilados” permanecían con sus familias. El gerente les convenció de que, a pesar del carácter comercial de estas prácticas, la fundación era y había sido la tabla de salvación para muchos niños, por eso se enorgullecían con cierta desvergüenza de su labor por la protección de la infancia.

Eligieron el mes de septiembre. Rellenaron los formularios que les indicaron, el paquete incluía el alquiler de un apartamento en una zona residencial de Santo Domingo. Además de los requerimientos de carácter pecuniario, dos eran las condiciones necesarias para que la solicitud prosperara, que fueran una pareja heterosexual y sendos informes psicosociales que avalaran la aptitud de los solicitantes. Los informes psicológicos los elaboró Ricardo, un amigo de la infancia.

Un vuelo de nueve horas y un trayecto en taxi los dejó en un apartamento de una casa de cinco pisos de altura. Al día siguiente, además de recibir, junto con otras catorce parejas, varias charlas sobre cómo debían conducirse en las situaciones que pudieran presentarse, tuvieron que firmar un montón de papeles. Les dieron los teléfonos de una enfermera y un pediatra.

Aquella noche no durmieron, estaban nerviosos, ansiosos ante lo que les esperaba. Por la mañana acudieron a uno de los edificios de la fundación, salieron de él con un bebé en un carrito. Embobados, decidieron dar un paseo por los alrededores. Una vez en el apartamento se atrevieron a cogerlo en brazos. Emociones que no supieron identificar emergieron con fuerza, un sorprendente instinto de protección generó una burbuja que acogería a la criatura durante los 29 días. En ese tiempo forjaron nuevas ilusiones, ambicionaron mundos más justos, dibujaron sonrisas de bebé.

Cumplido el tiempo acudieron de nuevo al edificio de la fundación, esta vez salieron de él sin el bebé. El sol dejó de brillar, un colapso emocional los bloqueó, una conducta de autómata los trajo a España. Al cabo de un mes pudieron hablar. Dejar al bebé había sido muy doloroso, traumático, a pesar de ello pusieron empeño en hacer un repaso de todo aquello que habían sentido a lo largo de esos 29 días: sueño, inquietud, alegría, entrega, coraje, miedo, compromiso, indignación, vergüenza, … De trasfondo se dibujaba con nitidez la carita de la criatura.

En los siguientes meses iniciaron una serie de trámites, entre los que se incluía recaudar dinero, para rescatar al bebé de la fundación y devolverlo a su familia. A la vez, en contacto con amigos y parejas que habían conocido en Santo Domingo, diseñaron una estrategia para evitar la separación de los bebés de sus madres. En coordinación con la fundación “El camino”, el gerente fue una pieza clave, consiguieron que aquellos padres que pensaban alquilar sus bebés, además de recibir la oferta de la fundación, conocieran la ayuda que podrían recibir desde España si decidían no ceder a sus hijos.

Los años pasaron, la actividad se mantuvo en el tiempo con más o menos éxito. Un vuelo procedente de la República Dominicana trajo seis jóvenes de entre trece y catorce años a España. Fueron recibidos con mucha efusividad por un grupo de adultos entusiasmados. Los llevaron a sus casas para que descansaran, al día siguiente les enseñarían la ciudad y les mostrarían un futuro posible.

Un despertador suena a las seis y cuarto de la mañana. Dos figuras se desplazan torpemente por el pasillo intentando liberarse del sopor de la noche. Un perro se despereza lentamente encajando las luces con una sorpresa cotidiana. Duchas fugaces, desayunos rápidos y prisas de última hora llenan el comienzo de la mañana. Un nuevo día se abre paso.

Maite y Juan decidieron no tener hijos.