Archivo de la categoría: Al abrigo de Lokiz

Es el blog de Casa rural Zologorri. Se inició el 7 de mayo de 2013 con el objetivo de escribir sobre temas de interés. Después de algunos virajes, los relatos se han adueñado de este espacio.

El libro rojo púrpura

Queríamos que en la casa rural hubiera una estantería llena de libros que acompañarían a nuestros huéspedes con sus historias, con ese olor a viejo que desprendían algunos de ellos, con esas tapas pasadas de moda que tanto nos gustaban.

Compramos los libros en “tiendas de viejo” y en el rastrillo de la biblioteca, una parte procedía de donaciones de nuestros compañeros y amigos. Cada vez que me daban una bolsa con libros, los examinaba uno a uno, leyendo las contraportadas y algunas de las páginas interiores, disfrutando de las ilustraciones e imaginando la historia del propio libro.

Ojeando uno de ellos, el corazón me dio un vuelco, en él había algo reconocible pero sabía que no lo había leído. Era un tratado de demonología, su edición estaba fechada en 1963, era una traducción de una edición franco-belga de 1959. Un libro precioso, una edición de lujo con tapas de piel rojo púrpura y letras doradas, en el lomo había dibujada una cabeza de macho cabrío subrayada por el número 616. Lo retiré del resto y lo dejé como libro de mesilla, había despertado mi curiosidad, lo iría leyendo poco a poco.

A la mañana siguiente le pregunté a la compañera que nos lo había regalado de dónde lo había sacado. Se quedó sorprendida, no lo conocía, no era consciente de haberlo tenido entre las manos. Lo había cogido de la bodega donde guardaban los trastos en la casa del pueblo, no había reparado en la portada, la escasa luz y las prisas habían impedido que se fijara en él.

Después de unos días decidí abandonar su lectura, me atasqué desde el principio. La primera parte era una de introducción a la numerología, demasiado árido y técnico para un profano como yo. Acabó, como el resto de libros, en la estantería de la casa rural, seguro que despertaba la curiosidad de alguno de los huéspedes.

Por fin alquilamos la casa, era la primera vez. Un veintiséis de enero, a las cinco de la tarde, llegaron a Ganuza dos parejas de Bilbao dispuestos a disfrutar de la sierra de Lokiz y de la tranquilidad de la casa. Les gusto mucho. No necesitaban ninguna orientación, venían con la documentación necesaria y las ideas muy claras. Subirían el sábado por la mañana a la sierra, visitarían Estella por la tarde, y el domingo tenían previsto ir al Nacedero del río Urederra. Un fin de semana completo.

La única peculiaridad que les comenté de la casa fue el pozo que había en medio de la cocina a ras de suelo.  Realcé su valor comentando el trabajo que había costado extraer los escombros y, anticipándome a su pregunta, añadí que no tenía agua, no habíamos profundizado lo suficiente. También les comenté que pisaran sin miedo, la pesada tapa de cristal de seguridad aguantaba un mínimo de doscientos kilos. Les mostré el interruptor que lo iluminaba y les indique dónde había una jarapa por si querían ocultarlo.

En veinte minutos acabamos, anoté sus datos personales en el libro de huéspedes, me pagaron y les entregué las llaves. A las cinco y media salía para Pinseque, había quedado con Pili en el Roger. Tomamos tres vinos, suficientes para sentir cierta euforia, después de cuatro años de rehabilitación habíamos alquilado la casa, estábamos satisfechos y contentos.

Al día siguiente sábado, bajamos a Zaragoza a tomar cañas con nuestros amigos. Nos retiramos pronto. Estábamos un poco cansados y temerosos de coger la gripe, los resfriados nos habían acompañado a lo largo del mes y se empeñaban en no abandonarnos del todo. Por la mañana nos despertó una llamada de Kepa, mi hermano, me pedía que acudiera a Ganuza, algo extraño había ocurrido, insistió en que no me preocupara, no era nada grave. Dejé a Pili en Pinseque y salí hacia el pueblo.

Cuando llegué, uno de los huéspedes estaba en cama asistido por una médica y una enfermera, Kepa me puso en antecedentes. De madrugada había sufrido un desvanecimiento, sus compañeros lo encontraron tirado en la cocina, alarmados, llamaron a los servicios de urgencias. Le habían administrado calmantes. La médica nos comentó que pensaba que el paciente había sufrido un shock nervioso, por las palabras que había balbuceado, creía que se había desmayado de miedo. Se encontraba muy agitado, habían llamado a una ambulancia para trasladarlo al hospital de Estella.

Nos preguntó a todos los presentes qué podía haber visto o intuido para sentir tal miedo. Sus compañeros no supieron que contestar, no encontraban ninguna razón. Yo comenté que lo único que podría haberlo asustado era el pozo que hay en la cocina, alguna sombra que se habría formado en su interior, aunque todos coincidimos en que no habían visto nada extraño en él.

La ambulancia se llevó al paciente y su pareja al hospital, la otra pareja, una vez recogidas las maletas, acudiría a Estella con el coche. La médica, antes de marcharse, me comentó que el informe que había redactado no incluía ninguna referencia a la casa. Kepa se fue Legaria.

Por fin estaba solo, me desplacé hasta la cocina, encendí la luz del pozo y me asomé en él. Un grito escalofriante rompió la inquieta atmósfera de la casa, salí despavorido a trompicones, algo había quedado atrapado en su interior.

La cueva de San Prudencio, una mirada al pasado

cueva de san prudencio

En el pilar central, en la mitad del mismo, se encuentra la cueva de San Prudencio, a cuarenta metros de altura.

Hemos quedado en Ganuza con Luis, Ana y Verónica, vienen de Logroño. Un día vieron el vídeo La Cueva más salvaje de Navarra, de paseoscortosyvinosblancos.com, y pensaron que no podían perderse esta excursión. Llegan alrededor de las once. Koldo será nuestro guía, nos conducirá hasta la cueva de San Prudencio.

 

 

La jornada es calurosa, en Ganuza dan una máxima de 32 grados, no es el día más apropiado para subir a la Sierra pero no podemos desaprovechar la ocasión. Iniciamos la excursión en la plaza del pueblo, Pili decide que no sube, que no está en forma. Al final conformamos la cuadrilla los riojanos, Koldo, Adi, Niebla y yo.

En el tramo posterior a los robles de San Pablo, Ana decide volver al pueblo, demasiada pendiente y calor para ella. Por teléfono, le pedimos a Pili que la espere en los Nogales. Seguimos Adelante, pasamos al lado de la Peña Rajada y volvemos a contar lo que tantas veces hemos relatado (1).

Zologorri

Barranco de Zologorri. A la derecha, el Puerto Nuevo.

La ascensión desde Ganuza hasta las peñas discurre por el barranco de Zologorri. Koldo nos cuenta como hace un año unas precipitaciones excepcionales dieron lugar a una cascada en las peñas, el torrente de agua creó una grieta de dos metros de profundidad a lo largo de todo el barranco, una pala de pequeño tamaño la rellenó. Ni los más viejos habían visto nunca un fenómeno así.

 

peñas de lokiz

Durante quince minutos caminamos pegados a las peñas.

La subida es exigente, con un desnivel pronunciado y mucho sol, pero breve. En veinte minutos ya estamos debajo de las peñas, en el cruce de direcciones que nos va a llevar a la cueva. A partir de ahora una senda, a veces indefinida, que recorre la base de las peñas nos llevará hasta la Cueva de San Prudencio. Este tramo, a pesar de su sinuosidad, es agradable y hermoso.

 

entrada cueva san prudencio

Koldo llevaba cuerdas por si el miedo me impedía subir.

Llegamos al pilar rocoso donde se ubica la cueva. La huella de la senda nos indica por dónde debemos subir a la entrada. Lo hacemos con mucho cuidado. Yo creo que puede subir todo el mundo, los más miedosos, Niebla y yo, subimos sin problemas animados por nuestro guía.

 

 

La panorámica que contemplamos desde la cueva.

Una vez dentro encendemos las linternas de nuestros móviles, gateamos un poco, nos damos algún que otro leve «coscorrón» contra el techo y ya estamos en ese balcón privilegiado que es San Prudencio. Koldo nos comenta que estamos a unos cuarenta metros de altura. Contemplamos la belleza de la panorámica, hacemos unas fotografías y volvemos a salir.

 

El recorrido por debajo de las peñas me traslada a unos tiempos de caminos desdibujados por la acción del agua y la vegetación, de una naturaleza abrupta impermeable a la presencia del hombre, de soledades acompañadas de roca y verde. Imagino muy difícil la vida de mis antepasados cuidando el ganado en la sierra.

Fotografía realizada desde la Sala de los Pastores.

Como el paseo se ha hecho corto, decidimos volver al cruce que dejamos atrás, debajo del Puerto Nuevo, para tomar la vereda que nos llevará a la ermita de Santiago. En quince minutos ya estamos otra vez en el cruce. Nos introducimos entre las peñas a través de los accesos del puerto.

Nos detenemos un momento en la Cueva de Andueza y la Sala de los Pastores. Desde aquí las vistas son muy bonitas, estamos en el interior de las peñas. En este lugar siempre he sentido algo muy especial, como si estuviera contemplando el secreto del nacimiento de la Sierra de Lokiz

Seguimos por una senda que discurre entre bojes. Este tramo, a pesar de no tener ninguna dificultad, ha sido para mí un poco penoso, la cabeza del grupo la ha tomado Verónica, muy joven, y ha impuesto un ritmo demasiado elevado para mi condición física.

En quince o veinte minutos llegamos a la explanada de la ermita. Descansamos un poco, bebemos agua e iniciamos de nuevo la marcha. Un cartel nos señala una bifurcación, a la Izquierda Sardegui, a la Derecha el Agujero de Ollobarren.

Vamos a bajar por Sardegui. Una estrecha senda en penumbra nos lleva hasta las entrañas de la peñas. Después de un leve descenso nos situamos en un roca muy especial, para Koldo es el mejor mirador de la Sierra de Lokiz. Aquí también nos paramos a contemplar la belleza del paisaje y hacemos algunas fotografías.

Descendemos a través de una trocha protegida del sol por un robledal de bajo porte. Veinte minutos de bajada y llegamos a los Nogales. Nos despedimos de Koldo.

Me quedo con la sensación de haber visto rincones de una belleza excepcional, de haber contemplado secretos perdidos en el tiempo, de incorporar a mi vida un paisaje que me va a acompañar durante una larga temporada.

En este viaje no sólo me han acompañado mis amigos, también han estado conmigo esos pastores que guardaban el ganado en la Cueva de Andueza o que almorzaban en la Sala de los Pastores, esos romeros que subían a la ermita el mes de junio, esos corrales de piedra con la techumbre hundida, …

Te sugiero que cuando subas a Lokiz prestes mucha atención a las historias que te cuentan las piedras, los árboles, las sendas, … Detrás de todo ello hay un mundo ancestral, a veces mágico, que te llenará de sensaciones entrañables que perdurarán en el tiempo.

Ruta de acceso a la Cueva de San Prudencio


Enlaces de interés:
Ganuza, Emita de Santiago, Sardegui y Agujero de Ollobarrenen.
La peña Rajada, Cuevas de San Prudencio y Reloj de Sol. 

(1): «Hace muchos siglos estaba Santiago con sus huestes a caballo rodeado de Moros y a punto de ser vencido, cuando sacó su espada y de un sólo golpe partió la Piedra en dos, dejando un paso de caballo por el que Santiago y los suyos pudieron huir y posteriormente vencer a sus enemigos.» Fuente: rutasnavarra.com

El pozo

Mi tía me había hablado algunas veces de ese pozo aunque desconocía su ubicación, a pesar de ello fue una sorpresa cuando lo descubrimos rebajando el suelo del gallinero, estaba exactamente donde había dicho mi padre.

Este descubrimiento fue un incordio, estaba cegado de escombro y quedaba en medio de lo que sería la cocina, a pesar de ello decidimos recuperarlo. Lo limpiaría poco a poco, cuando no tuviera otras cosas que hacer y me sintiera con fuerzas. Esa tarde le dedicaría una o dos horas. Era un viernes de febrero y en la casa de mi madre no había nadie, se había mudado a Estella para pasar el invierno.

Ya había alcanzado una profundidad de 3 metros, tenía que utilizar una escalera estrecha para bajar. El trabajo era muy pesado, había que estar arrodillado o en cuclillas: llenaba la mitad de un caldero, lo subía por la escalera y lo depositaba en un capazo, cuando éste estaba medio lleno lo echaba en una carretilla que a su vez la descargaba en un remolque.

Después de un buen rato, decidí llenar una carretilla más y dejarlo. Estaba llenando el caldero de escombro en el fondo del pozo cuando sufrí una contractura muy dolorosa que me dejó paralizado, no era la primera vez que me ocurría. Me quedé en una postura ridícula, medio de rodillas, medio sentado, medio inclinado. La estrechez del pozo contribuía a moldear mi cuerpo como un garabato.

A pesar de la inmovilidad y del dolor intenté serenarme y pensar qué hacer. Empecé a gritar, al principio tímidamente, después como un energúmeno, hasta desgañitarme. Pero nadie me oía, hacía dos meses que habían puesto la ventanas de pvc y soplaba un fuerte viento. Lo dejé, intenté de nuevo sosegarme. Decidí subir por la escalera, utilizaría los brazos para tirar con fuerza e izarme. Di un tirón para intentar asirme a un peldaño, un dolor intenso recorrió todo mi cuerpo, a partir de ahí no recuerdo nada con nitidez, no sé si me desvanecí.

Apareció mi padre, bajó por la estrecha escalera, me asió con cuidado por las axilas y me fue izando con suavidad. Poco a poco, peldaño a peldaño, logró depositarme en el frío suelo de hormigón. Mi espalda había superado la fase de dolor agudo para entrar en una fase de insensibilidad alarmante.

Abandoné el desvanecimiento para entrar en una consciencia torpe. Era de noche, la oscuridad era total. Me arrastré como pude hasta el cuarto donde estaba el móvil y llamé a Maribel, la desperté, le conté en diez segundos lo que me había ocurrido y le pedí que me llevara al hospital de Estella. El aturdimiento y el dolor marcaron el traslado, apenas puedo recordar nada del ingreso. Me comentaron que llegué hecho una piltrafa: sucio, el cuerpo retorcido y el rostro desdibujado. Me introdujeron en una unidad de reanimación.

A las 8 de la mañana me desperté, estaba entubado, me acompañaba Alberto, Maribel ya se había ido a dormir, me preguntó que había pasado, le conté lo que había experimentado. Llamó a una enfermera, pensó que todavía estaba en estado de shock. Yo sabía que mi padre había fallecido hacía dos años, pero también sabía, que de una manera u otra, me había ayudado a salir del pozo. Evité preocupar a los que me cuidaban. No volví a dar esta versión de lo ocurrido, mi padre desapareció del relato.

Este episodio, vivido entre la alucinación del dolor y el pánico, me ayudó a reconciliarme con la figura paterna y a intuir la existencia de un universo paralelo. Esta experiencia me acompaña desde entonces, convivo bien con ella pero a veces me perturba invitándome a traspasar una barrera que me da vértigo. Creo que con dos años de retraso inicié el duelo por la pérdida de mi padre.

Deporte de alto riesgo

En Ganuza nos alegramos mucho cuando un chico de Zufía, gran aficionado a la escalada, abrió una vía para escalar la Peña Roya. Hubo cierta expectación, algunos nos acercamos a la base de la peña sin otro propósito que ver las clavijas metálicas hundidas en la roca.

Era una actividad absolutamente nueva en el pueblo, al senderismo, paseos a caballo, bicicleta y actividades propias del Museo de Interpretación de la Trufa, se añadía ahora la escalada deportiva. Creo que esta nueva posibilidad nos ilusionó, no tanto por los deportistas que pudiera atraer, sino por el carácter de la nueva actividad, quedaba muy bien en el currículo deportivo del pueblo añadir la escalada.

En un primer momento hubo cierto recato en contar que ya se podía escalar la Peña Roya. Fue el propio deportista que colocó los hierros el que de alguna manera nos hizo saber a todos que todavía no quería dar a conocer esta vía. Creemos que estaba preparando un vídeo, pero no estamos seguros. La cuestión es que durante más de dos años nadie hizo intenciones por difundir este pequeño secreto.

Ya casi nos habíamos olvidado que teníamos un paredón para escalar, cuando un sábado aparcó en la plaza del pueblo una furgoneta Mercedes blanca. De ella descendió una pareja, un hombre y una mujer morenos y atractivos. Al abrir el portón trasero ya supimos sin ninguna duda a qué venían: arneses, cuerdas, cascos, clavijas, mochilas y botas  llenaban en un orden casi perfecto todo el espacio de equipaje de la furgoneta. Los primeros escaladores habían llegado a Ganuza.

Nos acercamos y los saludamos con curiosidad, habían leído en un blog de la existencia de un paredón en la Sierra de Lokiz en el que se podía practicar la escalada deportiva. A varios nos vino el mismo pensamiento, detrás de estos vendrán muchos más, ya casi empezamos a añorar una tranquilidad perdida por la afluencia incesante de deportistas y curiosos.

Les preguntamos si necesitaban ayuda, si necesitaban de alguien que les mostrara la senda que conduce a la peña. Venían bien informados, nos mostraron un mapa de la sierra de Lokiz que nunca habíamos visto, tenía anotaciones manuscritas y la senda perfectamente marcada. Declinaron la oferta con amabilidad.

En el pueblo estábamos acostumbrados a ver coches y camionetas en las que llegaban personas armadas con gorras y bastones preparados a subir a la Sierra, pero estos eran especiales, venían a escalar, una actividad minoritaria y peligrosa. Yo creo que en 30 minutos, todo el pueblo se había enterado de la llegada de los escaladores.

Los vimos desaparecer ocultados por los bojes y robles que acompañan la subida a las peñas. Por un rato nos olvidamos de ellos, en el frontón se había montado un partido de pala, la atención y los comentarios se centraron en el juego. Me seguía asombrando la agilidad y aguante que mostraban estos jóvenes de más de 50 años, estaba acostumbrado a verlos, pero me seguía sorprendiendo su forma física.

A eso de las cuatro de la tarde ya se estaba congregando de nuevo gente en el frontón. Habían quedado para jugar otro partido después de comer, con la digestión a medio hacer. Estaban calentando cuando oímos gritos, provenían de Los Nogales. Por la plaza asomó el escalador que habíamos conocido por la mañana, estaba herido, varias manchas de sangre ensuciaban su equipaje. Entre sollozos y con voz entrecortada nos dijo que su compañera había sufrido un accidente, se había quedado colgada en la peña, no había podido bajarla.

Alguien llamó al 112, Carlos y Koldo iniciaron la marcha hacia la Peña Roya con algunas cuerdas y un botiquín improvisado, otros nos quedamos con el escalador. Lo llevamos a una de las casas y limpiamos y curamos sus heridas superficiales. De su furgoneta cogimos un juego completo de ropa para que se cambiara.

Al cabo de una hora llegó desde Pamplona el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña de la guardia civil. Nos hicieron un sinfín de preguntas sobre la senda y la peña. Iniciaron la subida acompañados de Víctor. Al cabo de una hora y media vimos que habían iniciado el descenso, cuando ya estaban próximos, la imagen de cuatro guardias portando en una camilla el cuerpo sin vida de la escaladora nos violentó. Estábamos presentes casi todo el pueblo, la estupefacción y la pesadumbre se adueñó de nosotros.

La furgoneta la dejaron en la plaza precintada, el cuerpo de la escaladora lo llevaron a Pamplona, al Instituto Navarro de Medicina Legal, el escalador se quedó en la comandancia de la Guardia Civil de Estella haciendo la declaración.

Todos quedamos tocados, intentamos olvidar esta tragedia, volver a esas rutinas que ejercemos cuando estamos en el pueblo: los partidos de pelota, el vermú, las cenas y los paseos por la sierra. Al cabo de un año aproximadamente, en el Diario de Navarra apareció una noticia que nos sobrecogió, alguien había reconocido al escalador: El juzgado de lo Penal nº 3 de Pamplona, condena a Fernando de Santiago Alonso a 19 años de cárcel por homicidio en primer grado, el artículo continuaba, … no había habido denuncia previa de malos tratos, sus vecinos los tenían por una pareja deportista y amable.