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Relatos cortos e historias escritas al amparo de un proyecto de casa rural en navarra

El fin del mundo

fin del mundo

Este hermoso y romántico rincón de Ganuza se lo debemos a Esparza.

No fue ninguna sorpresa, era algo ya esperado, no sabíamos exactamente cuándo iba a pasar pero ya se barruntaba que tendría que ser antes de 2022. Ese día nos reunió la alcaldesa en el concejo para comunicarnos que el fin del mundo de Ganuza tenía fecha, el 31 de mayo de 2021. Nos comentó que dicha fecha podría postergarse unos meses si todos los vecinos nos poníamos de acuerdo, pero solo hasta el 23 de diciembre de ese año. 

Después de un breve debate todos estuvieron de acuerdo en aceptar la fecha que nos había comunicado. Nos felicitó por un consenso tan rápido y nos convocó a una reunión para dentro de una semana, con el encargo expreso de que planteáramos qué íbamos a hacer en ese período de tiempo. Dio por cerrada la sesión.

A lo largo de la semana el pueblo estuvo más activo y parlanchín de lo normal, la llegada del panadero se convirtió en la excusa para realizar pequeñas asambleas y debatir propuestas. Algunas eran viejas reivindicaciones de siempre, como mantener las cunetas libres de hierbas para que no se deterioran los caminos. Mi tía manifestó que la cuesta de Andueza se había vuelto muy empinada y tenía dificultades para acceder a su casa. Varios cuidadores señalaron que deberíamos estar más pendientes de nuestros ancianos y visitarlos con más asiduidad. El de la casa rural añadió que sería conveniente balizar las rutas a la sierra.

Llegó el día de la reunión anunciada, la presidenta invitó a cada uno de los vecinos a que expresaran aquello que querían hacer hasta la fecha señalada. Las intervenciones fueron muy breves y explícitas, todos querían hacer lo que habían hecho hasta ahora, nadie quería cambiar su día a día, cada uno a lo suyo.

Una vez manifestado el deseo general del pueblo, la alcaldesa solicitó la intervención de los vecinos para resolver algunos de los problemas que le habían planteado a lo largo de la semana. Con buen criterio se resolvió hormigonar el camino que va de Ganuza a Arteaga que estaba muy deteriorado, se aprobó hacer un pasamanos en la cuesta de Andueza para que los mayores pudieran acceder sin dificultad, se solicitó que todos visitasen a aquellos mayores que se sentían demasiado cansados para salir de casa y se pidió, esto fue cosecha de la propia alcaldesa, que todos sin excepción sonrieran cada vez que se cruzaran con uno de sus convecinos.

Uno de los participantes manifestó que le daba pena que todo se acabara, no se quería perder el crecimiento de su hijo. ¡Los niños! Nadie se había acordado de los niños. Después de varios turnos de palabra, se decidió que los vecinos con menos de 46 años que lo desearan, podrían abandonar el pueblo una semana antes de la fecha señalada.

Cuando ya estaba finalizando la sesión, un residente expuso que unos huéspedes de la casa rural habían manifestado su deseo de participar en los eventos y la despedida del pueblo, querían compartir el fin del mundo con los vecinos. No sabíamos cómo responder a una petición tan extraña, la alcaldesa con el buen criterio de algunos vecinos sentenció. — Si los nuestros tienen la posibilidad de escapar con sus hijos al destino que tiene preparado el pueblo, no podemos rechazar a los que desean estar a nuestro lado en momentos tan especiales.

La vida del vecindario apenas se vio afectada, aunque sí se notó más actividad en el pueblo. De vez en cuando se veía a alguien barrer la calle con más esmero de lo normal o pasear a los niños mostrándoles los distintos rincones del pueblo. Llamaba la atención la actividad desarrollada en el frontón, los pelotaris del pueblo empezaron a entrenarse para formar un equipo, querían montar un torneo con el fin de celebrar el fin del mundo de Ganuza.

En uno de esos partidos de pelota, uno de los espectadores manifestó el deseo de darse un festín. En un instante pelotaris y espectadores se pusieron de acuerdo y pidieron a la alcaldesa que añadiera a la agenda una comida. 

Los más ilusionados eran los más ancianos, aquellos que ya no salían de casa. Habían notado ese aire laborioso que precede a lo festivo, se sentían como niños que iban a participar juntos en un viaje maravilloso. Nunca se sintieron tan acompañados y alegres.

Siguieron días de calma acompañados de un contento comedido. Dos semanas antes del 31 de mayo, la alcaldesa convocó una reunión urgente, todos pensaron que se trataría de los últimos detalles para la celebración de los eventos. En la entrada del concejo se notaba cierto nerviosismo. La alcaldesa pidió calma. — Siento comunicaros que el fin del mundo se suspende indefinidamente. Esto es lo que nos han comunicado, no sabemos nada más

El estupor se dibujó en el rostro de los convocados, un aire de decepción recorrió la sala del concejo acompañado de alguna expresión gruesa. Al cabo de varios minutos las protestas se apagaron y se hizo un silencio de frustración. Un vecino que estaba al fondo de la sala se levantó. — Os propongo que a pesar de la suspensión sigamos con nuestras actividades, hemos conseguido tener un pueblo más agradable y amable, y nuestros ancianos están más contentos e ilusionados que nunca. Sigamos como si el fin del mundo fuera cada 31 de mayo.

La crispación de los rostros se relajó dando paso a una sonrisa de esperanza, un rumor de aceptación recorrió la sala para finalizar en una explosión de aplausos. Un hombre sonreía incrédulo ante el abrazo de sus vecinos. Ese día, la estrella de Ganuza brilló con más luz en el firmamento.

Un extraño vacío

Sucedió sorpresivamente, sin avisos, sin preámbulos que anunciaran los síntomas, no encontré ninguna explicación, tal vez la única señal que podría indicar algo es que ocurrió el día de mi cumpleaños.

Me levanté distinto, me sentí extraño desde el primer momento, aunque lo achaqué a las vicisitudes del despertar, a las exigencias de adaptarse a la rutina del día. Pensé que la ducha me despejaría y me encajaría en la normalidad pero no fue así, el desayuno tampoco ayudó.

El coche, la radio, la carretera aportaron una rutina ajena a la de otros días, como si el tono del paisaje hubiera adquirido un color más neutro, como si el sol de ese amanecer caluroso tuviera pereza de asomarse en el horizonte.

Subiendo las largas escaleras del despacho, ocho pisos, me ensimismé pensando en qué me estaba ocurriendo, no era el mismo, pero no sabía por qué, simplemente me sentía distinto, las sensaciones habituales que tenía en las primeras horas de la mañana habían cambiado. El sofoco de una respiración de muchas escaleras me dejó jadeante en la planta octava.

El despacho me abofeteó con un calor asfixiante, después de abrir las ventanas decidí seguir las pautas habituales de una mañana de trabajo, a ver si esa rutina de años conseguía centrarme en quién era. Puse un empeño especial, presté toda la atención, conseguí despistarme con las tareas que tenía programadas. Llegué al final de la mañana cansado, ya sólo sentía la fatiga y la necesidad de ir a comer y echar la siesta.

Después de comer la somnolencia habitual me depositó en la cama, un sueño de urgencia se apoderó de mí. Al despertarme me sentí muy raro, a los síntomas que me habían aquejado a primera hora de la mañana, se sumaban las sensaciones poco agradables del despertar de una siesta excesivamente larga. Me levanté, empecé a vagar por la casa buscando razones que explicaran por qué no me sentía como antes.

Me asomé al salón, no me sentí cómodo, el poster de Dufy me sorprendió con una opacidad que ya no contagiaba la calidez de sus colores, la chimenea, ese armatoste siempre en medio, había perdido la magia del fuego. La casa había cambiado, la sentía ajena a la querencia de los años que llevábamos en ella. 

Me senté alicaído en el sofá, la preocupación había dado paso a la asunción de una realidad desconcertante, me había convertido en un extraño. ¿Por qué?

Llegué a la conclusión de que el cambio se produjo durante la noche, mientras mal dormía un sueño lleno de pesadillas y duermevelas. Empecé a intuir que mi entorno más próximo no me decía nada, todo lo que había de afectivo en las cosas y personas se había esfumado, la indiferencia me había secuestrado. De sopetón, de la noche a la mañana, me había alejado sentimentalmente de todo, del trabajo, de mis amigos y compañeros, de mis sueños e ilusiones, de las barras de los bares, de todo aquello en que me había convertido en los últimos años. 

Mi corazón se había enfriado, ya no deseaba los besos de mis amigos ni los abrazos de mis compañeros, ya no me ilusionaba la ampliación de la casa rural, las conversaciones cálidas acompañadas de vino ya no me apetecían, pensar, preocuparme por las personas que rodeaban mi mundo había dejado de importarme.

Sentí un vacío extraño que no generaba desasosiego, acepté sin disgusto unos sentimientos vacuos que ya no me decían nada, ni siquiera unas ilusiones descoloridas carentes de profundidad me entristecieron. Me transformé en una persona anodina sin nada que proyectar ni aprender, mis emociones se empequeñecieron  con el peso de la apatía.

Dejé pasar un tiempo prudente para asimilar esta experiencia. Las personas de mi entorno apenas notaron nada, pero yo enterré una parte importante de la esencia de mi vida, el placer y el dolor de vivir se habían diluido, casi se habían evaporado. Fue un pérdida indolora, sin pesar ni tristezas, sin lamentaciones, sólo sentí la necesidad de comentarlo.

Fue un episodio extraño, en algún momento llegué a pensar que algo o alguien había usurpado una parte importante de mis sentimientos. Poco a poco ese vacío se fue llenando y conseguí recuperar una parte de mi vida. De aquella noche rara solo quedó un frío inquietante y un miedo incómodo a no emocionarme.

La boina roja




Hace ya muchos años, cuando mis padres pasaron a vivir a la casa de mis abuelos, descubrimos un mundo nuevo impregnado de viejas historias y objetos antiguos que nos sedujeron con la magia de lo ancestral. Ese caserón lleno de misterios y rincones por descubrir emborrachó mi curiosidad y me llevó a investigar todo aquello que se escondiese detrás de armarios, cajones o alacenas. 

Un día muy caluroso, buscando la umbría y el frescor de la casa, di con un nuevo armario que estaba en un pasillo de la última planta, estaba tan a la vista que ni siquiera me había dado cuenta de su presencia. Moviendo ropas y cajones vislumbré una boina roja con borla amarilla. 

Me asombré del descubrimiento, como si de un objeto mágico se tratara, la luminosidad y el brillo de los colores me transportó a un mundo solemne de héroes y grandes hazañas. El tío Andrés, el tío americano que regresó de las américas sin fortuna, había llenado mi cabeza de historias, muchas de ellas tintadas con el colorido de su vivencia de emigrante, otras llevaban la impronta de lo cercano, la añoranza de la memoria. 

Andrés Oroquieta nació en 1885, en unos tiempos relativamente apacibles. Navarra se estaba recuperando de los desastres de la última guerra carlista, los graneros se estaban llenando pero las historias y malos recuerdos aún permanecerían por mucho tiempo. De esta manera, con los relatos acumulados a lo largo de los años y la voluntad de no olvidar, una parte de la crónica de la familia quedó en manos de mi tío.

Murió cuando yo tenía 7 años, en la habitación que después sería de mis padres. Tuvo tiempo para llenar mi cabeza de historias que con el tiempo y las ausencias de la casa paterna fui olvidando. 

Hace unas semanas, estando en casa de mi madre le pedí una sudadera, me había puesto perdido de cemento. Me indicó que la cogiera del armario que hay en el pasillo de la tercera planta. Subí las escaleras, abrí las puertas del armario y empecé a mover mantas, zamarras, sábanas, … Seguí hurgando en busca de la sudadera hasta que di con una boina roja con una borla amarilla, la cogí con delicadeza y la observé con curiosidad. En un instante el estupor me sorprendió, una imagen violenta llenó mi mente de imágenes y voces, la historia de Valerio Oroquieta contada por el tío Andreś me vapuleó emocionalmente, una tristeza fúnebre se apoderó de mi estado de ánimo.

Tenía 26 años cuando estalló la guerra carlista. Se enganchó en una partida que se organizó desde Murieta, se encargaban de vigilar la carretera del Ega y hostigar a los alaveses desde Santa Cruz de Campezo.

En enero de 1874 varias unidades Navarras, entre las que se contaba la de Valerio, fueron convocadas para defender el sitio de Bilbao. Después de varios reveses y tres meses de enfrentamiento los batallones carlistas tuvieron que abandonar el asedio de la villa. En abril estuvo en Ganuza, le dieron dos semanas de permiso para recuperarse de las fatigas y una disentería. Fue la última vez que lo vieron. A mediados de abril partió de nuevo para incorporarse a su batallón. Unas alpargatas nuevas, su boina y el morral medio vacío le acompañaron.

A finales de julio, varios batallones se atrincheraron en Monte Muru, cerca de Abárzuza, con el objetivo de cortar el avance del ejército republicano. Después de varias escaramuzas se ordenó una contraofensiva, Valerio cayó de bruces en el suelo, una descarga de fusilería lo abatió. Un compañero de armas, paisano de Murugarren, vio como un proyectil le reventó el pecho, cogió su boina roja, la guardó en el morral y siguió corriendo ladera abajo.

Los carlistas consiguieron ganar la batalla, Estella seguiría en sus manos. Después de la retirada vino el recuento e identificación de los muertos, la mayoría de ellos, al igual que Valerio, fueron enterrados en fosas comunes cercanas a la iglesia de Muru. 

Transcurridos unos días, un soldado a caballo con la prestancia de un oficial se presentó en casa Oroquieta, era vecino de Murieta. Comunicó a sus padres la muerte de su hijo y les entregó la boina roja con la borla amarilla.

El tío Andrés recordaba: la entrada del jinete en el pueblo fue tan sorprendente, el colorido del uniforme tan vistoso, que todos pensaron que Valerio debió hacer algo muy grande para que la mala nueva hubiera llegado en manos de un militar de tanto postín.

La boina quedó depositada en la alacena del cuarto principal durante muchos años, hasta que un día Patro, la que fuera sobrina de Valerio, la guardó en el armario harta de ver cómo se cubría de polvo.

Ganuza, Euskal herrian




ganuza

 

Es un día extraño, la memoria me transporta a Ganuza, a días grises de un invierno duro en el que un sueño largo tiempo esperado empezó a materializarse de una manera improvisada. Había empezado a rehabilitar un gallinero con la pretensión de hacer una casa rural. Un extraño estado de ánimo me acompañaba, me apetecía sentirme sólo, aislado, jodido de frío en casa de mi madre. Aita había fallecido y la amatxo estaba pasando este invierno en Lizarra, alejada de una casa enorme que se la comía.

Muchos viernes me iba al pueblo a trabajar, la llegada siempre daba mucha pereza. Tenía que abrir la casa y cambiarme de ropa. Hacía frío. Había prescindido de la calefacción de gasoil y utilizaba una estufa para calentar una única  habitación.

Tal vez el frío y la soledad tuvieron que ver con el presentimiento que me acompañaba. En aquellos días temí por mi pueblo, un fantasma sombrío lo empujaba irremisiblemente al vacío, a la desaparición de sus gentes y a la ruina de sus casas. La vida en Ganuza se acababa, el futuro había dejado de existir.

Un relevo generacional inexistente venía de la mano de una media de edad muy avanzada, una sola criatura tenía la responsabilidad de romper el silencio de sus calles. Un argumento sólido y muy pesado lastraba cualquier posibilidad de mirar hacia adelante, duermen 30 personas en el pueblo, muy poca gente. La carencia de servicios y expectativas alimentaba un letargo que no contribuía a ser optimista. La praxis aún podía ser más desoladora, bastaba con pasear por las calles para saber que no ibas a encontrar a nadie.

Tal vez todo se debiera a ese frío que se había instalado en mis huesos, a esa soledad que encontraba demasiadas dificultades para continuar. Es probable que nadie compartiera unas opiniones tan negativas y todo fuera fruto de una tristeza de invierno. En cualquier caso, a lo largo de esos cuatro años de rehabilitación mi perspectiva empezó a cambiar.

Los primeros atisbos los percibí después de dos años de mandato de la nueva alcaldesa del valle. Hinchables instalados en el pueblo para disfrute de los niños, comidas organizadas en torno a celebraciones como los carnavales o la fiesta del valle y, fundamentalmente, el nacimiento de un bebé que venía a acompañar la soledad del vecino más joven del pueblo. A pesar de todo seguía pesando la incertidumbre del futuro, la proporción de los mayores seguía siendo aplastante.

Un día surgió, casi de la noche a la mañana, un caserón que habían levantado en una de las fincas de Unanua, varias veces fui a ver cómo iban los finales de la obra. Me dijeron que eran de Lizarra, no dí más trascendencia al hecho, en Ganuza no todos los proyectos de casa acababan en vivienda.

Después de varios meses nos encontramos con los nuevos vecinos, una mujer, un hombre y dos niñas. Tal vez fue en este momento cuando empezó a materializarse mi optimismo, los habitantes de Ganuza habían pasado de 30 a 35 y había 4 niños con menos de 7 años.

A la par que se iba gestando el asentamiento de nuevos vecinos, se desarrollaba una intensa labor de inversión que ha llevado a la rehabilitación de varias casas, además se reformó el frontón para proteger la cancha del viento y se ha ganado un nuevo espacio de ocio al antiguo “Corral” de las ovejas.

Este desarrollo ha venido acompañado de una actitud muy positiva que ha permitido que una buena parte de sus vecinos se involucren en la organización y mantenimiento de lo público. En Ganuza, tal vez sea por el auzolan, hay una tradición bien asentada que invita a colaborar en las labores públicas, además la convivencia es fácil, hay un empeño en evitar aquellos aspectos que puedan generar problemas. Tengo la impresión de que los vecinos han envejecido bien.

Percibo en el pueblo otro aire, tal vez todo siga igual, tal vez sea yo el que ha cambiado, ahora me enfrento a la realidad de otra manera, con más posibilidades y más proyectos. Siempre pensé que no podría vivir aquí, creo que esto ha cambiado, ahora encuentro más motivaciones para disfrutar de una cotidianidad que hasta ahora se me resistía.

Voy almacenando vivencias, frustraciones y placer en este entorno privilegiado. No querría renunciar a las peñas de Lokiz, ni a los paseos por Ollogoyen o la muga de Aramendía. A lo largo de estos últimos años he ido acumulando sudor, piedra, polvo e ilusión, de alguna manera mi carácter ha cambiado, se ha contagiado de la tierra de mis ancestros.

El último gran acontecimiento fue hace unas semanas, la fiesta del Euskera, el día de la lengua. Se congregaron en la comida más de 170 personas, un sinfín de gente acudió por la tarde a celebrar los distintos actos, la trikitixa no dejó de sonar. Nunca había conocido el pueblo con tanta energía.

La vida transcurre lentamente amparada en un refugio de verde y piedra. Un leve proceso de euskaldunización ha impregnado la calle con expresiones cotidianas. Una ventana abierta a un futuro de posibilidades nos anima a seguir. Quiero estar presente en este futuro.

El hechizo de una rosa




Aún recuerda esa mañana calurosa de un sábado del mes de junio. Salió tranquilamente de casa en busca de la sombra de mediodía. La calle Mayor se mostraba animada, los viandantes ocupaban las aceras deteniéndose en los pequeños escaparates de las tiendas. Había quedado para tomar una caña en la Taberna Almau, una certeza casi inesperada se hizo patente, se jubilaba.

El último día en la oficina fue un poco especial, como el final de una desaceleración que acaba por dar la última campanada. Una pequeña reunión en medio del pasillo, café de máquina y unos bollos que habían traído de una pastelería cercana. Fue un adiós rápido, de sonrisas inacabadas y abrazos fugaces.

En la calle se sintió extraño, embargado por un vacío cómodo y agradable, liberado de esas cargas leves y cansinas que habían ocupado más de media vida. Tenía planes, disfrutar de la familia, de los amigos y de los pequeños viajes. También quería deleitarse con paseos tempraneros de calles estrechas y parques de río. No era ambicioso, solo quería vivir otra vida.

Los días fueron avanzando inexorablemente añadiendo años a un universo cada vez más frágil. Pequeños eslabones de vidas agotadas fueron rompiendo paulatinamente la red social que lo protegía, cada esquela, cada compañero perdido iba dejando una pequeña muesca que añadía un vacío y lo aislaba.

Con el tiempo fue notando como la distancia con el mundo se iba acrecentando. A veces llegaba a intuir que vivía en un espacio mediático sin referencias ni dios. Unas opiniones sólidas atemperadas por los años quedaron en el vacío mientras nuevas versiones se hacían acompañar por otros vientos.

Una salud que siempre le había acompañado empezó a mostrar síntomas propios de la edad. Una cama de hospital, consultas médicas y un rosario de pastillas se incorporaron a su devenir de manera súbita. Algo cambió, una fragilidad desconocida se adueñó de su cuerpo, un miedo anticipado hipotecó sus ganas de vivir.

Un día invernal de viento y lluvia paseaba con aire triste por la calle Mayor. El aguacero arreció y tuvo que refugiarse en la entrada de una tienda. Mientras pasaba el chaparrón aprovechó para curiosear en el escaparate. Bolsas de semillas, plantas y pequeños sacos de legumbres ocupaban las estanterías de la exposición. La curiosidad le llevó a entrar en el establecimiento, un señor de bata azul y movimientos suaves lo saludó con cordialidad.

Iniciaron una larga conversación en la que se cruzaron el cielo y la tierra, el campo y la ciudad, y la vorágine de estos tiempos, para finalizar hablando de plantas. El tendero le confesó que no había encontrado sosiego hasta que descubrió el mundo de las plantas. Le habían enseñado un ritmo sosegado que le había permitido descubrir la belleza de las cosas, la calma sinuosa del río, el canto desacompasado de las aves. Sus queridas plantas le habían devuelto una paz que ya no recordaba.

Desde hacía quince años se dedicaba a ellas, las cultivaba en un huerto que tenía en Movera y las vendía en la tienda con una pequeña guía de cuidados. Los clientes casi siempre estaban satisfechos con sus plantas y las cuidaban. Cuando alguien sospechaba que no sabía cuidarlas, le enseñaba. Excepcionalmente algún cliente se iba enfadado y sin planta.

Compró un rosal con el compromiso de que al día siguiente lo plantaría en un huerto que su familia tenía en las afueras de la ciudad. Así lo hizo, lo plantó con cuidado y le echó el agua necesaria, sin pasarse. Volvió contento a casa.

Todos los días, provisto de un libro, se acercaba al huerto para disfrutar de la compañía del rosal. Acariciaba su espinoso tallo y a veces le contaba pequeñas anécdotas. Nunca la lectura había sido tan agradable ni los rayos del sol tan luminosos. Paulatinamente, la alegría fue desplazando a la tristeza y el desasosiego fue reemplazado por una tranquilidad que le permitió ver el mundo de otra manera. Una nueva realidad empezó a manifestarse.

Un día de abril, una rosa roja emergió con fuerza en busca del sol. Se quedó maravillado, por primera vez fue consciente del milagro de la naturaleza, de la singularidad de una flor. Su mirada quedó impregnada de una belleza roja que lo rejuveneció.

Aquella tarde, sin falta, decidió visitar la tienda, no había vuelto desde el día que compró el rosal, quería hablar con el dueño, compartir su experiencia y mostrar su agradecimiento. No la  encontró, la tienda había cerrado, un cartel en el escaparate indicaba que el local se alquilaba. La perplejidad inicial dio paso a una expresión de esperanza. Pensativo abandonó el lugar y tomó el camino de su casa.

 

Un hombre tranquilo camina lentamente por la calle mayor, se detiene delante de una tienda de semillas y plantas, y mira satisfecho el cartel. Levanta la persiana y abre la puerta, una vez en el interior, se pone una bata azul y, poco a poco, va sacando algunas macetas a la calle. Satisfecho observa sus plantas y mira curioso la calle Mayor.

Una postal desde el Nilo




Finalizamos la campaña de alojamiento el cuatro de enero y cerramos la casa rural durante tres meses para descansar y realizar algunas obras de mantenimiento. Entre otras cosas, queríamos poner una estufa de hierro fundido, para ello había que desplazar las estanterías y sacar los libros para después volver a colocarlos. En este proceso llamó mi atención una especie de marca páginas que asomaba en un libro de Antonina Rodrigo. Era una postal, Faluca por el Nilo.

Querida Amelie, Hoy ha sido un día maravilloso, después de visitar los templos de Abu Simbel, nos hemos desplazado en una faluca, a través del río, hasta una aldea nubia. Por primera vez desde que estoy en Egipto he llegado a ver y sentir cómo vive este pueblo. Estoy emocionada. Ojalá estuvieras aquí. Un abrazo. Camille.

 

Era de Souraïde, un pueblo francés al lado de la frontera. Había estudiado en San Juan de Luz, Bayona y Burdeos, y había venido a España como profesora de francés en el colegio “El Puy” de Lizarra. Se había integrado rápidamente, además de estar a menos de dos horas de casa compartía con sus nuevos vecinos un mismo territorio cultural, Euskal Herria.

Su vida transcurría apaciblemente entre clase y clase, la piscina cubierta, las salidas de viernes y sábados por bares, exposiciones y restaurantes, y alguna excursión dominguera por los montes de Navarra, muy de vez en cuando visitaba a sus padres.

El primer año estuvo muy entretenida adaptándose al trabajo y a la gente, pero ya en el segundo, cuando sólo llevaba tres meses de curso, empezó a sentir una angustia con la que ya estaba familiarizada. En San Juan de Luz y Bayona le pasó algo similar, pensó que estudiar en Burdeos, una ciudad mayor, le sentaría bien. No fue así, se sentía encerrada entre paredes y calles, agobiada por un cielo que no le daba la luz que necesitaba, espoleada por una inquietud que no sabía cómo canalizar. Empezó a ser consciente que no eran las ciudades las responsables de esa necesidad de cambiar.

Seguía con su rutina y sus pensamientos grises cuando un amigo, Maxime, que estaba dando clases de Francés en Madrid, le propuso preparar un viaje a oriente próximo, ya decidirían a qué país o países irían. Fue una bocanada de aire fresco, una puerta abierta a espacios sin fronteras. Los preparativos del viajes rebajaron sustancialmente su angustia.

Después varios mensajes y conversaciones telefónicas, descartaron Israel, Jordania y los países de la península arábiga. Desecharon la modernidad de las grandes urbes y optaron por un turismo arqueológico y cultural, también buscaban un pueblo que aún conservara sus viejas tradiciones. Egipto fue el país elegido.

Para preparar el viaje recurrió fundamentalmente a los blogs de viajeros. Mientras iba leyendo cada vez mostraba más rechazo a la oferta turística mayoritaria, no le seducía compartir su aventura con miles de viajeros que aterrorizaban a las piedras con sus fotografías, que visitaban pueblos nubios modelados para el turismo, que estaban siempre subiendo o bajando de un autobús con aire acondicionado, que no se libraban de un crucero por el Nilo.

Nuevos mensajes y llamadas telefónicas consiguieron centrar el viaje. A ambos les había seducido Nubia, esa nación de hombres oscuros que habían llegado a gobernar el antiguo Egipto. Para sortear las rutas turísticas más transitadas, viajarían por aldeas nubias cercanas a la frontera con Sudán.

Ambos hicieron todo lo necesario para dejar finalizado el curso en la primera quincena de Mayo, en la segunda estarían de turismo por Egipto. Sólo contrataron el avión de ida y vuelta, Madrid-Hurghada en Turkish Airlines, el resto lo contratarían in situ.

El avión, después de nueve horas, aterrizó puntual en el país del Nilo. La noche cubría con su velo el aeropuerto y sus aledaños, aún tardaría una hora en amanecer y dos en poder coger el autobús para Quena. Desde allí seguirían en tren hasta Aswan y continuarían en autobús hasta Abu Simbel.

Llegaron extenuados, casi de noche, apenas si tuvieron tiempo para comer un kebab y alquilar una habitación en un hotel. Al día siguiente, por la mañana, visitaron los templos de Ramses II y Nefertari, al atardecer se dedicaron a buscar y contratar los servicios de una faluca para desplazarse hasta un pueblo nubio ubicado en la frontera con Sudán. No querían aventurarse dentro del país, les daba miedo encontrarse con los vestigios de cinco años de guerra civil. Con la puesta del sol se atrevieron a dar una vuelta por la ciudad, finalizaron el día con una cena en un restaurante de comida local.

Un sol de luz blanca alumbró el nuevo día, pasajeros, capitán y equipaje estaban preparados en el puerto. Ya en la faluka, pudieron disfrutar del agua del Nilo, sufrir el acoso de los insectos y la incomodidad del calor exasperante de mayo. Fueron remontando el río lentamente, después de cuatro horas, en la ribera occidental divisaron algo parecido a una playa fluvial flanqueada por casas de barro. Conforme se iban acercando a tierra observaron cómo los aldeanos se concentraban en la orilla del río en actitud curiosa. Cuando la faluca clavó su proa en la arena vieron que aquel lugar no se parecía en nada al Egipto que habían dejado a su espalda, la miseria se manifestaba en toda su amplitud, no había turistas.

Ya lo habían intuido, de alguna manera lo habían sentido a través de otras personas, no les sorprendió su reacción ante aquel panorama. Quedaron seducidos por las sonrisas y las ganas de jugar de unos críos que tenían que sacudirse las moscas de la cara, por la solicitud y la amabilidad de unos adultos que habían perdido buena parte de su dentadura, por la coquetería de unos jóvenes con gorras ajadas que sabían que su atractivo no dejaba indiferente.

Los primeros días, a lomo de camellos y guiados por un aldeano, se dedicaron a visitar pueblos de los alrededores, la mayoría se situaban a unos kilómetros del río, en las arenas del desierto, para evitar las crecidas del Nilo. Cuanto más al sur se desplazaban mayor era la miseria y más discretas las sonrisas. Uno de los días decidieron aventurarse en Sudán, visitaron una aldea más miserable que las anteriores, las sonrisas habían desaparecido y la hospitalidad, tan apreciada en estas tierras, se había escondido tras una actitud adusta impropia de aquel pueblo, el sufrimiento asomaba en sus rostros. Regresaron a la aldea tristes y ensimismados.

Decidieron ayudar a estas gentes. Se desplazaron de nuevo a Abu Simbel y enviaron decenas de mensajes en los que narraban lo que habían visto. Intentaron tocar la fibra sensible de sus compañeros y amigos y comprometerlos para que enviaran dinero, pensaban contratar uno o dos camiones para distribuir arroz y trigo en las aldeas cercanas a la frontera con Sudán.

 

No hubo más comunicación, no se recibieron más mensajes, excepto la postal que encontramos en el libro comprado en una tienda de viejo. Para reconstruir la historia que guardaba indagamos a partir de la dirección postal. Enviamos mensajes a las autoridades de Souraïde, sus pesquisas enseguida nos pusieron en contacto con los padres de Camille, éstos nos condujeron al colegio de Lizarra y aquí pudimos obtener un montón de contactos, compañeros y amigos que en sucesivos viajes a Ganuza fuimos visitando.

A día de hoy no sabemos qué fue de ellos, nunca regresaron a sus trabajos ni a sus casas, tampoco hemos podido dar con la destinataria de la postal, Amelie, un nombre inédito en Souraïde, las autoridades llegaron a pensar en una bordelesa que pasó un mes de junio veraneando en el pueblo.

Camille sigue en el recuerdo más viva que nunca. Tanto sus padres como sus amigos están convencidos de que decidió quedarse en Nubia, seguramente había encontrado el mundo que estaba buscando desde los nueve años. En cuanto a Maxime, sus colegas no tenían ninguna duda, seguiría ciegamente los pasos de Camille, siempre estuvo enamorado de ella.

 

Aproximación a un artista




A través de un mensaje de wasap me llegó la noticia de la publicación del libro, el mensaje incluía las fotografías de las tapas y el resumen del contenido. Fue una sorpresa, siempre lo había visto experimentar en torno a las artes plásticas, la cerámica, la pintura, la escultura en terracota y bronce, pero pensaba que lo suyo no era la escritura aunque sí sabía de su pensamiento inquieto e ilustrado.

Una de las tapas explicaba muy bien el contenido del mismo, parecía un libro recomendado para todos aquellos que entienden la existencia como un devenir en el que el individuo siempre está enredado o perdido en búsquedas que no necesariamente llegan a una meta. Si además de ser un lector normal, eres un espectador atento, un “voyeur” incisivo del universo plástico, vas a disfrutar.

Tuve la suerte de encontrarme con él en los bares del centro, no somos colegas pero compartimos amigos. Se acercó con una sonrisa muy comedida que apenas esbozaba la alegría de vernos, después de las salutaciones pertinentes y las felicitaciones por la reciente edición, sacó de una bolsa de farmacia el libro, tenía un diseño de portada sencillo pero muy vistoso, aún tenía el olor a tinta de las libros recién nacidos.

Venía a enseñarlo, aún no habían empezado el proceso de distribución. Después del editor y el impresor, nosotros íbamos a ser los afortunados que iban a disfrutar de la materialidad del libro. Nuestra opinión poco podía valer si no lo habíamos leído, pero sí podíamos valorar el diseño de la cubierta y el resumen que aparecía en una de las tapas. Nuestro escritor quedó satisfecho, a todos nos gustó mucho.

Durante una larga caña pude compartir una conversación muy entretenida en la que se habló de la intensidad de la creación, de la disciplina, del trabajo, de la experimentación, también de la familia. Había algo que me resultaba extraño, hablaba de todo ello con excesiva normalidad, sin pasión. Se lo comenté. Me contestó con cierto cansancio, — La creatividad es un proceso largo que requiere método y disciplina, la pasión o la necesidad pueden ayudar pero no son imprescindibles.

A pesar de mostrar atención a las conversaciones siempre lo he visto ajeno a ellas, ensimismado en su mundo de retos creativos, de búsquedas imposibles, de proyectos nuevos para exposiciones venideras. Nunca hemos sido interlocutores válidos para él, se alimenta de otras inquietudes, de un mundo alejado del ruido y centrado en cuestiones más universales donde los sentimientos y las emociones pueden materializarse en objetos.

Cuando lo veo, siempre me vienen a la mente algunos encuentros memorables del pasado. Recuerdo que una vez le pregunté desde cuándo se consideraba un artista. — Desde que mis compradores y patrocinadores decidieron cambiarme de categoría, en un breve período de tiempo pasé de ser un artesano que se ganaba muy bien la vida a ser un artista con proyección.

Tal vez esa época fue la más intensa de su vida, tenía proyectos y reconocimiento. El glamour de la burguesía le acompañó durante unos años, le invitaban a fiestas y exposiciones, conoció a muchos famosos, se elevó por encima de nosotros para compartir el espacio de las musas y los mecenas, se dejó seducir por los cantos de sirena pero nunca perdió de vista la realidad que le había acompañado, siempre fue muy pragmático, había que crear y vender, había que mantener una familia.

Fue en esta época cuando Antón intentó representar un personaje que le ayudara a transitar por el complicado mundo de la adulación y le diera una estética acorde con su nueva condición de artista. No lo consiguió, no encontró el papel adecuado o no supo interpretarlo. Probó atuendos, peinados, gestos, sonrisas, nuevas costumbres, … pero nunca fue otra cosa que él mismo. La sofisticación, el glamour o la bohemia quedaron enterrados por las rarezas y la peculiaridad de su personalidad.

 

La lectura del libro me ayudó a interpretar de otra manera algunas de las actitudes y opiniones del autor, ahora lo entiendo mucho mejor. Con un estilo sobrio, de periodista de sucesos, va dando un repaso a su vida de manera cronológica. Como se expresa en la contraportada, se hace acompañar por un amigo, que a veces juega el papel de alter ego, con el que interactúa con diálogos esclarecedores que dan lugar a descripciones brillantes que nos ayudan a comprender la compleja realidad del artista.

El Antón que yo conozco, el de las conversaciones, siempre intenta utilizar una retórica elegante para expresar cualquier cuestión por sórdida que sea, huye de la grosería. Con la escritura se muestra mucho menos refinado y más directo, a veces hace gala de una vulgaridad que, pensamos, le ayuda a economizar palabras y mantener la sobriedad de su estilo. Sospecho que también pretende revelarse contra ese personaje raro y educado que ha interpretado a lo largo de su vida.

Sorprende la inquietante trastienda de su personalidad artística, la relación angustiosa entre el artista y la creación, los abismos que hay que sortear en busca de la inspiración, el miedo a perder el sentido de la realidad y superar sin pretenderlo la barrera de la enajenación, el vértigo que provoca el reconocimiento y el éxito, el esfuerzo por asumir una “normalidad peculiar” como tabla de salvación, …

El argumento se desliza amenamente por un mundo de decadencia y reflexión, el personaje se ve arrastrado por distintos escenarios para llegar a un punto crítico que puede suponer la aniquilación intelectual y física del protagonista. Pero Antón no cree en el determinismo, unas circunstancias sorprendentes y un voluntarismo del que siempre ha hecho gala el artista, acaban por conformar, al final del libro, un mundo de redención casi mágico. Solo por conocer este final ya merece la pena leerlo.

Este libro no sólo nos muestra las peripecias existenciales y artísticas del protagonista, también nos da un montón de claves para interpretar nuestra vida, es casi una manual de existencia. Sólo tengo palabras de elogio para el autor por el esfuerzo que ha realizado para trasladarnos con sencillez la complejidad de su universo.

Muchas gracias Antón

Enlaces de interés: Jesús Sanz Caballero. Esculturas

La inquietud de una ecoturista II


Este relato es la continuación de La inquietud de una ecoturista.


Le costó levantarse, las sábanas se le habían pegado, ya eran las nueve, había dormido más de ocho horas seguidas, el sopor la mantuvo indecisa durante veinte minutos en la cama, por fín pudo poner el pié en el suelo. Con lentitud se dirigió al baño y se sentó en el inodoro, los recuerdos la asaltaron. Al principio la cama ocupó muchas horas de su vida, no sólo era sexo, les encantaba estar en ella amodorrados, casi sin conciencia, pegados el uno al otro. No encontraban la hora de levantarse, al final las ganas de comer o de hacer pis se imponían y les obligaba a mirar un mundo que tardaban en reconocer. El sofá sustituía a la cama, una pizza pasada por el horno se encargaba de saciar el hambre y el ronroneo de la televisión sustituía a la modorra de las sabanas. Seguían tirados durante horas y horas.

Una ducha larga y un acicalamiento hecho a conciencia la ayudaron a mirarse en el espejo, unas bolsas emergían inoportunas debajo de sus ojos, el vino, se dijo. Prefirió no desayunar en el restaurante del hotel y salir en busca de una cafetería. No tuvo que andar mucho, a la vuelta de la esquina decidió entrar en un «bistro» con un buen escaparate y una clientela «de traje». En la barra pidió un agua, tres churros y un café con leche, pagó y se sentó en una mesa.

Zaragoza Mudéjar

Mientras desayunaba echó un vistazo a la agenda que había preparado para hoy. El viaje en tren lo aprovechó para buscar en la red reseñas de interés sobre Zaragoza, dio con un blog muy interesante, El blog de Zaragoza, en torno a él había podido apuntarse a una visita guiada por la Zaragoza mudéjar, la cita era a las diez y media en la puerta principal del Palacio de la Aljafería. Solo verían el exterior de los edificios, harían una pequeña parada en cada uno de ellos para recibir una breve explicación y hacer fotografías.

aljafería

@ Aljafería. Santiago López Pastor

Se juntaron once personas, se reconocieron porque llevaban una hoja con la inscripción «ruta mudéjar». El bloguero hizo de maestro de ceremonias y dirigió las presentaciones. El grupo era mayoritariamente femenino. Una disertación muy breve sobre el Palacio de la Aljafería dió el pistoletazo de salida, cuando llegaban a un edificio, se reagrupaban y el guía hacia su disertación. La ruta era entretenida, pasaron más tiempo en los desplazamientos que admirando los monumentos seleccionados. Los paseos dieron lugar a una relaciones fluidas y cambiantes entre personas que no se conocían pero que compartían un vivo interés por el arte.

Cuando llegaron al Arco del Dean, había habido suficientes intercambios como para descubrir las simpatías y afinidades. Se empezaron a definir algunos emparejamientos, esto la despistó, se fue quedando un poco descolgada en los desplazamientos, no participaba de las conversaciones.

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@ Arco del Dean. Turol Jones

Interrumpieron el paseo para tomar café en un bar. Se quedó un poco aislada en una de las esquinas de la barra, una mujer joven se colocó a su lado. — ¿Qué te parece la ruta? He estado varias veces en Zaragoza y nunca había realizado una visita de este tipo. Me está gustando mucho.

Una conversación fluida y amable empezó a deslizarse entre sorbo y sorbo de café. Primero mencionaron a los acompañantes, después al bloguero, siguieron con los edificios que estaban visitando para acabar en temas más personales. 

Era de un pueblo de Navarra, había cogido el autobús y se había plantado en Zaragoza. Se sentía enclaustrada en el pueblo, se estaba asfixiando en su casa. Había aprovechado que tenía fiesta para hacer esta visita, su marido se había quedado en casa, tenía que trabajar. Ella le habló de su separación, de la frustración que se respiraba en Barcelona y de la voluntad que la había traído a esta ciudad.

La conversación se cortó, el guía les pidió que fueran saliendo, era ya un poco tarde, y quería, por lo menos, enseñar dos monumentos más. Aunque no estaba en la ruta, pasaron por la Plaza de la Seo, quería que vieran la Catedral de San Salvador, uno de los edificios religiosos más notables de la ciudad.

@ La Seo. Turol Jones

Ya estaba emparejada, ya podía comentar con alguien las impresiones que estaba sintiendo con esa visita guiada tan exclusiva. Asió su brazo con el suyo para tenerla más cerca, ella le devolvió un suave respingo. Siguieron hablando, creando una pequeña telaraña de pequeños secretos y complicidades que se fue estirando hasta la Iglesia de la Magdalena. Cuando llegaron, se reagruparon en torno al guía y éste esbozó una breve historia del edificio, para finalizar añadió,

— Si restauraran el interior dejando a la vista la antigua techumbre mudéjar, este edificio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, podría ser un Centro de Interpretación Mudéjar y una Sala de Conciertos magnífica.

El bloguero les transmitió su pasión por el edificio. Admiraron emocionadas la belleza del exterior de la Iglesia, las ventanas ojivales, la puerta, fruto de una época posterior, su espléndida torre, … Acabaron conmovidas, ebrias de una belleza cargada de historia.

La complicidad de un vermú

La visita había terminado, se iniciaron lo prolegómenos de una diáspora programada, alguna tímida iniciativa para quedar a comer o tomar el vermú fracasó. Las personas se fueron despidiendo con sonrisas y saludos de mano, del grupo solo quedaron ellas en la plaza. Se habían liberado del corsé de la visita, se adueñaron del espacio y el tiempo, de la voluntad para diseñar su propia ruta. Decidieron tomar una caña en un bar cercano.

Se notaba nerviosa, había algo en su compañera que la atraía. Tal vez fuera esa facilidad con la que lograron comunicarse, esa naturalidad espontánea que ambas podían manifestar sin necesidad de un aprendizaje previo. Daba igual, se sentía muy a gusto con ella, quería disfrutar de su compañía.

Sentadas en una mesa, recibieron con alegría la bandeja que portaba el camarero: una caña, un tinto y dos pinchos de tortilla. Tenían hambre, dos horas de paseo turístico las había dejado un poco cansadas y hambrientas. Comieron y bebieron deprisa, como si no hubiera un mañana, se miraron a los ojos y pidieron otra ronda de lo mismo. Esta vez no pudo evitar sonreír, no necesitaban hablar, bastaba con una mirada para conocer lo que quería la otra. Su compañera se dio cuenta, no dijo nada pero sus ojos de devolvieron una mirada más incisiva.

La segunda copa se hizo más lenta, pequeñas preocupaciones e historias ocuparon el lugar del pincho de tortilla.

— No estoy contenta con la vida que llevo, tampoco sabría decir qué es lo que quiero. Creo que el aburrimiento me está matando, nos está matando. También mi marido es víctima, ha perdido el brillo de sus ojos, su curiosidad ha sido borrada por una rutina espesa que lo está convirtiendo en un infeliz. Ha cambiado, ambos hemos cambiado.

Escuchaba atentamente, entendía qué le estaba pasando, sabía de la desesperación del que se siente atrapado, de la angustia que provoca la falta de una salida. Ante este desvalimiento se sintió fuerte, había cambiado, la entereza había ido ganando espacio a la incertidumbre. La acompañó con su mirada, tomó su mano y le salió una frase de consuelo un poco estúpida. — Tranquila, la luz llegará e iluminará vuestra vida.

El río Ebro

ebro

@ Parque de la ribera del Ebro. Angel

Salieron a la calle, estaban un poco achispadas, decidieron dar un paseo para despejarse, tomaron el Coso para bajar hasta el Parque del Ebro. Los árboles otoñales bañaban con su color la ribera de un río envalentonado con las últimas lluvias. Le cogió la mano pero su acompañante se soltó. Se quedó un poco desconcertada. No entendía cómo se había atrevido. ¿Qué estaba buscando? Se paró y se disculpó.

— No te preocupes, no me has incomodado, es que no estoy acostumbrada a ir cogida de la mano.

Siguieron paseando lentamente por la orilla del Ebro, esta ciudad la estaba cambiando, le estaba haciendo sentir cosas nuevas, conducirse de una manera distinta, en Barna no se habría atrevido a ser tan espontánea. No quiso darle más vueltas, lo achacó a las bondades del anonimato. Se pararon ante unos patos que graznaban escandalosamente disputando unas migas. Sacó el trozo de pan que se había guardado en el bar, lo hizo migas y las lanzó hacia los palmípedos. Una nueva algarabía de graznidos acompañadas de risas llenó esa parte de la ribera.

Se lo estaban pasando muy bien, disfrutando como unas crías viendo las carreras de los patos. De nuevo pensó en ello, esta ciudad también le había devuelto las ganas de reír, no recordaba cuándo fue la última vez.

Era ya un poco tarde, casi las cinco, no habían comido y se encontraban cansadas y hambrientas, llevaban un montón de horas dando vueltas por la ciudad. Decidieron que ya era hora de retirarse al hotel, había que comer algo, descansar y asearse, querían salir por la noche.

Se citaron a las ocho y media en el bar en el que habían tomado el vermú. Se alegró de que el hotel estuviera tan cerca, tenía ganas de quitarse los zapatos y tirarse en la cama, ya comería algo antes de salir. Ya en la habitación, se relajó, pasó por el baño, se desnudó y se metió en la cama. Unas hojas rojas y amarillas, unos patos muy pequeños y la risa de una mujer hermosa velaron la transición al sueño.

La magia de la noche

El móvil la despertó, eran las ocho y media y aún no se había preparado. Era ella, se disculpó y le pidió que se acercara al hotel y que subiera a la habitación, no quería que se consumiera en una espera innecesaria. Otra vez el mismo ritual pero esta vez había que ir  más deprisa. Cuando se estaba vistiendo llamaron.

Abrió la puerta disculpándose de nuevo y fue rápidamente al espejo. Mientras manipulaba la crema, el rimel y el colorete, su compañera se acercó por detrás, abrazó suavemente su cintura y le dio un beso muy leve en el cuello. Se quedó un poco turbada pero no dijo nada, siguió acicalándose como si nada hubiera ocurrido. No se reconocía a sí misma, era como si su mente fuera permeable a todo, casi nada le extrañaba, todo le parecía agradablemente posible. — Ya estoy lista.

Después de piropearse mutuamente y reírse de las tonterías que se dijeron, optaron por dar una vuelta por alguno de los bares de tapas que les había señalado el bloguero. Empezaron por El Windsor, siguieron por el Gallizo, a continuación El Sidecar y por último Bodegas Almau, en todos ellos tomaron una tapa con la consumición, ella vino, su acompañante cerveza.

Una vez saciadas las ganas de» tapear» se plantearon qué hacer. Estaban cansadas, el día había sido largo y el alcohol las había amodorrado. Se dirigieron lentamente hacia sus alojamientos, cuando llegó la hora de separarse se pararon a un lado de la acera.

— Ha sido un día muy especial, dijo su compañera, he encontrado una complicidad que necesitaba hacía ya demasiado tiempo, la soledad me estaba matando. No quiero que te vayas, no quiero dormir sola.

La abrazó con ternura y le dio un beso muy leve en los labios. Le propuso ir a su hotel, ella no estaba casada, su reputación no peligraba. Cuando llegaron no había nadie en recepción, atravesaron el vestíbulo a hurtadillas. Ya en la habitación la trató como a una invitada. Su compañera pasó primero al baño, ella se desnudó y se puso una camiseta. Intentó tranquilizarse, no era la primera vez que dormía con una amiga. Cuando salió del baño iniciaron un diálogo intrascendente mientras iniciaban los movimientos para meterse en la cama.

Se acomodaron en ambos extremos, muy separadas, mirando al techo. Después de unos segundos interminables ambas se volvieron, sus miradas se encontraron mientras sus manos se buscaban debajo de las sábanas. Se acercaron más, se abrazaron estrechamente, se besaron con delicadeza, …

La despedida

Se despertó antes de lo que hubiera deseado, la primera visión fue su espalda desnuda, tenía un cuerpo bonito. Teniendo cuidado en no despertarla, salió de la cama y se fue al baño. Se quedó helada, cuando se metió de nuevo en la cama la abrazó por la espalda buscando el calor de su cuerpo. La despertó.

Se entretuvieron durante un buen rato mirándose y acariciándose. Sus ojos se interrogaban pero no buscaban respuestas, no era necesario, estaban ahí, sólo había que prestar atención para intuir el significado de esa experiencia.

Se levantaron remoloneando, se asearon y salieron a la calle, ella ya con la maleta, no quería volver al hotel. Desayunaron copiosamente en una cafetería cercana, estaban hambrientas, después la acompañó hasta la puerta de su hotel para que se cambiara y cogiera su maleta. No quiso subir, la esperó abajo, en un banco de la calle, quería reposar el aluvión de emociones que había experimentado.

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@ Estación Delecias. Wojtek Gurak

Desde el otro lado de la acera la vio salir por la puerta del hotel, era guapa y esbelta, la cercanía le había impedido ver su figura. Tomaron un taxi para la estación Delicias, cogidas de la mano atravesaron media ciudad, el otoño seguía vivo pero los colores se habían apagado. Pagaron el taxi y se apearon, ella tenía que descender al andén cuatro, su compañera a la dársena donde estacionaban los autobuses.

En el enorme y desierto vestíbulo se fundieron en un abrazo largo sin palabras, un beso y unas miradas tristes  pusieron el broche final a la despedida. Ambas descendieron por sus respectivas escaleras mecánicas y desaparecieron en las entrañas de la estación.

 

El tren salió puntual, a las tres menos cuarto estaría en Barcelona. El sonido del móvil le notificó la llegada de un mensaje, “Voy a dejar a mi marido”. Durante cinco segundos dirigió la mirada a la ventanilla del tren, el paisaje se deslizaba veloz a través del cristal. De nuevo devolvió la mirada al móvil, una navegación rápida por los menús, un instante de duda y bloqueó el número de teléfono.

La inquietud de una ecoturista


La vida comienza al otro lado de la desesperación.
Jean-Paul Sartre. 


La casa rural deparaba de vez en cuando alguna pequeña contrariedad a los visitantes. La última vez el equipo de música se apropió de un CD muy apreciado por la huésped, no encontraron la forma de encender el equipo y recuperarlo. La tranquilicé, lo recuperaría y se lo enviaría por correo. Nos desplazamos a Ganuza para limpiar la casa, entraban otros huéspedes ese mismo día, logré que el equipo funcionara de nuevo y pude recuperar el CD.

Antes de enviárselo a Barcelona me pudo la curiosidad y lo escuché, música de piano, preciosa, con melodías ondulantes y luminosas que transmitían sosiego y placer. Por un momento pensé que si escucháramos habitualmente melodías tan apacibles y bellas, la serenidad se haría con nosotros y la crispación se alejaría.

La audición me trajo a la mente la imagen de la dueña del disco, un figura esbelta, una melena dorada, un mentón rotundo y unos ojos azules de cielo otoñal. Un sonido, como de golpes de madera, añadía un halo de misterio a la apariencia que estaba componiendo.

Rumbo a Zaragoza

Hacía ya tres años que había roto con él, no lo había superado, lo seguía echando de menos. Se negó a seguir una vida dirigida por una brújula sin norte, nunca llegó a entender la deriva de su pareja, pensó que con el tiempo convergerían en una visión en la que ambos se sintieran cómodos. No fue así, todo lo contrario, el tiempo se encargó de certificar que entendían la existencia de una manera completamente distinta.

delicias

Fotografía de Wojtek Gurak

Su rostro había cambiado, el dolor de la separación había matizado el contorno de su boca, su sonrisa ya no era la misma, su mirada era más difusa y menos concentrada, como si hubiera perdido la curiosidad de antaño. Una serenidad ausente la distanció del mundo y la encerró entre paredes de indiferencia.

Aquel otoño había decidido ir a Zaragoza unos días, quería perderse en su casco viejo, disfrutar de sus terrazas y arroparse en esa hospitalidad provinciana que la hacía tan especial. Nunca había necesitado excusas para salir, pero esta vez tenía un objetivo, quería liberarse del manto de tristeza que le acompañaba hacía ya demasiado tiempo, quería recuperar ese interés que antes mostraba por la vida. Ultimamente se sentía excesivamente encerrada en sí misma, estaba ya hastiada de la celda que había construido para aislarse de su entorno.

El tren llegó puntual. La ciudad estaba bañada por el sol de un verano que se resistía a partir, una temperatura muy agradable y un paisaje urbano teñido de tonos otoñales realzaban su belleza. Le agradó la visión que obtuvo desde el taxi que la trasladaba de la estación de Delicias a su alojamiento. Una recepción sin prisas en un hotel del centro y una habitación cómoda dieron paso a un ritual que repetía en estas circunstancias: ir al baño, lavarse las manos y refrescarse la cara, poner la ropa en el armario, quitarse los zapatos y tumbarse en la cama.

Se sentía bien, ligera, el viaje no la había cansado y la melancolía, que a veces la asaltaba, seguía dormida. Le sorprendió la imagen que le devolvió el espejo del baño, más alegre y más guapa, parecía que había acertado con este viaje, la ciudad le estaba devolviendo buenas sensaciones, se animó a salir.

Las calles del casco

Aún era pronto para ir a comer, se puso los «maripis» y salió del hotel, quería caminar. Se quedó parada en el portal contemplando la calle, numerosos viandantes hormigueaban por las aceras entrando y saliendo de tiendas y bares. La luminosidad del cielo azulado contrastaba con las acusadas sombras que cubrían el asfalto.

Fotografía de Marco Chiesa

Un caminar sin prisa y un plano que le habían dado en recepción la fueron llevando por las calles del casco viejo, sucesivamente fue pasando por la calle Mayor, Menéndez Núñez, Vírgenes, Santa Cruz, … Por un momento revivió alguno de los paseos que daba con él por el barrio Gótico, les encantaba, habían hecho de ese trozo de ciudad un refugio en el que hablar y entenderse. Nunca se sentían tan cerca el uno del otro como estando allí, tal vez fueran esas piedras centenarias, o las historia que contaban las estrechas calles. Cuando volvían a su casa, en el Ensanche, todo volvía a la normalidad de un desencuentro que los hacía sentirse incomprendidos e infelices.

Se dejó seducir por una música cercana, se dirigío hacia ella buscando con la mirada el cartel que daba nombre a la calle, Espoz y Mina. Un poco más allá, a la derecha, se vislumbraba el escaparate de una pequeña tienda de discos, se paró, la melodía cada vez la atraía más. Decidió entrar y preguntar por el disco que estaba sonando. El vendedor la recibió con una sonrisa, le comentó que era el última obra de un director de orquesta portugués, Rui Massena, también le dijo que no era la primera persona que entraba en la tienda al escuchar al pianista. Compró el cd.

Salió contenta de la tienda, volvió a pensar que la ciudad le seguía devolviendo buenas sensaciones. Con este ánimo decidió volver al hotel para comer, había leído el menú a su llegada y le pareció sugerente. Un risotto y una ternera con salsa de parmentier de patatas y setas, acompañado de un rioja crianza y una tarta deliciosa de arándanos le hicieron perder la noción del espacio, había olvidado que no estaba en casa. Después de este opíparo festín sintió la necesidad de una siesta..

Despertó sobresaltada, era ya un poco tarde, más de las 6. El sabor de la boca y un punto de molestia en la cabeza le recordaron que había bebido demasiado vino. Una ducha larga le ayudaría a situarse de nuevo en el mundo. Dedicó más tiempo del habitual para prepararse, pequeños retoques en pestañas, contornos de ojos, labios y pómulos acentuaron los perfiles de su rostro, le gustó cómo había quedado.

La calidez de la noche

De nuevo estaba en la calle, las ganas de caminar acudieron en su ayuda, el sol había abandonado la ciudad y había sido sustituido por un alumbrado eléctrico que acentuaba la calidez de sus vías. Iba muy despacio, parándose en escaparates y cruces de calles, entrando en tiendas, asomándose a bares y cafeterías, disfrutando de una curiosidad casi impertinente que sólo tienen los turistas.

tubo zaragoza

Fotografía de lovinkat

Casi sin pretenderlo acabó pidiendo un agua en la barra de un bar, todavía era pronto para empezar con vino, quería estar despejada para seguir curioseando. Alguien la saludó desde atrás.

— Hola. ¿No me recuerdas? Estaba en la tienda de discos, te vendí el cd de Rui Massena.

Iniciaron una conversación animada sobre la tienda, se sorprendió, lo que más vendía eran vinilos, sobre todo música de los 70 y clásica. Siguieron hablando sobre la dificultad de sacar adelante un negocio como ése. Finalmente se despidió, había quedado con unos colegas, estaban preparando una exposición de discos antiguos.

Después del subidón propiciado por la aparición del vendedor de discos, tuvo un momento de abatimiento, lo aprovechó para decidir que ya había llegado la hora de beber vino. Le sirvieron un tinto de una marca desconocida, estaba sabroso, hubiera estado mejor si su temperatura hubiera sido más baja. Se deleitó con la copa mientras se evadía de la realidad del bar.

Le encantaba el vino del Priorat, era costumbre que todos los domingos descorcharan una botella antes de comer, los primeros sorbos los acompañaban de retazos de conversaciones agradables, guardaban en su memoria una antología de buenos momentos que aireaban en estas ocasiones, “te acuerdas de aquella bodega …”, “del viaje a Bretaña …”, “de Joan y Miquel …”. Les producía un enorme placer recurrir al pasado, abrían un espacio de tiempo que les permitía reconocerse, entenderse y olvidarse por unos minutos de la realidad que los ahogaba. Invariablemente la deriva de estas conversaciones cambiaba dando entrada a unos reproches gastados que se abrían paso sin dificultad, frecuentemente iniciaban la comida medio enfadados.

Una camarero llamó su atención para preguntarle si deseaba algo más. La sorprendió y la rescató del pozo de recuerdos en el que había caído. Pagó y se fue a la calle. De nuevo se congració con la ciudad, las bulliciosas calles del casco le infundían una alegría que no era capaz de reconocer en Barna. Tal vez viviera en una ciudad triste donde los últimos acontecimientos habían acabado con el contento de la gente. No quiso pensar en ello, ya tenía bastante con sus tristezas.

Decidió que sólo tomaría un vino más, le daba miedo caer de nuevo en ese pequeño abismo doméstico que habían supuesto los últimos años de su vida en pareja. Creía que ya había pagado el tributo necesario, tres años añorando el pasado era mucho tiempo, tenía que pasar página definitivamente.

Las notas de un piano

La puerta de un pub se abrió a su izquierda, unas notas emitidas por un piano escapaban al exterior, decidió entrar para echar un vistazo. Un ambiente de semioscuridad, gente sentada, algunos de pie y un pianista al fondo acompañado de su piano. Localizó un rincón en la barra, sin pensarlo fue hacia él con un ansia desmedida, cuando se sentó en el taburete sintió la alegría del que ha logrado algo importante.

Fotografía de Wilfred Paulse

Mientras esperaba al camarero se serenó, de nuevo había tenido otro subidón con la conquista del taburete. Tengo que serenarme, no es normal que por estas tonterías mis ánimos se deslicen por un vaivén tan pronunciado.

Dejó al lado este pensamiento, el camarero ya venía con una botella y una copa. Escanció el tinto con delicadeza teniendo buen cuidado en no tapar la etiqueta y ensalzar con su buen hacer la calidad del vino. Ella quiso contribuir al protocolo, acompañó el ritual con mirada atenta y un “muchísimas gracias”. Había conseguido centrarse de nuevo en el ambiente del bar. Las notas del piano empezaron a colarse por sus oídos, su mirada buscó el haz de luz que alumbraba al pianista, su cuerpo se relajó dejándose mecer por las notas del piano y la calidez del vino, un sensación de ingravidez la trasladó a un mundo fascinante de armonías.

Un ruido de aplausos la llevó de nuevo al bar, la gente se había levantado para aplaudir efusivamente, se sumó a esta fiesta de reconocimiento, sin lugar a dudas el pianista había gustado mucho. Dió el último sorbo a la copa de vino y salió del bar. Le encantó la vivencia que había experimentado con el concierto, algo había cambiado en su interior para ser capaz de deleitarse con tanta intensidad, hacía muchísimo tiempo que no sentía algo así, echó de menos a alguien a quien gritar su enorme satisfacción.

De nuevo alguien la llamó, otra vez era el vendedor de discos, había acabado su reunión. Le propuso tomar una copa más, se dejó convencer. Entraron en un bar y se sentaron en una mesa, ella continúo con vino, él con ginebra y tónica, ambos se contaron en que habían pasado la última hora y media, se entretuvieron versionando sus respectivas vivencias. Una mirada demasiado concentrada, una mano que rozaba de vez en cuando su mano, la del vino, una entonación más intimista que buscaba complicidad, la pusieron en alerta, estaba flirteando.

En la intimidad de un hotel

Hacía más de un año que no tenía relaciones con un hombre, no lo había buscado, no había surgido, aún seguían frescas en su mente imágenes eróticas del pasado, su mejor y casi único amante seguía siendo él. Buscaban el placer con un empeño y una curiosidad adolescente, follar se les daba bien, en no pocas ocasiones, las expectativas de un polvo los liberó de discusiones ya anunciadas. Nunca domesticaron el sexo, a pesar de conocer bien sus cuerpos, siempre tenían algo que explorar, algo que experimentar, no tenía reparos en probar posturas raras, a veces humillantes. Después del orgasmo no había caricias, solo un silencio incómodo. Se levantaba cabizbajo y salía de la habitación rápidamente, como queriendo escapar a mi mirada.

Fotografía de Turol Jones

No se atrevió a responder a sus insinuaciones, no quería romper el estado de ánimo que le había creado el concierto de piano. No se sentía sola, no estaba tan necesitada como para aceptar la primera invitación de un hombre a echar un polvo. Metódicamente fue enfriando el ambiente para modificar las expectativas de su acompañante, había sido muy amable, no quería herir su sensibilidad. Era ya un poco tarde, no hizo falta poner excusas extrañas para retirarse, él tenía que trabajar y ella quería estar despejada, al día siguiente quería patear la ciudad y ver algunas de sus iglesias y monumentos. Le dio un beso en la mejilla y agradeció su compañía, una sonrisa puso final a aquel encuentro.

Se quedó un poco excitada, no era tan inmune como pensaba al hechizo de los hombres. Aún tenía un paseo hasta el hotel, lo utilizó para tranquilizarse y volver a retomar el pulso de una noche más sosegada. El hall del hotel le devolvió un ambiente excesivamente luminoso que deslució la magia que la envolvía. Ya en la habitación, el baño fue su primera parada, una mirada al espejo le devolvió la imagen de un rostro cansado pero bello, seguía sintiéndose atractiva. Se limpió la cara, se desnudó y se metió en la cama. No podía leer, seguía demasiado excitada, la música de piano y el hombre de los discos seguían en su sabeza.

Le gustaba pensar en su ex, las imágenes eróticas surgían sin dificultad y elevaban rápidamente el nivel de excitación. Acompañada de estas imágenes se acariciaba el cuello, debajo de la barbilla,  descendía lentamente para entretenerse en los pezones, el cuerpo iniciaba un suave contoneo, sin transiciones llegaba a la vulva para finalizar el recorrido en un clítoris ya muy excitado que la llenaba de placer. Un orgasmo más intenso de lo habitual provocó una sensación agradable de bienestar, se relajó, un sueño placentero se abrió paso entre el desorden de las sábanas y el calor de su cuerpo.

[Continúa en La inquietud de una ecoturista II]

Adivinando el futuro

Ultimamente pienso mucho en la vida, vislumbro los detalles de un destino ya marcado en el que no hay nada que decidir, en el que solo queda seguir una línea ya trazada. Esto no puedo argumentarlo, no sabría como sustentarlo en razones, es más bien una intuición basada en una observación de mi entorno y de mí mismo, es un estado de ánimo. Es como si hubiera madurado, como si la incertidumbre de lo venidero ya no existiera, como si la búsqueda de futuro hubiera finalizado y conociera lo que me depara el porvenir.

Creo que he llegado a esta certidumbre gracias a la acción más que al pensamiento. Este me ha mostrado posibilidades, me ha transportado a mundos de ensueño y deseo, ha incentivado el trabajo y ha planificado, pero lo que ha creado esa proyección en el tiempo, ese espacio de futuro donde alojarme, trabajar, crecer y soñar, ha sido la acción. Resulta paradójico que ahora yo me crea un hombre de acción cuando he vivido mi existencia en una «paja mental» contínua.

Esta infusión de clarividencia se la debo, entre otras cosas, al medio en el que vivo. Hace ya mucho tiempo que estoy atento a cómo respira mi entorno, intento interpretar qué mueve a las personas, qué hay detrás de su cotidianidad, qué les ilusiona y les entristece. Sin pretenderlo tengo ya una opinión elaborada, sé de sus anhelos y frustraciones, pero al final lo que más me importa de ellas son las ganas de vivir que manifiestan, la rasmia con la que van sorteando los días, el resto me importa mucho menos.

Esto lo he trasladado a mi persona, lucho por que no decaiga mi interés por las cosas y las personas, por vencer a la dejadez que lleva pareja esta edad, por mantener viva la ilusión en la casa de Ganuza, por engañarme con todos los recursos que encuentro para dar trascendencia a lo que hago.

Para potenciar esta mirada he obviado una realidad mediática que me desbordaba y me crispaba. No ha sido un ejercicio de metodología, me he alejado de la «información» porque me estaba haciendo daño, me estaba invitando a despreciar este mundo y a los que vivimos en él. Con el tiempo esta actitud defensiva ha sido esclarecedora y muy apropiada para centrarme en cosas más esenciales y atractivas para mí. Tal vez haya contribuido a vislumbrar ese futuro que he comentado.

Es probable que esté escribiendo estos párrafos porque no encuentro un interlocutor, esto no interesa, creo que aburre. Entiendo que se prefiera hablar más de los asuntos locales o nacionales, de acontecimientos culturales, de viajes, pero también habría que reservar tiempo y ganas para tocar estos temas ya que tenemos una necesidad permanente de comunicarnos, sabemos que en cada uno de nosotros se esconde un solitario que de vez en cuando necesitaría gritar su soledad.

El otro día me enviaron unas fotografías de una reunión que hicieron compañeros de la Universidad Laboral de Gijón en Logroño, le comentaba a Luis en un wasap ¡Cuánta sabiduría tienen que encerrar esas mentes! No era una gracia. Me gustaría ser un lector de ese manual vital que ha confeccionado cada uno de ellos, me gustaría escuchar en conversaciones acompañadas de vino el relato de las encrucijadas que han tenido que superar, aunque, tal vez, lo que más me gustaría es conocer cómo afrontan el futuro que han elegido o les ha tocado.

A pesar de tener algunas certezas sobre mi futuro sé que éste puede desvanecerse en cualquier momento, podría enumerar varios escenarios, todos ellos muy posibles, en los que saltaría por los aires. Ahora pivota alrededor de un juguete, la casa de Ganuza, que me entretiene y me hace mucha ilusión. Quiero disfrutar a tope de este juguete y de la certidumbre que me ha dado este momento vital por que sé que llegarán tiempos en los que la duda y la inquietud se apoderarán de mí.