Un amor efímero para un tiempo de cambio

Fotografía de Manuel Martín Vicente

[Continuación del relato:
El hombre que tenía el pito largo]

Me matriculé en el centro de Formación Profesional guiado por el consejo de mi madre y el padre Jesús. Intenté olvidar el oprobio sufrido en el colegio y me mentalicé para dar una oportunidad de esperanza a mi vida. El estudio, los talleres y los nuevos compañeros me apoyarían en la nueva andadura.

Una parte nada despreciable de los alumnos de los últimos cursos, además de estudiar, trabajaban en talleres especializados de la ciudad obteniendo unos ingresos impensables para un estudiante. Eran los alumnos más envidiados del centro, algunos de ellos tenían moto, otros lucían sus novias los domingos y más de uno le daba al bebercio como si no hubiera un mañana.

De todos ellos había uno un poco más especial que los demás, amable, bonachón e ingenuo. Se llamaba Angelito, un putero empedernido que dejaba todos sus cuartos en vinos y prostitutas. Era muy apreciado en tabernas y prostíbulos, siempre tenía palabras amables para las chicas y compañeros de farra.

Un sábado, Angelito me invitó a tomar unos vinos, no nos tratábamos pero siempre nos saludábamos con cierta complicidad. Nos dedicamos a recorrer algunos bares, en uno de ellos encontramos chicas alternando con clientes, me atemoricé y me ruboricé, intenté recular en el bar y salir a la calle. Angelito me tranquilizó, «La mayoría de esas chicas son amigas mías, no te preocupes». Nos pedimos una cerveza.

Con los nervios tuve que ir al baño, un espacio infecto que tenía como urinario una pared mugrienta y una tubería de hierro oxidado con varios orificios que escupían agua. Estaba en ello cuando asomó Angelito por detrás, di un respingo para ocultar mi pito pero solo conseguí salpicarme los pantalones. Me vio pero no dijo nada.

De vuelta en la barra del bar me comentó con tranquilidad. «No voy a decir nada, si yo tuviera un pito así me pagarían por follar». Le agradecí el secreto, le comenté el calvario que había pasado en el colegio.

Aquel encuentro me sirvió para hacer un amigo entrañable, conocer superficialmente un ambiente de mujeres e intuir que mi entrepierna podría servir para algo más que para avergonzarme.

Me dediqué con más ahínco a estudiar y a practicar en el taller, tenía prisa por trabajar y ganar dinero, quería salir a tomar vinos, ir al cine, invitar a Angelito, … Creo que por primera vez rompí la burbuja del miedo a la vergüenza.

Aquel sábado quería hacerle un regalo especial, nos fuimos de vinos a la zona de siempre y después de recorrer varios bares, le invité a encamarse con una de las chicas. Después de mucho insistir accedió, quedamos en encontrarnos en el próximo bar.

Esperé sentado en una mesa tomando un vino y viendo la televisión. Al cabo de media hora llegó acompañado de una de las chicas, una de sus amigas. Me la presentó y entablamos una conversación interrumpida por mis silencios y animada por su desparpajo. Se llamaba María, apenas pude intercambiar palabra, a los 5 minutos se despidió. Tomamos un último vino y regresamos al centro.

Era la primera vez que una chica me miraba a los ojos y dibujaba sonrisas para mí, por primera vez observaba detenidamente la imágen de un rostro femenino. Un sentimiento desconocido recorrió mi cuerpo dejando un cosquilleo permanente en mi estómago. Me había enamorado.

Mi cabeza se llenó de sonrisas, paseos inexistentes y conversaciones mudas. No dormía bien, la inquietud me tenía en vilo, como si al alba fuera a encontrarme con ella. De nuevo empecé a andar cabizbajo y a ocultar mi mirada, me alejé de Angelito.

De vez en cuando me acercaba a la zona pero nunca me atreví a entrar en el bar, temía el efecto de su contemplación, su indiferencia o la compañía masculina. Sabía que éste era un amor de una sola dirección condenado al fracasado, pero no podía evitar sentirme desgraciado.

Un día Angelito me arrastró hasta un parque próximo, me sentó en un banco y me ordenó que esperara, después se marchó. Al cabo de unos minutos vi aparecer a María por uno de los senderos. Mi mundo se hundió bajo el peso de un manojo de nervios e inquietud.

Me tranquilizó, me cogió del brazo y me invitó a dar un paseo por el parque. Estuvimos una hora y media hablando, fue una conversación liberadora y terapéutica, casi natural, conseguí agarrarme a una extraña normalidad a pesar de la excepcionalidad del encuentro.

Cuando nos despedimos me susurró traviesamente al oído, “me hubiera gustado probar tu pito”. Se perdió en uno de los senderos del parque y no volví a verla. En ese breve espacio de tiempo algo me cambió, pude exorcizar los demonios del enamoramiento y atisbar una seguridad que me convertiría más adelante en un hombre afortunado. [Continuará]