Legorburu

El sábado, después de muchos meses, quedamos a comer en Pinseque. Ya muy temprano, el sol nos anunció unas temperaturas muy altas, el calor nos iba a castigar sin misericordia. Nos pusimos a la defensiva: toldos, sandalias y ropa ligera, nos pusimos a preparar la comida. Una vez listos, decidimos citarnos en el Casino de Pinseque para tomar un vermú.

La desierta plaza del pueblo nos recibió con una novia que posaba a la entrada de la iglesia. Una imagen extraña: una mujer sola vestida de blanco sin nadie que la contemplara. Pasamos al casino preguntándonos quién sería.

Unas cañas y unas tapas nos acompañaron en la mesa de la terraza, invitándonos a cotorrear sin mesura. Una vez vaciadas las copas, nos dirigimos de nuevo a casa para seguir tomando otro aperitivo, en otra mesa, mirando al jardín y escuchando de fondo una música de radio que animaba a los piscineros de la parcela de al lado.

Después de una botella de sidra y unos boquerones con olivas, decidimos que ya era hora de entrar en la casa, el calor apretaba. Nos sentamos a comer.

Entraron en la conversación los amigos de antaño, los que no vemos, los que echamos en falta, los que no vamos a recuperar. Surgieron varios nombres, todos ellos “Gran reserva”, pero uno especialmente llamó nuestra atención —Legorburu—, un personaje con luz propia que ha marcado, para los más cercanos, un camino, una forma de acercarse al final de los días de manera digna. 

Oí hablar de él en los turbulentos años de 1975 y 1976, pero no llegué a conocerlo. Manifestaciones, cargas policiales, represión, panfletos, cervezas … Yo estaba estudiando en primer curso de la E. de Magisterio de Zaragoza, Legorburu en tercero. La noticia se propagó como la pólvora: había sido herido en una carga policial. Roberto pasó a ser una referencia en la lucha antifranquista.

Tuvieron que pasar más de 15 años para volver a verlo. Lo reconocí por el apellido, Legorburu, el grupo que lo acompañaba, volvió a traerlo a mi memoria.

Como a todos sus colegas, le encantaba la farra, daba gusto verlo con su acordeón acompañando las canciones de siempre, un repertorio más bien escaso pero muy bien aprendido de tantas veces repetido. 

Era cariñoso, quería mucho a sus amigos. Un amor recíproco que a veces acababa en hartazgo porque, en no pocas ocasiones, provocaba follones. Cuando bebía, se transformaba en un chulo bravucón. Tenía, lo que se decía entonces, un “mal beber”. Yo lo entendía muy bien, durante un año, cuando dejé de fumar, pasé de ser un “bolingas” apacible, a ser un bebedor problemático que había que controlar para que no me partieran la cara. 

La comida se acabó, continuamos en la sobremesa con el vino y los postres. La conversación se fue haciendo más y más trascendente, casi tétrica. Hablamos de la muerte digna, de la eutanasia, de los vetos que pone la administración para impedir que seas asistido en un trance como la muerte. De la Comisión de Garantía y Evaluación como un instrumento que obstaculiza y no ayuda.

Me pasaron el último vídeo de Roberto y decidí escucharlo. Estaba incómodo, temía que no me gustara lo que decía y cómo lo decía. La incomodidad desapareció. Vi a un Roberto totalmente reconocible y lúcido que ha establecido un límite por el que no desea transitar, la dependencia. Ya nada importaba, ni los deseos no realizados, ni lo no vivido. 

Es taxativo y clarificador manifestando su experiencia: El camino de la eutanasia es largo y tortuoso y te lleva a callejones sin salida. Reivindica una ley que corrija las insuficiencias de la legislación actual. Me impresionó el tono de una declaración, sin dramas ni reproches: He decidido poner fin a mis días

No he querido adjuntar el vídeo al artículo porque no tengo derecho a ello, pero sería bueno que se difundiera por su carácter pedagógico. A pesar de comentar que no estamos preparados para abandonar este mundo, se acerca a la muerte con una tranquilidad pasmosa. 

Roberto, ha sido un privilegio poder despedirme de ti. Te felicito porque has sido muy valiente y muy generoso al pensar en aquellos que han decidido solicitar la eutanasia o emprender la aventura en solitario. 

Un abrazo.

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