Figura en negro

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silueta_negroLo vi por primera vez acodado en la barra de un bar de la Zona tomando una caña, no sé por qué me fijé en él. Al poco tiempo de empezar a trabajar en la Universidad lo volví a ver, nos encontramos en una cena, en un restaurante de la Avda. Valencia creo recordar. Llegó bastante animado, todo discurrió con normalidad hasta que en un momento dado empezó a vomitar. Una vez repuesto, se aseó un poco en el baño y se fue.

Pasados unos años nos volvimos a encontrar trabajando en la antigua Escuela de Ingeniería, cuando ésta estaba en Corona de Aragón. Entre los nuevos compañeros estaban, además de él, un colega suyo del que me hice muy amigo. Ambos conformaban una pareja curiosa, amigos desde la infancia, habían conseguido ser las ovejas negras de sus respectivas familias, unas familias conservadoras con una progenie a la que la vida convencional y el éxito profesional había bendecido.

Tengo recuerdos de borrachera, de carcajada, de tenerlo delante hablando nerviosamente, gesticulando, sonriendo, mientras se hacía un porro. También lo recuerdo en un bar, a las dos de la mañana, un día entre semana, subido a un banco, exaltado, propagando su contento. Yo creo que por aquel entonces se había enamorado, ya que lo más normal era que manifestara su alegría dando saltos y desgañitándose acompañando canciones de Siniestro Total, o celebrando con sonoras carcajadas las ocurrencias propias o las de algún colega.

Fue una persona inteligente y excesiva. Para aquellos más ajenos a su cercanía era desagradable aunque reconocían la gracia de las rimas que recitaba con regodeo cuando la cerveza ya había anegado una buena parte de su estómago. También reconocían la crueldad en esa ironía afilada que arrojaba contra algunas personas que no le caían bien.

Yo lo envidiaba un poco, era un lector inquieto y cultivado, lo veía como un Bukowski maño, querido por unos y denostado por otros, algunas veces le animamos a que escribiera. No sé si estaba permanentemente enfadado con el mundo o estaba por encima de él, no llegué a conocerlo tanto, pero evidenciaba cierto desdén por todo aquello que le rodeaba.

El negro era su color preferido: el pantalón, el jersey, la camiseta, la parka y la barba así lo manifestaban, complementaba su apariencia con un macuto y unas gafas. Cuando estaba sobrio solía andar deprisa, inclinado hacia adelante, como si tuviera que contrarrestar la fuerza del viento. Su aspecto era un poco fiero a pesar de que él reconocía su escaso arrojo. En una ocasión tuvo un enfrentamiento verbal con un macarra y no se amilanó, cuando nos lo contaba en el bar aún se asombraba de que hubiera salido bien librado de aquella bravuconada.

Un día se cansó de la Universidad, solicitó una excedencia y se fue a vivir con un amigo a una borda en el Pirineo. Me pareció un acto valiente e inteligente, la vida que llevaba en Zaragoza hacía tiempo que no le gratificaba. Al cabo de unos meses lo volvimos a ver en la ciudad, más sosegado, probablemente había madurado. Imaginamos que las duras condiciones y la convivencia habían dado fin a aquel experimento vital.

Para entonces ya estaba muy preocupado con su salud, no veía bien y el no saber qué le pasaba lo tenía angustiado. Le diagnosticaron un tumor cerebral, se sintió aliviado, prefería la certidumbre de una enfermedad mortal a la corrosiva ignorancia que le había embargado hasta entonces. Al cabo de unas semanas los parches de morfina se hicieron sus compañeros inseparables.

En este tramo final fue bien acompañado por sus amigos, los bares siguieron formando parte de su rutina y alguna que otra borrachera se coló entre los cuidados paliativos a los que estaba sometido. Su familia, que contaba con algún facultativo, también estuvo desde el principio y facilitó esa “vida normal” que intentó llevar desde que le diagnosticaron la enfermedad.

Cuando su cuerpo ya no pudo más, se retiró a casa de su madre donde tutelaron su despedida. Tuvo un final tranquilo y una incineración sobria. Su ausencia dejó en una soledad huérfana a sus colegas, iba a resultar muy difícil llenar el vacío que había dejado. Su madre no lo quiso perder, doce horas después dejó este mundo para seguir su estela.