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Relatos cortos e historias escritas al amparo de un proyecto de casa rural en navarra

Cuando la vida se apaga

cuando la vida se apaga

Fotografía de Tumisu

Fue su penúltima batalla perdida, su mujer murió de agotamiento, no logró superar una enfermedad de viejos, un compendio de males que fue acumulando en un diagnóstico de mala solución. Fue una ceremonia sencilla, unas palabras leídas por una amiga de toda la vida, un silencio y un ataúd volatilizado por las llamas de un infierno industrial.

Cuando volvió a casa saludó a la gata. Su mujer había dejado anotado en la puerta del frigorífico el número de teléfono del veterinario, las gotas que había que darle con la primera ingesta del día y la comida que debía ponerle de ese pienso especial para gatos domésticos con sobrepeso.

Se sentó en el sofá y tomó el mando de la televisión. Era medio día, fue un gesto extraño, ella solía seleccionar los programas. Las imágenes quedaron fuera de contexto, no sabía qué estaban poniendo, un leñador barbudo hablaba de la crudeza de un paisaje de frío. Se quedó quieto, con la mirada fija, muy pronto el leñador se perdió en un río. Se durmió.

No le gustaba quedarse dormido, aunque era uno de sus mayores placeres temía despertarse en un mundo extraño. Le costó reconocer el espacio, no localizaba la luz mortecina de la ventana. El tiempo también le invitaba a la confusión, no sabía si era la hora de la comida o había pasado por una digestión pesada.

Le vino a la cabeza el día en que la ingresaron, no era la primera vez. Ese día estrenó camisón y unas zapatillas de andar por casa, fue el último esfuerzo por mantener una coquetería aplastada por los años y el cansancio de vivir. El se dio cuenta y la piropeó, seguramente también sería su último piropo. No dijo nada, su mirada se dejó llevar por un abatimiento de paredes blancas y olor a limpiador de suelos.

A pesar de la ceremonia se encontraba especialmente acartonado e indiferente. Con el paso de los años había pasado de una emocionabilidad quisquillosa a un vacío que no alimentaba sentimiento alguno, solo sentía molestias en espalda y cuello, había perdido todo interés por el género humano, ya no quedaba pena ni compasión para nadie, ni siquiera para él mismo.

Pese al interés de su mujer para que saliera más, con los años se había vuelto más huraño. Su enfermedad le obligó a llevar unas relaciones sociales no deseadas, ahora que ya no estaba ella, dejaría de hacer esfuerzos por mantener una sociabilidad de mínimos y se abandonaría a su misantropía de viejo.

Aquel atardecer el sol se puso antes de tiempo, notó con fuerza su ausencia, aunque su cerebro seguía gestionando con profusión imágenes y conversaciones recientes que le acompañaban y espantaban el fantasma de la soledad. Todavía la inmediatez organizaba su vida con la memoria más próxima, aunque sabía que esto no duraría, sus conexiones neuronales se agotarían y desdibujarían su vida reciente dejando solo imágenes de un pasado lejano.

Pese a que hizo esfuerzos para mantenerse en pie, se acostó muy temprano, estaba cansado y aburrido de un sofá ya demasiado familiar. El contacto con las sábanas fue especialmente frío y poco confortable, tardó un buen rato en componer la calidez de un lecho acogedor.

El libro de mesilla de noche le acompañó unos minutos, se lo recomendó la encargada de la biblioteca municipal. Le gustaba perderse entre las páginas de un libro antes de apagar la luz, aunque cada vez le resultaba más penoso leer, sus ojos se enfurruñaban ante el esfuerzo de la lectura.

El último recuerdo del día fue para sus años mozos, para aquel autobús infernal que los llevó a Barcelona en su luna de miel. Un olor a cerrado y tabaco lo agredió con virulencia, un mareo de carreteras mal trazadas casi le hace vomitar. Fue un viaje interminable que acabó en una ciudad que no entendían.

Por fin se durmió, una somnolencia pesada acabó por enterrar los últimos vestigios del día.

Al día siguiente el servicio de asistencia no consiguió contactar con el anciano, una unidad de urgencia acudió a su domicilio. El cerrajero tuvo que forzar la puerta, encontraron la vivienda ordenada y las luces apagadas. Tras un breve tramo de pasillo accedieron al dormitorio, lo hallaron acostado en la cama, a su lado la gata velaba la quietud del viejo con la mirada perdida en la penumbra.

El carpintero

el carpinteroHoy me he acordado del carpintero que tenía el taller al lado de mi trabajo. Nunca nos habíamos saludado pero no puedo decir que no lo conociera. Tenía una expresión afable que acompañaba con una tripa de carácter y un puro casi humeante, se acercaba a los cincuenta y manifestaba la serenidad de un hombre maduro que ha llevado su vida con dignidad. Cuando paseaba, la estrecha acera se contagiaba de una calma inusitada, la calle se transformaba, pasaba del bullicio de bares y vehículos de descarga, a una tranquilidad de ruidos modulados y movimientos suaves.

Muchas veces me he parado disimuladamente delante de su carpintería para fisgar el interior y ver el equipamiento que tenía, apenas veía las herramientas excepto una sierra de cinta que sobresalía de un desorden de tableros y listones. Lo que más me gustaba era verlo trabajar delante de su mesa manipulando pequeños muebles, aunque nunca vi con detalle qué estaba haciendo, pero me lo imaginaba atornillando una bisagra o cepillando una tabla.

Otras veces lo veía apoyado en el quicio de la puerta alcahueteando distraidamente el movimiento de la calle, inclinado a su lado izquierdo, los bolsillos en las manos y el puro desafiante. Esta imagen me parecía menos afable, como si fuera un poco más chulo, como si la carpintería le aportara un aplomo que sólo tienen los carpinteros de verdad. De nuevo, cuando abandonaba el quicio de la puerta y transitaba por la acera, su imagen cambiaba y volvía a ser la persona serena y calmada que infundía sosiego.

A veces la puerta estaba cerrada con un cartel que comunicaba a todos los transeuntes el teléfono con el que podían contactar. Siempre imaginaba que estaba con una clienta, en el dormitorio de una vivienda cercana a la carpintería, montando un armario empotrado de grandes dimensiones.

En algunas ocasiones lo veía acompañado pegando la hebra con algún amigo o cliente, nunca lo había visto acompañado de una mujer. Hablaba distraidamente, con la mirada fuera del alcance de su interlocutor, como si sus palabras no fueran con él.

Un día advertí que la persiana de la carpintería llevaba cerrada varios días y no había ningún cartel. Al principio llegué a preocuparme seriamente por la suerte del carpintero, con el paso del tiempo me olvidé hasta que un martes, seis meses después, lo vi intentando abrir con dificultad la persiana del taller. Me sorprendí, había adelgazado, el pelo se le había llenado de canas y se movía despacio y un poco encogido, parecía enfermo. Desapareció dentro del local y ya no lo volví a ver en mucho tiempo.

Un día me pudo la curiosidad, entré en el bar que estaba junto a la carpintería y le pregunté al camarero qué sabía del carpintero. Llamó a un tal Huang, me preguntó qué quería de él, le conté brevemente cómo lo había conocido. Amablemente me pidió que nos sentáramos en una mesa.

Juan, así se llamaba el carpintero, llevaba en esta calle más 20 años hasta que un día cayó enfermo y tuvo que dejar de trabajar. Perdió sus ingresos y la maquinaria la embargaron para hacer frente a las deudas, pudo conservar el local y un baúl metálico con herramientas de mano. Se quedó en una situación precaria, con muy pocos ingresos y una larga recuperación por delante.

Antes de que enfermara, vivíamos y trabajábamos en una calle próspera donde los pequeños negocios salían adelante, los vecinos estaban contentos y los clientes no dejaban de acudir a sus comercios. Cuando Juan enfermó, la calle cambió, se volvió más ruidosa, las zonas de carga y descarga ya no eran respetadas, los transeuntes empezaron a andar más deprisa y la gente empezó a entrar menos en los comercios. Tanto la amabilidad de los vecinos como de los clientes y comerciantes se resintió.

Nos dimos cuenta de que Juan, sin pretenderlo, se había convertido en el catalizador que había facilitado la prosperidad de nuestra comunidad contagiando la calma y la afabilidad que le caracterizaban. Los vecinos y comerciantes estaban coordinando esfuerzos para posibilitar la pronta vuelta a su trabajo.

Me despedí de Huang prometiendole que acudiría con asiduidad a tomar el café en su bar.

Juan tardó un año en recuperar la salud y gracias a la aportación de vecinos y comerciantes pudo abrir de nuevo el taller y buscar la vieja clientela de antaño. No fue difícil, además de su maestría como carpintero, contaba con una opinión magnífica. El taller empezó a funcionar bien y a trabajar como siempre lo había hecho.

Todos esperábamos que la calle se transformara, pero no fue así, el hechizo no funcionó. Los comercios fueron cerrando poco a poco, solo quedó un bar, la farmacia y la carpintería. Tal vez la calle o sus gentes habían cambiado en exceso, o tal vez la enfermedad de Juan había mermado su afabilidad, algunos pensaron que la magia del carpintero no fue suficiente para contrarrestar el encantamiento del centro comercial.

Huyendo del sol

No se lo pensaron dos veces, no volverían a sufrir ese calor infernal del verano pasado en Zaragoza. Estas vacaciones iban a ser distintas, tres meses, de junio a septiembre. Habían alquilado una casa en medio de un prado, muy cerca del mar, junto a una estrecha carretera sinuosa que los llevaría a todas partes.

Regresaron de nuevo a Asturias, a ese trozo de tierra enmarcado por montañas de postal y el horizonte infinito del mar. Cuando llegaron volvieron a recordar el olor a tierra húmeda y el ambiente de una luz suave tamizada por un cielo azul manchado de blanco. Se apropiaron del paisaje y de sus habitantes, de sus casas y carreteras. Ya habían llegado, ya estaban de nuevo en casa.

Siguieron disfrutando de los merenderos, esos bares de cocina rápida y sidra escanciada en los que se reunían los parroquianos después de finalizar la jornada. Conocieron a varios ellos, la mayoría ganaderos dedicados a la cría de vacas y algún albañil, también jubilados demasiado jóvenes que arrastraban la tristeza de un paro forzoso.

Los paseos se convirtieron en una rutina diaria, el último lo hicieron por la carretera que lleva a la playa acompañados por una pareja de Madrid. No era la primera vez que tomaban esa senda protegida por la umbría del bosque próximo a la casa. Cuando acompañaban a alguien o querían sentirse privilegiados siempre elegían ese paseo.

De vez en cuando el asfalto les regalaba la visión de algún rincón escondido. Después de una curva cerrada, la estrecha carretera los sorprendió con una casa de indianos que los embrujó y llenó de fantasías, una placa ubicada a la derecha de la puerta principal rezaba Construida en 1925 por D. Cecilio del Campo Balmori. Estuvieron un rato paseando por su jardín especulando y dando rienda suelta a la imaginación.

El sábado 11 de julio dieron comienzo las fiestas patronales en honor de Santa María Magdalena. Fueron dos días intensos donde no faltaron los bailes regionales y la verbena del sábado, el domingo después de la Danza Prima se dio por concluida la fiesta con una espicha y comida casera.

El lunes al medio día estaban tomando una sidra en la Antigua Central cuando se inició de manera repentina una tormenta, la sombrilla que estaba en la mesa desapareció y vieron como la carpa que hacía de merendero salía volando por los aires. Tuvieron que refugiarse en el interior para no acabar golpeados por los objetos que volaban caprichosamente en todas la direcciones. El propietario cerró la persiana de la puerta ante la furia desatada. En la televisión se veían unas olas enormes que rompían en un espigón de espuma, una voz en off acompañaba las imágenes: Un temporal de lluvia con vientos huracanados y olas de 14 metros estaba barriendo el litoral cantábrico.

La pantalla se apagó, la corriente eléctrica dejó de fluir, un silencio de miedo se hizo en el bar. El propietario salió de su silencio para tranquilizar a la parroquia y encender una linterna que alumbró sombras de temor. No supieron cuánto tiempo estuvieron encerrados soportando el rugir de un viento enfurecido, cuando amainó levantaron la persiana y se asomaron a un panorama de desolación: el mobiliario de la terraza había sido sustituido por un montón de ramas y objetos de una obra cercana, la carretera había desaparecido cubierta por el fango y restos de vegetación, un árbol de grandes dimensiones descansaba junto a la cuneta apoyado en el tejado de una casa cercana.

Aún pasaron varias horas antes de abandonar el bar, no solo no funcionaba la luz, los repetidores habían sucumbido a la tormenta destrozando la red de comunicaciones, estaban aislados. Se pusieron de camino en busca de su casa sin saber qué iban a encontrar, costaba andar por el fango sorteando los dispares restos que habían cubierto la carretera.

Después de más de una hora llegaron a casa, no se extrañaron del espectáculo que vieron, ya se habían familiarizado. Como pudieron, retiraron los restos de la entrada y accedieron al interior, el suelo estaba mojado, pero el agua apenas había entrado. Se cambiaron de ropa, estaban ateridos, empapados y sucios de barro, se sirvieron una copa de vino y se acurrucaron entre mantas y miradas de estupor. Un silencio de destrucción los acompañó durante la noche mientras un futuro de malos presagios se cernía sobre ellos. Nadie estaba a salvo de las embestidas de una naturaleza enfadada y vengativa, ya no quedaban refugios seguros.

Al cabo de varios días pudieron regresar a Zaragoza desde Llanes. La ventanilla del autobús registró la secuencia de la magnitud del desastre. Cuando llegaron a la estación de Delicias una bofetada de calor les recordó que este año también se batirían records de temperatura.

El fin del mundo

fin del mundo

Este hermoso y romántico rincón de Ganuza se lo debemos a Esparza.

No fue ninguna sorpresa, era algo ya esperado, no sabíamos exactamente cuándo iba a pasar pero ya se barruntaba que tendría que ser antes de 2022. Ese día nos reunió la alcaldesa en el concejo para comunicarnos que el fin del mundo de Ganuza tenía fecha, el 31 de mayo de 2021. Nos comentó que dicha fecha podría postergarse unos meses si todos los vecinos nos poníamos de acuerdo, pero solo hasta el 23 de diciembre de ese año. 

Después de un breve debate todos estuvieron de acuerdo en aceptar la fecha que nos había comunicado. Nos felicitó por un consenso tan rápido y nos convocó a una reunión para dentro de una semana, con el encargo expreso de que planteáramos qué íbamos a hacer en ese período de tiempo. Dio por cerrada la sesión.

A lo largo de la semana el pueblo estuvo más activo y parlanchín de lo normal, la llegada del panadero se convirtió en la excusa para realizar pequeñas asambleas y debatir propuestas. Algunas eran viejas reivindicaciones de siempre, como mantener las cunetas libres de hierbas para que no se deterioran los caminos. Mi tía manifestó que la cuesta de Andueza se había vuelto muy empinada y tenía dificultades para acceder a su casa. Varios cuidadores señalaron que deberíamos estar más pendientes de nuestros ancianos y visitarlos con más asiduidad. El de la casa rural añadió que sería conveniente balizar las rutas a la sierra.

Llegó el día de la reunión anunciada, la presidenta invitó a cada uno de los vecinos a que expresaran aquello que querían hacer hasta la fecha señalada. Las intervenciones fueron muy breves y explícitas, todos querían hacer lo que habían hecho hasta ahora, nadie quería cambiar su día a día, cada uno a lo suyo.

Una vez manifestado el deseo general del pueblo, la alcaldesa solicitó la intervención de los vecinos para resolver algunos de los problemas que le habían planteado a lo largo de la semana. Con buen criterio se resolvió hormigonar el camino que va de Ganuza a Arteaga que estaba muy deteriorado, se aprobó hacer un pasamanos en la cuesta de Andueza para que los mayores pudieran acceder sin dificultad, se solicitó que todos visitasen a aquellos mayores que se sentían demasiado cansados para salir de casa y se pidió, esto fue cosecha de la propia alcaldesa, que todos sin excepción sonrieran cada vez que se cruzaran con uno de sus convecinos.

Uno de los participantes manifestó que le daba pena que todo se acabara, no se quería perder el crecimiento de su hijo. ¡Los niños! Nadie se había acordado de los niños. Después de varios turnos de palabra, se decidió que los vecinos con menos de 46 años que lo desearan, podrían abandonar el pueblo una semana antes de la fecha señalada.

Cuando ya estaba finalizando la sesión, un residente expuso que unos huéspedes de la casa rural habían manifestado su deseo de participar en los eventos y la despedida del pueblo, querían compartir el fin del mundo con los vecinos. No sabíamos cómo responder a una petición tan extraña, la alcaldesa con el buen criterio de algunos vecinos sentenció. — Si los nuestros tienen la posibilidad de escapar con sus hijos al destino que tiene preparado el pueblo, no podemos rechazar a los que desean estar a nuestro lado en momentos tan especiales.

La vida del vecindario apenas se vio afectada, aunque sí se notó más actividad en el pueblo. De vez en cuando se veía a alguien barrer la calle con más esmero de lo normal o pasear a los niños mostrándoles los distintos rincones del pueblo. Llamaba la atención la actividad desarrollada en el frontón, los pelotaris del pueblo empezaron a entrenarse para formar un equipo, querían montar un torneo con el fin de celebrar el fin del mundo de Ganuza.

En uno de esos partidos de pelota, uno de los espectadores manifestó el deseo de darse un festín. En un instante pelotaris y espectadores se pusieron de acuerdo y pidieron a la alcaldesa que añadiera a la agenda una comida. 

Los más ilusionados eran los más ancianos, aquellos que ya no salían de casa. Habían notado ese aire laborioso que precede a lo festivo, se sentían como niños que iban a participar juntos en un viaje maravilloso. Nunca se sintieron tan acompañados y alegres.

Siguieron días de calma acompañados de un contento comedido. Dos semanas antes del 31 de mayo, la alcaldesa convocó una reunión urgente, todos pensaron que se trataría de los últimos detalles para la celebración de los eventos. En la entrada del concejo se notaba cierto nerviosismo. La alcaldesa pidió calma. — Siento comunicaros que el fin del mundo se suspende indefinidamente. Esto es lo que nos han comunicado, no sabemos nada más

El estupor se dibujó en el rostro de los convocados, un aire de decepción recorrió la sala del concejo acompañado de alguna expresión gruesa. Al cabo de varios minutos las protestas se apagaron y se hizo un silencio de frustración. Un vecino que estaba al fondo de la sala se levantó. — Os propongo que a pesar de la suspensión sigamos con nuestras actividades, hemos conseguido tener un pueblo más agradable y amable, y nuestros ancianos están más contentos e ilusionados que nunca. Sigamos como si el fin del mundo fuera cada 31 de mayo.

La crispación de los rostros se relajó dando paso a una sonrisa de esperanza, un rumor de aceptación recorrió la sala para finalizar en una explosión de aplausos. Un hombre sonreía incrédulo ante el abrazo de sus vecinos. Ese día, la estrella de Ganuza brilló con más luz en el firmamento.

Un extraño vacío

Sucedió sorpresivamente, sin avisos, sin preámbulos que anunciaran los síntomas, no encontré ninguna explicación, tal vez la única señal que podría indicar algo es que ocurrió el día de mi cumpleaños.

Me levanté distinto, me sentí extraño desde el primer momento, aunque lo achaqué a las vicisitudes del despertar, a las exigencias de adaptarse a la rutina del día. Pensé que la ducha me despejaría y me encajaría en la normalidad pero no fue así, el desayuno tampoco ayudó.

El coche, la radio, la carretera aportaron una rutina ajena a la de otros días, como si el tono del paisaje hubiera adquirido un color más neutro, como si el sol de ese amanecer caluroso tuviera pereza de asomarse en el horizonte.

Subiendo las largas escaleras del despacho, ocho pisos, me ensimismé pensando en qué me estaba ocurriendo, no era el mismo, pero no sabía por qué, simplemente me sentía distinto, las sensaciones habituales que tenía en las primeras horas de la mañana habían cambiado. El sofoco de una respiración de muchas escaleras me dejó jadeante en la planta octava.

El despacho me abofeteó con un calor asfixiante, después de abrir las ventanas decidí seguir las pautas habituales de una mañana de trabajo, a ver si esa rutina de años conseguía centrarme en quién era. Puse un empeño especial, presté toda la atención, conseguí despistarme con las tareas que tenía programadas. Llegué al final de la mañana cansado, ya sólo sentía la fatiga y la necesidad de ir a comer y echar la siesta.

Después de comer la somnolencia habitual me depositó en la cama, un sueño de urgencia se apoderó de mí. Al despertarme me sentí muy raro, a los síntomas que me habían aquejado a primera hora de la mañana, se sumaban las sensaciones poco agradables del despertar de una siesta excesivamente larga. Me levanté, empecé a vagar por la casa buscando razones que explicaran por qué no me sentía como antes.

Me asomé al salón, no me sentí cómodo, el poster de Dufy me sorprendió con una opacidad que ya no contagiaba la calidez de sus colores, la chimenea, ese armatoste siempre en medio, había perdido la magia del fuego. La casa había cambiado, la sentía ajena a la querencia de los años que llevábamos en ella. 

Me senté alicaído en el sofá, la preocupación había dado paso a la asunción de una realidad desconcertante, me había convertido en un extraño. 

Llegué a la conclusión de que el cambio se produjo durante la noche, mientras mal dormía un sueño lleno de pesadillas y duermevelas. Empecé a intuir que mi entorno más próximo no me decía nada, todo lo que había de afectivo en las cosas y personas se había esfumado, la indiferencia me había secuestrado. De sopetón, de la noche a la mañana, me había alejado sentimentalmente de todo, del trabajo, de mis amigos y compañeros, de mis sueños e ilusiones, de las barras de los bares, de todo aquello en que me había convertido en los últimos años. 

Mi corazón se había enfriado, ya no deseaba los besos de mis amigos ni los abrazos de mis compañeros, ya no me ilusionaba la ampliación de la casa rural, las conversaciones cálidas acompañadas de vino ya no me apetecían, pensar, preocuparme por las personas que rodeaban mi mundo había dejado de importarme.

Sentí un vacío extraño que no generaba desasosiego, acepté sin disgusto unos sentimientos vacuos que ya no me decían nada, ni siquiera unas ilusiones descoloridas carentes de profundidad me entristecieron. Me transformé en una persona anodina sin nada que proyectar ni aprender, mis emociones se empequeñecieron  con el peso de la apatía.

Dejé pasar un tiempo prudente para asimilar esta experiencia. Las personas de mi entorno apenas notaron nada, pero yo enterré una parte importante de la esencia de mi vida, el placer y el dolor de vivir se habían diluido, casi se habían evaporado. Fue un pérdida indolora, sin pesar ni tristezas, sin lamentaciones, sólo sentí la necesidad de comentarlo.

Fue un episodio extraño, en algún momento llegué a pensar que algo o alguien había usurpado una parte importante de mis sentimientos. Poco a poco ese vacío se fue llenando y conseguí recuperar una parte de mi vida. De aquella noche rara solo queda un frío incomodo y un miedo inquietante a no emocionarme.

La boina roja




Hace ya muchos años, cuando mis padres pasaron a vivir a la casa de mis abuelos, descubrimos un mundo nuevo impregnado de viejas historias y objetos antiguos que nos sedujeron con la magia de lo ancestral. Ese caserón lleno de misterios y rincones por descubrir emborrachó mi curiosidad y me llevó a investigar todo aquello que se escondiese detrás de armarios, cajones o alacenas. 

Un día muy caluroso, buscando la umbría y el frescor de la casa, di con un nuevo armario que estaba en un pasillo de la última planta, estaba tan a la vista que ni siquiera me había dado cuenta de su presencia. Moviendo ropas y cajones vislumbré una boina roja con borla amarilla. 

Me asombré del descubrimiento, como si de un objeto mágico se tratara, la luminosidad y el brillo de los colores me transportó a un mundo solemne de héroes y grandes hazañas. El tío Andrés, el tío americano que regresó de las américas sin fortuna, había llenado mi cabeza de historias, muchas de ellas tintadas con el colorido de su vivencia de emigrante, otras llevaban la impronta de lo cercano, la añoranza de la memoria. 

Andrés Oroquieta nació en 1885, en unos tiempos relativamente apacibles. Navarra se estaba recuperando de los desastres de la última guerra carlista, los graneros se estaban llenando pero las historias y malos recuerdos aún permanecerían por mucho tiempo. De esta manera, con los relatos acumulados a lo largo de los años y la voluntad de no olvidar, una parte de la crónica de la familia quedó en manos de mi tío.

Murió cuando yo tenía 7 años, en la habitación que después sería de mis padres. Tuvo tiempo para llenar mi cabeza de historias que con el tiempo y las ausencias de la casa paterna fui olvidando. 

Hace unas semanas, estando en casa de mi madre le pedí una sudadera, me había puesto perdido de cemento. Me indicó que la cogiera del armario que hay en el pasillo de la tercera planta. Subí las escaleras, abrí las puertas del armario y empecé a mover mantas, zamarras, sábanas, … Seguí hurgando en busca de la sudadera hasta que di con una boina roja con una borla amarilla, la cogí con delicadeza y la observé con curiosidad. En un instante el estupor me sorprendió, una imagen violenta llenó mi mente de imágenes y voces, la historia de Valerio Oroquieta contada por el tío Andreś me vapuleó emocionalmente, una tristeza fúnebre se apoderó de mi estado de ánimo.

Tenía 26 años cuando estalló la guerra carlista. Se enganchó en una partida que se organizó desde Murieta, se encargaban de vigilar la carretera del Ega y hostigar a los alaveses desde Santa Cruz de Campezo.

En enero de 1874 varias unidades Navarras, entre las que se contaba la de Valerio, fueron convocadas para defender el sitio de Bilbao. Después de varios reveses y tres meses de enfrentamiento los batallones carlistas tuvieron que abandonar el asedio de la villa. En abril estuvo en Ganuza, le dieron dos semanas de permiso para recuperarse de las fatigas y una disentería. Fue la última vez que lo vieron. A mediados de abril partió de nuevo para incorporarse a su batallón. Unas alpargatas nuevas, su boina y el morral medio vacío le acompañaron.

A finales de julio, varios batallones se atrincheraron en Monte Muru, cerca de Abárzuza, con el objetivo de cortar el avance del ejército republicano. Después de varias escaramuzas se ordenó una contraofensiva, Valerio cayó de bruces en el suelo, una descarga de fusilería lo abatió. Un compañero de armas, paisano de Murugarren, vio como un proyectil le reventó el pecho, cogió su boina roja, la guardó en el morral y siguió corriendo ladera abajo.

Los carlistas consiguieron ganar la batalla, Estella seguiría en sus manos. Después de la retirada vino el recuento e identificación de los muertos, la mayoría de ellos, al igual que Valerio, fueron enterrados en fosas comunes cercanas a la iglesia de Muru. 

Transcurridos unos días, un soldado a caballo con la prestancia de un oficial se presentó en casa Oroquieta, era vecino de Murieta. Comunicó a sus padres la muerte de su hijo y les entregó la boina roja con la borla amarilla.

El tío Andrés recordaba: la entrada del jinete en el pueblo fue tan sorprendente, el colorido del uniforme tan vistoso, que todos pensaron que Valerio debió hacer algo muy grande para que la mala nueva hubiera llegado en manos de un militar de tanto postín.

La boina quedó depositada en la alacena del cuarto principal durante muchos años, hasta que un día Patro, la que fuera sobrina de Valerio, la guardó en el armario harta de ver cómo se cubría de polvo.

Ganuza, Euskal herrian




ganuza

 

Es un día extraño, la memoria me transporta a Ganuza, a días grises de un invierno duro en el que un sueño largo tiempo esperado empezó a materializarse de una manera improvisada. Había empezado a rehabilitar un gallinero con la pretensión de hacer una casa rural. Un extraño estado de ánimo me acompañaba, me apetecía sentirme sólo, aislado, jodido de frío en casa de mi madre. Aita había fallecido y la amatxo estaba pasando este invierno en Lizarra, alejada de una casa enorme que se la comía.

Muchos viernes me iba al pueblo a trabajar, la llegada siempre daba mucha pereza. Tenía que abrir la casa y cambiarme de ropa. Hacía frío. Había prescindido de la calefacción de gasoil y utilizaba una estufa para calentar una única  habitación.

Tal vez el frío y la soledad tuvieron que ver con el presentimiento que me acompañaba. En aquellos días temí por mi pueblo, un fantasma sombrío lo empujaba irremisiblemente al vacío, a la desaparición de sus gentes y a la ruina de sus casas. La vida en Ganuza se acababa, el futuro había dejado de existir.

Un relevo generacional inexistente venía de la mano de una media de edad muy avanzada, una sola criatura tenía la responsabilidad de romper el silencio de sus calles. Un argumento sólido y muy pesado lastraba cualquier posibilidad de mirar hacia adelante, duermen 30 personas en el pueblo, muy poca gente. La carencia de servicios y expectativas alimentaba un letargo que no contribuía a ser optimista. La praxis aún podía ser más desoladora, bastaba con pasear por las calles para saber que no ibas a encontrar a nadie.

Tal vez todo se debiera a ese frío que se había instalado en mis huesos, a esa soledad que encontraba demasiadas dificultades para continuar. Es probable que nadie compartiera unas opiniones tan negativas y todo fuera fruto de una tristeza de invierno. En cualquier caso, a lo largo de esos cuatro años de rehabilitación mi perspectiva empezó a cambiar.

Los primeros atisbos los percibí después de dos años de mandato de la nueva alcaldesa del valle. Hinchables instalados en el pueblo para disfrute de los niños, comidas organizadas en torno a celebraciones como los carnavales o la fiesta del valle y, fundamentalmente, el nacimiento de un bebé que venía a acompañar la soledad del vecino más joven del pueblo. A pesar de todo seguía pesando la incertidumbre del futuro, la proporción de los mayores seguía siendo aplastante.

Un día surgió, casi de la noche a la mañana, un caserón que habían levantado en una de las fincas de Unanua, varias veces fui a ver cómo iban los finales de la obra. Me dijeron que eran de Lizarra, no dí más trascendencia al hecho, en Ganuza no todos los proyectos de casa acababan en vivienda.

Después de varios meses nos encontramos con los nuevos vecinos, una mujer, un hombre y dos niñas. Tal vez fue en este momento cuando empezó a materializarse mi optimismo, los habitantes de Ganuza habían pasado de 30 a 35 y había 4 niños con menos de 7 años.

A la par que se iba gestando el asentamiento de nuevos vecinos, se desarrollaba una intensa labor de inversión que ha llevado a la rehabilitación de varias casas, además se reformó el frontón para proteger la cancha del viento y se ha ganado un nuevo espacio de ocio al antiguo “Corral” de las ovejas.

Este desarrollo ha venido acompañado de una actitud muy positiva que ha permitido que una buena parte de sus vecinos se involucren en la organización y mantenimiento de lo público. En Ganuza, tal vez sea por el auzolan, hay una tradición bien asentada que invita a colaborar en las labores públicas, además la convivencia es fácil, hay un empeño en evitar aquellos aspectos que puedan generar problemas. Tengo la impresión de que los vecinos han envejecido bien.

Percibo en el pueblo otro aire, tal vez todo siga igual, tal vez sea yo el que ha cambiado, ahora me enfrento a la realidad de otra manera, con más posibilidades y más proyectos. Siempre pensé que no podría vivir aquí, creo que esto ha cambiado, ahora encuentro más motivaciones para disfrutar de una cotidianidad que hasta ahora se me resistía.

Voy almacenando vivencias, frustraciones y placer en este entorno privilegiado. No querría renunciar a las peñas de Lokiz, ni a los paseos por Ollogoyen o la muga de Aramendía. A lo largo de estos últimos años he ido acumulando sudor, piedra, polvo e ilusión, de alguna manera mi carácter ha cambiado, se ha contagiado de la tierra de mis ancestros.

El último gran acontecimiento fue hace unas semanas, la fiesta del Euskera, el día de la lengua. Se congregaron en la comida más de 170 personas, un sinfín de gente acudió por la tarde a celebrar los distintos actos, la trikitixa no dejó de sonar. Nunca había conocido el pueblo con tanta energía.

La vida transcurre lentamente amparada en un refugio de verde y piedra. Un leve proceso de euskaldunización ha impregnado la calle con expresiones cotidianas. Una ventana abierta a un futuro de posibilidades nos anima a seguir. Quiero estar presente en este futuro.

El hechizo de una rosa




Aún recuerda esa mañana calurosa de un sábado del mes de junio. Salió tranquilamente de casa en busca de la sombra de mediodía. La calle Mayor se mostraba animada, los viandantes ocupaban las aceras deteniéndose en los pequeños escaparates de las tiendas. Había quedado para tomar una caña en la Taberna Almau, una certeza casi inesperada se hizo patente, se jubilaba.

El último día en la oficina fue un poco especial, como el final de una desaceleración que acaba por dar la última campanada. Una pequeña reunión en medio del pasillo, café de máquina y unos bollos que habían traído de una pastelería cercana. Fue un adiós rápido, de sonrisas inacabadas y abrazos fugaces.

En la calle se sintió extraño, embargado por un vacío cómodo y agradable, liberado de esas cargas leves y cansinas que habían ocupado más de media vida. Tenía planes, disfrutar de la familia, de los amigos y de los pequeños viajes. También quería deleitarse con paseos tempraneros de calles estrechas y parques de río. No era ambicioso, solo quería vivir otra vida.

Los días fueron avanzando inexorablemente añadiendo años a un universo cada vez más frágil. Pequeños eslabones de vidas agotadas fueron rompiendo paulatinamente la red social que lo protegía, cada esquela, cada compañero perdido iba dejando una pequeña muesca que añadía un vacío y lo aislaba.

Con el tiempo fue notando como la distancia con el mundo se iba acrecentando. A veces llegaba a intuir que vivía en un espacio mediático sin referencias ni dios. Unas opiniones sólidas atemperadas por los años quedaron en el vacío mientras nuevas versiones se hacían acompañar por otros vientos.

Una salud que siempre le había acompañado empezó a mostrar síntomas propios de la edad. Una cama de hospital, consultas médicas y un rosario de pastillas se incorporaron a su devenir de manera súbita. Algo cambió, una fragilidad desconocida se adueñó de su cuerpo, un miedo anticipado hipotecó sus ganas de vivir.

Un día invernal de viento y lluvia paseaba con aire triste por la calle Mayor. El aguacero arreció y tuvo que refugiarse en la entrada de una tienda. Mientras pasaba el chaparrón aprovechó para curiosear en el escaparate. Bolsas de semillas, plantas y pequeños sacos de legumbres ocupaban las estanterías de la exposición. La curiosidad le llevó a entrar en el establecimiento, un señor de bata azul y movimientos suaves lo saludó con cordialidad.

Iniciaron una larga conversación en la que se cruzaron el cielo y la tierra, el campo y la ciudad, y la vorágine de estos tiempos, para finalizar hablando de plantas. El tendero le confesó que no había encontrado sosiego hasta que descubrió el mundo de las plantas. Le habían enseñado un ritmo sosegado que le había permitido descubrir la belleza de las cosas, la calma sinuosa del río, el canto desacompasado de las aves. Sus queridas plantas le habían devuelto una paz que ya no recordaba.

Desde hacía quince años se dedicaba a ellas, las cultivaba en un huerto que tenía en Movera y las vendía en la tienda con una pequeña guía de cuidados. Los clientes casi siempre estaban satisfechos con sus plantas y las cuidaban. Cuando alguien sospechaba que no sabía cuidarlas, le enseñaba. Excepcionalmente algún cliente se iba enfadado y sin planta.

Compró un rosal con el compromiso de que al día siguiente lo plantaría en un huerto que su familia tenía en las afueras de la ciudad. Así lo hizo, lo plantó con cuidado y le echó el agua necesaria, sin pasarse. Volvió contento a casa.

Todos los días, provisto de un libro, se acercaba al huerto para disfrutar de la compañía del rosal. Acariciaba su espinoso tallo y a veces le contaba pequeñas anécdotas. Nunca la lectura había sido tan agradable ni los rayos del sol tan luminosos. Paulatinamente, la alegría fue desplazando a la tristeza y el desasosiego fue reemplazado por una tranquilidad que le permitió ver el mundo de otra manera. Una nueva realidad empezó a manifestarse.

Un día de abril, una rosa roja emergió con fuerza en busca del sol. Se quedó maravillado, por primera vez fue consciente del milagro de la naturaleza, de la singularidad de una flor. Su mirada quedó impregnada de una belleza roja que lo rejuveneció.

Aquella tarde, sin falta, decidió visitar la tienda, no había vuelto desde el día que compró el rosal, quería hablar con el dueño, compartir su experiencia y mostrar su agradecimiento. No la  encontró, la tienda había cerrado, un cartel en el escaparate indicaba que el local se alquilaba. La perplejidad inicial dio paso a una expresión de esperanza. Pensativo abandonó el lugar y tomó el camino de su casa.

 

Un hombre tranquilo camina lentamente por la calle mayor, se detiene delante de una tienda de semillas y plantas, y mira satisfecho el cartel. Levanta la persiana y abre la puerta, una vez en el interior, se pone una bata azul y, poco a poco, va sacando algunas macetas a la calle. Satisfecho observa sus plantas y mira curioso la calle Mayor.

Una postal desde el Nilo




Finalizamos la campaña de alojamiento el cuatro de enero y cerramos la casa rural durante tres meses para descansar y realizar algunas obras de mantenimiento. Entre otras cosas, queríamos poner una estufa de hierro fundido, para ello había que desplazar las estanterías y sacar los libros para después volver a colocarlos. En este proceso llamó mi atención una especie de marca páginas que asomaba en un libro de Antonina Rodrigo. Era una postal, Faluca por el Nilo.

Querida Amelie, Hoy ha sido un día maravilloso, después de visitar los templos de Abu Simbel, nos hemos desplazado en una faluca, a través del río, hasta una aldea nubia. Por primera vez desde que estoy en Egipto he llegado a ver y sentir cómo vive este pueblo. Estoy emocionada. Ojalá estuvieras aquí. Un abrazo. Camille.

 

Era de Souraïde, un pueblo francés al lado de la frontera. Había estudiado en San Juan de Luz, Bayona y Burdeos, y había venido a España como profesora de francés en el colegio “El Puy” de Lizarra. Se había integrado rápidamente, además de estar a menos de dos horas de casa compartía con sus nuevos vecinos un mismo territorio cultural, Euskal Herria.

Su vida transcurría apaciblemente entre clase y clase, la piscina cubierta, las salidas de viernes y sábados por bares, exposiciones y restaurantes, y alguna excursión dominguera por los montes de Navarra, muy de vez en cuando visitaba a sus padres.

El primer año estuvo muy entretenida adaptándose al trabajo y a la gente, pero ya en el segundo, cuando sólo llevaba tres meses de curso, empezó a sentir una angustia con la que ya estaba familiarizada. En San Juan de Luz y Bayona le pasó algo similar, pensó que estudiar en Burdeos, una ciudad mayor, le sentaría bien. No fue así, se sentía encerrada entre paredes y calles, agobiada por un cielo que no le daba la luz que necesitaba, espoleada por una inquietud que no sabía cómo canalizar. Empezó a ser consciente que no eran las ciudades las responsables de esa necesidad de cambiar.

Seguía con su rutina y sus pensamientos grises cuando un amigo, Maxime, que estaba dando clases de Francés en Madrid, le propuso preparar un viaje a oriente próximo, ya decidirían a qué país o países irían. Fue una bocanada de aire fresco, una puerta abierta a espacios sin fronteras. Los preparativos del viajes rebajaron sustancialmente su angustia.

Después varios mensajes y conversaciones telefónicas, descartaron Israel, Jordania y los países de la península arábiga. Desecharon la modernidad de las grandes urbes y optaron por un turismo arqueológico y cultural, también buscaban un pueblo que aún conservara sus viejas tradiciones. Egipto fue el país elegido.

Para preparar el viaje recurrió fundamentalmente a los blogs de viajeros. Mientras iba leyendo cada vez mostraba más rechazo a la oferta turística mayoritaria, no le seducía compartir su aventura con miles de viajeros que aterrorizaban a las piedras con sus fotografías, que visitaban pueblos nubios modelados para el turismo, que estaban siempre subiendo o bajando de un autobús con aire acondicionado, que no se libraban de un crucero por el Nilo.

Nuevos mensajes y llamadas telefónicas consiguieron centrar el viaje. A ambos les había seducido Nubia, esa nación de hombres oscuros que habían llegado a gobernar el antiguo Egipto. Para sortear las rutas turísticas más transitadas, viajarían por aldeas nubias cercanas a la frontera con Sudán.

Ambos hicieron todo lo necesario para dejar finalizado el curso en la primera quincena de Mayo, en la segunda estarían de turismo por Egipto. Sólo contrataron el avión de ida y vuelta, Madrid-Hurghada en Turkish Airlines, el resto lo contratarían in situ.

El avión, después de nueve horas, aterrizó puntual en el país del Nilo. La noche cubría con su velo el aeropuerto y sus aledaños, aún tardaría una hora en amanecer y dos en poder coger el autobús para Quena. Desde allí seguirían en tren hasta Aswan y continuarían en autobús hasta Abu Simbel.

Llegaron extenuados, casi de noche, apenas si tuvieron tiempo para comer un kebab y alquilar una habitación en un hotel. Al día siguiente, por la mañana, visitaron los templos de Ramses II y Nefertari, al atardecer se dedicaron a buscar y contratar los servicios de una faluca para desplazarse hasta un pueblo nubio ubicado en la frontera con Sudán. No querían aventurarse dentro del país, les daba miedo encontrarse con los vestigios de cinco años de guerra civil. Con la puesta del sol se atrevieron a dar una vuelta por la ciudad, finalizaron el día con una cena en un restaurante de comida local.

Un sol de luz blanca alumbró el nuevo día, pasajeros, capitán y equipaje estaban preparados en el puerto. Ya en la faluka, pudieron disfrutar del agua del Nilo, sufrir el acoso de los insectos y la incomodidad del calor exasperante de mayo. Fueron remontando el río lentamente, después de cuatro horas, en la ribera occidental divisaron algo parecido a una playa fluvial flanqueada por casas de barro. Conforme se iban acercando a tierra observaron cómo los aldeanos se concentraban en la orilla del río en actitud curiosa. Cuando la faluca clavó su proa en la arena vieron que aquel lugar no se parecía en nada al Egipto que habían dejado a su espalda, la miseria se manifestaba en toda su amplitud, no había turistas.

Ya lo habían intuido, de alguna manera lo habían sentido a través de otras personas, no les sorprendió su reacción ante aquel panorama. Quedaron seducidos por las sonrisas y las ganas de jugar de unos críos que tenían que sacudirse las moscas de la cara, por la solicitud y la amabilidad de unos adultos que habían perdido buena parte de su dentadura, por la coquetería de unos jóvenes con gorras ajadas que sabían que su atractivo no dejaba indiferente.

Los primeros días, a lomo de camellos y guiados por un aldeano, se dedicaron a visitar pueblos de los alrededores, la mayoría se situaban a unos kilómetros del río, en las arenas del desierto, para evitar las crecidas del Nilo. Cuanto más al sur se desplazaban mayor era la miseria y más discretas las sonrisas. Uno de los días decidieron aventurarse en Sudán, visitaron una aldea más miserable que las anteriores, las sonrisas habían desaparecido y la hospitalidad, tan apreciada en estas tierras, se había escondido tras una actitud adusta impropia de aquel pueblo, el sufrimiento asomaba en sus rostros. Regresaron a la aldea tristes y ensimismados.

Decidieron ayudar a estas gentes. Se desplazaron de nuevo a Abu Simbel y enviaron decenas de mensajes en los que narraban lo que habían visto. Intentaron tocar la fibra sensible de sus compañeros y amigos y comprometerlos para que enviaran dinero, pensaban contratar uno o dos camiones para distribuir arroz y trigo en las aldeas cercanas a la frontera con Sudán.

 

No hubo más comunicación, no se recibieron más mensajes, excepto la postal que encontramos en el libro comprado en una tienda de viejo. Para reconstruir la historia que guardaba indagamos a partir de la dirección postal. Enviamos mensajes a las autoridades de Souraïde, sus pesquisas enseguida nos pusieron en contacto con los padres de Camille, éstos nos condujeron al colegio de Lizarra y aquí pudimos obtener un montón de contactos, compañeros y amigos que en sucesivos viajes a Ganuza fuimos visitando.

A día de hoy no sabemos qué fue de ellos, nunca regresaron a sus trabajos ni a sus casas, tampoco hemos podido dar con la destinataria de la postal, Amelie, un nombre inédito en Souraïde, las autoridades llegaron a pensar en una bordelesa que pasó un mes de junio veraneando en el pueblo.

Camille sigue en el recuerdo más viva que nunca. Tanto sus padres como sus amigos están convencidos de que decidió quedarse en Nubia, seguramente había encontrado el mundo que estaba buscando desde los nueve años. En cuanto a Maxime, sus colegas no tenían ninguna duda, seguiría ciegamente los pasos de Camille, siempre estuvo enamorado de ella.

 

Aproximación a un artista




A través de un mensaje de wasap me llegó la noticia de la publicación del libro, el mensaje incluía las fotografías de las tapas y el resumen del contenido. Fue una sorpresa, siempre lo había visto experimentar en torno a las artes plásticas, la cerámica, la pintura, la escultura en terracota y bronce, pero pensaba que lo suyo no era la escritura aunque sí sabía de su pensamiento inquieto e ilustrado.

Una de las tapas explicaba muy bien el contenido del mismo, parecía un libro recomendado para todos aquellos que entienden la existencia como un devenir en el que el individuo siempre está enredado o perdido en búsquedas que no necesariamente llegan a una meta. Si además de ser un lector normal, eres un espectador atento, un “voyeur” incisivo del universo plástico, vas a disfrutar.

Tuve la suerte de encontrarme con él en los bares del centro, no somos colegas pero compartimos amigos. Se acercó con una sonrisa muy comedida que apenas esbozaba la alegría de vernos, después de las salutaciones pertinentes y las felicitaciones por la reciente edición, sacó de una bolsa de farmacia el libro, tenía un diseño de portada sencillo pero muy vistoso, aún tenía el olor a tinta de las libros recién nacidos.

Venía a enseñarlo, aún no habían empezado el proceso de distribución. Después del editor y el impresor, nosotros íbamos a ser los afortunados que iban a disfrutar de la materialidad del libro. Nuestra opinión poco podía valer si no lo habíamos leído, pero sí podíamos valorar el diseño de la cubierta y el resumen que aparecía en una de las tapas. Nuestro escritor quedó satisfecho, a todos nos gustó mucho.

Durante una larga caña pude compartir una conversación muy entretenida en la que se habló de la intensidad de la creación, de la disciplina, del trabajo, de la experimentación, también de la familia. Había algo que me resultaba extraño, hablaba de todo ello con excesiva normalidad, sin pasión. Se lo comenté. Me contestó con cierto cansancio, — La creatividad es un proceso largo que requiere método y disciplina, la pasión o la necesidad pueden ayudar pero no son imprescindibles.

A pesar de mostrar atención a las conversaciones siempre lo he visto ajeno a ellas, ensimismado en su mundo de retos creativos, de búsquedas imposibles, de proyectos nuevos para exposiciones venideras. Nunca hemos sido interlocutores válidos para él, se alimenta de otras inquietudes, de un mundo alejado del ruido y centrado en cuestiones más universales donde los sentimientos y las emociones pueden materializarse en objetos.

Cuando lo veo, siempre me vienen a la mente algunos encuentros memorables del pasado. Recuerdo que una vez le pregunté desde cuándo se consideraba un artista. — Desde que mis compradores y patrocinadores decidieron cambiarme de categoría, en un breve período de tiempo pasé de ser un artesano que se ganaba muy bien la vida a ser un artista con proyección.

Tal vez esa época fue la más intensa de su vida, tenía proyectos y reconocimiento. El glamour de la burguesía le acompañó durante unos años, le invitaban a fiestas y exposiciones, conoció a muchos famosos, se elevó por encima de nosotros para compartir el espacio de las musas y los mecenas, se dejó seducir por los cantos de sirena pero nunca perdió de vista la realidad que le había acompañado, siempre fue muy pragmático, había que crear y vender, había que mantener una familia.

Fue en esta época cuando Antón intentó representar un personaje que le ayudara a transitar por el complicado mundo de la adulación y le diera una estética acorde con su nueva condición de artista. No lo consiguió, no encontró el papel adecuado o no supo interpretarlo. Probó atuendos, peinados, gestos, sonrisas, nuevas costumbres, … pero nunca fue otra cosa que él mismo. La sofisticación, el glamour o la bohemia quedaron enterrados por las rarezas y la peculiaridad de su personalidad.

 

La lectura del libro me ayudó a interpretar de otra manera algunas de las actitudes y opiniones del autor, ahora lo entiendo mucho mejor. Con un estilo sobrio, de periodista de sucesos, va dando un repaso a su vida de manera cronológica. Como se expresa en la contraportada, se hace acompañar por un amigo, que a veces juega el papel de alter ego, con el que interactúa con diálogos esclarecedores que dan lugar a descripciones brillantes que nos ayudan a comprender la compleja realidad del artista.

El Antón que yo conozco, el de las conversaciones, siempre intenta utilizar una retórica elegante para expresar cualquier cuestión por sórdida que sea, huye de la grosería. Con la escritura se muestra mucho menos refinado y más directo, a veces hace gala de una vulgaridad que, pensamos, le ayuda a economizar palabras y mantener la sobriedad de su estilo. Sospecho que también pretende revelarse contra ese personaje raro y educado que ha interpretado a lo largo de su vida.

Sorprende la inquietante trastienda de su personalidad artística, la relación angustiosa entre el artista y la creación, los abismos que hay que sortear en busca de la inspiración, el miedo a perder el sentido de la realidad y superar sin pretenderlo la barrera de la enajenación, el vértigo que provoca el reconocimiento y el éxito, el esfuerzo por asumir una “normalidad peculiar” como tabla de salvación, …

El argumento se desliza amenamente por un mundo de decadencia y reflexión, el personaje se ve arrastrado por distintos escenarios para llegar a un punto crítico que puede suponer la aniquilación intelectual y física del protagonista. Pero Antón no cree en el determinismo, unas circunstancias sorprendentes y un voluntarismo del que siempre ha hecho gala el artista, acaban por conformar, al final del libro, un mundo de redención casi mágico. Solo por conocer este final ya merece la pena leerlo.

Este libro no sólo nos muestra las peripecias existenciales y artísticas del protagonista, también nos da un montón de claves para interpretar nuestra vida, es casi una manual de existencia. Sólo tengo palabras de elogio para el autor por el esfuerzo que ha realizado para trasladarnos con sencillez la complejidad de su universo.

Muchas gracias Antón

Enlaces de interés: Jesús Sanz Caballero. Esculturas