Historias de las Cinco Villas

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Una carretera peligrosa

Era un sábado ventoso de finales de octubre. Salíamos del pueblo a la una de la tarde después de haber estado trabajando desde las siete de la mañana. La monotonía del viaje se vio alterada poco antes de llegar a Pinseque, a un kilómetro de Tauste, en la carretera que va a Alagón.

Dos perros despistados andaban por la parte derecha de la calzada haciendo zig zag como si de dos bicicletas se tratara. Nos paramos en la estrecha cuneta, conseguimos que abandonaran la carretera y se incorporaran a un camino abierto entre fincas cubiertas de un rastrojo verde. Un claxon impertinente sonó mientras obstaculizábamos el paso de los canes a la carretera.

Eran dos perros de caza, podencos, de color canela, estaban en los huesos y sus ojos mostraban unas legañas que indicaban algún tipo de afección. A pesar del estrés se comportaron con relativa tranquilidad, mostrando una confianza que nos sorprendió. El pienso de gatos que llevábamos en el coche sirvió para retenerlos en el camino.

Entre tanto ya habíamos hablado con el 112 y la policía local de Tauste estaba en camino. Al fin llegaron dos agentes en un vehículo sin nada que pudiera servir para retener a los perros, ni jaulas, ni arneses. La confianza de los animales desapareció siendo sustituida por “a mi no me pones esa cuerda en el cuello”. Después de un buen rato de jugar al gato y al ratón los perros acabaron sujetos con sendas cuerdas atadas a sus cuellos.

El lector, para sorpresa de todos, nos indicó que tenían chip. Dos llamadas de uno de los policías sirvieron para determinar que el dueño era un cazador de Tauste. A los veinte minutos apareció un sujeto con pantalón de camuflaje y una camiseta con lamparones que realzaba el volumen de su tripa. Nos comentó que se habían escapado el día anterior del corral y que ya había denunciado el hecho a la policía de Tauste.

Uno de los canes se dejó atrapar, pero el otro pareció preferir estrangularse en la cuerda que sujetaba el policía antes que ponerse en manos de su dueño. Después de algún forcejeo, consiguió introducirlo en el coche. Nos dio las gracias, se puso a nuestra disposición y todos partimos a nuestros respectivos destinos.

Ya en el coche pudimos comentar lo que habíamos visto. Esos perros no estaban cuidados, todo lo contrario: flacos, famélicos y enfermos. Nos quedamos muy descontentos, seguro que estaban mucho mejor bajo la tutela de una protectora que en manos de un cazador que no sabía ni cuidar su aspecto.

El refugio escondido

Al poco supimos que los perros se habían vuelto a escapar, un sms privado nos comunicaba que estaban en un refugio clandestino. En el mensaje nos invitaban a realizar un encuentro y nos daban el teléfono de un voluntario de Ejea para concertar la cita.

Quedamos un jueves a las cinco tarde en un bar de Alagón, buscábamos a un jóven de unos treinta años con una gorra de Animal Liberation. Ya nos estaba esperando en una mesa, resultó sencillo identificarlo, además de la gorra, estaba ataviado con una barba de días bien recortada, camisa y pantalones vaqueros, y una sonrisa franca a prueba de susceptibilidades. Nos estrechó la mano con fuerza y nos invitó a que nos relajáramos.

Se presentó como un trabajador del refugio, buscaba voluntarios y colaboradores para participar en él. Nos comentó que ellos habían ayudado a escapar a los podencos. Cuando nosotros los encontramos en la carretera intentaban llegar al refugio, pero se extraviaron y acabaron en la carretera de Alagón. Nuestra intervención frustró la fuga, aunque, añadió, seguramente, también evitó que fueran atropellados.

Nos habló de una extensa de red de voluntarios en la que participaban personas de toda índole, desde administrativos de los ayuntamientos hasta veterinarios, pasando por abogados, informáticos y estudiantes. Infinidad de teamers con su euro mensual habían posibilitado la construcción de un refugio semi clandestino ubicado en Navarra, entre Tauste y Fustiñana.

La clandestinidad del refugio se justificaba porque los perros allí acogidos tenían propietario. La fachada legal del refugio era una “protectora” que ya  había sido denunciada en varias ocasiones por sustracción de perros. Nada se había podido demostrar, pero estaban obligados a ser cautos.

Se vanagloriaba de una militancia activa y de usar métodos eficaces. Muchos de los voluntarios, móvil en mano, fotografiaban perros sospechosos de sufrir maltrato o estar mal cuidados, amenazando a los dueños con denuncias. Un grupo estaba destinado exclusivamente a cursar denuncias en Ayuntamientos y Guardia Civil, el Seprona estaba harto de ellos por la cantidad de “papel” que generaban. Vigilaban con especial atención la zona de las cinco villas, cazadores y granjeros. Cuando las denuncias no surtían efecto, los canes eran “liberados”, era suficiente con abrir una puerta, a veces, las menos, había que cortar una cadena con una cizalla.

Estábamos entusiasmados, queríamos participar activamente en las campañas de esta protectora, nos apetecía coger nuestra cámara e inspeccionar los corrales donde sabíamos que los cazadores guardaban a sus perros, las fotografías y las denuncias en el ayuntamiento empezarían a incomodarlos y los obligaría a cuidarlos mejor.

La gran escapada

Pocos días después de este encuentro, a las siete de la mañana, cuando nos dirigíamos a trabajar, vimos en la oscuridad a un grupo de perros correteando por un camino paralelo a la autovía de Logroño. Nos asustamos, temimos por ellos, podrían ir a parar al asfalto y ser atropellados.

Inmediatamente nos pusimos en contacto con un teléfono que nos habían dejado los voluntarios del refugio, les advertimos de lo que habíamos visto. Nuestro interlocutor nos comentó de manera apresurada que había recibido varias llamadas desde distintos lugares comentando el mismo hecho. Algo había sucedido para que los perros decidieran salir de sus encierros y dirigirse al refugio en pequeños grupos.

Aquel día y el siguiente pedimos moscoso. Se puso en marcha un dispositivo para vigilar desde la distancia que los perros no se extraviaran y acabaran en las peligrosas carreteras. Además se lanzó una intensa campaña en facebook para recabar fondos y preparar el refugio para la recepción de más perros.

Equipados con prismáticos, mapas, móvil, bocadillos y botellas de agua vigilamos el devenir del grupo que nos habían asignado, dispuestos a intervenir cuando fuera necesario. Intuimos que los perros se desplazarían por los caminos abiertos entre el río y la carretera que lleva de Alagón a Boquiñeni. Pensamos que uno de los puntos más expuestos para nuestros amigos era el puente sobre el Ebro, a la altura de Pradilla. Los esperamos allí.

Alrededor de las diez de la mañana el grupo se paró a la altura del puente y buscó cobijo debajo del mismo. Nos acercamos desenfadadamente, como si estuviéramos de paseo, no queríamos levantar sospechas. Descubrimos al grupo. Ni un ladrido, sólo miradas expectantes y unos rabos que no dejaban de moverse cual si de abanicos se tratara. Les pusimos pienso y agua, la mayoría ya habían saciado su sed en el río, y repartimos un montón de caricias y ánimos. Pasados unos minutos volvimos al coche.

Al anochecer, amparados en una oportuna niebla, iniciaron el paso del puente. Estábamos temblando, algún conductor podría verlos y dar la alarma. No pasó ningún coche. Fue emocionante ver once perros en fila de a uno pasando por el puente de Pradilla envueltos en una bruma de irrealidad. Unos minutos fueron suficiente para que desaparecieran por uno de los caminos que llevaban al pueblo.

Un lugar para vivir

Nos dieron un aviso para que esperáramos en la frontera entre Navarra y Zaragoza, en la carretera que va de Tauste a Fustiñana. Aprovechamos la espera para echar una cabezada. Alrededor de las once de la mañana una furgoneta blanca aparcó a nuestro lado. Una pareja muy joven nos saludó amablemente y nos pidió que les siguiéramos. Después de 20 minutos de circular por una pista que puso a prueba la amortiguación del coche, llegamos a un pequeño valle rodeado de barrancos manchados de pinares. Unas vallas delimitaban una finca, multitud de casetas con paredes de madera y techos de tierra indicaban que estábamos en el refugio.

Cuando salimos del coche conseguimos ver a nuestros héroes, a los canes que formaban parte del grupo que habíamos estado siguiendo. Los agasajamos con jolgorio, caricias y parloteos cariñosos, excitados, nos ladraron y lamieron, bailaron a nuestro alrededor y nos enseñaron su mejor mirada. Fue muy emotivo.

Nuestros improvisados guías nos comentaron que después de dos días intensos se había conseguido dar acogida a más de 50 peludos, la mayoría muy flacos y con diversas afecciones. Habían escapado los perros peor cuidados. Con la mirada nos señalaron dos voluntarios. – Son veterinarios, llevan trabajando desde de la seis de la mañana.

Nos enseñaron las instalaciones y nos presentaron a muchos de los residentes. Una algarabía de ladridos nos acompañaba a lo largo del recorrido. Entre tanto perro logramos distinguir a los podencos que habíamos encontrado en la carretera de Alagón, los saludamos con más efusividad que a los demás, también habíamos sido cómplices de su aventura.

Cargados de lametazos nos despedimos de los perros, los cuidadores y el refugio. Estábamos muy cansados, deseando llegar a Pinseque y dormir a pierna suelta.

La magia

El sosiego de los días que siguieron pusieron en evidencia que algo extraño había sucedido. Habíamos sido testigos de una fuga de perros planificada por perros. ¿Cómo se habían coordinado para escapar el mismo día y al anochecer? Pensamos que los miembros de los distintos grupos se habían comunicado entre sí al entrar en contacto en las cacerías, esto también explicaría por qué unos habían huido y otros no.

Quedaba lo más misterioso, ¿cómo conocían el refugio?, ¿cómo lo iban a encontrar? En ningún momento de la fuga hicimos nada para forzar dirección alguna, hubiera sido imposible ya que la mayor parte del tiempo no sabíamos dónde estaban. Teníamos la impresión de que habían desarrollado un extraño sentido que les indicaba qué dirección debían tomar para llegar al refugio. Muchas preguntas quedaron en el aire.

Después de algunos años seguimos contando esta historia de la misma manera, aunque la bruma del tiempo y la magia de lo acontecido a veces nos hace dudar. Nos quedó la satisfacción y el privilegio de haber participado en un acontecimiento único, increíble, que nos hizo mirar el mundo y la vida de otra manera. También nos quedó el amor de dos perritos, dos podencos que un día se perdieron en la carretera de Tauste a Alagón y que siguen acompañando nuestros días.

 


Para denunciar

Según estadísticas de la Guardia Civil de los últimos cinco años, el 40% de los perros que sufren maltrato, abandono o robo son perros de caza. Público