El libro rojo púrpura

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Una cosa teníamos clara, en la casa rural habría una estantería llena de libros que acompañarían a nuestros huéspedes con sus historias, con ese olor a viejo que desprendían algunos de ellos, con esas tapas pasadas de moda que tanto nos gustaban.

Compramos los libros en “tiendas de viejo” y en el rastrillo de la biblioteca, una parte procedía de donaciones de nuestros compañeros y amigos. Cada vez que me daban una bolsa con libros, los examinaba uno a uno, leyendo las contraportadas y algunas de las páginas interiores, disfrutando de las ilustraciones e imaginando la historia del propio libro.

Ojeando uno de ellos, el corazón me dio un vuelco, en él había algo reconocible pero sabía que no lo había leído. Era un tratado de demonología, su edición estaba fechada en 1963, era una traducción de una edición franco-belga de 1959. Un libro precioso, una edición de lujo con tapas de piel rojo púrpura y letras doradas, en el lomo había dibujada una cabeza de macho cabrío subrayada por el número 616. Lo retiré del resto y lo dejé como libro de mesilla, había despertado mi curiosidad, lo iría leyendo poco a poco.

A la mañana siguiente le pregunté a la compañera que nos lo había regalado la procedencia del mismo. Se quedó sorprendida, no lo conocía, no era consciente de haberlo tenido entre las manos. Lo había cogido de la bodega donde guardaban los trastos en la casa del pueblo, no había reparado en la portada, la escasa luz y las prisas habían impedido que se fijara en él.

Después de unos días decidí abandonar su lectura, me atasqué desde el principio. La primera parte era una de introducción a la numerología, demasiado árido y técnico para un profano como yo. Acabó, como el resto de libros, en la estantería de la casa rural, seguro que despertaba la curiosidad de alguno de los inquilinos.

Por fin alquilamos la casa, era la primera vez. Un veintiséis de enero, a las cinco de la tarde, llegaron a Ganuza dos parejas de Bilbao dispuestos a disfrutar de la sierra de Lokiz y de la tranquilidad de la casa. Les gusto mucho. No necesitaban ninguna orientación, venían con la documentación necesaria y las ideas muy claras. Subirían el sábado por la mañana a la sierra, visitarían Estella por la tarde, y el domingo tenían previsto ir al Nacedero del río Urederra. Un fin de semana completo.

La única peculiaridad que les comenté de la casa fue el pozo, a ras de suelo, que había en medio de la cocina. Realcé su valor comentando el trabajo que había costado extraer los escombros y, anticipándome a su pregunta, añadí que no tenía agua, no habíamos profundizado lo suficiente. También les comenté que pisaran sin miedo, la pesada tapa de cristal de seguridad aguantaba un mínimo de doscientos kilos. Les mostré el interruptor que lo iluminaba y les indique dónde había una jarapa por si querían ocultarlo.

En veinte minutos acabamos, anoté sus datos personales en el libro de huéspedes, me pagaron y les entregué las llaves. A las cinco y media salía para Pinseque, había quedado con Pili en el Roger. Tomamos tres vinos, suficientes para sentir cierta euforia, después de cuatro años de rehabilitación habíamos alquilado la casa, estabamos satisfechos y contentos.

Al día siguiente, sábado, bajamos a Zaragoza a tomar cañas con nuestros amigos. Nos retiramos pronto. Estábamos un poco cansados y temerosos de coger la gripe, los resfriados nos habían acompañado a lo largo del mes y se empeñaban en no abandonarnos del todo. Por la mañana nos despertó una llamada de Kepa, me pedía que acudiera a Ganuza, algo extraño había ocurrido, insistió en que no me preocupara, no era nada grave. Dejé a Pili en Pinseque y salí hacia el pueblo.

Cuando llegué, uno de los inquilinos estaba en cama asistido por una médica y una enfermera, Kepa me puso en antecedentes. De madrugada había sufrido un desvanecimiento, sus compañeros lo encontraron tirado en la cocina, alarmados, llamaron a los servicios de urgencias. Le habían administrado calmantes. La médica nos comentó que pensaba que el paciente había sufrido un shock nervioso, por las palabras que había balbuceado, creía que se había desmayado de miedo. Se encontraba muy agitado, habían llamado a una ambulancia para trasladarlo al hospital de Estella.

Nos preguntó a todos los presentes qué podía haber visto o intuido para sentir tal miedo. Sus compañeros no supieron que contestar, no encontraban ninguna razón. Yo comenté que lo único que podría haberlo asustado era el pozo que hay en la cocina, alguna sombra que se habría formado en su interior, aunque todos coincidimos en la singularidad e inocencia del mismo.

La ambulancia se llevó al paciente y su pareja al hospital, la otra pareja, una vez recogidas las maletas, acudiría a Estella con el coche. La médica, antes de marcharse, me comentó que el informe que había redactado no incluía ninguna referencia a la casa. Kepa se fue Legaria.

Por fin estaba solo, me desplacé hasta la cocina, encendí la luz del pozo y me asomé en él. Un grito escalofriante rompió la inquieta atmósfera de la casa, salí despavorido a trompicones, algo había quedado atrapado en su interior.