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Relatos cortos e historias escritas al amparo de un proyecto de casa rural en navarra

Con la mirada perdida

El teléfono sonó impertinente, era el abogado, no quise cogerlo, no me apetecía hablar de ese asunto. Llevábamos demasiado tiempo discutiendo sobre lo mismo sin ponernos de acuerdo, prefería dejar que la discordia reposara, pensaba que con un estado de ánimo renovado podríamos cambiar la perspectiva para que fuera aceptable para los dos.

Pensé que el confinamiento lo llevábamos bien, estábamos sorprendidos, preveíamos que íbamos a tener muchos choques domésticos tontos, pero no fue así, la convivencia con la cotidianidad fue muy bien. 

A pesar de la bondad de la relación y de la carencia de conflictos latía una sensación un poco extraña. A veces la veía de espaldas concentrada en el ordenador y no la reconocía, es como si estuviera muy lejos, completamente ajena a mi mundo. Es probable que ella sintiera lo mismo.

Poco a poco se fue acumulando una ausencia de comunicación que se acentuaba cada día. Es probable que si no hubiéramos estado tanto tiempo encerrados en nuestra casa nada hubiera ocurrido, no habrían saltado las alarmas, las carencias se habrían compensado con el contacto de otras personas. Pero no fue así, el confinamiento puso muy difícil la relación con nuestros amigos, no pudieron contrarrestar nuestras deficiencias.

Intenté escapar de este laberinto, siempre había tenido cierta facilidad para alejarme de la realidad y crear mundos paralelos más amables y entretenidos, pero esta vez no sirvió. No supe, no pude elevarme por encima de ese estado pastoso y pesado que impregnó mi vida, no pude engañarme.

Eché mano de la ilusión para que me empujara y me sacara de este pantano desolado. Pensaba que era algo intrínseco a mi carácter que siempre había estado ahí, pero esta vez no la encontré. 

Lo mismo ocurrió con el trabajo, empezó a no tener sentido, las mañanas se hacían interminables peleando en un entorno que acabó por asfixiarme y llenarme de frustración. Acabé amargado.

La realidad se hizo cómplice de mi estado de ánimo. El sol brillaba más tenue, como si estuviera de luto por la pandemia global, el ambiente se tiñó de una tragedia televisiva que costaba digerir, las certezas se volatizaron empujadas por un viento de incertidumbre, no había un presente sólido al que aferrarse, el futuro se evaporó. Solo quedaron los incontables héroes y los homenajes de aplausos y escenas lacrimógenas.

Llegué a la conclusión de que había enfermado de soledad, de miedo a perder mi pareja y mi futuro, de miedo a no encontrar aquello que me había empujado hacia adelante. Se habían desvanecido las sonrisas cómplices de amigos y compañeros, los abrazos y besos, las pequeñas confesiones. No quedaba nada, solo miedo y un enorme vacío a mi alrededor.

Una tristeza extraña quiso apoderarse de la razón. Tuve que aferrarme con fuerza a mi realidad más tangible, a una casa que me había acogido en los últimos veinte años, a unos gatos que de vez en cuando se dejaban acariciar el lomo y a un psicofármaco que me recetó el especialista. 

Me convertí en un ente molesto y perezoso que deambulaba perdido por la casa, en varias ocasiones tuvieron que abroncarme para que me aseara. La apatía y la indiferencia se apoderaron de mí, perdí el gobierno de mi vida solo controlaba el mando de la televisión y la puerta del frigorífico. Ella no lo pudo soportar, tomó una decisión que yo acepté con desgana y desinterés.

Los meses fueron pasando acompañados por una pandemia que no remitía, las leyes se endurecieron para reprimir las conductas que favorecían el contagio mientras las noticias volvían a detallar unas estadísticas alarmantes. Una atmósfera gris volvió a dominar de nuevo las calles. 

En este clima yo iba mejorando día a día, después de seis meses el médico me dio el alta y me incorporé de nuevo al teletrabajo y a un aislamiento preventivo, los miedos se habían mitigado pero las precauciones cada vez eran más acusadas. 

Un veinte de diciembre anunciaron en la televisión que la versión de Oxford de la vacuna de la COVID-19 estaba en producción, dos meses más tarde ya estábamos vacunados. Por fin pudimos brindar por una normalidad que ya nunca sería la misma. 

A pesar de la pandemia y el caos sentimental, ambos volvimos a retomar la senda de la vida, ella se enamoró de un profesor de Fraga y yo de un carpintero de Alagón. Vendí la casa rural y me incorporé a su taller para volcarme en mi nuevo oficio. Cuando rememoro los días pasados no dejo de pensar en lo puta y retorcida que es la vida.

La sombra de la sospecha. La investigación

El mes de junio fue muy lluvioso, aquel martes salió especialmente nublado, una fina lluvia empapaba el ambiente haciendo necesario los paraguas. Tres vehículos del Grupo de Rescate de la Guardia Civil cruzaron rápidamente el pueblo para dirigirse a San Pablo y desplegarse por los aledaños de las peñas de Lokiz.

A las doce de la mañana, en una de las aristas del puerto nuevo fue descubierto el excursionista desaparecido. Un guardia civil descendió rápidamente y comprobó que estaba inconsciente pero aún respiraba. Lo izaron de la profundidad de ese pequeño abismo y lo sujetaron a una camilla, si en la caída hubiera rodado un poco se habría despeñado por un precipicio de más de 40 metros.

Iniciaron el descenso cuando ya había escampado. A la una ya estaban en San Pablo, sujetaron la camilla a uno de los vehículos e iniciaron el regreso. Lo ingresaron en urgencias del hospital de Estella, pudieron rellenar la ficha de ingreso con los datos de la documentación que encontraron en el chubasquero del herido. La unidad de rescate partió hacia Pamplona donde tenía su base. 

A las seis de la tarde llegó un correo electrónico a la Guardia Civil de Estella con el Informe del rescate, a las siete se recibió una llamada del hospital informando de que el herido había despertado y se encontraba plenamente consciente. Media hora más tarde un agente lo estaba interrogando sobre las circunstancias del accidente. Una respuesta temblorosa y concisa rompió la quietud de la habitación. — Me empujaron.

La unidad judicial de la comandancia de Pamplona inició la investigación. El juez estableció el secreto del sumario. La primera disposición fue solicitar a la sección judicial de la Guardia Civil de Estella que, a la mayor brevedad posible, iniciara las pesquisas interrogando a los vecinos de Ganuza. 

El interrogatorio duró dos días. Las preguntas giraron en torno a dos cuestiones básicamente, ¿Dónde se encontraba el domingo entre las diez y las once?, ¿qué opinión le merecía el aumento de los excursionistas que acudían a la cueva de San Prudencio? Todo el proceso fue grabado en vídeo. Una vez finalizada la ronda de interrogatorios la Guardia Civil abandonó el pueblo dejando un rastro de miedo y sospecha.

El lunes siguiente fueron llamados a declarar por separado dos vecinos, en ambos concurría la circunstancia de que a la hora indicada estaban en la sierra. Una vez finalizadas las diligencias en Estella, la documentación anexa y el material gráfico se remitió a Pamplona.

Los investigadores de la Comandancia de Pamplona estaban indagando en las relaciones del entorno familiar y económico del herido. Descubrieron con sorpresa que era una persona denostada por casi todos, las relaciones con su familia eran inexistentes y el herido había mantenido varios pleitos en torno a la venta de plantas de roble micorrizado. Varios de sus clientes se habían sentido estafados y habían interpuesto denuncias en los juzgados.

Una llamada anónima denunció en la guardia civil que el domingo se vió un Land Rover blanco alrededor de las once de la mañana por la pista que lleva a la Balsa Grande. Las indagaciones llevaron a la localización del conductor, era un trufero del valle de Lana, en el interrogatorio declaró que en ningún momento se acercó a las peñas Lokiz. 

El herido se recuperó rápidamente, a los tres días le dieron el alta, salió con algunas magulladuras, el brazo en cabestrillo y siete puntos en la cabeza. Hasta entonces apenas había dicho nada excepto que no había visto a nadie ni recordaba lo sucedido.

Las indagaciones de los investigadores los habían llevado hasta un conocido club de alterne ubicado en la carretera  de Irurzun. Era un asiduo de este club, la fuente anónima comentaba que no era extraño verlo rodeado de chicas consumiendo copas y esnifando coca, gastaba un dineral en el local. 

Una noche estalló una sonora bronca en el club, la encargada le pidió que abonara la deuda que había acumulado a lo largo de los dos últimos meses, el cliente se enfureció y se largó del bar lanzando una copa contra uno de los espejos de la barra. La misma fuente añadió que ya no se le volvió a ver por el local.

El sujeto fue citado en la comandancia de Pamplona, se le presionó para que contara qué había pasado exactamente, sabían que había adquirido una deuda importante con el propietario del club y que andaban detrás de él para saldar la deuda. No aguantó mucho, cabizbajo confesó.

Se había arruinado. Aquel domingo, huyendo de los problemas decidió hacer una excursión a la sierra de Lokiz, le habían hablado de la cueva de San Prudencio. Cuando estaba en la Peña Rajada, divisando el valle reconoció pendiente abajo a dos individuos del club, eran dos de los matones. Se asustó e inició una huida atropellada hacia las peñas. Dejó a un lado San Prudencio y decidió subir por el puerto nuevo, fue ahí, en esa senda estrecha y peligrosa donde resbaló y cayó al vacío estrellándose contra un saliente de la roca. Lo siguiente que recordó fue la habitación del hospital de Estella.

Dos semanas más tarde, en una nota marginal de la sección de sucesos de la prensa regional, algunos vecinos se enteraron de lo que había sucedido realmente. Fue un shock pasar por aquel interrogatorio de película, fue una burla convertir en sospechoso a todo el pueblo.

Días después llegó una misiva de la guardia Civil que fue leída en el concejo, en ella se describía brevemente lo acontecido y se justificaba el silencio en torno al caso por el secreto del sumario. Mientras se comentaba la nota entre los asistentes, un vecino interrumpió atropelladamente la conversación. — En el frontón un jugador ha caído fulminado.

La sombra de la sospecha

Sierra de Lokiz. Cueva de San Prudencio

Sierra de Lokiz. Cueva de San Prudencio

En la televisión un sujeto comentaba: después de tres años y 30.000 kilómetros tengo el privilegio de saber cuál es mi camino. Había dado la vuelta al mundo andando. Yo tuve que teñirme de canas y sufrir un accidente serio de salud para saber cuál era mi camino.

Me jubilé anticipadamente, dejé un trabajo que me había acorralado en la frustración y el aburrimiento y me volqué en algo más grato para mí: el bricolage y la construcción. Me centraría en la rehabilitación de la primera planta de la casa rural.

Plantearme esta alternativa fue algo natural, lo había pensado muchas veces, pero no quería aislarme solo en Ganuza, quería algo más, una experiencia compartida con alguien que estuviera dispuesto a dedicar horas y talento a la casa a pesar del riesgo que conllevaba este tipo de experiencias. 

Le presenté el proyecto a un amigo, ya había estado trabajando con él en alguna ocasión. Le comenté a grandes rasgos lo que teníamos que hacer. A cambio le propondría pagarle muy poco, alojamiento y comida, trabajar un máximo de seis horas al día y cuatro días a la semana, y lo más importante, hacerlo partícipe en el proyecto de explotación del mini hotel que pensábamos abrir en Ganuza.

No se entusiasmó, pero le gustó lo suficiente para decir que sí, no tenía otra cosa que hacer. Para animarlo a tomar la decisión le planteé que podríamos volver a Zaragoza los jueves al mediodía, así tendría tiempo suficiente para disfrutar de la ciudad, la vuelta a Ganuza la haríamos el lunes por la mañana.

El trabajo lo iniciamos en enero con ganas y buenos augurios. Los días fueron pasando, la rehabilitación iba bastante deprisa, en dos meses las obras habían avanzado tanto que empezamos a diseñar los servicios y la gestión de los mismos.

El estado de Alarma nos sorprendió a todos, decidimos de momento dar por finalizadas las obras y refugiarnos en nuestras casas. A pesar de la tragedia de contagios y muerte no estuvimos mal, nos vino bien descansar y perfilar detalles que siempre quedaban pendientes por falta de tiempo.

La vuelta al trabajo fue extraña, hubo que hacer acopio de ilusión e interés para seguir motivados, en los peores momentos pensamos que la rehabilitación que estábamos llevando a cabo no tenía sentido.

El mes de mayo pedimos permiso a mi madre para alojarnos en su casa, las autoridades sanitarias ya permitían alquilar la casa rural, era importante seguir obteniendo ingresos para continuar con la rehabilitación.

El mes de junio fue muy lluvioso, aquel martes salió especialmente nublado, una fina lluvia empapaba el ambiente haciendo necesario los paraguas. Tres vehículos del Grupo de Rescate de la Guardia Civil cruzaron rápidamente el pueblo para dirigirse a San Pablo y desplegarse por los aledaños de las peñas de Lokiz.

El pueblo se puso en alerta, un ambiente inquietante de expectación se apoderó del aire, no era la primera vez que ocurría, hacía unos años un suceso luctuoso había conmocionado al pueblo.

El día anterior por la noche el alcalde había dado la alarma, desde el domingo un vehículo permanecía aparcado a la entrada de la población, se sospechaba que era el propietario de un excursionista que había ido a la cueva de San Prudencio y no había regresado. 

El rescate tuvo pendiente a todos los vecinos. A las doce de la mañana escampó, desde la plaza se podía observar cómo los componentes del rescate habían iniciado el descenso, a la una del mediodía los tres vehículos de la Guardia Civil volvían a cruzar el pueblo velozmente con dirección a Estella.

Nadie sabía nada con certeza, la especulación se adueñó de las conversaciones, aquel martes no dejamos de preguntarnos qué había ocurrido. A la mañana siguiente otro vehículo de la guardia civil interrumpió la tranquilidad del pueblo, esta vez se dirigió directamente a la vivienda del alcalde. Después una breve conversación le entregaron un documento y se despidieron. 

Al día siguiente todos pudimos leer el bando del alcalde. «El jueves Dios mediante, todos los vecinos quedan convocados a las 10 de la mañana en el concejo a instancias de la sección Judicial de la Guardia Civil de Estella encargada de llevar la investigación. Los mayores de 80 años quedan exentos de acudir a esta citación».

Un halo de inquietud y misterio volvió a ensombrecer el ánimo de los vecinos. Como en otros tiempos habría que volver a perder el miedo y recuperar el sosiego perdido. A las doce de la mañana del viernes fuimos interrogados por la guardia civil en la sala del concejo, al día siguiente salíamos para Zaragoza, el proyecto quedaba definitivamente aparcado.

Cuarenta y cinco días

Fotografía de Engin_Akyurt

Se levantó más tarde de lo habitual, se sentía especialmente cansada, hacía tiempo que no dormía bien. Hizo la maleta y se duchó. Cuando cerró la puerta de la habitación se sobrecogió, dejaba atrás una estancia cargada de pesadumbre. Se despidió del recepcionista, un taxi la trasladó hasta la estación de autobuses. Iniciaba un viaje de retorno que la devolvería de nuevo a su casa.

Se sentó en una de las plazas marcadas, a su lado viajaba la maleta. Un autobús casi vacío con doce pasajeros arrancó lentamente para salir de Madrid. Apenas encontró obstáculos, los escasos transeúntes que paseaban por la calle parecían supervivientes de un gran plató  cinematográfico, los semáforos con su luz parpadeante generaban cierta inquietud, la desolación se colaba por las ventanillas.

El dieciséis de marzo, el Colegio de Enfermería de Alicante se puso en contacto con ella, necesitaban sanitarios en Madrid, no se lo pensó, estaba en el paro, se apuntó sin hacer preguntas. Le pidieron que enviara un certificado de finalización del Grado y una copia del DNI, se pondrían en contacto con ella.

A los dos días la llamaron, ya tenía plaza y alojamiento en Madrid, trabajaría en el Gregorio Marañón y se alojaría en uno de los hoteles que habían habilitado para sanitarios. Le enviaron un documento pdf justificando su desplazamiento a la capital, la esperaban al día siguiente.

Todo fue muy rápido, en el equipaje introdujo los dos uniformes y lo que pilló a mano, no pudo despedirse de padres y amigos. Fue una noche de pesadillas y miedos, durmió muy poco. En el autobús tuvo tiempo de relajarse y echar alguna cabezada, incluso pudo saborear un trocito de ilusión. Su ánimo fue decayendo acompañado del cansancio y de los temores, dejó de asomarse a las noticias del móvil.

Con los ojos somnolientos abandonó el autobús, un taxi la llevó al Gregorio Marañón. Tuvo que acceder por la entrada habilitada para los enfermos del covid. No supo reaccionar, un pasillo lleno de pacientes y camillas la desbordó, se quedó paralizada. Una auxiliar la rescató, la tranquilizó y le indicó cómo llegar a la administración del hospital.

Le entregaron una bata impermeable y una mascarilla, cuando le dieron la acreditación le advirtieron que cuidara este equipamiento, no quedaban. Una enfermera llegó para recogerla y trasladarla rápidamente a su planta, le pidió que se cambiara y que se incorporara al turno de trabajo, así podría indicarle sus funciones, enseñarle la planta y presentarle a los enfermos.

Cuando acabó el turno, la enfermera que le había acompañado a lo largo de la tarde la llevó al hotel donde debía alojarse. Llegó agotada, reventada, con el ánimo roto. Tenía toda la noche para dormir, al día siguiente entraría en el turno de noche.

Fueron días muy duros, no sabe cómo pudo aguantar sola, lejos de casa, con jornadas largas y turnos dobles, sin material de protección y un miedo horrible al contagio.

Uno de sus peores momentos fue el fallecimiento de un joven, estaba respondiendo muy bien al tratamiento, lo iban a trasladar a planta al día siguiente. Repentinamente la afección se agravó, después de intentar durante dos horas subsanar los problemas respiratorios entró en coma, en una hora expiró.

Se desmoronó, se refugió en una de las cabinas de los servicios de planta y lloró amarga y silenciosamente hasta que el hipo la delató. Una compañera la rescató, le dio un abrazo, una botella de agua y le pidió que acudiera a ayudar en una de las ucis.

La muerte se hizo tan presente que se acostumbró a preverla y planificarla, cada paciente que fallecía liberaba una UCI que era ocupada por un enfermo grave, llegó a la conclusión de que la alta mortalidad impidió el colapso en las unidades de cuidados intensivos.

Fue una sobredosis de esfuerzo y sufrimiento, de compañeros que enfermaban o se derrumbaban, de pacientes que morían o sobrevivían en un destierro de soledad. De vez en cuando una sonrisa se dibujaba en su rostro por los que sanaban, por los que aplaudían, por la solidaridad forzada, porque sus padres se encontraban bien.

El autobús se deslizaba suavemente consumiendo kilómetros por la A-3. Una paisaje ajeno a sus pensamientos le acompañaba por la ventanilla, seguía muy disgustada. Pocos días antes de anunciar el cierre del Hospital de Ifema, le llegó un mensaje de correo electrónico en el que le comunicaban que daban por finalizado su contrato. Se quedó atónita, no se lo prorrogarían como habían prometido. Ese día lo pasó muy mal, se sintió traicionada, volvió a llorar.

Alicante la recibió con sol y calles vacías. En la soledad de su apartamento llamó a sus padres para comunicarles que ya había llegado y que tenía que estar catorce días de cuarentena. Puso la lavadora y se metió en la ducha, al salir se quedó atrapada en el espejo, había perdido peso. Se autocompadeció, un velo de tristeza había apagado el brillo de sus ojos, su mirada había cambiado. Un pensamiento súbito la asaltó, nunca fue una heroína, fue carne de cañón.

Historias de la desescalada

A pesar de la conmoción que nos provocó la declaración del estado de alarma y el inicio del confinamiento, nos sentimos relativamente tranquilos, privilegiados de vivir lejos de la ciudad rodeados de parcelas que nos protegerían del contagio y del agobio de los pisos.

La primera semana fue bien: teletrabajo, actividades extra escolares, bicicleta estática, estiramientos y preparar un proyecto que me seducía. El sábado de la segunda semana un ruido molesto se instaló en la parcela de al lado, una hidrolimpiadora se había apoderado del silencio rompiendo la tranquilidad de nuestro entorno, mientras un amplificador protestaba contra la endiablada máquina elevando el volumen de la música.

Los atardeceres de sábados y domingos una discomovil recorría la urbanización con una sinfonía de notas rotas. Al júbilo electrónico se sumaba el coche de la policía local con el himno nacional. La contaminación acústica nos obligó a refugiarnos dentro de la casa.

Por fín llegó el día en que los niños pudieron salir, la hidrolimpiadora paró y las músicas que le acompañaban cesaron. Un silencio de normalidad se apoderó de la urbanización, por fin pudimos relajarnos y oír de nuevo el aleteo de las palomas.

Aún tuvieron que pasar seis jornadas más para salir de casa y pasear por el campo. Estaba ansioso, ilusionado. Era una día soleado de temperaturas altas impropias de mayo. Me calcé las zapatillas con un pantalón corto y una camiseta de marca, y me sujeté el flequillo con una cinta azul. Perfecto para disfrutar del primer paseo después del encierro.

Todos debimos pensar lo mismo. A las doce de la mañana con un solazo de 30 grados accedí al camino que rodea la urbanización. Contemplé con perplejidad la algarabía de niños que zigzagueaban con sus bicicletas, de perros que tiraban de sus dueños y ladraban desesperados por correr campo a través, de padres y madres que enloquecían intentando controlar a niños y mascotas.

Después de saludar fugazmente a los vecinos que me vieron decidí volver rápidamente a casa. Entre el sol y la frustración ya me había acalorado, abrí una cerveza y me senté en el porche dispuesto a relajarme, poco después me acompañaba Pili con un vermú.

Mientras rumiaba el malestar de la frustración, recibí un wasap de la comunidad, nos convocaban a las 9 de la noche en el club social para celebrar la primera salida del confinamiento. Había que llevar la bebida y los aperitivos, se rogaba encarecidamente que todo el mundo fuera provisto de mascarilla.

Antes de salir de casa ya me había tomado dos cervezas. En una cesta pusimos doce latas frías, dos bolsas grandes de patatas y dos dispensadores de hidroalcohol. Nos dirigimos al club social protegidos por mascarillas, un ambiente festivo y carnavalesco nos recibió con saludos efusivos, dejamos las bebidas en una mesa y nos juntamos en un pequeño grupo.

A las diez y media se retiraron los niños acompañados por uno de los progenitores. Se fueron protestando, habían estado correteando sin control por el parque y jugando, con la supervisión de una madre, al escondite y al pilla-pilla.

La ausencia de los niños supuso el inicio de un relajamiento que nunca debió manifestarse, las mascarillas empezaron a deslizarse hasta quedarse a la altura de la barbilla, la ingesta de la bebida se hizo más fácil y todos empezamos entendernos mejor, a muchos no se nos entendía con la mascarilla puesta.

Entre conversaciones y cervezas la noche fue transcurriendo apaciblemente interrumpida de vez en cuando por amistosas grabaciones de móviles. Las mascarillas se fueron cayendo sin remedio. Nos retiramos muy tarde y bastante beodos, fue imposible no dar besos y abrazos, todos lo necesitábamos.

Me levanté fatal, el domingo estuve todo el día tirado en el sofá acompañado del mando de la televisión. El lunes pude entrar en una normalidad que aún contenía trazas de resaca, el martes ya estaba totalmente recuperado.

A las doce de la mañana llamaron a la puerta, era la funcionaria de correos con un certificado, una notificación de sanción. Con una violencia inusitada me vinieron a la cabeza imágenes de vecinos salpicando la noche con destellos de móvil.

No quise firmar la recepción de la notificación, me despedí de la funcionaria pidiéndole disculpas. Rápidamente encendí el ordenador y busqué en Google el listado de sanciones por incumplir el confinamiento, era una cantidad muy elevada, ya no podría arreglarme la boca.

Respiré profundamente, me senté en el porche y observé con detenimiento la frondosidad del jardín. Una leve brisa borró la pesadumbre del momento camuflando el disgusto, todo iría bien. ¡Hasta la próxima estupidez!

La muga de Aramendía

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Es sábado por la tarde, después de haber recorrido la sierra de Lokiz por la mañana, decidimos dar un paseo hasta la muga de Aramendía. Es una senda por la que antes circulaban carros tirados por bueyes y ovejas, ahora transitamos los andarines y los jinetes con sus caballos.

Nos dirijimos a los Nogales, después de una breve subida ya podemos contemplar Ganuza inmerso en un valle salpicado de pequeños pueblos, y acotado por los montes de Monjardín y Montejurra, en el centro de la panorámica, una edificación moderna llama nuestra atención, el Museo de la Trufa.

Seguimos andando y damos con uno de los parajes más bellos del recorrido, un camino estrecho alfombrado de hojas, limitado por el verde intenso del boj, y protegido por un paraguas de robles jóvenes. Sentimos cierto recogimiento mientras continuamos con el paseo.

En una pequeña explanada la vista nos sorprende con el valle de Allín, rodeado por un cinturón de pequeños montes que dibujan una panorámica de suaves colinas. Desde este claro nos hemos sentido dueños de todo aquello que abarcaba la vista, nos hemos apropiado del paisaje.

Por fin tocamos la muga, una alambrada nos indica con cierta grosería que al otro lado está Aramendía. Apenas si paramos, rápidamente iniciamos el leve descenso que nos llevará de nuevo a Ganuza, donde nos espera una cerveza fría y la sensación de haber transitado por una  senda de fantasía.

Días de angustia y terror

violencia de generoOtro sábado, son las doce y aún no ha vuelto. Ya habrá bebido lo suficiente para estar muy borracho. Temo su llegada.

Un ruido de llaves hurgando torpemente en la cerradura, el rumor de una respiración agitada se cuela por el pasillo. Con paso inseguro atraviesa el umbral del salón para caer en el sofá.  No dice nada. Le pregunto si le caliento la sopa, asiente con desgana.

Una bandeja protege mi entrada en el comedor, le pido que se siente a la mesa. Se levanta airado. —Quién te has creído que eres para decirme lo que tengo que hacer. Un manotazo lanza la bandeja por los aires, la sopa se derrama salpicando su cara y el vino mancha su camisa. Una ira irracional se apodera de él.

Un empujón me arroja al suelo y una lluvia de patadas acompañada de insultos cae sobre mí. Una de las patadas me alcanza de lleno en el rostro y me deja semiinconsciente. Apenas si siento los golpes, apenas si oigo sus gritos.

Ha parado, estoy quieta, no quiero despertar su furia de borracho desalmado. Un mundo del pasado llega a mí con imágenes desdibujadas. Juntos de la mano paseando por una carretera estrecha, rodeados de verdes prados y acompañados por un sol apagado de atardecer. Un bar, unas botellas de sidra, amigos, risas y besos.

Casi siempre estaba fuera, vendía lámparas por media España. Recordaba el sabor a cerveza de sus besos y las constantes salidas a los bares, una rutina que acabó por sacar a la luz una inclinación desmesurada por la bebida. Con el tiempo dejó de ser él mismo, el sabor de su boca se agrió, el brillo de sus ojos se apagó.

Las dudas fueron ganando peso, le propuso romper la relación. —Si me dejas me mato. Un llanto incontrolado se apoderaba de él mientras volvía a recitar las disculpas y promesas tantas veces pronunciadas. Quedó atrapada en un compromiso de juventud, en un chantaje emocional del que no supo escapar.

 Vestidos blancos y trajes de Armani, narcisos amarillos y rosas rojas adornaron la nave central de la iglesia. Un sí quiero ajeno a su voluntad salió de sus labios, un presagio sombrío la estremeció.

La fiesta acabó muy tarde, él con una borrachera de espanto. La noche de bodas fue el inicio de una violencia que ya no cesaría. Dos bofetadas sonoras la sumieron en un llanto silencioso mientras él caía rendido en el lecho nupcial. Seguirían noches idénticas donde ocasionalmente la doblegaría con un sexo agresivo que la despojaría de la escasa dignidad que aún le quedaba.

Cuando estaba sobrio, una mirada apagada y ausente, una expresión sombría y avergonzada lo impregnaba todo. Cuando bebía, insultos, empujones y bofetadas se iban alternando en una ruleta que la ahogaba de angustia y la paralizaba de terror.

 

En el portal se agolpan algunos curiosos alrededor de un improvisado cordón policial. Dos ambulancias cargan sendas camillas y arrancan apresuradamente rompiendo el silencio de la noche con su algarabía de sonidos y luces.

Al día siguiente, en el bar de al lado, un parroquiano lee en voz alta la noticia aparecida en el periódico. «La policía alertada por los vecinos accedió a la vivienda. Encontró en la cama el cuerpo sin vida de un varón M.P., y tendida en el suelo del comedor el cuerpo de una mujer. Según las mismas fuentes, el cuerpo de la mujer presentaba múltiples heridas, el del hombre había sido degollado».

Un silencio espeso e incómodo se apodera del bar. Las miradas de los presentes se refugian bajo la observación atenta del cortado o de la televisión. Nadie quiere ver la complicidad en los ojos de sus compañeros de barra o de mesa, nadie quiere sentirse culpable de consentir, de no denunciar, de celebrar con M.P. su undécima cerveza.

Buscando un destino

Estella. Fotografía de Miguel Angel García

Era un día soleado del mes de agosto de 1874, un emisario del general Mendiri pasó por el pueblo invitando a los aldeanos a sumarse al ejército de Carlos VII. Sebastián se encontraba en la pocilga limpiando el estiércol de los cerdos. Esa mañana, como de costumbre, se había levantado con un dolor de cabeza horrible, acentuado por los gritos que le propinaba su padre, hastiado de ver cómo echaba a perder su vida con el vino.

Desde niño ya mostraba una inquietud y un desasosiego extraño en un crío, era taciturno y pendenciero, perdía los nervios enseguida. Entre las bofetadas que recibía de los chicos mayores y los varazos que le daba su padre tenía el cuerpo lleno de moratones. Con el paso del tiempo fue domeñando los nervios con el vino hasta convertirse en un borracho.

Aquel día no aguantó más, estampó la horquilla contra el pilar de la cuadra, cogió un morral y salió con lo puesto a la plaza donde se encontraba el emisario. Sus padres tuvieron el tiempo justo para despedirse y ponerle un trozo de queso en la alforja. Al día siguiente, en Estella, se incorporaba a uno de los batallones de infantería.

Reinaba cierta euforia no exenta de preocupación, después de la batalla de Abárzuza los liberales se habían reagrupado y amenazaban Oteiza. No tuvo tiempo ni de probar las tabernas de Estella, tuvieron que partir rápidamente para afianzar las posiciones de la localidad que estaba en plena faena de atrincheramiento.

Escenario de las andanzas de Sebastián

El 11 de agosto, con un sol cegador, se desplegaron los dos ejércitos, el general Moriones con los liberales y Mendiri con los carlistas. Después de varias escaramuzas y mucho tiro de fusilería, los carlistas se retiraron a Estella. Fue un mazazo para Sebastián, era la primera batalla en la que participaba y tuvo que retirarse.

Aquel atardecer, después del recuento de bajas y revisar el material, se escapó del batallón y se fue de taberna en taberna hasta acabar borracho en el lecho de una cuneta. Al alba lo despertó una joven, presentaba magulladuras en el rostro y una herida en su brazo izquierdo. Sólo pudo escuchar su nombre, María, partió rápidamente al acuartelamiento antes de que notaran su ausencia.

Se quedó prendado, ya no pudo quitarse de la cabeza la imagen de María. Su carácter mudó, dejó de frecuentar las tabernas y emborracharse, empezó a buscarla ansioso en cada mujer que veía, en cada esquina que doblaba. Después de varios meses, desesperado, desistió de su búsqueda.

La llegada de un invierno especialmente frío trajo el derrocamiento de la república y la instauración de la monarquía con Alfonso XII. El 21 de febrero de 1875 los liberales lanzaron una gran ofensiva para acabar con el sitio de Pamplona y tomar Estella. El batallón de Sebastián, desplazado a las inmediaciones de Pamplona, tuvo que retirarse rápidamente hacia Estella ante el empuje de los liberales, en varias ocasiones su unidad estuvo a punto de caer. En la retirada se produjo uno de los episodios bélicos más celebrados del carlismo, la guarnición de Lácar fue tomada por sorpresa, paralizando la ofensiva liberal y cambiando otra vez el signo de la contienda.

Hubo muchas bajas, era la primera vez que Sebastián pasaba miedo, no tanto por el enfrentamiento en el pueblo de Lácar si no por esa presurosa retirada con un enemigo que le pisaba los talones. Fue ascendido a Sargento y felicitado por el propio General Mendiri. Regresó de nuevo con su batallón al acuartelamiento de Estella.

Mientras se recuperaba de las fatigas y se protegía de los rigores del invierno, de nuevo empezó a buscar a María. Aquel jueves pidió permiso para salir por la mañana, acudió al mercado de la plaza de Santiago y después de dar varias vueltas la localizó detrás de un mostrador de coles y puerros.

María apenas lo recordaba, su expresión había perdido el rastro de juventud que trajo cuando se alistó y su uniforme había borrado la imagen desaliñada y sucia de aquel primer encuentro. Descubrió la apostura y el atractivo del sargento. Después de un breve intercambio de palabras se citaron a las doce y media, a la una y media tenía que estar en el cuartel. Una sonrisa olvidada asomó en el rostro de Sebastian.

En una hora se contaron todo lo que cabía en sus vidas, confesaron sus anhelos, hablaron de sus padres y plantearon el futuro inmediato. Los tiempos que vivían eran muy peligrosos, en mentideros y tabernas ya se comentaba la pronta derrota del carlismo, había que decidir deprisa.

El 7 de marzo de 1875, el oficial del batallón le dio dos días de permiso para visitar a sus padres. Al poco de abandonar el acuartelamiento se juntaron en el almacén de una taberna próxima a la plaza de Santiago, se puso la ropa que había traído María y partieron hacia Pamplona. Escaparon por el norte, dirección a Abárzuza, era la zona menos vigilada.

Fueron cinco días de miedo y penosidades. Cuando llegaron a Pamplona fueron a visitar a un pariente de María. Los tuvo alojados en su casa hasta que encontró un trabajo de carbonero y pudieron alojarse en una pensión.

El 28 de febrero de 1876 Don Carlos pasaba la frontera de Francia por Valcarlos, un mes más tarde María comunicó a Sebastián que se había quedado embarazada. El 31 de diciembre los padres de Sebastián recibieron una carta sin remite en la que les comunicaba que se encontraba bien y que habían tenido un nieto, también les decía que se había casado con María, una chica de Mulugarren.

Celebraron con discreción la buena nueva en la intimidad, todo el pueblo sabía que Sebastián había desertado. Sintió un orgullo extraño por la suerte de su hijo, el destino tuvo que vapulearlo, casi matarlo, para encontrar lo que buscaba.

El orgasmo de Anais

Fotografía de Bru-nO

Sucedió en la época del confinamiento, la población se encerró en sus casas y permaneció en ellas decenas de días. Las alarmantes noticias que iban desgranando los telediarios se compartían con el aburrimiento de las rutinas cansinas que se vivían en los hogares. En el transcurso de muy pocos días la perplejidad dio paso al miedo, el virus se propagaba a una velocidad exponencial, los habitantes de la ciudades se blindaron en sus viviendas.

La primera semana se pasó rápidamente, la nueva organización doméstica y el teletrabajo contribuyeron a normalizar una situación excepcional. En la segunda semana cierto nerviosismo empezaba a despuntar entre los confinados, comprendieron que con las rutinas autoimpuestas no era suficiente, había que ir un poco más lejos, innovar con el propósito de llevar mejor el encierro. En este contexto se le ocurrió empezar de nuevo a tener relaciones sexuales. 

Aquel martes, mientras comían se lo planteó. — ¿Por qué no hacemos el amor? Hace ya demasiado tiempo que no lo hacemos. Se sorprendió, no era la primera vez que hablaban de ello, aunque ahora, en circunstancias tan excepcionales y disponiendo de tanto tiempo resultaba más fácil y apetecible la propuesta. Aceptó encantada, una sonrisa tímida asomó en sus expresiones. 

Coincidieron en que tenían que ir preparados, no querían sentir esta experiencia como un fracaso. Echaron mano del arsenal farmaceutico que tenían en casa, encontraron un lubricante de sabores y Cialis, no había nada más. Un amigo les pasó varias películas eróticas y se pusieron de nuevo a ojear los títulos de la ‘Sonrisa vertical’. Ambos desecharon las películas porno, pensaron que no eran apropiadas para la ocasión, se trataba de conseguir un estado de deseo sexual moderado, no querían un calentón.

En los días previos cuidaron más su aspecto, abandonaron la ropa de andar por casa y se vistieron con ropa cómoda de calle, tenían que estar atractivos y deseables. Se propusieron ser más amables y cariñosos, leer más,  ver menos televisión y llevar una dieta más ligera, el cerebro había que mantenerlo activo y las digestiones debían acaparar el mínimo de riego sanguíneo. La ingesta de alcohol también la cuidaron.

La decisión más extraña para ellos fue dormir en habitaciones separadas, necesitaban aislar sus cuerpos de la cotidianidad, redescubrir sus formas y olores, despertar la curiosidad. 

Después de cuatro días de preparativos siguiendo las pautas que se habían marcado y alimentándose de dosis moderadas de erotismo, decidieron que el día había llegado. Estimaron que las once de la mañana era una buena hora para el encuentro sexual.

Se levantaron más tarde de lo habitual, se encontraron en el baño y decidieron ducharse juntos. Fue una ducha lenta, de agua y jabón abundante, de manos que curioseaban en la geografía de sus cuerpos, de miradas que se ocultaban de la mirada del otro. Acabaron excitados, abandonaron la ducha y se secaron para salir del baño. 

Al entrar en el dormitorio encendieron varias velas, algunas de ellas aromatizadas, un ambiente cálido de semipenumbra los protegió de la novedad, un aroma excitante inundó el aire. Se metieron en la cama despacio y se cubrieron con una sábana. Se pusieron de lado, uno enfrente del otro pero sin romper la intimidad de sus miradas. Sus manos empezaron a acariciar lentamente con cierto desorden, una breve confusión de brazos los paralizó por un momento, siguieron buscando espacios de placer, una excitación delirante fue creciendo mientras sus labios se fundían en un beso hambriento.

En ese tiempo ganaron un espacio de libertad y desvergüenza que les permitió utilizar todos los recursos que conocían para darse placer. Jugaron con todo, dejaron de lado solo aquello que no les daba gusto, alcanzaron un grado de complicidad que habían olvidado. No saben cuánto tiempo transcurrió, un orgasmo insólito puso final a los juegos, un abrazo muy largo los mantuvo dormidos hasta las dos de la tarde.

Cuando se despertaron se cobijaron en sus cuerpos, seguían excitados, de nuevo buscaron placer en los rincones más recónditos, ya no quedaba rastro de vergüenza en ellos, otro orgasmo puso final a la siesta matinal

Se separaron con suavidad y se levantaron lentamente acompañados por restos de caricias. Una ducha rápida dio paso a la cocina, tenían hambre pero no les apetecía cocinar, una pizza al horno les acompañaría en el telediario. Se sentaron en la mesa delante del televisor, la pizza tres estaciones se convirtió en el centro de interés, cuando estaban finalizando su segundo trozo la imagen del Presidente del Gobierno se apoderó de la televisión: Me complace enormemente comunicarles que el confinamiento ha finalizado, el pueblo español ha derrotado al virus …

El viajante

Fotografía de tpsdave

Le gustaban los tractores, no sabía si quería ser tractorista o cura. Era un niño normal, sin grandes sueños pero con historias con las que jugar, con guiones teatralizados de películas de vaqueros y héroes de cómics de espada corta. A los nueve años fue arrojado del pueblo a un internado donde unas leyes ajenas a los juegos y a los cuentos iban a marcar su vida.

Cuando rememoraba ese pasado casi se enfadaba, le hubiera gustado seguir siendo niño pero no le dejaron, hubiera optado por no crecer, por ser un crío toda su vida, pero no pudo ser, tuvo que seguir creciendo a costa de su dicha.

Tal vez por eso, a pesar de los años cumplidos, encontraba en su carácter demasiados rasgos infantiles: una tendencia acusada a alejarse de la realidad, una intuición inexistente, una inclinación impertinente a hacer siempre lo que deseaba o la carencia de algunas destrezas sociales.

Después de finalizar los estudios se inició en varios trabajos, todos le duraron poco, no le gustaban los sitios cerrados, su lugar estaba en la calle, en los espacios abiertos. Acabó siendo comercial, haciendo un montón de kilómetros al año.

Los inicios fueron difíciles pero consiguió hacerse con la representación de una empresa que le dió la tranquilidad económica. Disfrutaba del coche y de los kilómetros, se sentía bien en ese cubículo de metal y cristal. Las relaciones que mantenía con los clientes eran cordiales, aprendió una sociabilidad de andar por casa que la compensaba con educación y amabilidad. Nunca llegó a ser un comercial simpático, más bien lo consideraban serio y a veces un poco estirado.

El tiempo fue quemando neumáticos y asfalto, también habitaciones de hotel. No le gustaba dormir fuera de casa, el cansancio y la noche lo envolvían en una tristeza y una soledad que lo dejaban desamparado, expuesto a un aislamiento desaprensivo.

Aquella noche no tenía que haber parado, aún podía haber hecho un esfuerzo por superar los 300 kilómetros que lo separaban de casa, pero estaba demasiado cansado y había tenido una discusión con su mujer, malditos móviles. Pasó por recepción, dejó la maleta en la habitación, siempre llevaba una muda y una camisa limpia, y se fue directamente a la cafetería del hotel. Había un extraño ambiente de expectación, demasiada gente para esa hora.

Cuando le traían el Gin tonic le preguntó al camarero qué se celebraba, por qué había tanta gente. El barman, poniendo tono de confidencialidad, le comentó que todos los jueves se congregaba un grupo de tahúres para jugarse los cuartos a los montones. Se quedó sorprendido, aún recordaba esas partidas de domingo en el bar del pueblo donde algunos parroquianos salían trasquilados.

Siguió con su copa mirando de hito en hito a las personas que entraban en la sala. Al cabo de media hora, cuando estaba a punto de abandonar la cafetería se oyeron unos gritos, un hombre abandonó violentamente la sala dando un sonoro portazo. Unos gestos nerviosos y un rostro crispado le acompañaron hasta la salida del hotel.

Aquella espantada lo incomodó, intuía qué había ocurrido, decidió abandonar la cafetería, pagó la cuenta y se dirigió a la habitación. Después de lavarse los dientes se sentó en la cama, un instante de calma le trajo de nuevo el desencuentro de hace un rato, optó por no llamarla y aguantar el desasosiego provocado por la resaca de una desavenencia vanal.

Se metió entre las sábana con la intención de leer un rato, estaba cansado pero necesitaba tranquilizarse para conciliar el sueño, el incidente de la cafetería lo había puesto nervioso. Puso empeño en la lectura, por un momento hasta se olvidó de dónde estaba, pero la cabeza seguía funcionando aceleradamente y perdió el hilo del libro. A veces no podía evitar pensar en qué se había convertido, una especie de autómata desengrasado que ya no disfrutaba del trabajo, solo sentía cansancio y tedio.

Lo mismo ocurría con sus amigos, antes se divertía tomando unas cañas, tenía la impresión de que esa ruta de cerveza y bares sacaba de ellos la parte más sociable y divertida, también la más entrañable y afectiva. Pero eso también cambió, la pereza se fue apoderando de sus escasas motivaciones y sustituyendo las salidas de fin de semana por series de televisión.

Dejó el libro, no se podía concentrar en la lectura, su mirada se perdió en el techo siguiendo el hilo de sus pensamientos. Se sentía responsable de su situación, era consciente de ese alejamiento, de esas tendencias que lo arrastraban hacia el aislamiento, cada vez hacía menos esfuerzos por satisfacer a sus amigos, por satisfacerla a ella.

Harto de no coger el sueño acabó por tomar un orfidal, no le gustaba el cariz que estaban tomando las divagaciones. Apagó la luz y se arrebujó con las sábanas. Un sueño profundo se apoderó de él sumergiendolo en un limbo de tranquilidad.

 

Una viuda desconsolada se ha quedado sin lágrimas, un dolor de piedra ha evaporado su alma, acompaña al féretro con pasos inseguros hacia el cementerio de un pueblo pequeño. El cortejo de sombras se desplaza lentamente arropando a la viuda, una figura sujeta su brazo para evitar una caída. Varias personas la cogen en volandas y la llevan a casa, la depositan suavemente en un lecho, demasiado llanto, demasiados orfidales.

Una noticia del Diario se propaga rápidamente entre los conocidos. Encuentran sin vida el cuerpo de A.J. en un hotel de la N-II a la altura de Fraga. Un aparatoso incendio se propagó rápidamente alcanzando la planta baja y primera, la rauda intervención de los bomberos evitó una tragedia mayor. El fuego se inició en la parte posterior, junto a las cocinas, las primeras investigaciones apuntan a que el trágico siniestro fue provocado. Según fuentes de la investigación, la policía busca un sujeto que pudo haber participado en una partida ilegal de cartas.