Un hombre siniestro

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hombre_siniestroDesde hace cinco años tenemos un piso en alquiler vacacional, estamos acostumbrados a recibir llamadas de teléfono solicitando información, pero aquella llamada fue distinta, era una voz muy especial, cazallosa, transmitía inquietud. Quería alquilar el piso.

Quedamos el sábado a las doce y media de la mañana para entregarle las llaves y firmar el contrato de alquiler por una semana. Llegó puntual. Era un hombre alto, fuerte. Vestía un traje negro con camisa blanca y corbata. Tenía una cicatriz pronunciada que surcaba la mejilla izquierda desde el rabillo del ojo hasta la comisura de los labios. Se llamaba Deimos, nombre extraño para un soriano, y según el DNI provenía de Olvega. Fue un trato correcto exento de amabilidades. Me despedí de él indicándole que me llamara si tenía algún problema. Cuando llegué a Pinseque le comenté a Pili mis impresiones sobre este personaje tan peculiar.

A los cinco días me llamó para decirme que dejaba el piso. Quedé con él para que me entregara las llaves. Al contrario que el día que nos conocimos, esta vez me saludo con amabilidad y me invitó a tomar una caña, no quería dejar una imagen equívoca de su persona. Cuando tenía que realizar un encargo interpretaba un personaje sobrio. El trabajo había finalizado con éxito y ya podía relajarse y mostrarse como era.

Ya en el bar le pregunté a qué se dedicaba. Me dijo que era un cobrador de morosos, lo habían enviado a Zaragoza por un caso especial, sonriendo, añadió que a él solamente lo contrataban para casos especiales. Cinco días habían bastado para que el moroso al que había venido a cobrar cediera y pagara su deuda.

Me comentó que una parte de su éxito se lo debía a su apariencia y a la interpretación que hacía del personaje, ese personaje que a mi me había inquietado e intimidado. A pesar de su aspecto, no quería atemorizar al moroso, evitaba provocar conductas irracionales y agresivas debidas al miedo. La cicatriz de su mejilla izquierda se la había ocasionado la reacción violenta e inesperada de un moroso de Valladolid.

Quería que lo vieran como un recordatorio incómodo de una deuda no satisfecha, como una sombra permanente que podía empañar su imagen social, pero nada más. La mayoría de las veces había tenido ocasión de presentarse a sus víctimas, enseñar sus credenciales, requerir la deuda y pedir disculpas por las acciones que iba a llevar a cabo. “Es mi trabajo”, se justificaba.

Le pregunté por el caso más duro que había llevado. Además del moroso de Valladolid que lo hirió en la mejilla, hubo otro caso, precisamente de Zaragoza. Estuvo tantos días pendiente de él que llegó a conocerlo un poco. Se trataba de un anciano muy poco sociable, refunfuñón, de apariencia inofensiva y muy obstinado. Su deuda ascendía a 37.000 euros por la reforma de su ático, sus ahorros, según el informe, se acercaban a los 400.000. A lo largo del seguimiento conoció su profunda soledad, su desconfianza desmesurada, su extremada avaricia. No consiguió que el viejo accediera a pagar su deuda, transcurridos quince días cejó en su empeño, habían fracasado todas sus iniciativas.

Después de algunos casos en distintas ciudades que se resolvieron con relativa facilidad, volvieron a llamarlo para que intentara cobrar de nuevo la deuda del anciano. No le gustó el encargo, habían pasado más de dos años y no había podido olvidar la figura de aquel deudor, de aquel viejo que había propiciado su único fracaso.

De nuevo se puso en marcha para Zaragoza. Se presentó en su casa, llamó pero nadie contestó. Llamó a algunas puertas y preguntó por el vecino del ático. Apenas lo trataban, no lo veían casi nunca, apenas salía de casa. Decidió llamar a la policía local, sospechaba que la vivienda escondía un trance fatal. Hubo que llamar a un cerrajero para que abriera la puerta, un olor repulsivo les hizo echarse para atrás. En una de las habitaciones vieron un cuerpo pequeño y enjuto echado en el suelo. No hacía falta comprobar que estaba muerto, el olor así lo certificaba.

Por fin iban a cobrar, aunque con más papeleo del esperado. No quiso dejar la ciudad sin antes entender por qué el anciano había llegado a ese estado. Localizó a uno de sus herederos, un sobrino que vivía en Zuera. Este le contó que su tío era una persona normal, sociable y amable, como no podía ser de otra manera un tendero de barrio. La muerte de su esposa, cercana la jubilación, le rompió el alma. Empezó a distanciarse de la familia, de sus clientes y de los vecinos del barrio, la soledad y el miedo hicieron el resto. Dejó de relacionarse, su mundo se estrechó tanto que sólo los muros de su piso y su libreta de ahorros le daban esa seguridad necesaria para levantarse todos los días. El saldo de su cuenta se convirtió en el propósito de su existencia, la obsesión por el dinero acabó por envilecer su vida.

Me dejó abatido con esta historia. A la salida del bar nos despedimos, el tomó un taxi para la estación Delicias, regresaba a Olvega, y yo volví a casa. A pesar de la amabilidad de este último encuentro, cuando evoco a Deimos no puedo evitar componer una imagen estremecedora y sombría: la de un hombre siniestro narrando la historia de un anciano roto por la tragedia y corrompido por la avaricia.