En el olvido

Rate this post

Eran las nueve de la noche, pagué 35 euros en un pequeño mostrador a la entrada del edificio. ─ Su habitación se encuentra en el primer piso, puerta 3. Un pasillo estrecho mal iluminado y una puerta poco amigable dieron paso a  un habitáculo mal ventilado y frío. No recuerdo muy bien por qué me encontraba en esa situación, en una pensión barata, con un bolso de mano adornado con múltiples manchas y una sensación acerada de haber caído en algún abismo.

Me senté en la cama con cierta prevención. Estaba demasiado cansado, necesitaba dormir, quitarme de encima un agotamiento que me había llevado a este aposento. Me quité el anorak y los zapatos, y me metí en la cama vestido, tenía demasiado frío.

Conseguí que mis músculos se relajaran un poco, que reconocieran la horizontalidad de mi cuerpo y se olvidaran de las horas que habían vagado por la ciudad sin rumbo fijo. Un alivio pasajero dió paso a un reconocimiento no premeditado de mis piernas y mi espalda, me dolía todo, estaba reventado de cansancio.

Un techo blanco, adornado con una lámpara de brazos sin gracia, se hizo cómplice del vacío de mi mirada, me hipnotizó, caí en un sueño inquieto.

Me desperté sobresaltado por una algarabía de coches y bocinas. El sol ya había salido. Me levanté cansado. Después de asearme en el lavabo que había en la habitación, hice un inventario de urgencia, necesitaba saber por qué había llegado ahí. Busqué en los bolsillos del anorak y en ese bolso negro que parecía ser un compañero de mala suerte. Además de la documentación, encontré 150 euros, un billete de autobús Zaragoza-Madrid, dos pares de gafas, varios juegos de llaves, un protector labial, un cuaderno para tomar notas, … No tenía móvil.

Ya en la calle, compré en una panadería dos croissants que fui comiendo mientras caminaba, estaba famélico. Entré en un bar y me senté en una de las mesas esperando que la quietud y la cafeína me ayudaran a despejar las sombras que ocultaban el devenir de mi tiempo, tenía que tomar una decisión que me sacara de este túnel. A pesar del café me costaba pensar, seguía estando muy cansado, mi cabeza era un flujo desordenado de imágenes y etiquetas negras. Intenté serenarme y poner orden en esta confusión. Seguía igual que la noche anterior, no podía dar forma al recuerdo, lo había perdido.

El billete de autobús que encontré en el bolso me ayudó a tomar una decisión, regresaría a Zaragoza. Llegué a la estación con tiempo suficiente para comprar unas galletas en una de las tiendas dispuestas en el hall. Ya en el autobús, cierto bienestar me invadió, tenía cuatro horas para disfrutar de una soledad de ausencia, cuatro horas de tregua antes de enfrentarme a una realidad casi inexistente.

El cansancio, acompañado por la monotonía del ruido del motor, me transportó a un sueño inquieto salpicado de  imágenes y sonidos extraños. Inesperadamente una luz alumbró la penumbra del sueño, algo estaba cambiando en mi cabeza, una secuencia ordenada de imágenes reparó al caos.

Hice enormes esfuerzos para no despertar, para evitar que esa secuencia de imágenes invadieran mi consciencia, pero no fue posible. Mientras me despabilaba fui reconociendo una realidad perturbadora, recordando cada uno los episodios del día anterior.

La urgencia de huir me llevó a tomar el primer autobús que salía de Zaragoza, la necesidad de olvidar me sumergió en una enorme confusión que dificultó el recuerdo. Muchas veces pienso que hubiera preferido quedarme en el lado del olvido antes que reconocer una realidad que me marcó para el resto de mis días.