El síndrome de la plancha

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planchaVoy a tener problemas. La plancha está sacando de mi una personalidad que hacía tiempos había enterrado entre las telarañas de mi consciencia. Cuando plancho, entre el vapor de agua y las pequeñas arrugas de las sábanas, escucho música, títulos como “Bella sin alma”, “El jardín prohibido” o “De amor ya no se muere”, … Accedo a una fantasía sentimental en la que configuro sin ninguna dificultad una versión desgraciada de mi persona, una versión que está a la espera de que algo o alguien la rescate de no sé qué abismo. Una fusión melosa entre infelicidad, estupidez y fatalismo. “Muriel” estaba enganchada a Abba, yo a los intérpretes italianos de los 70.

Siempre he sido proclive a materializar esta personalidad, pero hacía ya mucho tiempo que no la evocaba. Ahora en cambio, siempre que puedo me rodeo de las circunstancias necesarias para ponerla en escena. Como ya he dicho, con la plancha y cierto tipo de música, no tengo ningún problema en descender al infeliz y abandonado que llevo dentro, también lo consigo en el autobús, después de jornadas agotadoras. A veces me da un poco miedo, tengo un carácter melancólico al que no le hacen falta muchas excusas para sentirse triste y abatido. Un amigo mío me anima a que disfrute de esas historias. Él es muy teatrero, su vida es una continua actuación, muchas de sus conductas las objetiva a través del prisma de un director de performance. Yo creo que esto le ayuda mucho, tiene una enorme capacidad de desdramatizar situaciones que a otros se nos atragantan, él las torea elegantemente como si de una función se tratara.

A veces estas evocaciones me hacen caer en nichos de incomunicación que me hacen sentir con mucha intensidad esa necesidad de que me escuchen, de que me entiendan, de que me amen, o, en el peor de los casos, puedo atisbar con nitidez que poco importa a nadie lo que pienso, lo que soy, lo que anhelo.  Hay una obstinación en que esta situación se prolongue, se enquiste. Paralelamente, he aprendido, creo que de manera perversa, a explotar estos nichos, a reconvertirlos, pasando de una tristeza desconsolada a una tristeza activa que me ayuda a conformar otros ámbitos de comunicación, otros espacios de relación.

Ahora entiendo esa actividad tan intensa en las redes sociales, otro espacio ganado al entorno más inmediato. Siempre lo he sospechado, pero ahora estoy seguro de que muchas de las puestas en escena en facebook sólo son llamadas desesperadas emitiendo una señal de socorro, ¡estoy aquí!

Quiero pensar que no todo es necesidad y tristeza. Cuando llega la noche me cobijo en los espacios de ensueño que dan el cansancio y el contacto con sábanas cálidas y recompongo viejos sueños que algún día podré materializar. Siento que recuperaré las energías necesarias para iniciar otro día con ganas de vivir.