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Relatos cortos e historias escritas al amparo de un proyecto de casa rural en navarra

Buscando un destino

Estella. Fotografía de Miguel Angel García

Era un día soleado del mes de agosto de 1874, un emisario del general Mendiri pasó por el pueblo invitando a los aldeanos a sumarse al ejército de Carlos VII. Sebastián se encontraba en la pocilga limpiando el estiércol de los cerdos. Esa mañana, como de costumbre, se había levantado con un dolor de cabeza horrible, acentuado por los gritos que le propinaba su padre, hastiado de ver cómo echaba a perder su vida con el vino.

Desde niño ya mostraba una inquietud y un desasosiego extraño en un crío, era taciturno y pendenciero, perdía los nervios enseguida. Entre las bofetadas que recibía de los chicos mayores y los varazos que le daba su padre tenía el cuerpo lleno de moratones. Con el paso del tiempo fue domeñando los nervios con el vino hasta convertirse en un borracho.

Aquel día no aguantó más, estampó la horquilla contra el pilar de la cuadra, cogió un morral y salió con lo puesto a la plaza donde se encontraba el emisario. Sus padres tuvieron el tiempo justo para despedirse y ponerle un trozo de queso en la alforja. Al día siguiente, en Estella, se incorporaba a uno de los batallones de infantería.

Reinaba cierta euforia no exenta de preocupación, después de la batalla de Abárzuza los liberales se habían reagrupado y amenazaban Oteiza. No tuvo tiempo ni de probar las tabernas de Estella, tuvieron que partir rápidamente para afianzar las posiciones de la localidad que estaba en plena faena de atrincheramiento.

Escenario de las andanzas de Sebastián

El 11 de agosto, con un sol cegador, se desplegaron los dos ejércitos, el general Moriones con los liberales y Mendiri con los carlistas. Después de varias escaramuzas y mucho tiro de fusilería, los carlistas se retiraron a Estella. Fue un mazazo para Sebastián, era la primera batalla en la que participaba y tuvo que retirarse.

Aquel atardecer, después del recuento de bajas y revisar el material, se escapó del batallón y se fue de taberna en taberna hasta acabar borracho en el lecho de una cuneta. Al alba lo despertó una joven, presentaba magulladuras en el rostro y una herida en su brazo izquierdo. Sólo pudo escuchar su nombre, María, partió rápidamente al acuartelamiento antes de que notaran su ausencia.

Se quedó prendado, ya no pudo quitarse de la cabeza la imagen de María. Su carácter mudó, dejó de frecuentar las tabernas y emborracharse, empezó a buscarla ansioso en cada mujer que veía, en cada esquina que doblaba. Después de varios meses, desesperado, desistió de su búsqueda.

La llegada de un invierno especialmente frío trajo el derrocamiento de la república y la instauración de la monarquía con Alfonso XII. El 21 de febrero de 1875 los liberales lanzaron una gran ofensiva para acabar con el sitio de Pamplona y tomar Estella. El batallón de Sebastián, desplazado a las inmediaciones de Pamplona, tuvo que retirarse rápidamente hacia Estella ante el empuje de los liberales, en varias ocasiones su unidad estuvo a punto de caer. En la retirada se produjo uno de los episodios bélicos más celebrados del carlismo, la guarnición de Lácar fue tomada por sorpresa, paralizando la ofensiva liberal y cambiando otra vez el signo de la contienda.

Hubo muchas bajas, era la primera vez que Sebastián pasaba miedo, no tanto por el enfrentamiento en el pueblo de Lácar si no por esa presurosa retirada con un enemigo que le pisaba los talones. Fue ascendido a Sargento y felicitado por el propio General Mendiri. Regresó de nuevo con su batallón al acuartelamiento de Estella.

Mientras se recuperaba de las fatigas y se protegía de los rigores del invierno, de nuevo empezó a buscar a María. Aquel jueves pidió permiso para salir por la mañana, acudió al mercado de la plaza de Santiago y después de dar varias vueltas la localizó detrás de un mostrador de coles y puerros.

María apenas lo recordaba, su expresión había perdido el rastro de juventud que trajo cuando se alistó y su uniforme había borrado la imagen desaliñada y sucia de aquel primer encuentro. Descubrió la apostura y el atractivo del sargento. Después de un breve intercambio de palabras se citaron a las doce y media, a la una y media tenía que estar en el cuartel. Una sonrisa olvidada asomó en el rostro de Sebastian.

En una hora se contaron todo lo que cabía en sus vidas, confesaron sus anhelos, hablaron de sus padres y plantearon el futuro inmediato. Los tiempos que vivían eran muy peligrosos, en mentideros y tabernas ya se comentaba la pronta derrota del carlismo, había que decidir deprisa.

El 7 de marzo de 1875, el oficial del batallón le dio dos días de permiso para visitar a sus padres. Al poco de abandonar el acuartelamiento se juntaron en el almacén de una taberna próxima a la plaza de Santiago, se puso la ropa que había traído María y partieron hacia Pamplona. Escaparon por el norte, dirección a Abárzuza, era la zona menos vigilada.

Fueron cinco días de miedo y penosidades. Cuando llegaron a Pamplona fueron a visitar a un pariente de María. Los tuvo alojados en su casa hasta que encontró un trabajo de carbonero y pudieron alojarse en una pensión.

El 28 de febrero de 1876 Don Carlos pasaba la frontera de Francia por Valcarlos, un mes más tarde María comunicó a Sebastián que se había quedado embarazada. El 31 de diciembre los padres de Sebastián recibieron una carta sin remite en la que les comunicaba que se encontraba bien y que habían tenido un nieto, también les decía que se había casado con María, una chica de Mulugarren.

Celebraron con discreción la buena nueva en la intimidad, todo el pueblo sabía que Sebastián había desertado. Sintió un orgullo extraño por la suerte de su hijo, el destino tuvo que vapulearlo, casi matarlo, para encontrar lo que buscaba.

El orgasmo de Anais

Fotografía de Bru-nO

Sucedió en la época del confinamiento, la población se encerró en sus casas y permaneció en ellas decenas de días. Las alarmantes noticias que iban desgranando los telediarios se compartían con el aburrimiento de las rutinas cansinas que se vivían en los hogares. En el transcurso de muy pocos días la perplejidad dio paso al miedo, el virus se propagaba a una velocidad exponencial, los habitantes de la ciudades se blindaron en sus viviendas.

La primera semana se pasó rápidamente, la nueva organización doméstica y el teletrabajo contribuyeron a normalizar una situación excepcional. En la segunda semana cierto nerviosismo empezaba a despuntar entre los confinados, comprendieron que con las rutinas autoimpuestas no era suficiente, había que ir un poco más lejos, innovar con el propósito de llevar mejor el encierro. En este contexto se le ocurrió empezar de nuevo a tener relaciones sexuales. 

Aquel martes, mientras comían se lo planteó. — ¿Por qué no hacemos el amor? Hace ya demasiado tiempo que no lo hacemos. Se sorprendió, no era la primera vez que hablaban de ello, aunque ahora, en circunstancias tan excepcionales y disponiendo de tanto tiempo resultaba más fácil y apetecible la propuesta. Aceptó encantada, una sonrisa tímida asomó en sus expresiones. 

Coincidieron en que tenían que ir preparados, no querían sentir esta experiencia como un fracaso. Echaron mano del arsenal farmaceutico que tenían en casa, encontraron un lubricante de sabores y Cialis, no había nada más. Un amigo les pasó varias películas eróticas y se pusieron de nuevo a ojear los títulos de la ‘Sonrisa vertical’. Ambos desecharon las películas porno, pensaron que no eran apropiadas para la ocasión, se trataba de conseguir un estado de deseo sexual moderado, no querían un calentón.

En los días previos cuidaron más su aspecto, abandonaron la ropa de andar por casa y se vistieron con ropa cómoda de calle, tenían que estar atractivos y deseables. Se propusieron ser más amables y cariñosos, leer más,  ver menos televisión y llevar una dieta más ligera, el cerebro había que mantenerlo activo y las digestiones debían acaparar el mínimo de riego sanguíneo. La ingesta de alcohol también la cuidaron.

La decisión más extraña para ellos fue dormir en habitaciones separadas, necesitaban aislar sus cuerpos de la cotidianidad, redescubrir sus formas y olores, despertar la curiosidad. 

Después de cuatro días de preparativos siguiendo las pautas que se habían marcado y alimentándose de dosis moderadas de erotismo, decidieron que el día había llegado. Estimaron que las once de la mañana era una buena hora para el encuentro sexual.

Se levantaron más tarde de lo habitual, se encontraron en el baño y decidieron ducharse juntos. Fue una ducha lenta, de agua y jabón abundante, de manos que curioseaban en la geografía de sus cuerpos, de miradas que se ocultaban de la mirada del otro. Acabaron excitados, abandonaron la ducha y se secaron para salir del baño. 

Al entrar en el dormitorio encendieron varias velas, algunas de ellas aromatizadas, un ambiente cálido de semipenumbra los protegió de la novedad, un aroma excitante inundó el aire. Se metieron en la cama despacio y se cubrieron con una sábana. Se pusieron de lado, uno enfrente del otro pero sin romper la intimidad de sus miradas. Sus manos empezaron a acariciar lentamente con cierto desorden, una breve confusión de brazos los paralizó por un momento, siguieron buscando espacios de placer, una excitación delirante fue creciendo mientras sus labios se fundían en un beso hambriento.

En ese tiempo ganaron un espacio de libertad y desvergüenza que les permitió utilizar todos los recursos que conocían para darse placer. Jugaron con todo, dejaron de lado solo aquello que no les daba gusto, alcanzaron un grado de complicidad que habían olvidado. No saben cuánto tiempo transcurrió, un orgasmo insólito puso final a los juegos, un abrazo muy largo los mantuvo dormidos hasta las dos de la tarde.

Cuando se despertaron se cobijaron en sus cuerpos, seguían excitados, de nuevo buscaron placer en los rincones más recónditos, ya no quedaba rastro de vergüenza en ellos, otro orgasmo puso final a la siesta matinal

Se separaron con suavidad y se levantaron lentamente acompañados por restos de caricias. Una ducha rápida dio paso a la cocina, tenían hambre pero no les apetecía cocinar, una pizza al horno les acompañaría en el telediario. Se sentaron en la mesa delante del televisor, la pizza tres estaciones se convirtió en el centro de interés, cuando estaban finalizando su segundo trozo la imagen del Presidente del Gobierno se apoderó de la televisión: Me complace enormemente comunicarles que el confinamiento ha finalizado, el pueblo español ha derrotado al virus …

El viajante

Fotografía de tpsdave

Le gustaban los tractores, no sabía si quería ser tractorista o cura. Era un niño normal, sin grandes sueños pero con historias con las que jugar, con guiones teatralizados de películas de vaqueros y héroes de cómics de espada corta. A los nueve años fue arrojado del pueblo a un internado donde unas leyes ajenas a los juegos y a los cuentos iban a marcar su vida.

Cuando rememoraba ese pasado casi se enfadaba, le hubiera gustado seguir siendo niño pero no le dejaron, hubiera optado por no crecer, por ser un crío toda su vida, pero no pudo ser, tuvo que seguir creciendo a costa de su dicha.

Tal vez por eso, a pesar de los años cumplidos, encontraba en su carácter demasiados rasgos infantiles: una tendencia acusada a alejarse de la realidad, una intuición inexistente, una inclinación impertinente a hacer siempre lo que deseaba o la carencia de algunas destrezas sociales.

Después de finalizar los estudios se inició en varios trabajos, todos le duraron poco, no le gustaban los sitios cerrados, su lugar estaba en la calle, en los espacios abiertos. Acabó siendo comercial, haciendo un montón de kilómetros al año.

Los inicios fueron difíciles pero consiguió hacerse con la representación de una empresa que le dió la tranquilidad económica. Disfrutaba del coche y de los kilómetros, se sentía bien en ese cubículo de metal y cristal. Las relaciones que mantenía con los clientes eran cordiales, aprendió una sociabilidad de andar por casa que la compensaba con educación y amabilidad. Nunca llegó a ser un comercial simpático, más bien lo consideraban serio y a veces un poco estirado.

El tiempo fue quemando neumáticos y asfalto, también habitaciones de hotel. No le gustaba dormir fuera de casa, el cansancio y la noche lo envolvían en una tristeza y una soledad que lo dejaban desamparado, expuesto a un aislamiento desaprensivo.

Aquella noche no tenía que haber parado, aún podía haber hecho un esfuerzo por superar los 300 kilómetros que lo separaban de casa, pero estaba demasiado cansado y había tenido una discusión con su mujer, malditos móviles. Pasó por recepción, dejó la maleta en la habitación, siempre llevaba una muda y una camisa limpia, y se fue directamente a la cafetería del hotel. Había un extraño ambiente de expectación, demasiada gente para esa hora.

Cuando le traían el Gin tonic le preguntó al camarero qué se celebraba, por qué había tanta gente. El barman, poniendo tono de confidencialidad, le comentó que todos los jueves se congregaba un grupo de tahúres para jugarse los cuartos a los montones. Se quedó sorprendido, aún recordaba esas partidas de domingo en el bar del pueblo donde algunos parroquianos salían trasquilados.

Siguió con su copa mirando de hito en hito a las personas que entraban en la sala. Al cabo de media hora, cuando estaba a punto de abandonar la cafetería se oyeron unos gritos, un hombre abandonó violentamente la sala dando un sonoro portazo. Unos gestos nerviosos y un rostro crispado le acompañaron hasta la salida del hotel.

Aquella espantada lo incomodó, intuía qué había ocurrido, decidió abandonar la cafetería, pagó la cuenta y se dirigió a la habitación. Después de lavarse los dientes se sentó en la cama, un instante de calma le trajo de nuevo el desencuentro de hace un rato, optó por no llamarla y aguantar el desasosiego provocado por la resaca de una desavenencia vanal.

Se metió entre las sábana con la intención de leer un rato, estaba cansado pero necesitaba tranquilizarse para conciliar el sueño, el incidente de la cafetería lo había puesto nervioso. Puso empeño en la lectura, por un momento hasta se olvidó de dónde estaba, pero la cabeza seguía funcionando aceleradamente y perdió el hilo del libro. A veces no podía evitar pensar en qué se había convertido, una especie de autómata desengrasado que ya no disfrutaba del trabajo, solo sentía cansancio y tedio.

Lo mismo ocurría con sus amigos, antes se divertía tomando unas cañas, tenía la impresión de que esa ruta de cerveza y bares sacaba de ellos la parte más sociable y divertida, también la más entrañable y afectiva. Pero eso también cambió, la pereza se fue apoderando de sus escasas motivaciones y sustituyendo las salidas de fin de semana por series de televisión.

Dejó el libro, no se podía concentrar en la lectura, su mirada se perdió en el techo siguiendo el hilo de sus pensamientos. Se sentía responsable de su situación, era consciente de ese alejamiento, de esas tendencias que lo arrastraban hacia el aislamiento, cada vez hacía menos esfuerzos por satisfacer a sus amigos, por satisfacerla a ella.

Harto de no coger el sueño acabó por tomar un orfidal, no le gustaba el cariz que estaban tomando las divagaciones. Apagó la luz y se arrebujó con las sábanas. Un sueño profundo se apoderó de él sumergiendolo en un limbo de tranquilidad.

 

Una viuda desconsolada se ha quedado sin lágrimas, un dolor de piedra ha evaporado su alma, acompaña al féretro con pasos inseguros hacia el cementerio de un pueblo pequeño. El cortejo de sombras se desplaza lentamente arropando a la viuda, una figura sujeta su brazo para evitar una caída. Varias personas la cogen en volandas y la llevan a casa, la depositan suavemente en un lecho, demasiado llanto, demasiados orfidales.

Una noticia del Diario se propaga rápidamente entre los conocidos. Encuentran sin vida el cuerpo de A.J. en un hotel de la N-II a la altura de Fraga. Un aparatoso incendio se propagó rápidamente alcanzando la planta baja y primera, la rauda intervención de los bomberos evitó una tragedia mayor. El fuego se inició en la parte posterior, junto a las cocinas, las primeras investigaciones apuntan a que el trágico siniestro fue provocado. Según fuentes de la investigación, la policía busca un sujeto que pudo haber participado en una partida ilegal de cartas.

La encantadora de gatos

Fotografía de Brida_Starigth

La recuerdan correteando, persiguiendo torpemente a los gatos y al perro por el patio de su casa, con la rodillas sucias y los brazos cargados de arañazos. Vivía en una parcela de Valdefierro, una casita de un piso con un patio de 25 metros que una madre aficionada a la jardinería había tapizado con multitud de plantas y un ailanto indomable que pujaba por liberarse de la tierra y perderse en el cielo.

Poco a poco los arañazos fueron desapareciendo mientras aumentaba su destreza para tratar a los felinos, ya no los perseguía ni los acariciaba con torpeza, aprendió a tratarlos con delicadeza y a llamarlos por su nombre.

Pasó de una curiosidad exagerada a un aprecio visceral por el mundo animal. Cuando salía de casa, la calle se convertía en un calvario para su madre, siempre se empeñaba en llevarse a casa gatitos desamparados o palomas cojas, muchas veces acababa en un llanto desolado por la negativa de su madre a incorporar a la familia más animales abandonados a su suerte.

En la escuela un halo de marginación la rodeó, la niña de los gatos, hasta que una riña feroz con un niño la cambió de categoría, ya nadie podría despreciar a los gatos sin pagar un alto precio, pasó a ser temida. Enfrentarse a la realidad de otros niños la convirtió en una niña rara y taciturna.

El paso por el instituto fue extraño, a su aura de niña rara poco amigable añadió una indumentaria zafia que le ayudó a crear un espacio de marginación y aislarse aún más del contacto con sus compañeros. Para entonces ya había sufrido la pérdida de dos gatitos, ambos murieron en su regazo, uno de ellos ayudado por una sobredosis de anestesia que le puso el veterinario. El sufrimiento de estas experiencias le ayudaron a conocer mejor la realidad de los animales y a fortalecer el carácter.

A pesar de sus problemas con la experimentación animal hizo Veterinaria, era una forma de estar cerca de ellos y la mejor manera de protegerlos y ayudarlos. Las asignaturas curriculares las complementó con contenidos relacionados con estrategias y paliativos que ayudaran a los animales moribundos.

Trabajó en varias clínicas veterinarias y como voluntaria en refugios. Con la experiencia se convirtió en un experta en tratar animales desahuciados. Además del acervo químico, desarrolló un sexto sentido para comunicarse con ellos. Adquirió cierta notoriedad en el ámbito veterinario aunque solo le sirvió para que se mofaran de sus métodos.

Una tarde de primavera estando trabajando en el refugio, una señora de edad avanzada preguntó por ella. Se llamaba Juana, su marido se estaba muriendo, no quería fallecer en el hospital, lo habían trasladado a su casa pero no sabía cómo ayudarle. Después de muchas negativas y una insistencia tenaz accedió a ver al paciente.

Encontró a un moribundo con la expresión crispada, estaba sufriendo a pesar de la dosis de morfina que le habían recetado en el hospital. No sabía qué hacer, se sentó al borde de la cama, le cogió ambas manos y empezó a hablar con él. Se llamaba Sabino, como apenas le oía acabó susurrándole al oído: Me llamo Angélica, soy la encantadora de gatos, he venido para ayudarte, quiero que te tranquilices e intentes dormir, yo estaré contigo…

En apenas dos minutos Sabino se relajó, después de muchas horas de insomnio consiguió conciliar un sueño inquieto. Se despidió de Juana y le dejó su tarjeta. Ya en la calle se preguntó si la comunicación que tenía con los gatos también serviría con las personas. 

Aquella experiencia supuso un cambio radical, muchas personas, casi todas mujeres octogenarias, solicitaron su ayuda. Inició una actividad intensa, tuvo que acompañar a muchos pacientes en su agonía, incluso tuvo que abandonar la compañía de sus animales.

Era una actividad emocionalmente demoledora, extenuante, en la mayoría de los casos se enfrentaba a pacientes con dolores o con un miedo inquietante a la muerte. Solo podía utilizar palabras susurradas al oído, ese era su único arsenal terapéutico. Muchas veces echó en falta los sedantes y anestésicos que utilizaba con los animales, pero no podía usarlos con los ancianos, la hubieran crucificado, se había convertido en una personaje extraño que no generaba simpatía, solo la querían los viejos.

Poco a poco, paciente a paciente fue perdiendo fuerza, cada fallecimiento consumía un trocito de su vida, su corazón se fue debilitando mientras una tristeza profunda se apoderaba de ella.

Un día la encantadora de gatos cayó enferma y no volvió a salir de casa, varias octogenarias la cuidaron hasta el final. Cuentan que se rodeó de sus mascotas y pasó sus últimos días acariciándolas y susurrándoles cosas bonitas. El anochecer de aquel día escuchó el leve susurro de un minino que se asomó al oído, un silencio de paz llenó la noche. Al alba se dejó llevar acompañada por la mirada triste y penetrante de sus gatos. Tenía 35 años.

Cuando el amor se desvanece

Los primeros amores aparecieron en mi vida a una edad tardía, eran compañeras de aula, de trabajo que no tenían una intención clara excepto divertirse e independizarse de unas familias excesivamente controladoras.

A la postre resultaron relaciones muy frágiles, vientos de cambio llegaron para derribar prejuicios y erigir nuevos valores. Una tendencia alocada nos empujó a precipitarnos en pequeños abismos de exaltación. Las experiencias y fracasos de esta vorágine fueron dejando un poso de pesimismo que ya no me abandonaría.

En este caos surgió con fuerza el desamor, quedé postrado, paralizado, sin energía para vivir esa vida que me despistaba. Cuando superé el duelo me hice el propósito de no volver a sufrir, construí un blindaje que me liberó del mal de amores y mermó mis sentimientos hasta casi hacerlos desaparecer, pasé de ser una persona enamoradiza a convertirme en un geranio.

Dejé de anhelar el amor soñado, me instalé en una vida cómoda de diversión donde el alcohol y la noche seguían jugando un papel importante, llegué a pensar que tenía una vida demasiado fácil, llegué a desear complicaciones que enriquecieran mis días.

Una noche que regresaba a casa con muchas cañas tropecé y caí de bruces en la acera, me hice daño. Conseguí llegar a urgencias como pude, ningún taxi me paró, me curaron el rostro y me escayolaron el brazo, el cúbito se había roto.

Sufrí una conmoción emocional, no me perdoné el accidente ni la estupidez. Estuve un mes sin salir de casa enfadado y deprimido, me flagelé con todo el repertorio de insultos que conocía. Cuando adquirí cierta cordura decidí que debía cambiar mi vida, tenía que hacer algo.

Un día de camino al trabajo, no sé por qué, entré en la Iglesia de San Braulio, eran las ocho menos cinco, había muy pocos feligreses en espera de la misa de ocho. Para no llamar la atención me senté en un banco de las últimas filas, la iglesia olía a incienso, a pesar del frío el ambiente era cálido.

Cinco minutos fueron suficientes para sosegarme, para pensar más despacio. Cuando salí entregué diez euros al indigente que estaba en las escaleras de acceso a la iglesia. Creo que ya estaba preparado para tomar una pequeña decisión, iría al comedor social de la Casa de Misericordia tres días a la semana.

Esta experiencia me liberó de la superficialidad en la que había caído. Me enfrenté a una realidad dura de hombres y mujeres desamparadas que habían quedado expuestas a las inclemencias de una vida brutal. Trabajadores en paro, madres sin hogar, personas de escasa dignidad con una autoestima desgastada por la dureza de la calle. Fue mi primera cura de realidad.

Un miércoles muy especial una mujer distinta apareció en la fila del comedor, sobresalía del resto porque iba muy aseada, no tenía aspecto de haber sufrido las inclemencias de la calle. Tardé más de un mes en atreverme a dirigirle la palabra y cuatro meses en preguntarle si podía invitarle a tomar un café a la salida del comedor.

Fue el inicio de una amistad tramposa, la necesidad de verla a menudo se impuso, el geranio que llevaba dentro había desaparecido surgiendo con fuerza el enamoradizo que había mantenido en hibernación. A pesar de todo no manifesté mis sentimientos.

Tuvieron que pasar dos largos años para que ella encontrara trabajo, abandonara el comedor social y recuperara parte de su dignidad para que advirtiera que me sentía atraído. Aún tardamos dos años más en compartir piso. Fue un tiempo extremadamente lento, el anhelo de vivir con ella me empujaba a desear que el tiempo transcurriera más deprisa.

Fue un período de felicidad, ella consiguió un trabajo mejor, seguíamos acudiendo al comedor social tres días a la semana y nos divertíamos con cualquier cosa. Un ambiente de sosiego y amor despertó en ella la necesidad de tener hijos, mi gran aportación fue asumir ese deseo no compartido.

Después de un primer aborto el tocólogo anunció el peor diagnóstico, no podría tener hijos, una malfomación en el  útero haría imposible la implantación del óvulo. Su rostro se demudó, no pudo contener las lágrimas, un dolor profundo lastimó su corazón.

Ya no fue la misma, el sol dejó de brillar, una tristeza crónica se apoderó de nuestra vida. Los días fueron pasando lentamente dejando de lado ilusiones y futuro, nos convertimos en compañeros de un viaje a ninguna parte, en habitantes de un paisaje gris.

Apenas quedan en mi memoria vestigios de ese largo período, apenas logro recordar qué hacíamos, qué música escuchábamos, qué series tenían éxito. En mi memoria quedó un gran vacío, la evocación de una larga travesía por un desierto de sombras casi invisibles.

La senectud nos llegó reconciliados con la vida, la tristeza de antaño o lo que quedaba de ella se fundió con la melancolía de viejo, pagamos un alto precio por un hijo que no tuvimos pero aquello dejó de doler.

Un mes de abril, paseando por el parque del Ebro, rompimos un letargo de años, el contacto de sus manos desbarató el maleficio, volví a descubrir el brillo en su mirada, a desear su compañía. Hemos vuelto a caminar juntos por la vida sin otra ilusión que compartir los días que nos quedan.

Cuando la vida se apaga

cuando la vida se apaga

Fotografía de Tumisu

Fue su penúltima batalla perdida, su mujer murió de agotamiento, no logró superar una enfermedad de viejos, un compendio de males que fue acumulando en un diagnóstico de mala solución. Fue una ceremonia sencilla, unas palabras leídas por una amiga de toda la vida, un silencio y un ataúd volatilizado por las llamas de un infierno industrial.

Cuando volvió a casa saludó a la gata. Su mujer había dejado anotado en la puerta del frigorífico el número de teléfono del veterinario, las gotas que había que darle con la primera ingesta del día y la comida que debía ponerle de ese pienso especial para gatos domésticos con sobrepeso.

Se sentó en el sofá y tomó el mando de la televisión. Era medio día, fue un gesto extraño, ella solía seleccionar los programas. Las imágenes quedaron fuera de contexto, no sabía qué estaban poniendo, un leñador barbudo hablaba de la crudeza de un paisaje de frío. Se quedó quieto con la mirada fija, muy pronto el leñador se perdió en un río. Se durmió.

No le gustaba quedarse dormido, aunque era uno de sus mayores placeres temía despertarse en un mundo extraño. Le costó reconocer el espacio, no localizaba la luz mortecina de la ventana. El tiempo también le invitaba a la confusión, no sabía si era la hora de la comida o había pasado por una digestión pesada.

Le vino a la cabeza el día en que la ingresaron, no era la primera vez. Ese día estrenó camisón y unas zapatillas de andar por casa, fue el último esfuerzo por mantener una coquetería aplastada por los años y el cansancio de vivir. El se dio cuenta y la piropeó, seguramente también sería su último piropo. No dijo nada, su mirada se dejó llevar por un abatimiento de paredes blancas y olor a limpiador de suelos.

A pesar de la ceremonia se encontraba especialmente acartonado e indiferente. Con el paso de los años había pasado de una emocionabilidad quisquillosa a un vacío que no alimentaba sentimiento alguno, solo sentía molestias en espalda y cuello, había perdido todo interés por el género humano, ya no quedaba pena ni compasión para nadie, ni siquiera para él mismo.

Pese al interés de su mujer para que saliera más, con los años se había vuelto más huraño. Su enfermedad le obligó a llevar unas relaciones sociales no deseadas, ahora que ya no estaba ella, dejaría de hacer esfuerzos por mantener una sociabilidad de mínimos y se abandonaría a su misantropía de viejo.

Aquel atardecer el sol se puso antes de tiempo, notó con fuerza su ausencia, aunque su cerebro seguía gestionando con profusión imágenes y conversaciones recientes que le acompañaban y espantaban el fantasma de la soledad. Todavía la inmediatez organizaba su vida con la memoria más próxima, aunque sabía que esto no duraría, sus conexiones neuronales se agotarían y desdibujarían su vida reciente dejando solo imágenes de un pasado lejano.

Pese a que hizo esfuerzos para mantenerse en pie se acostó muy temprano, estaba cansado y aburrido de un sofá ya demasiado familiar. El contacto con las sábanas fue especialmente frío y poco confortable, tardó un buen rato en componer la calidez de un lecho acogedor.

El libro de mesilla de noche le acompañó unos minutos, se lo recomendó la encargada de la biblioteca municipal. Le gustaba perderse entre las páginas de un libro antes de apagar la luz, aunque cada vez le resultaba más penoso leer, sus ojos se enfurruñaban ante el esfuerzo de la lectura.

El último recuerdo del día fue para sus años mozos, para aquel autobús infernal que los llevó a Barcelona en su luna de miel. Un olor a cerrado y tabaco lo agredió con virulencia, un mareo de carreteras mal trazadas casi le hace vomitar. Fue un viaje interminable que acabó en una ciudad que no entendían.

Por fin se durmió, una somnolencia pesada acabó por enterrar los últimos vestigios del día.

Al día siguiente el servicio de asistencia no consiguió contactar con el anciano, una unidad de urgencia acudió a su domicilio. El cerrajero tuvo que forzar la puerta, encontraron la vivienda ordenada y las luces apagadas. Tras un breve tramo de pasillo accedieron al dormitorio, lo hallaron acostado en la cama, a su lado la gata velaba la quietud del viejo con la mirada perdida en la penumbra.

El carpintero

el carpinteroHoy me he acordado del carpintero que tenía el taller al lado de mi trabajo. Nunca nos habíamos saludado pero no puedo decir que no lo conociera. Tenía una expresión afable que acompañaba con una tripa de carácter y un puro casi humeante, se acercaba a los cincuenta y manifestaba la serenidad de un hombre maduro que ha llevado su vida con dignidad. Cuando paseaba, la estrecha acera se contagiaba de una calma inusitada, la calle se transformaba, pasaba del bullicio de bares y vehículos de descarga, a una tranquilidad de ruidos modulados y movimientos suaves.

Muchas veces me he parado disimuladamente delante de su carpintería para fisgar el interior y ver el equipamiento que tenía, apenas veía las herramientas excepto una sierra de cinta que sobresalía de un desorden de tableros y listones. Lo que más me gustaba era verlo trabajar delante de su mesa manipulando pequeños muebles, aunque nunca vi con detalle qué estaba haciendo, pero me lo imaginaba atornillando una bisagra o cepillando una tabla.

Otras veces lo veía apoyado en el quicio de la puerta alcahueteando distraidamente el movimiento de la calle, inclinado a su lado izquierdo, los bolsillos en las manos y el puro desafiante. Esta imagen me parecía menos afable, como si fuera un poco más chulo, como si la carpintería le aportara un aplomo que sólo tienen los carpinteros de verdad. De nuevo, cuando abandonaba el quicio de la puerta y transitaba por la acera, su imagen cambiaba y volvía a ser la persona serena y calmada que infundía sosiego.

A veces la puerta estaba cerrada con un cartel que comunicaba a todos los transeuntes el teléfono con el que podían contactar. Siempre imaginaba que estaba con una clienta, en el dormitorio de una vivienda cercana a la carpintería, montando un armario empotrado de grandes dimensiones.

En algunas ocasiones lo veía acompañado pegando la hebra con algún amigo o cliente, nunca lo había visto acompañado de una mujer. Hablaba distraidamente, con la mirada fuera del alcance de su interlocutor, como si sus palabras no fueran con él.

Un día advertí que la persiana de la carpintería llevaba cerrada varios días y no había ningún cartel. Al principio llegué a preocuparme seriamente por la suerte del carpintero, con el paso del tiempo me olvidé hasta que un martes, seis meses después, lo vi intentando abrir con dificultad la persiana del taller. Me sorprendí, había adelgazado, el pelo se le había llenado de canas y se movía despacio y un poco encogido, parecía enfermo. Desapareció dentro del local y ya no lo volví a ver en mucho tiempo.

Un día me pudo la curiosidad, entré en el bar que estaba junto a la carpintería y le pregunté al camarero qué sabía del carpintero. Llamó a un tal Huang, me preguntó qué quería de él, le conté brevemente cómo lo había conocido. Amablemente me pidió que nos sentáramos en una mesa.

Juan, así se llamaba el carpintero, llevaba en esta calle más 20 años hasta que un día cayó enfermo y tuvo que dejar de trabajar. Perdió sus ingresos y la maquinaria la embargaron para hacer frente a las deudas, pudo conservar el local y un baúl metálico con herramientas de mano. Se quedó en una situación precaria, con muy pocos ingresos y una larga recuperación por delante.

Antes de que enfermara, vivíamos y trabajábamos en una calle próspera donde los pequeños negocios salían adelante, los vecinos estaban contentos y los clientes no dejaban de acudir a sus comercios. Cuando Juan enfermó, la calle cambió, se volvió más ruidosa, las zonas de carga y descarga ya no eran respetadas, los transeuntes empezaron a andar más deprisa y la gente empezó a entrar menos en los comercios. Tanto la amabilidad de los vecinos como de los clientes y comerciantes se resintió.

Nos dimos cuenta de que Juan, sin pretenderlo, se había convertido en el catalizador que había facilitado la prosperidad de nuestra comunidad contagiando la calma y la afabilidad que le caracterizaban. Los vecinos y comerciantes estaban coordinando esfuerzos para posibilitar la pronta vuelta a su trabajo.

Me despedí de Huang prometiendole que acudiría con asiduidad a tomar el café en su bar.

Juan tardó un año en recuperar la salud y gracias a la aportación de vecinos y comerciantes pudo abrir de nuevo el taller y buscar la vieja clientela de antaño. No fue difícil, además de su maestría como carpintero, contaba con una opinión magnífica. El taller empezó a funcionar bien y a trabajar como siempre lo había hecho.

Todos esperábamos que la calle se transformara, pero no fue así, el hechizo no funcionó. Los comercios fueron cerrando poco a poco, solo quedó un bar, la farmacia y la carpintería. Tal vez la calle o sus gentes habían cambiado en exceso, o tal vez la enfermedad de Juan había mermado su afabilidad, algunos pensaron que la magia del carpintero no fue suficiente para contrarrestar el encantamiento del centro comercial.

Huyendo del sol

No se lo pensaron dos veces, no volverían a sufrir ese calor infernal del verano pasado en Zaragoza. Estas vacaciones iban a ser distintas, tres meses, de junio a septiembre. Habían alquilado una casa en medio de un prado, muy cerca del mar, junto a una estrecha carretera sinuosa que los llevaría a todas partes.

Regresaron de nuevo a Asturias, a ese trozo de tierra enmarcado por montañas de postal y el horizonte infinito del mar. Cuando llegaron volvieron a recordar el olor a tierra húmeda y el ambiente de una luz suave tamizada por un cielo azul manchado de blanco. Se apropiaron del paisaje y de sus habitantes, de sus casas y carreteras. Ya habían llegado, ya estaban de nuevo en casa.

Siguieron disfrutando de los merenderos, esos bares de cocina rápida y sidra escanciada en los que se reunían los parroquianos después de finalizar la jornada. Conocieron a varios ellos, la mayoría ganaderos dedicados a la cría de vacas y algún albañil, también jubilados demasiado jóvenes que arrastraban la tristeza de un paro forzoso.

Los paseos se convirtieron en una rutina diaria, el último lo hicieron por la carretera que lleva a la playa acompañados por una pareja de Madrid. No era la primera vez que tomaban esa senda protegida por la umbría del bosque próximo a la casa. Cuando acompañaban a alguien o querían sentirse privilegiados siempre elegían ese paseo.

De vez en cuando el asfalto les regalaba la visión de algún rincón escondido. Después de una curva cerrada, la estrecha carretera los sorprendió con una casa de indianos que los embrujó y llenó de fantasías, una placa ubicada a la derecha de la puerta principal rezaba Construida en 1925 por D. Cecilio del Campo Balmori. Estuvieron un rato paseando por su jardín especulando y dando rienda suelta a la imaginación.

El sábado 11 de julio dieron comienzo las fiestas patronales en honor de Santa María Magdalena. Fueron dos días intensos donde no faltaron los bailes regionales y la verbena del sábado, el domingo después de la Danza Prima se dio por concluida la fiesta con una espicha y comida casera.

El lunes al medio día estaban tomando una sidra en la Antigua Central cuando se inició de manera repentina una tormenta, la sombrilla que estaba en la mesa desapareció y vieron como la carpa que hacía de merendero salía volando por los aires. Tuvieron que refugiarse en el interior para no acabar golpeados por los objetos que volaban caprichosamente en todas la direcciones. El propietario cerró la persiana de la puerta ante la furia desatada. En la televisión se veían unas olas enormes que rompían en un espigón de espuma, una voz en off acompañaba las imágenes: Un temporal de lluvia con vientos huracanados y olas de 14 metros estaba barriendo el litoral cantábrico.

La pantalla se apagó, la corriente eléctrica dejó de fluir, un silencio de miedo se hizo en el bar. El propietario salió de su silencio para tranquilizar a la parroquia y encender una linterna que alumbró sombras de temor. No supieron cuánto tiempo estuvieron encerrados soportando el rugir de un viento enfurecido, cuando amainó levantaron la persiana y se asomaron a un panorama de desolación: el mobiliario de la terraza había sido sustituido por un montón de ramas y objetos de una obra cercana, la carretera había desaparecido cubierta por el fango y restos de vegetación, un árbol de grandes dimensiones descansaba junto a la cuneta apoyado en el tejado de una casa cercana.

Aún pasaron varias horas antes de abandonar el bar, no solo no funcionaba la luz, los repetidores habían sucumbido a la tormenta destrozando la red de comunicaciones, estaban aislados. Se pusieron de camino en busca de su casa sin saber qué iban a encontrar, costaba andar por el fango sorteando los dispares restos que habían cubierto la carretera.

Después de más de una hora llegaron a casa, no se extrañaron del espectáculo que vieron, ya se habían familiarizado. Como pudieron, retiraron los restos de la entrada y accedieron al interior, el suelo estaba mojado, pero el agua apenas había entrado. Se cambiaron de ropa, estaban ateridos, empapados y sucios de barro, se sirvieron una copa de vino y se acurrucaron entre mantas y miradas de estupor. Un silencio de destrucción los acompañó durante la noche mientras un futuro de malos presagios se cernía sobre ellos. Nadie estaba a salvo de las embestidas de una naturaleza enfadada y vengativa, ya no quedaban refugios seguros.

Al cabo de varios días pudieron regresar a Zaragoza desde Llanes. La ventanilla del autobús registró la secuencia de la magnitud del desastre. Cuando llegaron a la estación de Delicias una bofetada de calor les recordó que este año también se batirían records de temperatura.

El fin del mundo

fin del mundo

Este hermoso y romántico rincón de Ganuza se lo debemos a Esparza.

No fue ninguna sorpresa, era algo ya esperado, no sabíamos exactamente cuándo iba a pasar pero ya se barruntaba que tendría que ser antes de 2022. Ese día nos reunió la alcaldesa en el concejo para comunicarnos que el fin del mundo de Ganuza tenía fecha, el 31 de mayo de 2021. Nos comentó que dicha fecha podría postergarse unos meses si todos los vecinos nos poníamos de acuerdo, pero solo hasta el 23 de diciembre de ese año. 

Después de un breve debate todos estuvieron de acuerdo en aceptar la fecha que nos había comunicado. Nos felicitó por un consenso tan rápido y nos convocó a una reunión para dentro de una semana, con el encargo expreso de que planteáramos qué íbamos a hacer en ese período de tiempo. Dio por cerrada la sesión.

A lo largo de la semana el pueblo estuvo más activo y parlanchín de lo normal, la llegada del panadero se convirtió en la excusa para realizar pequeñas asambleas y debatir propuestas. Algunas eran viejas reivindicaciones de siempre, como mantener las cunetas libres de hierbas para que no se deterioran los caminos. Mi tía manifestó que la cuesta de Andueza se había vuelto muy empinada y tenía dificultades para acceder a su casa. Varios cuidadores señalaron que deberíamos estar más pendientes de nuestros ancianos y visitarlos con más asiduidad. El de la casa rural añadió que sería conveniente balizar las rutas a la sierra.

Llegó el día de la reunión anunciada, la presidenta invitó a cada uno de los vecinos a que expresaran aquello que querían hacer hasta la fecha señalada. Las intervenciones fueron muy breves y explícitas, todos querían hacer lo que habían hecho hasta ahora, nadie quería cambiar su día a día, cada uno a lo suyo.

Una vez manifestado el deseo general del pueblo, la alcaldesa solicitó la intervención de los vecinos para resolver algunos de los problemas que le habían planteado a lo largo de la semana. Con buen criterio se resolvió hormigonar el camino que va de Ganuza a Arteaga que estaba muy deteriorado, se aprobó hacer un pasamanos en la cuesta de Andueza para que los mayores pudieran acceder sin dificultad, se solicitó que todos visitasen a aquellos mayores que se sentían demasiado cansados para salir de casa y se pidió, esto fue cosecha de la propia alcaldesa, que todos sin excepción sonrieran cada vez que se cruzaran con uno de sus convecinos.

Uno de los participantes manifestó que le daba pena que todo se acabara, no se quería perder el crecimiento de su hijo. ¡Los niños! Nadie se había acordado de los niños. Después de varios turnos de palabra, se decidió que los vecinos con menos de 46 años que lo desearan, podrían abandonar el pueblo una semana antes de la fecha señalada.

Cuando ya estaba finalizando la sesión, un residente expuso que unos huéspedes de la casa rural habían manifestado su deseo de participar en los eventos y la despedida del pueblo, querían compartir el fin del mundo con los vecinos. No sabíamos cómo responder a una petición tan extraña, la alcaldesa con el buen criterio de algunos vecinos sentenció. — Si los nuestros tienen la posibilidad de escapar con sus hijos al destino que tiene preparado el pueblo, no podemos rechazar a los que desean estar a nuestro lado en momentos tan especiales.

La vida del vecindario apenas se vio afectada, aunque sí se notó más actividad en el pueblo. De vez en cuando se veía a alguien barrer la calle con más esmero de lo normal o pasear a los niños mostrándoles los distintos rincones del pueblo. Llamaba la atención la actividad desarrollada en el frontón, los pelotaris del pueblo empezaron a entrenarse para formar un equipo, querían montar un torneo con el fin de celebrar el fin del mundo de Ganuza.

En uno de esos partidos de pelota, uno de los espectadores manifestó el deseo de darse un festín. En un instante pelotaris y espectadores se pusieron de acuerdo y pidieron a la alcaldesa que añadiera a la agenda una comida. 

Los más ilusionados eran los ancianos, aquellos que ya no salían de casa. Habían notado ese aire laborioso que precede a lo festivo, se sentían como niños que iban a participar juntos en un viaje maravilloso. Nunca se sintieron tan acompañados y alegres.

Siguieron días de calma acompañados de un contento comedido. Dos semanas antes del 31 de mayo, la alcaldesa convocó una reunión urgente, todos pensaron que se trataría de los últimos detalles para la celebración de los eventos. En la entrada del concejo se notaba cierto nerviosismo. La alcaldesa pidió calma. — Siento comunicaros que el fin del mundo se suspende indefinidamente. Esto es lo que nos han comunicado, no sabemos nada más

El estupor se dibujó en el rostro de los convocados, un aire de decepción recorrió la sala del concejo acompañado de alguna expresión gruesa. Al cabo de varios minutos las protestas se apagaron y se hizo un silencio de frustración. Un vecino que estaba al fondo de la sala se levantó. — Os propongo que a pesar de la suspensión sigamos con nuestras actividades, hemos conseguido tener un pueblo más agradable y amable, y nuestros ancianos están más contentos e ilusionados que nunca. Sigamos como si el fin del mundo fuera cada 31 de mayo.

La crispación de los rostros se relajó dando paso a una sonrisa de esperanza, un rumor de aceptación recorrió la sala para finalizar en una explosión de aplausos. Un hombre sonreía incrédulo ante el abrazo de sus vecinos. Ese día, la estrella de Ganuza brilló con más luz en el firmamento.

Sierra de Lokiz desde Ganuza


sierra de lokiz ganuzaEn el pueblo

Era un día esperado, el viernes por la tarde llegamos al pueblo, todo estaba preparado para la excursión sierra de Lokiz desde Ganuza. Nos acompañaría Adame, una persona muy especial conocedor de la sierra y amante de la naturaleza, él ejercería las funciones de guía.

El sábado a la hora anunciada llegó nuestro guía, estaba deseando verlo de nuevo. El año pasado se alojó en la casa rural, estuvo una semana recorriendo y fotografíando la Sierra de Lokiz y Urbasa, era un gran aficionado a la montaña. Hicimos buenas migas, las largas conversaciones que mantuve con él me inspiraron para comprometerme más con la naturaleza y Ganuza.

Salimos a las nueve, queríamos volver con tiempo suficiente para tomar el vermú y preparar la comida. Después de un desayuno más copioso de lo normal iniciamos la salida. Lo primero que nos pidió Adame es que estuviésemos atentos, preparados para sentir cómo respira la sierra, no quería una excursión atolondrada para quemar calorías.

Los robles de San Pablo

La primera parada la hicimos en los robles de San Pablo, en verano, a la sombra de estos vetustos robles, nuestros paisanos en multitud de ocasiones han venido a guarecerse a su sombra, era uno de los paseos habituales antes de retirarse a cenar.

 

Sierra de lokiz peña rajadaLa peña rajada

Poco después llegamos a la peña Rajada, un gran bloque de piedra desgajado de las peñas, con leyenda propia(1) y también testigo mudo del devenir de los tiempos. En la primera mitad del siglo pasado, dicen que al atardecer las parejas de aldeanos se desplazaban hasta la peña rajada para contemplar el pueblo y discernir el color del futuro.

(1) «Hace muchos siglos estaba Santiago con sus huestes a caballo rodeado de Moros y a punto de ser vencido, cuando sacó su espada y de un sólo golpe partió la Piedra en dos, dejando un paso de caballo por el que Santiago y los suyos pudieron huir y posteriormente vencer a sus enemigos.» Fuente: rutasnavarra.com

Barranco de Zologorri

Por fin iniciamos el tramo más duro de la pendiente, los sentidos quedaron apagados por una respiración entrecortada y una sudoración copiosa, lo único que se oía era el latir acelerado de corazones poco entrenados. Todas las energías estaban puestas en subir la pendiente.

Muy cerca del Puerto Nuevo Adame nos mandó parar y pidió silencio. Se alejó un trecho pendiente arriba y se perdió en la espesura de los bojarrales. Al cabo de cinco minutos regresó, nos comentó que media docena de jabalíes se habían estabulado al lado de la peñas manteniéndose al abrigo de un roquedal. Koldo les había comunicado que estaban dando una batida para darles caza, no quería asustarlos, en Sardegi los cazadores los esperaban al acecho para tirotearlos.

hermita de santiago de lokiz

Sierra de lokiz puerto nuevo

Puerto Nuevo

Optamos por no ir al agujero de San Prudencio y dar un pequeño rodeo para no asustar a los atemorizados animales. Empezamos ascendiendo el puerto nuevo con mucho cuidado, uno de los tramos se derrumbó hace unos años haciendo la subida un poco peligrosa.

Una vez superado el tramo del puerto nuevo, aquellos que no teníamos vértigo, nos asomamos a Echaperros, un abismo al que empujaban los canes cuando ya no les eran útiles. Desde esta peña hay una hermosa panorámica del barranco de Zologorri y Montejurra.

 

 

Sierra de lokiz desde Ganuza sala de los pastoresSala de los pastores

Seguimos subiendo entre las peñas hasta llegar a la Sala de los Pastores. Justo al lado está la cueva de Andueza, un buen lugar para guarecerse de las fuertes tormentas que a veces azotan lokiz. Aún seguimos un pequeño tramo por el barranco de Zologorri hasta desviarnos por una senda que nos llevaría a la explanada de la Ermita Santiago.

Sierra de lokiz ermita de santiago lokizErmita de Santiago de Lokiz

Ya en la explanada notamos cierta solemnidad, casi resuenan las voces de las personas que asistían todos los años a homenajear al patrón. No había dantzaris ni trikitixa, a pesar de ello un aire festivo lo impregnaba todo.

Descansamos un momento para disfrutar de la quietud de la ermita y del agua del algibe. Nuestro guía nos cuenta que la ermita sirvió como lugar de retiro y reflexión, fue una práctica que se perdió en torno a los años 60, el último eremita fue un pastor al que apodaban el Pipas, pasó tres meses durante un duro invierno para expiar algún pecado que había cometido.

hermita de santiago de lokizSardegi

De nuevo nos pusimos en marcha, abandonamos la campa y nos dirigimos por una estrecha senda hacia Sardegi. Aún no sabíamos si podríamos bajar por ahí, los cazadores seguían al acecho. Antes de meternos en la frondosidad de los robles Adame nos mostró la senda de un perretxical, nos indicó cómo seguir el rastro discerniendo la tonalidad de la hierba, no cogimos ninguno, preferimos dejar los perretxicos para otros.

Seguimos andando hasta llegar al borde de la planicie, bajamos un breve tramo hasta situarnos en una peña muy especial desde la que divisar la panorámica más bella de la Sierra de Lokiz. Después de realizar algunas fotografías seguimos descendiendo a través de la peña hasta llegar a una trocha que nos llevaría, descendiendo por la ladera de la montaña, hasta el pueblo.

Sierra de lokiz desde Ganuza SardegiCazadores

Al inicio del descenso nos topamos con los cazadores, estaban al acecho, tensos ante la espera de los jabalíes, incómodos ante nuestra inoportuna llegada. Repentinamente una densa bruma cubrió la sierra, apenas se veía a cinco metros, la niebla hacía imposible la caza y dificultaba la bajada. Los cazadores dieron por finalizada la batida e iniciaron el descenso, nosotros lo hicimos un poco después, queríamos guardar una distancia prudente con las escopetas.

Cuando llegamos a los nogales, ya en el pueblo, la niebla se levantó, se fue tan rápidamente como había llegado. Algún cazador no pudo reprimir soltar una retahíla de tacos. Subieron a los coches con sus perros y salieron del pueblo. Nosotros nos dirigimos a casa, a tomar una cerveza y preparar la comida.

Despedida

En la plaza me despedía de Adame, a pesar de la insistencia no quiso quedarse a comer. Después de un abrazo largo subió al coche, lo seguí con la mirada hasta que se perdió de vista, un aire de tristeza se apoderó de mí, no sé cuándo lo volvería a ver.


Sierra de lokiz rutasUna visión esquemática de la subida a la sierra de Lokiz por el Puerto nuevo.