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Relatos cortos e historias escritas al amparo de un proyecto de casa rural en navarra

Cuarenta y cinco días

Fotografía de Engin_Akyurt

Se levantó más tarde de lo habitual, se sentía especialmente cansada, hacía tiempo que no dormía bien. Hizo la maleta y se duchó. Cuando cerró la puerta de la habitación se sobrecogió, dejaba atrás una estancia cargada de pesadumbre. Se despidió del recepcionista, un taxi la trasladó hasta la estación de autobuses. Iniciaba un viaje de retorno que la devolvería de nuevo a su casa.

Se sentó en una de las plazas marcadas, a su lado viajaba la maleta. Un autobús casi vacío con doce pasajeros arrancó lentamente para salir de Madrid. Apenas encontró obstáculos, los escasos transeúntes que paseaban por la calle parecían supervivientes de un gran plató  cinematográfico, los semáforos con su luz parpadeante generaban cierta inquietud, la desolación se colaba por las ventanillas.

El dieciséis de marzo, el Colegio de Enfermería de Alicante se puso en contacto con ella, necesitaban sanitarios en Madrid, no se lo pensó, estaba en el paro, se apuntó sin hacer preguntas. Le pidieron que enviara un certificado de finalización del Grado y una copia del DNI, se pondrían en contacto con ella.

A los dos días la llamaron, ya tenía plaza y alojamiento en Madrid, trabajaría en el Gregorio Marañón y se alojaría en uno de los hoteles que habían habilitado para sanitarios. Le enviaron un documento pdf justificando su desplazamiento a la capital, la esperaban al día siguiente.

Todo fue muy rápido, en el equipaje introdujo los dos uniformes y lo que pilló a mano, no pudo despedirse de padres y amigos. Fue una noche de pesadillas y miedos, durmió muy poco. En el autobús tuvo tiempo de relajarse y echar alguna cabezada, incluso pudo saborear un trocito de ilusión. Su ánimo fue decayendo acompañado del cansancio y de los temores, dejó de asomarse a las noticias del móvil.

Con los ojos somnolientos abandonó el autobús, un taxi la llevó al Gregorio Marañón. Tuvo que acceder por la entrada habilitada para los enfermos del covid. No supo reaccionar, un pasillo lleno de pacientes y camillas la desbordó, se quedó paralizada. Una auxiliar la rescató, la tranquilizó y le indicó cómo llegar a la administración del hospital.

Le entregaron una bata impermeable y una mascarilla, cuando le dieron la acreditación le advirtieron que cuidara este equipamiento, no quedaban. Una enfermera llegó para recogerla y trasladarla rápidamente a su planta, le pidió que se cambiara y que se incorporara al turno de trabajo, así podría indicarle sus funciones, enseñarle la planta y presentarle a los enfermos.

Cuando acabó el turno, la enfermera que le había acompañado a lo largo de la tarde la llevó al hotel donde debía alojarse. Llegó agotada, reventada, con el ánimo roto. Tenía toda la noche para dormir, al día siguiente entraría en el turno de noche.

Fueron días muy duros, no sabe cómo pudo aguantar sola, lejos de casa, con jornadas largas y turnos dobles, sin material de protección y un miedo horrible al contagio.

Uno de sus peores momentos fue el fallecimiento de un joven, estaba respondiendo muy bien al tratamiento, lo iban a trasladar a planta al día siguiente. Repentinamente la afección se agravó, después de intentar durante dos horas subsanar los problemas respiratorios entró en coma, en una hora expiró.

Se desmoronó, se refugió en una de las cabinas de los servicios de planta y lloró amarga y silenciosamente hasta que el hipo la delató. Una compañera la rescató, le dio un abrazo, una botella de agua y le pidió que acudiera a ayudar en una de las ucis.

La muerte se hizo tan presente que se acostumbró a preverla y planificarla, cada paciente que fallecía liberaba una UCI que era ocupada por un enfermo grave, llegó a la conclusión de que la alta mortalidad impidió el colapso en las unidades de cuidados intensivos.

Fue una sobredosis de esfuerzo y sufrimiento, de compañeros que enfermaban o se derrumbaban, de pacientes que morían o sobrevivían en un destierro de soledad. De vez en cuando una sonrisa se dibujaba en su rostro por los que sanaban, por los que aplaudían, por la solidaridad forzada, porque sus padres se encontraban bien.

El autobús se deslizaba suavemente consumiendo kilómetros por la A-3. Una paisaje ajeno a sus pensamientos le acompañaba por la ventanilla, seguía muy disgustada. Pocos días antes de anunciar el cierre del Hospital de Ifema, le llegó un mensaje de correo electrónico en el que le comunicaban que daban por finalizado su contrato. Se quedó atónita, no se lo prorrogarían como habían prometido. Ese día lo pasó muy mal, se sintió traicionada, volvió a llorar.

Alicante la recibió con sol y calles vacías. En la soledad de su apartamento llamó a sus padres para comunicarles que ya había llegado y que tenía que estar catorce días de cuarentena. Puso la lavadora y se metió en la ducha, al salir se quedó atrapada en el espejo, había perdido peso. Se autocompadeció, un velo de tristeza había apagado el brillo de sus ojos, su mirada había cambiado. Un pensamiento súbito la asaltó, nunca fue una heroína, fue carne de cañón.

Historias de la desescalada

A pesar de la conmoción que nos provocó la declaración del estado de alarma y el inicio del confinamiento, nos sentimos relativamente tranquilos, privilegiados de vivir lejos de la ciudad rodeados de parcelas que nos protegerían del contagio y del agobio de los pisos.

La primera semana fue bien: teletrabajo, actividades extra escolares, bicicleta estática, estiramientos y preparar un proyecto que me seducía. El sábado de la segunda semana un ruido molesto se instaló en la parcela de al lado, una hidrolimpiadora se había apoderado del silencio rompiendo la tranquilidad de nuestro entorno, mientras un amplificador protestaba contra la endiablada máquina elevando el volumen de la música.

Los atardeceres de sábados y domingos una discomovil recorría la urbanización con una sinfonía de notas rotas. Al júbilo electrónico se sumaba el coche de la policía local con el himno nacional. La contaminación acústica nos obligó a refugiarnos dentro de la casa.

Por fín llegó el día en que los niños pudieron salir, la hidrolimpiadora paró y las músicas que le acompañaban cesaron. Un silencio de normalidad se apoderó de la urbanización, por fin pudimos relajarnos y oír de nuevo el aleteo de las palomas.

Aún tuvieron que pasar seis jornadas más para salir de casa y pasear por el campo. Estaba ansioso, ilusionado. Era una día soleado de temperaturas altas impropias de mayo. Me calcé las zapatillas con un pantalón corto y una camiseta de marca, y me sujeté el flequillo con una cinta azul. Perfecto para disfrutar del primer paseo después del encierro.

Todos debimos pensar lo mismo. A las doce de la mañana con un solazo de 30 grados accedí al camino que rodea la urbanización. Contemplé con perplejidad la algarabía de niños que zigzagueaban con sus bicicletas, de perros que tiraban de sus dueños y ladraban desesperados por correr campo a través, de padres y madres que enloquecían intentando controlar a niños y mascotas.

Después de saludar fugazmente a los vecinos que me vieron decidí volver rápidamente a casa. Entre el sol y la frustración ya me había acalorado, abrí una cerveza y me senté en el porche dispuesto a relajarme, poco después me acompañaba Pili con un vermú.

Mientras rumiaba el malestar de la frustración, recibí un wasap de la comunidad, nos convocaban a las 9 de la noche en el club social para celebrar la primera salida del confinamiento. Había que llevar la bebida y los aperitivos, se rogaba encarecidamente que todo el mundo fuera provisto de mascarilla.

Antes de salir de casa ya me había tomado dos cervezas. En una cesta pusimos doce latas frías, dos bolsas grandes de patatas y dos dispensadores de hidroalcohol. Nos dirigimos al club social protegidos por mascarillas, un ambiente festivo y carnavalesco nos recibió con saludos efusivos, dejamos las bebidas en una mesa y nos juntamos en un pequeño grupo.

A las diez y media se retiraron los niños acompañados por uno de los progenitores. Se fueron protestando, habían estado correteando sin control por el parque y jugando, con la supervisión de una madre, al escondite y al pilla-pilla.

La ausencia de los niños supuso el inicio de un relajamiento que nunca debió manifestarse, las mascarillas empezaron a deslizarse hasta quedarse a la altura de la barbilla, la ingesta de la bebida se hizo más fácil y todos empezamos entendernos mejor, a muchos no se nos entendía con la mascarilla puesta.

Entre conversaciones y cervezas la noche fue transcurriendo apaciblemente interrumpida de vez en cuando por amistosas grabaciones de móviles. Las mascarillas se fueron cayendo sin remedio. Nos retiramos muy tarde y bastante beodos, fue imposible no dar besos y abrazos, todos lo necesitábamos.

Me levanté fatal, el domingo estuve todo el día tirado en el sofá acompañado del mando de la televisión. El lunes pude entrar en una normalidad que aún contenía trazas de resaca, el martes ya estaba totalmente recuperado.

A las doce de la mañana llamaron a la puerta, era la funcionaria de correos con un certificado, una notificación de sanción. Con una violencia inusitada me vinieron a la cabeza imágenes de vecinos salpicando la noche con destellos de móvil.

No quise firmar la recepción de la notificación, me despedí de la funcionaria pidiéndole disculpas. Rápidamente encendí el ordenador y busqué en Google el listado de sanciones por incumplir el confinamiento, era una cantidad muy elevada, ya no podría arreglarme la boca.

Respiré profundamente, me senté en el porche y observé con detenimiento la frondosidad del jardín. Una leve brisa borró la pesadumbre del momento camuflando el disgusto, todo iría bien. ¡Hasta la próxima estupidez!

La muga de Aramendía

penas_silueta

Es sábado por la tarde, después de haber recorrido la sierra de Lokiz por la mañana, decidimos dar un paseo hasta la muga de Aramendía. Es una senda por la que antes circulaban carros tirados por bueyes y ovejas, ahora transitamos los andarines y los jinetes con sus caballos.

Nos dirijimos a los Nogales, después de una breve subida ya podemos contemplar Ganuza inmerso en un valle salpicado de pequeños pueblos, y acotado por los montes de Monjardín y Montejurra, en el centro de la panorámica, una edificación moderna llama nuestra atención, el Museo de la Trufa.

Seguimos andando y damos con uno de los parajes más bellos del recorrido, un camino estrecho alfombrado de hojas, limitado por el verde intenso del boj, y protegido por un paraguas de robles jóvenes. Sentimos cierto recogimiento mientras continuamos con el paseo.

En una pequeña explanada la vista nos sorprende con el valle de Allín, rodeado por un cinturón de pequeños montes que dibujan una panorámica de suaves colinas. Desde este claro nos hemos sentido dueños de todo aquello que abarcaba la vista, nos hemos apropiado del paisaje.

Por fin tocamos la muga, una alambrada nos indica con cierta grosería que al otro lado está Aramendía. Apenas si paramos, rápidamente iniciamos el leve descenso que nos llevará de nuevo a Ganuza, donde nos espera una cerveza fría y la sensación de haber transitado por una  senda de fantasía.

Días de angustia y terror

violencia de generoOtro sábado, son las doce y aún no ha vuelto. Ya habrá bebido lo suficiente para estar muy borracho. Temo su llegada.

Un ruido de llaves hurgando torpemente en la cerradura, el rumor de una respiración agitada se cuela por el pasillo. Con paso inseguro atraviesa el umbral del salón para caer en el sofá.  No dice nada. Le pregunto si le caliento la sopa, asiente con desgana.

Una bandeja protege mi entrada en el comedor, le pido que se siente a la mesa. Se levanta airado. —Quién te has creído que eres para decirme lo que tengo que hacer. Un manotazo lanza la bandeja por los aires, la sopa se derrama salpicando su cara y el vino mancha su camisa. Una ira irracional se apodera de él.

Un empujón me arroja al suelo y una lluvia de patadas acompañada de insultos cae sobre mí. Una de las patadas me alcanza de lleno en el rostro y me deja semiinconsciente. Apenas si siento los golpes, apenas si oigo sus gritos.

Ha parado, estoy quieta, no quiero despertar su furia de borracho desalmado. Un mundo del pasado llega a mí con imágenes desdibujadas. Juntos de la mano paseando por una carretera estrecha, rodeados de verdes prados y acompañados por un sol apagado de atardecer. Un bar, unas botellas de sidra, amigos, risas y besos.

Casi siempre estaba fuera, vendía lámparas por media España. Recordaba el sabor a cerveza de sus besos y las constantes salidas a los bares, una rutina que acabó por sacar a la luz una inclinación desmesurada por la bebida. Con el tiempo dejó de ser él mismo, el sabor de su boca se agrió, el brillo de sus ojos se apagó.

Las dudas fueron ganando peso, le propuso romper la relación. —Si me dejas me mato. Un llanto incontrolado se apoderaba de él mientras volvía a recitar las disculpas y promesas tantas veces pronunciadas. Quedó atrapada en un compromiso de juventud, en un chantaje emocional del que no supo escapar.

 Vestidos blancos y trajes de Armani, narcisos amarillos y rosas rojas adornaron la nave central de la iglesia. Un sí quiero ajeno a su voluntad salió de sus labios, un presagio sombrío la estremeció.

La fiesta acabó muy tarde, él con una borrachera de espanto. La noche de bodas fue el inicio de una violencia que ya no cesaría. Dos bofetadas sonoras la sumieron en un llanto silencioso mientras él caía rendido en el lecho nupcial. Seguirían noches idénticas donde ocasionalmente la doblegaría con un sexo agresivo que la despojaría de la escasa dignidad que aún le quedaba.

Cuando estaba sobrio, una mirada apagada y ausente, una expresión sombría y avergonzada lo impregnaba todo. Cuando bebía, insultos, empujones y bofetadas se iban alternando en una ruleta que la ahogaba de angustia y la paralizaba de terror.

 

En el portal se agolpan algunos curiosos alrededor de un improvisado cordón policial. Dos ambulancias cargan sendas camillas y arrancan apresuradamente rompiendo el silencio de la noche con su algarabía de sonidos y luces.

Al día siguiente, en el bar de al lado, un parroquiano lee en voz alta la noticia aparecida en el periódico. «La policía alertada por los vecinos accedió a la vivienda. Encontró en la cama el cuerpo sin vida de un varón M.P., y tendida en el suelo del comedor el cuerpo de una mujer. Según las mismas fuentes, el cuerpo de la mujer presentaba múltiples heridas, el del hombre había sido degollado».

Un silencio espeso e incómodo se apodera del bar. Las miradas de los presentes se refugian bajo la observación atenta del cortado o de la televisión. Nadie quiere ver la complicidad en los ojos de sus compañeros de barra o de mesa, nadie quiere sentirse culpable de consentir, de no denunciar, de celebrar con M.P. su undécima cerveza.

Buscando un destino

Estella. Fotografía de Miguel Angel García

Era un día soleado del mes de agosto de 1874, un emisario del general Mendiri pasó por el pueblo invitando a los aldeanos a sumarse al ejército de Carlos VII.

Sebastián se encontraba en la pocilga limpiando el estiércol de los cerdos. Esa mañana, como de costumbre, se había levantado con un dolor de cabeza horrible acentuado por los gritos que le propinaba su padre hastiado de ver cómo echaba a perder su vida con el vino.

Desde niño ya mostraba una inquietud y un desasosiego extraño en un crío, era taciturno y pendenciero, perdía los nervios enseguida. Entre las bofetadas que recibía de los chicos mayores y los varazos que le daba su padre tenía el cuerpo lleno de moratones. Con el paso del tiempo fue domeñando los nervios con el vino hasta convertirse en un borracho.

Aquel día no aguantó más, estampó la horquilla contra el pilar de la cuadra, cogió un morral y salió con lo puesto a la plaza donde se encontraba el emisario. Sus padres tuvieron el tiempo justo para despedirse y ponerle un trozo de queso en la alforja. Al día siguiente, en Estella, se incorporaba a uno de los batallones de infantería.

Reinaba cierta euforia no exenta de preocupación, después de la batalla de Abárzuza, los liberales se habían reagrupado y amenazaban Oteiza. No tuvo tiempo ni de probar las tabernas de Estella, tuvieron que partir rápidamente para afianzar las posiciones de la localidad que estaba en plena faena de atrincheramiento.

Escenario de las andanzas de Sebastián

El 11 de agosto, con un sol cegador, se desplegaron los dos ejércitos, el general Moriones con los liberales y Mendiri con los carlistas. Después de varias escaramuzas y mucho tiro de fusilería, los carlistas se retiraron a Estella. Fue un mazazo para Sebastián, era la primera batalla en la que participaba y tuvo que retirarse.

Aquel atardecer, después del recuento de bajas y revisar el material, se escapó del batallón y se fue de taberna en taberna hasta acabar borracho en el lecho de una cuneta. Al alba lo despertó una joven, presentaba magulladuras en el rostro y una herida en su brazo izquierdo. Sólo pudo escuchar su nombre, María, partió rápidamente al acuartelamiento antes de que notaran su ausencia.

Se quedó prendado, ya no pudo quitarse de la cabeza la imagen de María, su carácter mudó, dejó de frecuentar las tabernas y emborracharse, la buscaba ansioso en cada mujer que veía, en cada esquina que doblaba. Después de varios meses, desesperado, desistió de su búsqueda.

La llegada de un invierno especialmente frío trajo el derrocamiento de la república y la instauración de la monarquía con Alfonso XII. El 21 de febrero de 1875 los liberales lanzaron una gran ofensiva para acabar con el sitio de Pamplona y tomar Estella. El batallón de Sebastián, desplazado a las inmediaciones de Pamplona, tuvo que retirarse rápidamente hacia Estella ante el empuje de los liberales, en varias ocasiones su unidad estuvo a punto de caer. En la retirada se produjo uno de los episodios bélicos más celebrados del carlismo, la guarnición de Lácar fue tomada por sorpresa, paralizando la ofensiva liberal y cambiando otra vez el signo de la contienda.

Hubo muchas bajas, era la primera vez que Sebastián pasaba miedo, no tanto por el enfrentamiento en el pueblo de Lácar si no por esa presurosa retirada con un enemigo que le pisaba los talones. Fue ascendido a Sargento y felicitado por el propio General Mendiri. Regresó de nuevo con su batallón al acuartelamiento de Estella.

Mientras se recuperaba de las fatigas y se protegía de los rigores del invierno, de nuevo empezó a buscar a María. Aquel jueves pidió permiso para salir por la mañana, acudió al mercado de la plaza de Santiago y después de dar varias vueltas la localizó detrás de un mostrador de coles y puerros.

María apenas lo recordaba, su expresión había perdido el rastro de juventud que trajo cuando se alistó y su uniforme había borrado la imagen desaliñada y sucia de aquel primer encuentro. Descubrió la apostura y el atractivo del sargento, una mirada más larga de lo habitual embelesó al soldado.

Sebastián apenas pudo soportar esa mirada, por un momento pensó que las piernas no le iban a aguantar. Se serenó. Después de un breve intercambio de palabras se citaron a las doce y media, a la una y media tenía que estar en el cuartel. Una sonrisa olvidada asomó en su rostro.

En una hora se contaron todo lo que cabía en sus vidas, confesaron sus anhelos, hablaron de sus padres y plantearon el futuro inmediato. Los tiempos que vivían eran muy peligrosos, en mentideros y tabernas ya se comentaba la pronta derrota del carlismo, había que decidir deprisa.

El 7 de marzo de 1875, el oficial del batallón le dio dos días de permiso para visitar a sus padres. Al poco de abandonar el acuartelamiento se juntaron en el almacén de una taberna próxima a la plaza de Santiago, se puso la ropa que había traído María y partieron hacia Pamplona. Optaron por salir por la parte norte, dirección a Abárzuza, era la zona menos vigilada.

Fueron cinco días de miedo y penosidades. Cuando llegaron a Pamplona fueron a visitar a un pariente de María. Los tuvo alojados en su casa hasta que encontró un trabajo de carbonero y pudieron alojarse en una pensión.

El 28 de febrero de 1876 Don Carlos pasaba la frontera de Francia por Valcarlos, un mes más tarde María comunicó a Sebastián que se había quedado embarazada. El 31 de diciembre los padres de Sebastián recibieron una carta sin remite en la que les comunicaba que se encontraba bien y que habían tenido un nieto, también les decía que se había casado con María, una chica de Mulugarren.

Celebraron con discreción la buena nueva en la intimidad, todo el pueblo sabía que Sebastián había desertado. Sintió un orgullo extraño por la suerte de su hijo, el destino tuvo que vapulearlo, casi matarlo, para encontrar lo que buscaba.

Historias del cofinamiento

Fotografía de Bru-nO

Sucedió en la época del confinamiento, la población se encerró en sus casas y permaneció en ellas decenas de días. Las alarmantes noticias que iban desgranando los telediarios se compartían con el aburrimiento de las rutinas cansinas que se vivían en los hogares. En el transcurso de muy pocos días la perplejidad dio paso al miedo, el virus se propagaba a una velocidad exponencial, los habitantes de la ciudades se blindaron en sus viviendas.

La primera semana se pasó rápidamente, la nueva organización doméstica y el teletrabajo contribuyeron a normalizar una situación excepcional. En la segunda semana cierto nerviosismo empezaba a despuntar entre los confinados, comprendieron que con las rutinas autoimpuestas no era suficiente, había que ir un poco más lejos, innovar con el propósito de llevar mejor el encierro. En este contexto se le ocurrió empezar de nuevo a tener relaciones sexuales. 

Aquel martes, mientras comían se lo planteó. — ¿Por qué no hacemos el amor? Hace ya demasiado tiempo que no lo hacemos. Se sorprendió, no era la primera vez que hablaban de ello, aunque ahora, en circunstancias tan excepcionales y disponiendo de tanto tiempo resultaba más fácil y apetecible la propuesta. Aceptó encantada, una sonrisa tímida asomó en sus expresiones. 

Coincidieron en que tenían que ir preparados, no querían sentir esta experiencia como un fracaso. Echaron mano del arsenal farmaceutico que tenían en casa, encontraron un lubricante de sabores y Cialis, no había nada más. Un amigo les pasó varias películas eróticas y se pusieron de nuevo a ojear los títulos de la ‘Sonrisa vertical’. Ambos desecharon las películas porno, pensaron que no eran apropiadas para la ocasión, se trataba de conseguir un estado de deseo sexual moderado, no querían un calentón.

En los días previos cuidaron más su aspecto, abandonaron la ropa de andar por casa y se vistieron con ropa cómoda de calle, tenían que estar atractivos y deseables. Se propusieron ser más amables y cariñosos, leer más,  ver menos televisión y llevar una dieta más ligera, el cerebro había que mantenerlo activo y las digestiones debían acaparar el mínimo de riego sanguíneo. La ingesta de alcohol también la cuidaron.

La decisión más extraña para ellos fue dormir en habitaciones separadas, necesitaban aislar sus cuerpos de la cotidianidad, redescubrir sus formas y olores, despertar la curiosidad. 

Después de cuatro días de preparativos siguiendo las pautas que se habían marcado y alimentándose de dosis moderadas de erotismo, decidieron que el día había llegado. Estimaron que las once de la mañana era una buena hora para el encuentro sexual.

Se levantaron más tarde de lo habitual, se encontraron en el baño y decidieron ducharse juntos. Fue una ducha lenta, de agua y jabón abundante, de manos que curioseaban en la geografía de sus cuerpos, de miradas que se ocultaban de la mirada del otro. Acabaron excitados, abandonaron la ducha y se secaron para salir del baño. 

Al entrar en el dormitorio encendieron varias velas, algunas de ellas aromatizadas, un ambiente cálido de semipenumbra los protegió de la novedad, un aroma excitante inundó el aire. Se metieron en la cama despacio y se cubrieron con una sábana. Se pusieron de lado, uno enfrente del otro pero sin romper la intimidad de sus miradas. Sus manos empezaron a acariciar lentamente con cierto desorden, una breve confusión de brazos los paralizó por un momento, siguieron buscando espacios de placer, una excitación delirante fue creciendo mientras sus labios se fundían en un beso hambriento.

En ese tiempo ganaron un espacio de libertad y desvergüenza que les permitió utilizar todos los recursos que conocían para darse placer. Jugaron con todo, dejaron de lado solo aquello que no les daba gusto, alcanzaron un grado de complicidad que habían olvidado. No saben cuánto tiempo transcurrió, un orgasmo insólito puso final a los juegos, un abrazo muy largo los mantuvo dormidos hasta las dos de la tarde.

Cuando se despertaron se cobijaron en sus cuerpos, seguían excitados, de nuevo buscaron placer en los rincones más recónditos, ya no quedaba rastro de vergüenza en ellos, otro orgasmo puso final a la siesta matinal

Se separaron con suavidad y se levantaron lentamente acompañados por restos de caricias. Una ducha rápida dio paso a la cocina, tenían hambre pero no les apetecía cocinar, una pizza al horno les acompañaría en el telediario. Se sentaron en la mesa delante del televisor, la pizza tres estaciones se convirtió en el centro de interés, cuando estaban finalizando su segundo trozo la imagen del Presidente del Gobierno se apoderó de la televisión: Me complace enormemente comunicarles que el confinamiento ha finalizado, el pueblo español ha derrotado al virus …

El viajante

Fotografía de tpsdave

Le gustaban los tractores, no sabía si quería ser tractorista o cura. Era un niño normal, sin grandes sueños pero con historias con las que jugar, con guiones teatralizados de películas de vaqueros y héroes de cómics de espada corta. A los nueve años fue arrojado del pueblo a un internado donde unas leyes ajenas a los juegos y a los cuentos iban a marcar su vida.

Cuando rememoraba ese pasado casi se enfadaba, le hubiera gustado seguir siendo niño pero no le dejaron, hubiera optado por no crecer, por ser un crío toda su vida, pero no pudo ser, tuvo que seguir creciendo a costa de su dicha.

Tal vez por eso, a pesar de los años cumplidos, encontraba en su carácter demasiados rasgos infantiles: una tendencia acusada a alejarse de la realidad, una intuición inexistente, una inclinación impertinente a hacer siempre lo que deseaba o la carencia de algunas destrezas sociales.

Después de finalizar los estudios se inició en varios trabajos, todos le duraron poco, no le gustaban los sitios cerrados, su lugar estaba en la calle, en los espacios abiertos. Acabó siendo comercial, haciendo un montón de kilómetros al año.

Los inicios fueron difíciles pero consiguió hacerse con la representación de una empresa que le dió la tranquilidad económica. Disfrutaba del coche y de los kilómetros, se sentía bien en ese cubículo de metal y cristal. Las relaciones que mantenía con los clientes eran cordiales, aprendió una sociabilidad de andar por casa que la compensaba con educación y amabilidad. Nunca llegó a ser un comercial simpático, más bien lo consideraban serio y a veces un poco estirado.

El tiempo fue quemando neumáticos y asfalto, también habitaciones de hotel. No le gustaba dormir fuera de casa, el cansancio y la noche lo envolvían en una tristeza y una soledad que lo dejaban desamparado, expuesto a un aislamiento desaprensivo.

Aquella noche no tenía que haber parado, aún podía haber hecho un esfuerzo por superar los 300 kilómetros que lo separaban de casa, pero estaba demasiado cansado y había tenido una discusión con su mujer, malditos móviles. Pasó por recepción, dejó la maleta en la habitación, siempre llevaba una muda y una camisa limpia, y se fue directamente a la cafetería del hotel. Había un extraño ambiente de expectación, demasiada gente para esa hora.

Cuando le traían el Gin tonic le preguntó al camarero qué se celebraba, por qué había tanta gente. El barman, poniendo tono de confidencialidad, le comentó que todos los jueves se congregaba un grupo de tahúres para jugarse los cuartos a los montones. Se quedó sorprendido, aún recordaba esas partidas de domingo en el bar del pueblo donde algunos parroquianos salían trasquilados.

Siguió con su copa mirando de hito en hito a las personas que entraban en la sala. Al cabo de media hora, cuando estaba a punto de abandonar la cafetería se oyeron unos gritos, un hombre abandonó violentamente la sala dando un sonoro portazo. Unos gestos nerviosos y un rostro crispado le acompañaron hasta la salida del hotel.

Aquella espantada lo incomodó, intuía qué había ocurrido, decidió abandonar la cafetería, pagó la cuenta y se dirigió a la habitación. Después de lavarse los dientes se sentó en la cama, un instante de calma le trajo de nuevo el desencuentro de hace un rato, optó por no llamarla y aguantar el desasosiego provocado por la resaca de una desavenencia vanal.

Se metió entre las sábana con la intención de leer un rato, estaba cansado pero necesitaba tranquilizarse para conciliar el sueño, el incidente de la cafetería lo había puesto nervioso. Puso empeño en la lectura, por un momento hasta se olvidó de dónde estaba, pero la cabeza seguía funcionando aceleradamente y perdió el hilo del libro. A veces no podía evitar pensar en qué se había convertido, una especie de autómata desengrasado que ya no disfrutaba del trabajo, solo sentía cansancio y tedio.

Lo mismo ocurría con sus amigos, antes se divertía tomando unas cañas, tenía la impresión de que esa ruta de cerveza y bares sacaba de ellos la parte más sociable y divertida, también la más entrañable y afectiva. Pero eso también cambió, la pereza se fue apoderando de sus escasas motivaciones y sustituyendo las salidas de fin de semana por series de televisión.

Dejó el libro, no se podía concentrar en la lectura, su mirada se perdió en el techo siguiendo el hilo de sus pensamientos. Se sentía responsable de su situación, era consciente de ese alejamiento, de esas tendencias que lo arrastraban hacia el aislamiento, cada vez hacía menos esfuerzos por satisfacer a sus amigos, por satisfacerla a ella.

Harto de no coger el sueño acabó por tomar un orfidal, no le gustaba el cariz que estaban tomando las divagaciones. Apagó la luz y se arrebujó con las sábanas. Un sueño profundo se apoderó de él sumergiendolo en un limbo de tranquilidad.

 

Una viuda desconsolada se ha quedado sin lágrimas, un dolor de piedra ha evaporado su alma, acompaña al féretro con pasos inseguros hacia el cementerio de un pueblo pequeño. El cortejo de sombras se desplaza lentamente arropando a la viuda, una figura sujeta su brazo para evitar una caída. Varias personas la cogen en volandas y la llevan a casa, la depositan suavemente en un lecho, demasiado llanto, demasiados orfidales.

Una noticia del Diario se propaga rápidamente entre los conocidos. Encuentran sin vida el cuerpo de A.J. en un hotel de la N-II a la altura de Fraga. Un aparatoso incendio se propagó rápidamente alcanzando la planta baja y primera, la rauda intervención de los bomberos evitó una tragedia mayor. El fuego se inició en la parte posterior, junto a las cocinas, las primeras investigaciones apuntan a que el trágico siniestro fue provocado. Según fuentes de la investigación, la policía busca un sujeto que pudo haber participado en una partida ilegal de cartas.

La encantadora de gatos

Fotografía de Brida_Starigth

La recuerdan correteando, persiguiendo torpemente a los gatos y al perro por el patio de su casa, con la rodillas sucias y los brazos cargados de arañazos. Vivía en una parcela de Valdefierro, una casita de un piso con un patio de 25 metros que una madre aficionada a la jardinería había tapizado con multitud de plantas y un ailanto indomable que pujaba por liberarse de la tierra y perderse en el cielo.

Poco a poco los arañazos fueron desapareciendo mientras aumentaba su destreza para tratar a los felinos, ya no los perseguía ni los acariciaba con torpeza, aprendió a tratarlos con delicadeza y a llamarlos por su nombre.

Pasó de una curiosidad exagerada a un aprecio visceral por el mundo animal. Cuando salía de casa, la calle se convertía en un calvario para su madre, siempre se empeñaba en llevarse a casa gatitos desamparados o palomas cojas, muchas veces acababa en un llanto desolado por la negativa de su madre a incorporar a la familia más animales abandonados a su suerte.

En la escuela un halo de marginación la rodeó, la niña de los gatos, hasta que una riña feroz con un niño la cambió de categoría, ya nadie podría despreciar a los gatos sin pagar un alto precio, pasó a ser temida. Enfrentarse a la realidad de otros niños la convirtió en una niña rara y taciturna.

El paso por el instituto fue extraño, a su aura de niña rara poco amigable añadió una indumentaria zafia que le ayudó a crear un espacio de marginación y aislarse aún más del contacto con sus compañeros. Para entonces ya había sufrido la pérdida de dos gatitos, ambos murieron en su regazo, uno de ellos ayudado por una sobredosis de anestesia que le puso el veterinario. El sufrimiento de estas experiencias le ayudaron a conocer mejor la realidad de los animales y a fortalecer el carácter.

A pesar de sus problemas con la experimentación animal hizo Veterinaria, era una forma de estar cerca de ellos y la mejor manera de protegerlos y ayudarlos. Las asignaturas curriculares las complementó con contenidos relacionados con estrategias y paliativos que ayudaran a los animales moribundos.

Trabajó en varias clínicas veterinarias y como voluntaria en refugios. Con la experiencia se convirtió en un experta en tratar animales desahuciados. Además del acervo químico, desarrolló un sexto sentido para comunicarse con ellos. Adquirió cierta notoriedad en el ámbito veterinario aunque solo le sirvió para que se mofaran de sus métodos.

Una tarde de primavera estando trabajando en el refugio, una señora de edad avanzada preguntó por ella. Se llamaba Juana, su marido se estaba muriendo, no quería fallecer en el hospital, lo habían trasladado a su casa pero no sabía cómo ayudarle. Después de muchas negativas y una insistencia tenaz accedió a ver al paciente.

Encontró a un moribundo con la expresión crispada, estaba sufriendo a pesar de la dosis de morfina que le habían recetado en el hospital. No sabía qué hacer, se sentó al borde de la cama, le cogió ambas manos y empezó a hablar con él. Se llamaba Sabino, como apenas le oía acabó susurrándole al oído: Me llamo Angélica, soy la encantadora de gatos, he venido para ayudarte, quiero que te tranquilices e intentes dormir, yo estaré contigo…

En apenas dos minutos Sabino se relajó, después de muchas horas de insomnio consiguió conciliar un sueño inquieto. Se despidió de Juana y le dejó su tarjeta. Ya en la calle se preguntó si la comunicación que tenía con los gatos también serviría con las personas. 

Aquella experiencia supuso un cambio radical, muchas personas, casi todas mujeres octogenarias, solicitaron su ayuda. Inició una actividad intensa, tuvo que acompañar a muchos pacientes en su agonía, incluso tuvo que abandonar la compañía de sus animales.

Era una actividad emocionalmente demoledora, extenuante, en la mayoría de los casos se enfrentaba a pacientes con dolores o con un miedo inquietante a la muerte. Solo podía utilizar palabras susurradas al oído, ese era su único arsenal terapéutico. Muchas veces echó en falta los sedantes y anestésicos que utilizaba con los animales, pero no podía usarlos con los ancianos, la hubieran crucificado, se había convertido en una personaje extraño que no generaba simpatía, solo la querían los viejos.

Poco a poco, paciente a paciente fue perdiendo fuerza, cada fallecimiento consumía un trocito de su vida, su corazón se fue debilitando mientras una tristeza profunda se apoderaba de ella.

Un día la encantadora de gatos cayó enferma y no volvió a salir de casa, varias octogenarias la cuidaron hasta el final. Cuentan que se rodeó de sus mascotas y pasó sus últimos días acariciándolas y susurrándoles cosas bonitas. El anochecer de aquel día escuchó el leve susurro de un minino que se asomó al oído, un silencio de paz llenó la noche. Al alba se dejó llevar acompañada por la mirada triste y penetrante de sus gatos. Tenía 35 años.

Cuando el amor se desvanece

Los primeros amores aparecieron en mi vida a una edad tardía, eran compañeras de aula, de trabajo que no tenían una intención clara excepto divertirse e independizarse de unas familias excesivamente controladoras.

A la postre resultaron relaciones muy frágiles, vientos de cambio llegaron para derribar prejuicios y erigir nuevos valores. Una tendencia alocada nos empujó a precipitarnos en pequeños abismos de exaltación. Las experiencias y fracasos de esta vorágine fueron dejando un poso de pesimismo que ya no me abandonaría.

En este caos surgió con fuerza el desamor, quedé postrado, paralizado, sin energía para vivir esa vida que me despistaba. Cuando superé el duelo me hice el propósito de no volver a sufrir, construí un blindaje que me liberó del mal de amores y mermó mis sentimientos hasta casi hacerlos desaparecer, pasé de ser una persona enamoradiza a convertirme en un geranio.

Dejé de anhelar el amor soñado, me instalé en una vida cómoda de diversión donde el alcohol y la noche seguían jugando un papel importante, llegué a pensar que tenía una vida demasiado fácil, llegué a desear complicaciones que enriquecieran mis días.

Una noche que regresaba a casa con muchas cañas tropecé y caí de bruces en la acera, me hice daño. Conseguí llegar a urgencias como pude, ningún taxi me paró, me curaron el rostro y me escayolaron el brazo, el cúbito se había roto.

Sufrí una conmoción emocional, no me perdoné el accidente ni la estupidez. Estuve un mes sin salir de casa enfadado y deprimido, me flagelé con todo el repertorio de insultos que conocía. Cuando adquirí cierta cordura decidí que debía cambiar mi vida, tenía que hacer algo.

Un día de camino al trabajo, no sé por qué, entré en la Iglesia de San Braulio, eran las ocho menos cinco, había muy pocos feligreses en espera de la misa de ocho. Para no llamar la atención me senté en un banco de las últimas filas, la iglesia olía a incienso, a pesar del frío el ambiente era cálido.

Cinco minutos fueron suficientes para sosegarme, para pensar más despacio. Cuando salí entregué diez euros al indigente que estaba en las escaleras de acceso a la iglesia. Creo que ya estaba preparado para tomar una pequeña decisión, iría al comedor social de la Casa de Misericordia tres días a la semana.

Esta experiencia me liberó de la superficialidad en la que había caído. Me enfrenté a una realidad dura de hombres y mujeres desamparadas que habían quedado expuestas a las inclemencias de una vida brutal. Trabajadores en paro, madres sin hogar, personas de escasa dignidad con una autoestima desgastada por la dureza de la calle. Fue mi primera cura de realidad.

Un miércoles muy especial una mujer distinta apareció en la fila del comedor, sobresalía del resto porque iba muy aseada, no tenía aspecto de haber sufrido las inclemencias de la calle. Tardé más de un mes en atreverme a dirigirle la palabra y cuatro meses en preguntarle si podía invitarle a tomar un café a la salida del comedor.

Fue el inicio de una amistad tramposa, la necesidad de verla a menudo se impuso, el geranio que llevaba dentro había desaparecido surgiendo con fuerza el enamoradizo que había mantenido en hibernación. A pesar de todo no manifesté mis sentimientos.

Tuvieron que pasar dos largos años para que ella encontrara trabajo, abandonara el comedor social y recuperara parte de su dignidad para que advirtiera que me sentía atraído. Aún tardamos dos años más en compartir piso. Fue un tiempo extremadamente lento, el anhelo de vivir con ella me empujaba a desear que el tiempo transcurriera más deprisa.

Fue un período de felicidad, ella consiguió un trabajo mejor, seguíamos acudiendo al comedor social tres días a la semana y nos divertíamos con cualquier cosa. Un ambiente de sosiego y amor despertó en ella la necesidad de tener hijos, mi gran aportación fue asumir ese deseo no compartido.

Después de un primer aborto el tocólogo anunció el peor diagnóstico, no podría tener hijos, una malfomación en el  útero haría imposible la implantación del óvulo. Su rostro se demudó, no pudo contener las lágrimas, un dolor profundo lastimó su corazón.

Ya no fue la misma, el sol dejó de brillar, una tristeza crónica se apoderó de nuestra vida. Los días fueron pasando lentamente dejando de lado ilusiones y futuro, nos convertimos en compañeros de un viaje a ninguna parte, en habitantes de un paisaje gris.

Apenas quedan en mi memoria vestigios de ese largo período, apenas logro recordar qué hacíamos, qué música escuchábamos, qué series tenían éxito. En mi memoria quedó un gran vacío, la evocación de una larga travesía por un desierto de sombras casi invisibles.

La senectud nos llegó reconciliados con la vida, la tristeza de antaño o lo que quedaba de ella se fundió con la melancolía de viejo, pagamos un alto precio por un hijo que no tuvimos pero aquello dejó de doler.

Un mes de abril, paseando por el parque del Ebro, rompimos un letargo de años, el contacto de sus manos desbarató el maleficio, volví a descubrir el brillo en su mirada, a desear su compañía. Hemos vuelto a caminar juntos por la vida sin otra ilusión que compartir los días que nos quedan.

Cuando la vida se apaga

cuando la vida se apaga

Fotografía de Tumisu

Fue su penúltima batalla perdida, su mujer murió de agotamiento, no logró superar una enfermedad de viejos, un compendio de males que fue acumulando en un diagnóstico de mala solución. Fue una ceremonia sencilla, unas palabras leídas por una amiga de toda la vida, un silencio y un ataúd volatilizado por las llamas de un infierno industrial.

Cuando volvió a casa saludó a la gata. Su mujer había dejado anotado en la puerta del frigorífico el número de teléfono del veterinario, las gotas que había que darle con la primera ingesta del día y la comida que debía ponerle de ese pienso especial para gatos domésticos con sobrepeso.

Se sentó en el sofá y tomó el mando de la televisión. Era medio día, fue un gesto extraño, ella solía seleccionar los programas. Las imágenes quedaron fuera de contexto, no sabía qué estaban poniendo, un leñador barbudo hablaba de la crudeza de un paisaje de frío. Se quedó quieto con la mirada fija, muy pronto el leñador se perdió en un río. Se durmió.

No le gustaba quedarse dormido, aunque era uno de sus mayores placeres temía despertarse en un mundo extraño. Le costó reconocer el espacio, no localizaba la luz mortecina de la ventana. El tiempo también le invitaba a la confusión, no sabía si era la hora de la comida o había pasado por una digestión pesada.

Le vino a la cabeza el día en que la ingresaron, no era la primera vez. Ese día estrenó camisón y unas zapatillas de andar por casa, fue el último esfuerzo por mantener una coquetería aplastada por los años y el cansancio de vivir. El se dio cuenta y la piropeó, seguramente también sería su último piropo. No dijo nada, su mirada se dejó llevar por un abatimiento de paredes blancas y olor a limpiador de suelos.

A pesar de la ceremonia se encontraba especialmente acartonado e indiferente. Con el paso de los años había pasado de una emocionabilidad quisquillosa a un vacío que no alimentaba sentimiento alguno, solo sentía molestias en espalda y cuello, había perdido todo interés por el género humano, ya no quedaba pena ni compasión para nadie, ni siquiera para él mismo.

Pese al interés de su mujer para que saliera más, con los años se había vuelto más huraño. Su enfermedad le obligó a llevar unas relaciones sociales no deseadas, ahora que ya no estaba ella, dejaría de hacer esfuerzos por mantener una sociabilidad de mínimos y se abandonaría a su misantropía de viejo.

Aquel atardecer el sol se puso antes de tiempo, notó con fuerza su ausencia, aunque su cerebro seguía gestionando con profusión imágenes y conversaciones recientes que le acompañaban y espantaban el fantasma de la soledad. Todavía la inmediatez organizaba su vida con la memoria más próxima, aunque sabía que esto no duraría, sus conexiones neuronales se agotarían y desdibujarían su vida reciente dejando solo imágenes de un pasado lejano.

Pese a que hizo esfuerzos para mantenerse en pie se acostó muy temprano, estaba cansado y aburrido de un sofá ya demasiado familiar. El contacto con las sábanas fue especialmente frío y poco confortable, tardó un buen rato en componer la calidez de un lecho acogedor.

El libro de mesilla de noche le acompañó unos minutos, se lo recomendó la encargada de la biblioteca municipal. Le gustaba perderse entre las páginas de un libro antes de apagar la luz, aunque cada vez le resultaba más penoso leer, sus ojos se enfurruñaban ante el esfuerzo de la lectura.

El último recuerdo del día fue para sus años mozos, para aquel autobús infernal que los llevó a Barcelona en su luna de miel. Un olor a cerrado y tabaco lo agredió con virulencia, un mareo de carreteras mal trazadas casi le hace vomitar. Fue un viaje interminable que acabó en una ciudad que no entendían.

Por fin se durmió, una somnolencia pesada acabó por enterrar los últimos vestigios del día.

Al día siguiente el servicio de asistencia no consiguió contactar con el anciano, una unidad de urgencia acudió a su domicilio. El cerrajero tuvo que forzar la puerta, encontraron la vivienda ordenada y las luces apagadas. Tras un breve tramo de pasillo accedieron al dormitorio, lo hallaron acostado en la cama, a su lado la gata velaba la quietud del viejo con la mirada perdida en la penumbra.