Archivo de la categoría: Relatos cortos

Relatos cortos e historias escritas al amparo de un proyecto de casa rural en navarra

El viejo

Era el anciano más longevo del pueblo, pasaba las horas de la mañana atrapando el calor de la solana en el banco de la plaza. Como una estatua encorvada acompañaba fielmente a la figura de bronce que adornaba la fuente.

Cuando se sentaba ya no se movía, la artrosis agarrotaba sus articulaciones e impedía cualquier movimiento, la única maniobra que se permitía era levantar levemente la cabeza para saludar o asentir con una mirada que ya nadie percibía. Su cabeza seguía funcionando pero su cuerpo ya no podía expresar lo que pensaba, todo le costaba demasiado esfuerzo.

Una señora, casi tan mayor como él pero con más correa, tutelaba al viejo. Le ayudaba a levantarse y vestirse, le ponía el desayuno en la mesa y después lo acompañaba hasta la calle, si el día no era bueno se quedaba delante del televisor, junto a la ventana.

Cuando llegaba la hora de comer no hacía falta que le ayudaran, había aprendido a levantarse del banco, se dirigía con paso calmo e inseguro hasta la casa y, aunque protestara, se dejaba apoyar en el brazo de la anciana para subir la escalera.

Comía muy poco, había perdido el gusto por la comida cuando se quedó sin dientes. Todo lo que tomaba estaba triturado, la comida se había convertido en otro complemento alimenticio similar al sobre que tenía que tomarse todos los días, por las noches se apañaba con una tortilla y un poco de pan.

Cuando se acostaba le gustaba quedarse un rato con la luz encendida, observaba distraídamente la lámpara de brazos y se abandonaba a los reflejos brillantes de las cuentas de cristal. Era ella la que, después de darle las buenas noches, apagaba la luz y se perdía en el pasillo dejando la puerta abierta, se había acostumbrado a su figura silenciosa, a su compañía de gata vieja.

No todas las jornadas eran iguales, en alguna ocasión, cuando el día era especialmente bueno, abandonaba el banco y se dirigía por la calle del Palacio a las huertas, le gustaba contemplar el alineamiento rectilíneo de las verduras y el esmero de los hortelanos en la faena. Eran muchas las horas que había dedicado a escardar la hierba. Un día tuvieron que llevarlo a casa, se quedó plegado, ya nunca pudo enderezarse.

A veces acudía al banco Adi, un perro pastor tan longevo y sordo como él pero más cariñoso y menos esquivo, le daba un trozo de pan untado en aceite que le preparaba la anciana en un trozo de papel de aluminio, cuando olvidaba el mendrugo, el perro protestaba con leves gruñidos de desaprobación, él lo compensaba con una caricia torpe en el lomo y unos susurros que nadie entendía.

Un día la anciana no acudió a levantar la persiana, con un esfuerzo descomunal consiguió levantarse y presentarse en su dormitorio. No se movía, no tuvo que barruntar nada, con dificultad se asomó a la ventana y al primer vecino que apareció por la calle le echó un grito, “la María ha muerto”.

El vecino buscó rápidamente a la Amparo, la encargada de gestionar las crisis graves que acontecían en el pueblo. Llamó a los servicios sociales de cabecera de comarca y le pidió a la Rosario que acudiera a casa del viejo para darle el desayuno, ella tenía que despachar los asuntos concernientes al entierro de la difunta.

Aquella misma tarde un coche de los servicios sociales trasladó al viejo a una residencia. Nadie lo vio, excepto la Rosario que lo despidió con un «Cuídese usted mucho». Al día siguiente enterraron a la anciana, fue una ceremonia breve pero concurrida a pesar de no tener familiares.

La vida siguió su curso, el banco de la plaza quedó desierto, el sol de la mañana ya no calentaba a nadie. Un día de primavera, un anciano renqueaba con paso inseguro en pos del banco, consiguió sentarse y atrapar el calor del sol. El agua de la fuente se agitó con minúsculas ondas, la figura de bronce lo observó con tristeza y se compadeció del viejo.

Montejurra

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Montejurra desde el valle de Metauten

Aquel domingo de mayo salimos temprano de Zaragoza en un vehículo de alquiler, nuestro casero tenía que hacer un recado urgente en Estella y no quería viajar solo. Llegamos a la ciudad del Ega alrededor de las once, al salir del coche, antes siquiera de estirarnos y suspirar por la pesadez del viaje, notamos un ambiente enrarecido, como los viejos, barruntamos que algo grave había ocurrido.

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Sola

sola

Fotografía de JerzyGorecki

Esta mañana me ha despertado una algarabía de luces y sonidos, no he podido evitar asomarme a la ventana, una ambulancia se ha detenido en el portal de enfrente. No sé si es una curiosidad fruto del aburrimiento o del morbo que me provoca esta situación de abatimiento generalizado, es probable que las malas noticias me ayuden a justificar este encierro voluntario.

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La playa infinita

©Generalitat de Catalunya. Agència Catalana de Turisme

Unas vacaciones tardías de octubre me llevaron a una de esas playas enormes que hay en el Delta del Ebro, estaba desierta, no quedaba ningún turista. Por una vez tenía ganas de perderme en ese infinito de mar y arena, caminar sobre el agua y sobre todo estar solo, totalmente solo.

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El maestro

Fotografía de Taken

Se levantó temprano, el sol brillaba con fuerza y amenazaba con un día caluroso. Se había instalado en un pequeño hotel de Eriste buscando tranquilidad, el curso estaba al caer y prometía estar lleno de dificultades.

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El pastor de Lokiz

Vista desde la Sala de los pastores

Con nueve años tuvo que dejar el pueblo para estudiar en un colegio de la capital. No quería, a sus padres les costó un enorme disgusto y mucha pena dejarlo en aquel edificio lleno de niños. Un llanto desolado lo acompañó durante tres días, sus gimoteos pusieron a prueba la paciencia y la bondad del padre Xabier, estuvo a punto de llamar a sus padres para que se lo llevaran al pueblo.

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Con la mirada perdida

El teléfono sonó impertinente, era el abogado, no quise cogerlo, no me apetecía hablar de ese asunto. Llevábamos demasiado tiempo discutiendo sobre lo mismo sin ponernos de acuerdo, prefería dejar que la discordia reposara, pensaba que con un estado de ánimo renovado podríamos cambiar la perspectiva para que fuera aceptable para los dos.

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Cuarenta y cinco días

Fotografía de Engin_Akyurt

Se levantó más tarde de lo habitual, se sentía especialmente cansada, hacía tiempo que no dormía bien. Hizo la maleta y se duchó. Cuando cerró la puerta de la habitación se sobrecogió, dejaba atrás una estancia cargada de pesadumbre. Se despidió del recepcionista, un taxi la trasladó hasta la estación de autobuses. Iniciaba un viaje de retorno que la devolvería de nuevo a su casa. Sigue leyendo