Algunas mujeres

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En las últimas semanas, no sé por qué, las prostitutas han aparecido en mi vida en formas distintas, la mayoría de las veces en conversaciones o recuerdos, pero también en la realidad de un oficio que se ha mostrado ante mis narices sorpresivamente. Acabo de llegar a casa después de un trayecto de unos 40 minutos en la penumbra del autobús de Garrapinillos, he realizado un repaso rápido de algunos momentos de mi vida en los que he estado cerca de ellas.

Allá por los primeros años 70 estaba en Gijón, en la «Universidad Laboral». Un edificio rotundo que se hizo como una pequeña réplica del Monasterio del Escorial para albergar a varios cientos de estudiantes,
todos varones, dedicados al noble oficio del estudio y a la difícil tarea de crecer. La concentración de hormonas daba para todo, para hacer una huelga inédita en aquellos años, para beber hasta caer de culo, para masturbarse a discreción, para tener inquietudes intelectuales y para enfrentarse a no pocas disyuntivas existenciales.

En la ciudad, al lado del puerto pesquero, ahora puerto deportivo, está Cimadevilla, este barrio albergaba el «barrio chino», en él se concentraban la mayoría de los bares donde las prostitutas ejercían su oficio. Lo visitamos en varias ocasiones, la inmensa mayoría íbamos de mirones, sólo algunos compañeros contrataron los servicios de alguna chica.

Estas visitas siempre suponían una pequeña aventura. Necesitábamos beber para mantener el tipo, para aparentar una normalidad imposible en unos críos con granos en la cara, para movernos en los tugurios encajando con naturalidad los roces de una fauna sudorosa. Casi siempre se nos hacía tarde, eso suponía tener que acceder a la «laboral» a través de las ventanas que daban a las aulas, una actividad facilitada por las piedras de sillería pero un poco peligrosa por la ingesta de alcohol.

Hicimos una excursión cultural a Salamanca. Visitamos todo lo que se podía visitar en un día. Después de ver una parte importante del catálogo monumental de la ciudad nos fuimos a tomar vinos y, de forma casi natural, aterrizamos en el barrio chino. Lo que recuerdo con cierta curiosidad de esta visita es que uno de nuestros compañeros propuso a una prostituta que echara un polvo con todos nosotros, creo que eramos 8, el barato que tenía que hacernos era tan ruinoso que la operación se truncó. Toda la negociación se llevó con mucho respeto, por aquel entonces, habíamos crecido dos años, teníamos una visión honorable del oficio y de las señoras que lo ejercían.

Ya en Zaragoza todo cambió un poco. Estábamos en la Universidad, se nos suponía cierta madurez. La laboral de Gijón y sus gentes habían quedado atrás, nuevas personas, nuevos amigos, y, esto es novedad, amigas. Yo creo que normalizamos rápidamente la visión que teníamos de la mujer, nunca había habido tantas mujeres en las aulas, es más, nunca había habido tantos estudiantes en la Universidad. Por aquel entonces cerraron el Madrazo, en la carretera de Logroño, una parte importante de la actividad se vino a la ciudad, aparecieron muchos clubs, en la calle Escosura, Avila, Burgos, … aún quedan restos de aquella colonización rosa.

El primer año estuve en el Hostal Avila. Solíamos bajar después de cenar al Cester, un bar de la Avda. Valencia ya desaparecido. Era un bar cutre, con poca luz, compaginaba cierta fama de modernidad con la de un lupanar de mala muerte, a veces había chicas en la barra, otras no, a veces aparecía algún homosexual, por aquel entonces rara avis con fama de lascivos, y no era raro ver universitarias buscando financiarse los estudios o las copas. Era un bar «mixto» al que solían acudir hombres y mujeres de toda condición amantes de la noche.

Después pasamos a vivir en Martín Cortes, solíamos bajar después de cenar a jugar a las cartas al bar Los Navarros, en la plaza Roma, por aquel entonces tenía una de las mejores barras de Zaragoza. Ahí solíamos ver a las chicas del ambiente, acompañadas por sus novios, tomando pinchos. Era curiosa esa convivencia entre las chicas, sus protectores y los parroquianos, nadie desentonaba.

Quiero acabar con una anécdota curiosa. Cuando trabajaba en la biblioteca de la antigua Escuela de Magisterio tuve ocasión de prestar un libro a una chica muy guapa. El libro que solicitaba no estaba y le recomendé «El perfume», de Patrick Süskind, muy de moda en aquellos años. Como agradecimiento me obsequió con un sonrisa y me invitó a tomar una copa en el bar en que trabajaba.

Un día que pasaba por la calle Fita me di de narices con el bar, eran las 9 de la noche, entré. Noté algo raro, la iluminación, una decoración extraña. Asomé la cabeza por una puerta interior y divisé la barra en toda su extensión. Vi a María, así se llamaba ella, con otras chicas. Ella no me vio. Me percaté de que estaba en un club y que María era un chica de alterne. Salí disimulada y rápidamente.

Al cabo de unos años, 15 más o menos, fui a recoger al hijo de un amigo mio a la guardería de Pinseque, eran muy estrictos, había que estar de 15:30 a 15:40, y él no podía acudir. Una mujer sonriente acompañaba a Martín a la puerta, era ella. La saludé amablemente, hablamos 30 segundos de las bondades del niño y de la ausencia del padre. Me despedí con un «gracias, hasta luego». No sé si me reconoció. Sentí una extraña alegría, creo que aquel día me congracié un poco más con la vida.