El orgasmo de Anais

Fotografía de Bru-nO

Sucedió en la época del confinamiento, la población se encerró en sus casas y permaneció en ellas decenas de días. Las alarmantes noticias que iban desgranando los telediarios se compartían con el aburrimiento de las rutinas cansinas que se vivían en los hogares. En el transcurso de muy pocos días la perplejidad dio paso al miedo, el virus se propagaba a una velocidad exponencial, los habitantes de la ciudades se blindaron en sus viviendas.

La primera semana se pasó rápidamente, la nueva organización doméstica y el teletrabajo contribuyeron a normalizar una situación excepcional. En la segunda semana cierto nerviosismo empezaba a despuntar entre los confinados, comprendieron que con las rutinas autoimpuestas no era suficiente, había que ir un poco más lejos, innovar con el propósito de llevar mejor el encierro. En este contexto se le ocurrió empezar de nuevo a tener relaciones sexuales. 

Aquel martes, mientras comían se lo planteó. — ¿Por qué no hacemos el amor? Hace ya demasiado tiempo que no lo hacemos. Se sorprendió, no era la primera vez que hablaban de ello, aunque ahora, en circunstancias tan excepcionales y disponiendo de tanto tiempo resultaba más fácil y apetecible la propuesta. Aceptó encantada, una sonrisa tímida asomó en sus expresiones. 

Coincidieron en que tenían que ir preparados, no querían sentir esta experiencia como un fracaso. Echaron mano del arsenal farmaceutico que tenían en casa, encontraron un lubricante de sabores y Cialis, no había nada más. Un amigo les pasó varias películas eróticas y se pusieron de nuevo a ojear los títulos de la ‘Sonrisa vertical’. Ambos desecharon las películas porno, pensaron que no eran apropiadas para la ocasión, se trataba de conseguir un estado de deseo sexual moderado, no querían un calentón.

En los días previos cuidaron más su aspecto, abandonaron la ropa de andar por casa y se vistieron con ropa cómoda de calle, tenían que estar atractivos y deseables. Se propusieron ser más amables y cariñosos, leer más,  ver menos televisión y llevar una dieta más ligera, el cerebro había que mantenerlo activo y las digestiones debían acaparar el mínimo de riego sanguíneo. La ingesta de alcohol también la cuidaron.

La decisión más extraña para ellos fue dormir en habitaciones separadas, necesitaban aislar sus cuerpos de la cotidianidad, redescubrir sus formas y olores, despertar la curiosidad. 

Después de cuatro días de preparativos siguiendo las pautas que se habían marcado y alimentándose de dosis moderadas de erotismo, decidieron que el día había llegado. Estimaron que las once de la mañana era una buena hora para el encuentro sexual.

Se levantaron más tarde de lo habitual, se encontraron en el baño y decidieron ducharse juntos. Fue una ducha lenta, de agua y jabón abundante, de manos que curioseaban en la geografía de sus cuerpos, de miradas que se ocultaban de la mirada del otro. Acabaron excitados, abandonaron la ducha y se secaron para salir del baño. 

Al entrar en el dormitorio encendieron varias velas, algunas de ellas aromatizadas, un ambiente cálido de semipenumbra los protegió de la novedad, un aroma excitante inundó el aire. Se metieron en la cama despacio y se cubrieron con una sábana. Se pusieron de lado, uno enfrente del otro pero sin romper la intimidad de sus miradas. Sus manos empezaron a acariciar lentamente con cierto desorden, una breve confusión de brazos los paralizó por un momento, siguieron buscando espacios de placer, una excitación delirante fue creciendo mientras sus labios se fundían en un beso hambriento.

En ese tiempo ganaron un espacio de libertad y desvergüenza que les permitió utilizar todos los recursos que conocían para darse placer. Jugaron con todo, dejaron de lado solo aquello que no les daba gusto, alcanzaron un grado de complicidad que habían olvidado. No saben cuánto tiempo transcurrió, un orgasmo insólito puso final a los juegos, un abrazo muy largo los mantuvo dormidos hasta las dos de la tarde.

Cuando se despertaron se cobijaron en sus cuerpos, seguían excitados, de nuevo buscaron placer en los rincones más recónditos, ya no quedaba rastro de vergüenza en ellos, otro orgasmo puso final a la siesta matinal

Se separaron con suavidad y se levantaron lentamente acompañados por restos de caricias. Una ducha rápida dio paso a la cocina, tenían hambre pero no les apetecía cocinar, una pizza al horno les acompañaría en el telediario. Se sentaron en la mesa delante del televisor, la pizza tres estaciones se convirtió en el centro de interés, cuando estaban finalizando su segundo trozo la imagen del Presidente del Gobierno se apoderó de la televisión: Me complace enormemente comunicarles que el confinamiento ha finalizado, el pueblo español ha derrotado al virus …