El autoestopista

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Era un sábado del mes de diciembre, volvía a casa después de haber estado trabajando en mi pueblo. Salí sobre las 13,30, iba a llegar tarde a comer. Esa mañana no las tenía todas conmigo, estaba incómodo, no sé si estaba incubando otro virus. Además el coche producía un ruido raro que me hacía presagiar lo peor. Una vez pasado Villafranca vislumbré a lo lejos la silueta de una persona que caminaba por la carretera, cuando me fui acercando vi que se trataba de un joven “haciendo dedo”, iba acompañado de un perro. Una combinación muy rara, el autoestop y las mascotas.

Le pregunté dónde iba, era belga y había que entenderse en francés, me contestó que lo más lejos posible. Le comenté que mi destino era Zaragoza, sonrió con cierto entusiasmo, no podía imaginar que en menos de dos horas iba a recorrer unos 170 km.

La mayor parte del recorrido lo había hecho andando. Llevaba una mochila muy pesada que pusimos en el caótico maletero del coche. A Brujo, así se llamaba su perro, y a él los instalé en los asientos traseros, no llevaba arnés de seguridad y no quería exponerme a una multa. El debía asegurarse de que su amigo estuviera cómodo y tranquilo.

Una vez en el coche comprobé con horror que olían fatal, seguro que habían dormido en granjas, soy de pueblo y conozco ese olor. El habitáculo del coche se transformó en una pequeña cámara de tortura en la que íbamos a estar más de hora y media. Soy muy raro con los olores. A ello se unía que nos teníamos que entender en un francés que ni siquiera balbuceo y que la conducción hacía más difícil ya que mi cabeza no da para simultanear actividades.

Fue un viaje muy incómodo, se hizo largo. Seguro que si hubiera hablado español hubiera sufrido menos la severidad del penetrante olor que despedían, los silencios hacen más palpable lo no deseado.

Como he dicho era Belga, se llamaba Mohammad, tenía 24 años y pretendía estar tres meses viajando. Iba a Granada, después recorrería Portugal de sur a norte antes de dirigirse de nuevo a Bélgica. Su medio de transporte era el autoestop y sus piernas. Estaban condenados, por la peculiaridad de la pareja que conformaban, a hacer muchos kilómetros a pie.

En un momento determinado entendí que llevarlos a Zaragoza era secundario, era mucho más importante invitarle a casa para que se aseara, lavara la ropa y tomara una comida caliente en un entorno cálido. Un poco antes de llegar a la rotonda que distribuye el tráfico entre Gallur, Ejea y Tudela paré. Mientras Mohammad paseaba a Brujo para que orinara, llamé a casa y expuse la situación. Mi compañera aceptó rápidamente, está más comprometida con el mundo que yo.

Llegamos a casa. A las presentaciones siguió la ducha, la lavadora con un programa rápido, la secadora y por fin, después de una hora, nos sentamos a comer, eran más de las cuatro de la tarde. Fue una comida agradable, mi compañera llevó la voz cantante, su francés es mucho mejor que el mío. A las siete de la tarde, después de una pausada aunque breve sobremesa, nos pidió que lo acercáramos a la estación de Delicias de Zaragoza. Fuimos los cuatro, se apearon en la puerta que da acceso al hall principal.

De regreso a Pinseque me di cuenta de que la mirada de mi compañera se había extraviado. Le pregunté qué le pasaba. No supo, no quiso contestarme. Hubo algo, no sé qué, no estuve atento, que la perturbó, que la enfrentó a una evidencia difícil de asimilar. Pensé que la ventana que había abierto nuestro invitado comentando sus viajes la había obnubilado. Pensé que el tomar consciencia de la estrechez del mundo en el que vivía la había abocado a alejarse drásticamente de mi.

Perdí su mirada. Después de siete días confusos llenos de silencios me dijo que se iba de casa. Algunos amigos que la ven me dicen que ha recobrado el brillo de sus ojos, que su mirada ha vuelto a iluminar su rostro.