La senda de la luz

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Dicen que fue un niño raro, de conductas poco cariñosas, a veces ariscas, que no agradaba a nadie. A los nueve años lo enviaron a un internado para que continuara estudiando aquello que ya no podía proporcionarle la escuela de su pueblo. Después de pasar por distintos colegios llegó a la Universidad, a una mayoría de edad que lo liberó de unas disciplinas que nunca le gustaron y lo empujó a un mundo desconocido.

Arrastraba un carácter caprichoso, una inseguridad propia de una persona que ha vivido una adolescencia tardía. Manifestaba una falsa independencia, fruto de la necesidad, que había minado fuertemente su desarrollo emocional y afectivo. Dependía enfermizamente de la aprobación de los demás.

Siempre fue consciente de sus limitaciones, un test vital constante le mostraba periódicamente el baremo de sus deficiencias ante los estudios, ante sus compañeros, ante las mujeres, ante la propia existencia. Llegó a estar muy enfadado con su vida, esa vida que le amargaba y que le hacía sentirse pequeño y poco atractivo.

El tiempo pasó y la inseguridad fue en aumento, su entorno ya no era el de jóvenes estudiantes ilusos, el de aspirantes a trabajar que no encontraban trabajo, había cambiado, sus allegados trabajaban, tenían sueldos, se casaban, mostraban una independencia y una certidumbre que le abrumaba.

Empezó a leer libros de autoayuda, a asistir a cursos para desarrollar y potenciar la personalidad. Conoció personas nuevas que ambicionaban proyectarse con éxito en un mundo complicado que no entendían muy bien, las acompañó en esa aventura de aprender a vivir. Asistía con cierta frecuencia a encuentros, jornadas, seminarios, maratones, retiros, … para conocerse mejor, para alcanzar esa seguridad que necesitaba.

Nuevas creencias, un cambio de actitud, algunas relaciones con compañeras de cursos, le hicieron sentirse más seguro de sí mismo. Había empezado a desterrar la necesidad que sentía de la aprobación de sus semejantes. Una nueva personalidad estaba emergiendo, el esfuerzo y el tiempo dedicado estaban dando su fruto, la energía había empezado a conducirse por los canales adecuados.

Un retiro organizado en Denia, en el último fin de semana de febrero, encendió la señal de alarma. Sufrió un desmayo prolongado que requirió los servicios de una ambulancia y el ingreso en urgencias en el hospital de la ciudad. Estuvo en observación dos días. Le dieron el alta con la indicación expresa de que acudiera al psiquiatra.

Se quedó muy abatido, de nada había servido el esfuerzo realizado, su cabeza no estaba funcionando bien. El viaje de regreso fue duro, tuvo que asumir que necesitaba ayuda médica, según el informe era víctima de una ansiedad generalizada.

Uno de los compañeros de curso le propuso cambiar el psiquiatra y los ansiolíticos por un viaje a la India. No tenía nada que perder. Un vuelo de Barcelona a Bangalore con escala en Dubai y diez horas de autobús los llevó a Auroville, un mes de trabajo voluntario en uno de los proyectos comunitarios de la ciudad les esperaba.

Decidió quedarse en la India, regresó dos años después, muy cambiado, envejecido, sereno, empapado de espiritualidad y arropado por una nueva filosofía de vida.

Un ventoso día de marzo lo vi sentado en las escaleras de la Parroquia del Carmen,  vestía pobremente, con barba y pelo muy largo, parecía aseado. Estaba acompañado por un perro y pedía limosna silenciosamente, un cartel rezaba provocador, he dejado de sufrir, puedes acompañarme.

Tuve una larga conversación con él, me describió su viaje por la India,  había hecho de la renuncia la máxima de su vida, se sentía feliz. Me aconsejó que mirara lejos, que me rodeara de un horizonte amplio y abierto.  Le ofrecí mi ayuda para aquello que pudiera necesitar. Vivía en una parcela en estado ruinoso del barrio Oliver, a pesar de ello no necesitaba nada, no pasaba hambre y podía meditar. Me invitó a compartir su viaje cuando estuviera preparado.

Al cabo de un tiempo supe que se había convertido en un gurú. Se había establecido en una villa situada a pocos kilómetros de Denia acompañado de algunos de sus seguidores. Sus conferencias gozaban de gran reputación. Consiguió transformar la villa en un prestigioso centro de reflexión y espiritualidad.

Me alegré por él y me disgusté porque no tuve valor para acompañarle. Me propuse seguir su sombra. Asistí a cursos de mindfulness, me sumergí en jornadas de meditación en el templo budista de Panillo y participé en grupos de meditación y estudio. Nada cambió, no conseguí alcanzar la serenidad deseada, el barro del camino me impedía avanzar. 

Sigo evocando aquella conversación, aquella invitación, aquel personaje que tuvo el valor y la inteligencia de buscar más allá.