El pozo

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María Ester me había hablado algunas veces de ese pozo aunque desconocía su ubicación, a pesar de ello fue una sorpresa cuando José Luis lo descubrió al rebajar el suelo del gallinero con la pala mecánica. Estaba exactamente donde había dicho mi padre.

Este descubrimiento fue un incordio, quedaba en medio de lo que sería la cocina, pero decidimos recuperarlo. Estaba cegado de escombro. Lo limpiaría poco a poco, cuando no tuviera otras cosas que hacer, cuando me sintiera con fuerzas. Mover escombro es duro, sacarlo de un pozo más. Esa tarde le dedicaría una o dos horas. Era un viernes de febrero y en la casa mi madre no había nadie, se había mudado a Estella para pasar el invierno.

Ya había alcanzado una profundidad de 3 metros, tenía que utilizar una escalera estrecha para bajar. El trabajo era muy pesado, había que estar arrodillado o en cuclillas: llenaba la mitad de un caldero, lo subía por la escalera y lo depositaba en un capazo, cuando éste estaba medio lleno lo echaba en una carretilla que a su vez la descargaba en un remolque.

Ya estaba cansado, había decidido llenar una carretilla más y dejarlo. Una decisión oportuna,  estaba llenando un caldero de escombro cuando sufrí una contractura muy dolorosa que me dejó “clavado” en el fondo del pozo, no era la primera vez que me ocurría. Me quedé en una postura ridícula, medio de rodillas, medio sentado, medio inclinado, la estrechez del pozo contribuía a moldear mi cuerpo como un garabato.

A pesar de la inmovilidad y del dolor intenté serenarme y pensar qué hacer. Empecé a gritar, al principio tímidamente, después como un energúmeno, hasta desgañitarme. Pero nadie me oía, hacía dos meses que habían puesto la ventanas de pvc y soplaba un fuerte viento. Lo dejé, intenté de nuevo sosegarme. Decidí subir por la escalera, utilizaría los brazos para tirar con fuerza e izarme. Di un tirón para intentar asirme a un peldaño, el dolor fue espantoso, a partir de ahí no recuerdo nada con nitidez, no sé si me desvanecí.

Apareció mi padre, bajó por la estrecha escalera, me asió con cuidado por las axilas y me fue izando con suavidad. Poco a poco, peldaño a peldaño, logró depositarme en el frío suelo de hormigón. Mi espalda había superado la fase de dolor agudo para entrar en una fase de insensibilidad alarmante.

Abandoné el desvanecimiento para entrar en una consciencia torpe. Era de noche, la oscuridad era total. Me arrastré como pude hasta el cuarto donde estaba el móvil y llamé a Maribel, la desperté, le conté en diez segundos lo que me había ocurrido y le pedí que me bajara a Estella, a urgencias. El aturdimiento y el dolor marcaron el traslado, apenas puedo recordar nada del ingreso. Me comentaron que llegué hecho una piltrafa humana: sucio, el cuerpo retorcido, el rostro desdibujado. Me introdujeron en una unidad de reanimación.

A las 8 de la mañana me desperté, estaba entubado. Vi a mi hermano Alberto, Maribel se había ido a dormir, me preguntó que había pasado y le conté lo que había vivido. Llamó a una enfermera, pensó que todavía estaba en estado de shock. Yo sabía que mi padre había fallecido hacía dos años, pero también sabía, que de una manera u otra, me había ayudado a salir del pozo. Evité preocupar a los que me cuidaban. No volví a dar esta versión de lo ocurrido, mi padre desapareció del relato.

Este episodio vivido entre la alucinación del dolor y el pánico, me ayudó a reconciliarme con la figura paterna y a intuir la existencia de un universo paralelo. Esta experiencia me acompaña desde entonces, convivo bien con ella pero a veces me perturba invitándome a traspasar una barrera que me da vértigo. Creo que con dos años de retraso inicié el duelo por la pérdida de mi padre.